EXCLUSIÓN Y DERECHOS HUMANOS

 MIGUEL ÁNGEL SÁNCHEZ,  O.P.
SECRETARIO GENERAL DE JUSTICIA Y PAZ


Aportación presentada en el seminario internacional:
“La solidaridad frente a la exclusión. 
Cuarenta años trabajando por el desarrollo”
organizado por Manos Unidas
con motivo del cuadragésimo aniversario de su fundación.
Madrid, 22 y 23 de octubre de 1999.

  PREÁMBULO 

     Queridos amigos y amigas: Quiero comenzar mi intervención agradeciendo a Manos Unidas que me haya invitado a participar en este panel temático, dentro del seminario internacional organizado para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la fundación de la institución. Y, junto a mi agradecimiento, quiero también manifestar la felicitación más cordial en nombre de Justicia y Paz, entidad a la que represento, que se siente cercana a Manos Unidas en tantas cosas importantes. Pido, además, a Dios que continúe bendiciéndonos, para que podamos caminar juntos, construyendo el Reino de Dios al servicio de quienes más nos necesitan, al menos durante cuarenta años más.
 
     Mi aportación, con el título que se me ha ofrecido de Exclusión y derechos humanos y la orientación que se me ha pedido —es decir, una aproximación teórica a la cuestión—, va a constar de los siguientes apartados:

1. Aproximación conceptual
1.1. Los derechos humanos:
1.1.1. Noción
1.1.2. Características fundamentales
1.1.3. Las diversas “generaciones”
1.2. La exclusión social
1.2.1. Exclusión social
1.2.2. Marginación
1.2.3. Los apartados
1.2.4. Los olvidados
1.2.5. Los “sobrantes”
1.2.6. Los que no cuentan

2. Relación entre la exclusión social y los derechos humanos
2.1. Igualdad de la dignidad de todas las personas
2.2. Universalidad de los derechos humanos
2.3. La frontera de la exclusión
2.4. La injusticia generada y mantenida
2.5. La relación dialéctica entre el bienestar de unos (pocos) y el sufrimiento de otros (muchos)

3. ¿Un mundo desigual entre personas que son iguales?
3.1. La aldea global
3.2. La mundialización de la solidaridad
3.3. Hacia una sociedad más compleja (multiétnica, pluricultural, multireligiosa)
3.4. El enriquecimiento por la diferencia: complementariedad, democracia, respeto, tolerancia.

4. Los desafíos que se plantean
4.1. En el orden político
4.2. En el orden jurídico
4.3. En el orden social
4.4. En el orden cultural
4.5. En el orden económico
4.6. En el orden eclesial

5. Conclusión
5.1. Nadie sobra entre nosotros
5.2. Todos somos responsables de todos
5.3. Hemos de continuar bregando
 

INTRODUCCIÓN

     Comencemos por aportar tres textos significativos:
     - El primero, tomado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 1948, que comienza así:
“Artículo 1 – Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.
     - El segundo texto es un fragmento de la exhortación apostólica Christifideles laici, de Juan Pablo II:
“El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo” (n. 38 a).
     - Por último, el tercero también corresponde al mismo documento:
“La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo y humillando a la familia humana: desde las raciales y económicas a las sociales y culturales, desde las políticas a las geográficas, etcétera. Toda discriminación constituye una injusticia completamente intolerable, no tanto por las tensiones y conflictos que puede acarrear a la sociedad, cuanto por el deshonor que se inflige a la dignidad de la persona; y no sólo a la dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino todavía más a la de quien comete la injusticia” (n. 37).
     - Frente a ello, demos una mirada a la actualidad. Bástenos una de las noticias aparecidas recientemente en los medios de comunicación social. El titular dice: “El hospital Ramón y Cajal condiciona el trasplante a un indigente a su «mejora sociolaboral»”. Y en el cuerpo de la noticia se dice que “en el corazón de Abdelhak Chaib Mohamed late un problema. A sus 52 años, y tras una larga serie de infartos, la unidad de arritmias del hospital Ramón y Cajal le diagnosticó una grave cardiopatía crónica. Una conclusión, dictada en junio de 1998, a la que cuatro médico añadieron, con una sola frase, la punzada que realmente le duele a este indigente saharaui: «Se puede plantear la posibilidad de trasplante cardíaco si mejorase su situación sociolaboral»”(1).
     Tal vez la sola reflexión sobre los textos mencionados y su contraste con la realidad bastaría para dar contenido a esta aportación. Pero vamos a intentar desarrollar un poco más la cuestión que nos ocupa. 
 

