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EXCLUSIÓN Y DERECHOS HUMANOS
SECRETARIO GENERAL DE JUSTICIA Y PAZ
Aportación presentada en el seminario internacional:
“La solidaridad frente a la exclusión.
Cuarenta años trabajando por el desarrollo”
organizado por Manos Unidas
con motivo del cuadragésimo aniversario de su fundación.
Madrid, 22 y 23 de octubre de 1999.
Queridos amigos y amigas: Quiero comenzar mi
intervención agradeciendo a Manos Unidas que me haya invitado a participar en
este panel temático, dentro del seminario internacional organizado para
conmemorar el cuadragésimo aniversario de la fundación de la institución. Y,
junto a mi agradecimiento, quiero también manifestar la felicitación más
cordial en nombre de Justicia y Paz, entidad a la que represento, que se siente
cercana a Manos Unidas en tantas cosas importantes. Pido, además, a Dios que
continúe bendiciéndonos, para que podamos caminar juntos, construyendo el Reino
de Dios al servicio de quienes más nos necesitan, al menos durante cuarenta
años más.
Mi aportación, con el título que se me ha ofrecido de Exclusión
y derechos humanos y la orientación que se me ha pedido —es decir, una
aproximación teórica a la cuestión—, va a constar de los siguientes apartados:
1. Aproximación conceptual
1.1. Los derechos humanos:
1.1.1. Noción
1.1.2. Características fundamentales
1.1.3. Las diversas “generaciones”
1.2. La exclusión social
1.2.1. Exclusión social
1.2.2. Marginación
1.2.3. Los apartados
1.2.4. Los olvidados
1.2.5. Los “sobrantes”
1.2.6. Los que no cuentan
2. Relación entre la exclusión social y los derechos humanos
2.1. Igualdad de la dignidad de todas las personas
2.2. Universalidad de los derechos humanos
2.3. La frontera de la exclusión
2.4. La injusticia generada y mantenida
2.5. La relación dialéctica entre el bienestar de unos (pocos) y el sufrimiento
de otros (muchos)
3. ¿Un mundo desigual entre personas que son iguales?
3.1. La aldea global
3.2. La mundialización de la solidaridad
3.3. Hacia una sociedad más compleja (multiétnica, pluricultural,
multireligiosa)
3.4. El enriquecimiento por la diferencia: complementariedad, democracia,
respeto, tolerancia.
4. Los desafíos que se plantean
4.1. En el orden político
4.2. En el orden jurídico
4.3. En el orden social
4.4. En el orden cultural
4.5. En el orden económico
4.6. En el orden eclesial
5. Conclusión
5.1. Nadie sobra entre nosotros
5.2. Todos somos responsables de todos
5.3. Hemos de continuar bregando
INTRODUCCIÓN
Comencemos por aportar tres textos significativos:
- El primero, tomado de
“Artículo 1 – Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y
derechos, y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente los unos con los otros”.
- El segundo texto es un fragmento de la exhortación
apostólica Christifideles laici, de
“El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el
respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se
trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona
singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y
mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo” (n.
- Por último, el tercero también corresponde al mismo
documento:
“La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los
hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas
formas de discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo y humillando
a la familia humana: desde las raciales y económicas a las sociales y
culturales, desde las políticas a las geográficas, etcétera. Toda
discriminación constituye una injusticia completamente intolerable, no tanto
por las tensiones y conflictos que puede acarrear a la sociedad, cuanto por el
deshonor que se inflige a la dignidad de la persona; y no sólo a la dignidad de
quien es víctima de la injusticia, sino todavía más a la de quien comete la
injusticia” (n. 37).
- Frente a ello, demos una mirada a la actualidad.
Bástenos una de las noticias aparecidas recientemente en los medios de
comunicación social. El titular dice: “El hospital Ramón y Cajal condiciona el
trasplante a un indigente a su «mejora sociolaboral»”. Y en el cuerpo de la
noticia se dice que “en el corazón de Abdelhak Chaib Mohamed late un problema.
A sus 52 años, y tras una larga serie de infartos, la unidad de arritmias del
hospital Ramón y Cajal le diagnosticó una grave cardiopatía crónica. Una
conclusión, dictada en junio de
Tal vez la sola reflexión sobre los textos mencionados
y su contraste con la realidad bastaría para dar contenido a esta aportación.
Pero vamos a intentar desarrollar un poco más la cuestión que nos ocupa.
1. Aproximación conceptual
Conviene que clarifiquemos los conceptos que estamos manejando.
1.1. Los derechos humanos
Los derechos humanos, proclamados en la mencionada
declaración universal de 1948 y en otros instrumentos jurídicos
internacionales, son inherentes a la dignidad que corresponde a las personas,
consideradas tanto individual como colectivamente. Existen esos derechos, como
tales, antes de su enumeración en documentos, leyes, convenciones y tratados
(aunque éstos son necesarios para que se pueda asegurar, reivindicar y exigir
su cumplimiento, lo que no es tan fácil cuando falta su positivación legal).
Así, pues, los derechos humanos “son derechos en
sentido moral que se considera que tienen todos aquellos que cumplen con la
condición de ser humano. (…) El elenco de los derechos humanos es variado, incluyendo
derechos relativos a la vida y la integridad física, libertades públicas y
derechos de participación política, y derechos de contenido económico, social y
cultural. En un primer momento los derechos humanos se concibieron como ámbitos
de protección del ser humano con respecto al poder del Estado (…), pero en la
actualidad se considera que han de erguirse también frente a los particulares y
sus acciones”(3).
Propiedades fundamentales de estos derechos son las
siguientes:
-Universalidad: los derechos humanos corresponden a
todas las personas, sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión,
opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición
económica, nacimiento o cualquier otra condición(4).
-Inviolabilidad: nadie, ni el Estado, ni los
individuos, ni los grupos, ni las corporaciones ni la sociedad pueden violar, y
mucho menos suprimir, estos derechos en ningún caso, pues de ellos son
titulares todas las personas por el hecho mismo de serlo y tener una dignidad
que los cristianos consideramos sagrada. Son derechos que, en nuestra
perspectiva, provienen de Dios mismo.
-Inalienabilidad: no son renunciables ni siquiera por
decisión de su titular, y mucho menos se puede privar a nadie de ellos. No se
puede negociar con ellos, ni suprimir el esfuerzo de observarlos con la excusa
de que antes se han de conseguir metas de carácter social (la paz, el bienestar
económico u otras).
-Solidez: se trata de exigencias morales tan fuertes
que tienden a sobreponerse a otras pretensiones morales y a convertirse en
referente ético fundamental de las personas y las sociedades. Con ellos nos
hallamos ante el carácter absoluto de la persona, que nunca puede ser
considerada como un medio, sino acogida y respetada como un fin en sí misma.
-Indivisibilidad: no se puede excluir a ninguno de los
derechos contemplados por el consenso mundial, contenidos en
-Obligatoriedad: a pesar de su carácter
fundamentalmente moral, ninguna persona, ningún país, ningún grupo, ninguna
sociedad, nadie queda exento de la obligación de respetar y hacer honor a los
derechos humanos, traduciéndolo en su comportamiento personal y social, puesto
que, por la misma razón que los derechos corresponden a todas las personas, su
observancia y cumplimiento obligan igualmente con carácter universal. En el
estado actual de la cuestión se ha llegado incluso a la posibilidad de reclamar
judicialmente dicho cumplimiento, en su caso, ante los tribunales, sean
nacionales o internacionales.
En el proceso de positivación de los derechos humanos
se suele distinguir lo que se ha dado en llamar "generaciones" de
derechos, o, tal vez habría que decir con más propiedad, de su reconocimiento.
Habría, entonces, tres generaciones, incluso cuatro. La primera estaría
constituida por los derechos civiles y políticos; la segunda generación se
referiría a los derechos económicos, sociales y culturales; en la tercera
generación se incluyen derechos tales como el derecho a la paz, el derecho al
desarrollo, y el derecho a un medio ambiente sano y saludable; por fin, habría
que hablar también de los derechos de los pueblos: derecho a la propia
identidad cultural, derecho a no ser colonizado, derecho a disponer de la
propia riqueza, derechos de las minorías, y, tal vez, derecho a la solidaridad.
1.2. La exclusión social
Por su parte, por exclusión social se entiende
"el proceso social de separación de un individuo o grupo respecto a las
posibilidades laborales, económicas, políticas y culturales a las que otros sí
tienen acceso y disfrutan. Situación de separación o privación en la que se
encuentran determinados individuos o grupos. Suele concebirse como opuesto a
inclusión social, aunque también a integración social (entendiéndose como el
proceso social por el que un individuo o grupo no se desarrolla de forma
integrada en una sociedad), si bien son usuales los pares de opuestos
exclusión/inclusión y marginación/integración. (…) No es nítida su distinción
respecto al concepto de marginación, si bien para algunos la exclusión denota
sobre todo la existencia de procesos estructurales de separación. Desde esta
perspectiva, sólo con programas de integración o inclusión que ataquen y
superen las raíces de esos procesos estructurales podrán revertirse las
situaciones de exclusión social”(6).