1. Aproximación conceptual

     Conviene que clarifiquemos los conceptos que estamos manejando.

1.1. Los derechos humanos

     Los derechos humanos, proclamados en la mencionada declaración universal de 1948 y en otros instrumentos jurídicos internacionales, son inherentes a la dignidad que corresponde a las personas, consideradas tanto individual como colectivamente. Existen esos derechos, como tales, antes de su enumeración en documentos, leyes, convenciones y tratados (aunque éstos son necesarios para que se pueda asegurar, reivindicar y exigir su cumplimiento, lo que no es tan fácil cuando falta su positivación legal).
     Juan XXIII lo expresaba del modo siguiente: "En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza"(2).
     Así, pues, los derechos humanos “son derechos en sentido moral que se considera que tienen todos aquellos que cumplen con la condición de ser humano. (…) El elenco de los derechos humanos es variado, incluyendo derechos relativos a la vida y la integridad física, libertades públicas y derechos de participación política, y derechos de contenido económico, social y cultural. En un primer momento los derechos humanos se concibieron como ámbitos de protección del ser humano con respecto al poder del Estado (…), pero en la actualidad se considera que han de erguirse también frente a los particulares y sus acciones”(3).
     Propiedades fundamentales de estos derechos son las siguientes:
     -Universalidad: los derechos humanos corresponden a todas las personas, sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición(4).
     -Inviolabilidad: nadie, ni el Estado, ni los individuos, ni los grupos, ni las corporaciones ni la sociedad pueden violar, y mucho menos suprimir, estos derechos en ningún caso, pues de ellos son titulares todas las personas por el hecho mismo de serlo y tener una dignidad que los cristianos consideramos sagrada. Son derechos que, en nuestra perspectiva, provienen de Dios mismo.
     -Inalienabilidad: no son renunciables ni siquiera por decisión de su titular, y mucho menos se puede privar a nadie de ellos. No se puede negociar con ellos, ni suprimir el esfuerzo de observarlos con la excusa de que antes se han de conseguir metas de carácter social (la paz, el bienestar económico u otras).
     -Solidez: se trata de exigencias morales tan fuertes que tienden a sobreponerse a otras pretensiones morales y a convertirse en referente ético fundamental de las personas y las sociedades. Con ellos nos hallamos ante el carácter absoluto de la persona, que nunca puede ser considerada como un medio, sino acogida y respetada como un fin en sí misma.
     -Indivisibilidad: no se puede excluir a ninguno de los derechos contemplados por el consenso mundial, contenidos en la Declaración Universal y en los diversos instrumentos jurídicos de que se ha dotado la comunidad internacional en esta materia. Dicha declaración ha de ser observada íntegramente, en el espíritu y en la letra, sin subterfugios ni componendas(5).
     -Obligatoriedad: a pesar de su carácter fundamentalmente moral, ninguna persona, ningún país, ningún grupo, ninguna sociedad, nadie queda exento de la obligación de respetar y hacer honor a los derechos humanos, traduciéndolo en su comportamiento personal y social, puesto que, por la misma razón que los derechos corresponden a todas las personas, su observancia y cumplimiento obligan igualmente con carácter universal. En el estado actual de la cuestión se ha llegado incluso a la posibilidad de reclamar judicialmente dicho cumplimiento, en su caso, ante los tribunales, sean nacionales o internacionales.
     En el proceso de positivación de los derechos humanos se suele distinguir lo que se ha dado en llamar "generaciones" de derechos, o, tal vez habría que decir con más propiedad, de su reconocimiento. Habría, entonces, tres generaciones, incluso cuatro. La primera estaría constituida por los derechos civiles y políticos; la segunda generación se referiría a los derechos económicos, sociales y culturales; en la tercera generación se incluyen derechos tales como el derecho a la paz, el derecho al desarrollo, y el derecho a un medio ambiente sano y saludable; por fin, habría que hablar también de los derechos de los pueblos: derecho a la propia identidad cultural, derecho a no ser colonizado, derecho a disponer de la propia riqueza, derechos de las minorías, y, tal vez, derecho a la solidaridad.