Por marginación entendemos el “estado en el que un
individuo o grupo social no es considerado parte, o lo es pero como parte
externa, de una determinada sociedad”(7).
Podemos hablar de alguna tipología de las personas que
sufren esta situación: entrarían en ella los apartados, es decir, quienes,
aunque miembros de pleno derecho de una sociedad, son separados de ella y como
estigmatizados a causa de alguna de sus características personales o grupales,
como es el caso de los homosexuales de ambos sexos, los gitanos, o los enfermos
de sida; los olvidados, entre los que destacan los presidiarios, y también los
enfermos mentales, los minusválidos y los ancianos que viven solos; los
“sobrantes”, producto de un fenómeno económico relativamente nuevo en nuestra
sociedad y de la filosofía política que lo inspira, y que integran los parados,
los jóvenes sin formación profesional, los inmigrantes y una parte notable de
los jubilados. En definitiva, estamos ante los insignificantes, aquellos que no
son tenidos en consideración cuando se hacen los planes, se diseñan las
políticas, se articulan las estrategias económicas y sociales, se toman las
decisiones. Estamos, pues, ante los que no cuentan, justamente aquellos que,
según san Pablo, han sido escogidos por Dios para confundir a los que cuentan
(cf. 1 Cor 1, 26-28).
2. Relación entre la exclusión social y los derechos humanos
Existe entre todas las personas, sin excepción, una
igualdad fundamental, que se debe a que todas gozan de la misma dignidad. Dicha
dignidad, para los cristianos, procede del mismo Dios, pues Él la ha otorgado a
cada uno de sus hijos en el orden de la creación, de la alianza, de la
redención, de la santificación y de la plenificación escatológica. No podemos ahora
desarrollar cada una de esas dimensiones, pero todas ellas forman un conjunto
que permite decir a
A esta igualdad en la dignidad corresponde la
universalidad de los derechos humanos, proclamada en todos los textos
internacionales que a ellos se refieren. No se puede encontrar en esos textos
ninguna restricción a este carácter universal. Por eso, estamos ante una
directa y flagrante contradicción cuando constatamos el fenómeno de la
exclusión.
En efecto, la exclusión social, sea debida a
cualquiera de sus posibles orígenes, produce siempre en quienes la padecen una
pérdida o una lesión del disfrute de los derechos fundamentales que como
personas les corresponden. La exclusión marca la frontera entre quienes gozan
en plenitud de sus derechos y quienes se ven privados de una parte de ellos,
con menoscabo de sus capacidades de desarrollo como personas, agravio de su
dignidad y, con frecuencia, peligro de su propia vida.
Se alza en este campo el escollo tremendo de la
ciudadanía o nacionalidad, concepto político que divide a la población de un
país en dos partes dramáticamente diferenciadas y que inmediatamente priva a
una de ellas —la de quienes no son ciudadanos del país en sentido estricto— del
pleno disfrute de sus derechos. No podemos olvidar el significativo título de
la declaración francesa de 1789: Declaración de los derechos del hombre y
del ciudadano.
Frente a la igualdad en la dignidad y la universalidad
de los derechos que corresponden a las personas nos encontramos, de hecho, con
la existencia de tremendas desigualdades. Digamos rápidamente que éstas no se
deben a los hados, la casualidad o la contingencia de fenómenos imprevisibles.
Esas desigualdades, de todo orden, se deben a la injusticia generada y
mantenida en el seno de nuestra sociedad como fruto del egoísmo personal y
colectivo.
Injusticia y exclusión van de la mano: en primer
lugar, porque toda exclusión es una injusticia, como ya ha sido dicho
anteriormente; en segundo lugar, porque no hay exclusión que pueda proceder del
ejercicio de la justicia, cuando lo que produce es el daño de la persona, si no
su destrucción física, psicológica o moral. No podemos, pues, cerrar los ojos
al hecho de que entre el bienestar de unos, que son pocos —y en cuyo grupo
seguramente nos hemos de contar—, y el sufrimiento de otros —que son muchos, a
los cuales no prestamos atención— existe una relación dialéctica de causa a
efecto. Es decir, el bienestar y el sufrimiento no son dos fenómenos que se
producen simultáneamente en el seno de una sociedad sin conexión entre ellos,
sino que proceden el uno del otro y se alimentan mutuamente. Lo mismo se ha de
decir cuando se piensa en la situación de los pueblos y las naciones del norte
y el sur, entendiendo por estos términos tomados de la geografía un concepto prevalentemente
social, político y económico.
Digamos, pues, como tesis central de nuestra
aportación que entre la exclusión y los derechos humanos hay una verdadera
contraposición. En efecto, la exclusión se opone radicalmente a la
universalidad que se predica de los derechos humanos.
Así lo expresa claramente
3. ¿Un mundo desigual entre personas que son iguales?
Parece una triste paradoja que exista un mundo tan
desigual compuesto por personas que son todas iguales en su dignidad. En
efecto, las diferencias económicas y sociales son con frecuencia escandalosas y
no cesan de agrandarse, entre las personas y los pueblos, hasta alcanzar
dimensiones abismales en muchos casos. Las bolsas de pobreza en nuestra
sociedad, los nutridos grupos de inmigrantes, los gitanos, los parados, los
enfermos y los ancianos apenas llegan a percibir la bonanza que tan alegremente
se proclama desde algunos foros y centros de poder.
Por otra parte, la situación internacional denuncia un
flagrante injusto reparto de la riqueza en el mundo, con cifras y datos que,
por desgracia, nos son familiares. Y ello se produce en un mundo cada vez más
unificado en tantas cosas, en el que la comunicación está jugando un papel
trascendental, pues nos permite una inmediata conexión intercontinental y nos
hace conocedores y partícipes de los acontecimientos que tienen lugar en sitios
remotísimos al mismo tiempo que suceden. De ahí el sentimiento de estar
viviendo en una especie de "aldea global", como la han denominado
algunos autores.
Asistimos en ella a un fenómeno de mundialización,
que, si podría consistir en un sentimiento de pertenencia común a un solo mundo
como miembros de una sola humanidad, la verdad es que se refiere principalmente
a la expansión sin resistencias del sistema capitalista, que, sin escrúpulos ni
contemplaciones, pocas cuentas quiere hacer con los excluidos que él mismo
produce o cronifica.
Ante esa poderosa y, con frecuencia, cruel dominación
de los factores económicos sobre el conjunto de nuestra sociedad y la
entronización del lucro, el beneficio ilimitado y la acumulación, cabría el
intento de responder a un desafío: "el desafío consiste en asegurar una
globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al margen.
He aquí un evidente deber de justicia, que comporta notables implicaciones
morales en la organización de la vida económica, social, cultural y política de
las naciones", en palabras de
Estamos caminando aceleradamente hacia una sociedad
más compleja, principalmente en nuestro país y en el conjunto de Europa, que
concebimos como multiétnica, pluricultural y polireligiosa.
Es decir, vislumbramos una sociedad cuando menos
tolerante y, a poder ser, respetuosa con las peculiaridades culturales
existentes en su seno, diversidad que se valora positivamente como un avance de
la libertad, que afecta a cuestiones como el uso de las lenguas, las prácticas
religiosas, familiares o culinarias, las expresiones artísticas, etcétera, en
cuyo seno las personas y grupos con variadas adscripciones e identidades
culturales puedan convivir justa y pacíficamente.
De esa convivencia, que a nadie excluye y que respeta
las diferencias, no se ha de derivar sino un enriquecimiento común y mutuo
entre las personas y los grupos sociales. En efecto, el hábito de la
condivisión de la vida social en igualdad de condiciones ha de conducir a una
complementariedad, exenta de exclusivismos, que ahonde la democracia y
fortalezca el respeto y la tolerancia, virtudes éstas que nada tienen que ver
con la indiferencia ni la conmiseración, sino con la proximidad y la simpatía
en su sentido más profundo.
4. Los desafíos que se nos plantean
Estamos persuadidos de que para la construcción de
una sociedad como la apuntada hemos de hacer frente a múltiples y poderosos
desafíos. Señalaremos sólo algunos de ellos, que consideramos más relevantes.
- En el orden político, se ha de avanzar en una
profundización de la democracia, una democracia que permita la participación
real de todos, también de los excluidos, en el diseño de las políticas que les
afectan. Así lo reclama
- En el orden jurídico se ha de luchar por la
promulgación y aplicación de leyes que no permitan la segregación, marginación
o exclusión de nadie, y que, en vez de penalizar a las víctimas de la
injusticia estructural, se esfuercen por ofrecer a todas las personas la
posibilidad real de gozar de sus derechos.