1.2. La exclusión social

     Por su parte, por exclusión social se entiende "el proceso social de separación de un individuo o grupo respecto a las posibilidades laborales, económicas, políticas y culturales a las que otros sí tienen acceso y disfrutan. Situación de separación o privación en la que se encuentran determinados individuos o grupos. Suele concebirse como opuesto a inclusión social, aunque también a integración social (entendiéndose como el proceso social por el que un individuo o grupo no se desarrolla de forma integrada en una sociedad), si bien son usuales los pares de opuestos exclusión/inclusión y marginación/integración. (…) No es nítida su distinción respecto al concepto de marginación, si bien para algunos la exclusión denota sobre todo la existencia de procesos estructurales de separación. Desde esta perspectiva, sólo con programas de integración o inclusión que ataquen y superen las raíces de esos procesos estructurales podrán revertirse las situaciones de exclusión social”(6).
     Por marginación entendemos el “estado en el que un individuo o grupo social no es considerado parte, o lo es pero como parte externa, de una determinada sociedad”(7).
     Podemos hablar de alguna tipología de las personas que sufren esta situación: entrarían en ella los apartados, es decir, quienes, aunque miembros de pleno derecho de una sociedad, son separados de ella y como estigmatizados a causa de alguna de sus características personales o grupales, como es el caso de los homosexuales de ambos sexos, los gitanos, o los enfermos de sida; los olvidados, entre los que destacan los presidiarios, y también los enfermos mentales, los minusválidos y los ancianos que viven solos; los “sobrantes”, producto de un fenómeno económico relativamente nuevo en nuestra sociedad y de la filosofía política que lo inspira, y que integran los parados, los jóvenes sin formación profesional, los inmigrantes y una parte notable de los jubilados. En definitiva, estamos ante los insignificantes, aquellos que no son tenidos en consideración cuando se hacen los planes, se diseñan las políticas, se articulan las estrategias económicas y sociales, se toman las decisiones. Estamos, pues, ante los que no cuentan, justamente aquellos que, según san Pablo, han sido escogidos por Dios para confundir a los que cuentan (cf. 1 Cor 1, 26-28).
 

2. Relación entre la exclusión social y los derechos humanos

     Existe entre todas las personas, sin excepción, una igualdad fundamental, que se debe a que todas gozan de la misma dignidad. Dicha dignidad, para los cristianos, procede del mismo Dios, pues Él la ha otorgado a cada uno de sus hijos en el orden de la creación, de la alianza, de la redención, de la santificación y de la plenificación escatológica. No podemos ahora desarrollar cada una de esas dimensiones, pero todas ellas forman un conjunto que permite decir a Juan Pablo II lo siguiente: "La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona. En consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje del sistema. La afirmación que exalta más radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el seno de una mujer. También de esto continúa hablándonos la Navidad cristiana”(8).
     A esta igualdad en la dignidad corresponde la universalidad de los derechos humanos, proclamada en todos los textos internacionales que a ellos se refieren. No se puede encontrar en esos textos ninguna restricción a este carácter universal. Por eso, estamos ante una directa y flagrante contradicción cuando constatamos el fenómeno de la exclusión.
     En efecto, la exclusión social, sea debida a cualquiera de sus posibles orígenes, produce siempre en quienes la padecen una pérdida o una lesión del disfrute de los derechos fundamentales que como personas les corresponden. La exclusión marca la frontera entre quienes gozan en plenitud de sus derechos y quienes se ven privados de una parte de ellos, con menoscabo de sus capacidades de desarrollo como personas, agravio de su dignidad y, con frecuencia, peligro de su propia vida.
     Se alza en este campo el escollo tremendo de la ciudadanía o nacionalidad, concepto político que divide a la población de un país en dos partes dramáticamente diferenciadas y que inmediatamente priva a una de ellas —la de quienes no son ciudadanos del país en sentido estricto— del pleno disfrute de sus derechos. No podemos olvidar el significativo título de la declaración francesa de 1789: Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.
     Frente a la igualdad en la dignidad y la universalidad de los derechos que corresponden a las personas nos encontramos, de hecho, con la existencia de tremendas desigualdades. Digamos rápidamente que éstas no se deben a los hados, la casualidad o la contingencia de fenómenos imprevisibles. Esas desigualdades, de todo orden, se deben a la injusticia generada y mantenida en el seno de nuestra sociedad como fruto del egoísmo personal y colectivo.
     Injusticia y exclusión van de la mano: en primer lugar, porque toda exclusión es una injusticia, como ya ha sido dicho anteriormente; en segundo lugar, porque no hay exclusión que pueda proceder del ejercicio de la justicia, cuando lo que produce es el daño de la persona, si no su destrucción física, psicológica o moral. No podemos, pues, cerrar los ojos al hecho de que entre el bienestar de unos, que son pocos —y en cuyo grupo seguramente nos hemos de contar—, y el sufrimiento de otros —que son muchos, a los cuales no prestamos atención— existe una relación dialéctica de causa a efecto. Es decir, el bienestar y el sufrimiento no son dos fenómenos que se producen simultáneamente en el seno de una sociedad sin conexión entre ellos, sino que proceden el uno del otro y se alimentan mutuamente. Lo mismo se ha de decir cuando se piensa en la situación de los pueblos y las naciones del norte y el sur, entendiendo por estos términos tomados de la geografía un concepto prevalentemente social, político y económico.
     Digamos, pues, como tesis central de nuestra aportación que entre la exclusión y los derechos humanos hay una verdadera contraposición. En efecto, la exclusión se opone radicalmente a la universalidad que se predica de los derechos humanos.
     Así lo expresa claramente la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en su declaración del día 17 de abril de 1998, cuando dice: "[La Comisión de Derechos Humanos] exhorta a la Asamblea General, los organismos especializados y los órganos de las Naciones Unidas, así como a las organizaciones intergubernamentales, a que tengan en cuenta la contradicción que se da entre la existencia de situaciones de extrema pobreza y de exclusión social, que es preciso erradicar, y el deber de garantizar el pleno disfrute de los derechos humanos. [Y reafirma que] la extrema pobreza y la exclusión social constituyen una violación de la dignidad humana y, en consecuencia, se requiere la adopción de medidas urgentes en los planos nacional e internacional para eliminarlas"(9).
 

3. ¿Un mundo desigual entre personas que son iguales? 

     Parece una triste paradoja que exista un mundo tan desigual compuesto por personas que son todas iguales en su dignidad. En efecto, las diferencias económicas y sociales son con frecuencia escandalosas y no cesan de agrandarse, entre las personas y los pueblos, hasta alcanzar dimensiones abismales en muchos casos. Las bolsas de pobreza en nuestra sociedad, los nutridos grupos de inmigrantes, los gitanos, los parados, los enfermos y los ancianos apenas llegan a percibir la bonanza que tan alegremente se proclama desde algunos foros y centros de poder.
     Por otra parte, la situación internacional denuncia un flagrante injusto reparto de la riqueza en el mundo, con cifras y datos que, por desgracia, nos son familiares. Y ello se produce en un mundo cada vez más unificado en tantas cosas, en el que la comunicación está jugando un papel trascendental, pues nos permite una inmediata conexión intercontinental y nos hace conocedores y partícipes de los acontecimientos que tienen lugar en sitios remotísimos al mismo tiempo que suceden. De ahí el sentimiento de estar viviendo en una especie de "aldea global", como la han denominado algunos autores.
     Asistimos en ella a un fenómeno de mundialización, que, si podría consistir en un sentimiento de pertenencia común a un solo mundo como miembros de una sola humanidad, la verdad es que se refiere principalmente a la expansión sin resistencias del sistema capitalista, que, sin escrúpulos ni contemplaciones, pocas cuentas quiere hacer con los excluidos que él mismo produce o cronifica.
     Ante esa poderosa y, con frecuencia, cruel dominación de los factores económicos sobre el conjunto de nuestra sociedad y la entronización del lucro, el beneficio ilimitado y la acumulación, cabría el intento de responder a un desafío: "el desafío consiste en asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al margen. He aquí un evidente deber de justicia, que comporta notables implicaciones morales en la organización de la vida económica, social, cultural y política de las naciones", en palabras de Juan Pablo II(10)
     Estamos caminando aceleradamente hacia una sociedad más compleja, principalmente en nuestro país y en el conjunto de Europa, que concebimos como multiétnica, pluricultural y polireligiosa.
     Es decir, vislumbramos una sociedad cuando menos tolerante y, a poder ser, respetuosa con las peculiaridades culturales existentes en su seno, diversidad que se valora positivamente como un avance de la libertad, que afecta a cuestiones como el uso de las lenguas, las prácticas religiosas, familiares o culinarias, las expresiones artísticas, etcétera, en cuyo seno las personas y grupos con variadas adscripciones e identidades culturales puedan convivir justa y pacíficamente.
     De esa convivencia, que a nadie excluye y que respeta las diferencias, no se ha de derivar sino un enriquecimiento común y mutuo entre las personas y los grupos sociales. En efecto, el hábito de la condivisión de la vida social en igualdad de condiciones ha de conducir a una complementariedad, exenta de exclusivismos, que ahonde la democracia y fortalezca el respeto y la tolerancia, virtudes éstas que nada tienen que ver con la indiferencia ni la conmiseración, sino con la proximidad y la simpatía en su sentido más profundo. 


 4. Los desafíos que se nos plantean

     Estamos persuadidos de que para la construcción de una sociedad como la apuntada hemos de hacer frente a múltiples y poderosos desafíos. Señalaremos sólo algunos de ellos, que consideramos más relevantes.
     - En el orden político, se ha de avanzar en una profundización de la democracia, una democracia que permita la participación real de todos, también de los excluidos, en el diseño de las políticas que les afectan. Así lo reclama la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en la declaración a que antes se ha hecho referencia, con estas palabras: "Es indispensable que los Estados propicien la participación de los más pobres en el proceso de adopción de decisiones en sus comunidades, en la realización de los derechos humanos y en la lucha contra la pobreza extrema, y que se den a los pobres y a los grupos vulnerables los medios para organizarse y tomar parte en todos los aspectos de la vida política, económica y social, en particular la planificación y la puesta en práctica de las políticas que les conciernen, permitiéndoles de esta manera convertirse en auténticos partícipes del desarrollo"(11).
     - En el orden jurídico se ha de luchar por la promulgación y aplicación de leyes que no permitan la segregación, marginación o exclusión de nadie, y que, en vez de penalizar a las víctimas de la injusticia estructural, se esfuercen por ofrecer a todas las personas la posibilidad real de gozar de sus derechos.
     - En el orden social es necesario arbitrar medidas que palien las dificultades de crecimiento personal y grupal de los sectores más débiles y resuelvan las situaciones que dan origen a su marginación. Por eso, en palabras de la anteriormente citada declaración de la Comisión de Derechos Humanos, "para asegurar la protección de los derechos de todas las personas y la no discriminación de los más pobres, así como el ejercicio efectivo de todos los derechos humanos y las libertades fundamentales, es necesario conocer mejor lo que tienen que soportar las personas que viven en la pobreza, en particular las mujeres y los niños, y proceder a una reflexión basada en la experiencia y las ideas transmitidas por la propia población más pobre, así como por las personas que trabajan a su lado"(12).
     - En el orden cultural se precisa una acción de hondo calado y paciente perseverancia que dote a toda la población —la llamada "normalizada" y la excluida o marginada— de los recursos de toda índole necesarios para convivir pacíficamente, en un ambiente de respeto mutuo y tolerancia, con quienes son diferentes; y también para comprender que la complementariedad que aporta la diferencia es una riqueza común, que, lejos de poner en peligro identidades y esencias de dudoso origen y naturaleza, construye una realidad más rica y más humana. La amplitud de miras, la elusión de absurdos localismos —sean éstos de aldea, de comunidad autónoma o de equipo de fútbol, por citar sólo algunos ámbitos de la convivencia social— es la única vía para evitar la marginación de quien no piensa, no habla, no siente o no vive como nosotros.
     - En el orden económico habría mucho que hacer, hasta conseguir la transformación de un sistema dominante, el capitalismo, tan perverso que prevé y calcula la exclusión de un porcentaje —se habla de un tercio— de la población del disfrute de los bienes sociales para que el resto viva más o menos plácidamente. La hipoteca social que pesa sobre toda propiedad privada(13) debe producir consecuencias reales y tangibles en el ordenamiento económico de la sociedad. Y cuando se piensa en la actividad económica se habría de tener muy presente que "no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos", como dice Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis(14).
     - En el orden eclesial no podemos sino reafirmar aquí con claridad y sin atenuantes nuestra —es decir, la mía, la vuestra, la de toda la Iglesia, con sus instituciones, ministerios y carismas— opción por los pobres. No puede caber duda acerca de este asunto: como Dios ha intervenido en la historia a favor de los pobres, como Jesús ha hecho de ellos sus preferidos, así nosotros, sus seguidores, hemos de tenerlos como los destinatarios privilegiados de nuestro amor y de nuestra acción. "Ésta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo; pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales y, consiguientemente, a nuestro modo de vivir y a las decisiones que se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso de los bienes", como dice Sollicitudo rei socialis15, recordando el principio peculiar de la doctrina cristiana que postula que los bienes de este mundo están originariamente destinados a todas las personas, sin exclusión de ninguna.
 

5. Conclusión

     Así llegamos al final de nuestra aportación a este seminario internacional. Lo hacemos con un triple convencimiento:
     En primer lugar, afirmamos con toda nitidez que, en nuestro planteamiento de las cosas, nadie sobra entre nosotros; más aún, tenemos el ánimo preparado para acoger a quienes, viniendo de un mundo de hambre, miseria, injusticia y violencia, se acercan a nuestras puertas solicitando poder disfrutar, ellos también, de los derechos que les corresponden, compartiendo nuestro bienestar.
     En segundo lugar, asumimos plenamente el principio de que todos somos responsables de todos, del cual se deriva el deber primordial de la solidaridad, que "no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno", según la definición ofrecida en la Sollicitudo rei socialis16.
     Y el tercer convencimiento es el de que queda mucho por hacer, y, por eso, hemos de continuar bregando. No podemos consentir que a nuestro lado haya hermanos y hermanas nuestros que queden excluidos del disfrute de los derechos que, por ser personas e hijos de Dios, les corresponden. Si así lo hiciéramos, no podríamos sentir que hacemos honor a nuestra condición humana, y mucho menos a nuestra fe cristiana. Por el contrario, la lucha a favor de los derechos humanos y de la justicia se nos presenta como un magnífico reto y una apasionante tarea, del todo coherente con lo que somos y con lo que creemos, que traduce en términos contemporáneos el único mandamiento recibido de Jesús: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12).
     Y termino con una anécdota: a veces oigo en la radio un anuncio que se desarrolla más o menos así. Hay dos protagonistas: una chica joven y un hada. Dice la chica: “Qué pena: soy invisible. ¡Nadie se fija en mí!”. Y aparece el hada madrina, que dice: “¡Tachán! Soy tu hada madrina. Pídeme un deseo y te lo concederé”. La joven: “¡Ay! Sí, quiero que todo el mundo me mire”. Y el hada: “¡Concedido! ¡Tachán…!”. Y la joven exclama con sorpresa: “¡Unas gafas! ¡Qué bien! ¡Cómo he cambiado! A partir de ahora todos me van a mirar”. El anuncio termina haciendo publicidad de la marca de gafas correspondiente, gafas que tienen la virtud de cambiar el rostro de la gente y hacer que los demás presten atención a quien las lleva puestas. Pues bien: hay muchas personas a nuestro lado que tienen la sensación de ser invisibles, y de hecho lo son puesto que no cuentan para nadie, por lo que sufren las consecuencias. Ojalá nosotros sepamos ser, no su hada madrina (pues no se trata aquí de magias o milagros), pero sí su hermano, su compañero, su prójimo, que les ayude a superar su situación de exclusión y obtener una presencia social que haga justicia a su dignidad sagrada, que nada ni nadie les puede arrebatar.
 

 

Madrid, 22 de octubre de 1999.

 

 

 

NOTAS

1. El País, miércoles 13.10.99, p. 35.
2. JUAN XXIII, Pacem in terris, n. 9.
3. Declaración universal de los derechos humanos, art. 2.1.
4. F. LAPORTA, voz “Derechos humanos”, en S. GINER – E. LAMO DE ESPINOSA – C. TORRES (eds.), Diccionario de sociología, Madrid 1998, Ed. Alianza, p. 188.
5. Cf. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998, De la justicia de cada uno nace la paz para todos, n. 2b.
6. C. GIMÉNEZ, voz “Exclusión social”, en op. cit., p. 285.
7. Id., voz “Marginación”, pp. 453-454.
8. JUAN PABLO II, Christifideles laici, n. 37.
9. COMISIÓN DE DERECHOS HUMANOS DE NACIONES UNIDAS, declaración sobre Los derechos humanos y la extrema pobreza, adoptada en su 51ª sesión, 17 de abril de 1998, aprobada en votación nominal por 51 votos contra 1.
10. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998, op. cit., n. 3b.
11. COMISIÓN DE DERECHOS HUMANOS DE NACIONES UNIDAS, op. cit.
12. Ibid.
13. Cf. JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, n. 42.
14. Ibid., n. 33.
15. Ibid., n. 42.
16. Ibid., n. 38.