- En el orden social es necesario arbitrar medidas que
palien las dificultades de crecimiento personal y grupal de los sectores más
débiles y resuelvan las situaciones que dan origen a su marginación. Por eso,
en palabras de la anteriormente citada declaración de
- En el orden cultural se precisa una acción de hondo
calado y paciente perseverancia que dote a toda la población —la llamada
"normalizada" y la excluida o marginada— de los recursos de toda
índole necesarios para convivir pacíficamente, en un ambiente de respeto mutuo
y tolerancia, con quienes son diferentes; y también para comprender que la
complementariedad que aporta la diferencia es una riqueza común, que, lejos de
poner en peligro identidades y esencias de dudoso origen y naturaleza,
construye una realidad más rica y más humana. La amplitud de miras, la elusión
de absurdos localismos —sean éstos de aldea, de comunidad autónoma o de equipo
de fútbol, por citar sólo algunos ámbitos de la convivencia social— es la única
vía para evitar la marginación de quien no piensa, no habla, no siente o no
vive como nosotros.
- En el orden económico habría mucho que hacer, hasta
conseguir la transformación de un sistema dominante, el capitalismo, tan
perverso que prevé y calcula la exclusión de un porcentaje —se habla de un
tercio— de la población del disfrute de los bienes sociales para que el resto
viva más o menos plácidamente. La hipoteca social que pesa sobre toda propiedad
privada(13) debe producir consecuencias
reales y tangibles en el ordenamiento económico de la sociedad. Y cuando se
piensa en la actividad económica se habría de tener muy presente que "no
sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y
promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos,
incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos", como dice
- En el orden eclesial no podemos sino reafirmar aquí
con claridad y sin atenuantes nuestra —es decir, la mía, la vuestra, la de toda
5. Conclusión
Así llegamos al final de nuestra aportación a este
seminario internacional. Lo hacemos con un triple convencimiento:
En primer lugar, afirmamos con toda nitidez que, en
nuestro planteamiento de las cosas, nadie sobra entre nosotros; más aún,
tenemos el ánimo preparado para acoger a quienes, viniendo de un mundo de
hambre, miseria, injusticia y violencia, se acercan a nuestras puertas
solicitando poder disfrutar, ellos también, de los derechos que les
corresponden, compartiendo nuestro bienestar.
En segundo lugar, asumimos plenamente el principio de
que todos somos responsables de todos, del cual se deriva el deber primordial
de la solidaridad, que "no es un sentimiento superficial por los males de
tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y
perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y
cada uno", según la definición ofrecida en
Y el tercer convencimiento es el de que queda mucho
por hacer, y, por eso, hemos de continuar bregando. No podemos consentir que a nuestro
lado haya hermanos y hermanas nuestros que queden excluidos del disfrute de los
derechos que, por ser personas e hijos de Dios, les corresponden. Si así lo
hiciéramos, no podríamos sentir que hacemos honor a nuestra condición humana, y
mucho menos a nuestra fe cristiana. Por el contrario, la lucha a favor de los
derechos humanos y de la justicia se nos presenta como un magnífico reto y una
apasionante tarea, del todo coherente con lo que somos y con lo que creemos,
que traduce en términos contemporáneos el único mandamiento recibido de Jesús:
"Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,
12).
Y termino con una anécdota: a veces oigo en la radio
un anuncio que se desarrolla más o menos así. Hay dos protagonistas: una chica
joven y un hada. Dice la chica: “Qué pena: soy invisible. ¡Nadie se fija en
mí!”. Y aparece el hada madrina, que dice: “¡Tachán! Soy tu hada madrina.
Pídeme un deseo y te lo concederé”. La joven: “¡Ay! Sí, quiero que todo el
mundo me mire”. Y el hada: “¡Concedido! ¡Tachán…!”. Y la joven exclama con
sorpresa: “¡Unas gafas! ¡Qué bien! ¡Cómo he cambiado! A partir de ahora todos
me van a mirar”. El anuncio termina haciendo publicidad de la marca de gafas
correspondiente, gafas que tienen la virtud de cambiar el rostro de la gente y
hacer que los demás presten atención a quien las lleva puestas. Pues bien: hay
muchas personas a nuestro lado que tienen la sensación de ser invisibles, y de
hecho lo son puesto que no cuentan para nadie, por lo que sufren las
consecuencias. Ojalá nosotros sepamos ser, no su hada madrina (pues no se trata
aquí de magias o milagros), pero sí su hermano, su compañero, su prójimo, que
les ayude a superar su situación de exclusión y obtener una presencia social
que haga justicia a su dignidad sagrada, que nada ni nadie les puede arrebatar.
Madrid, 22 de octubre de 1999.
NOTAS
1. El País, miércoles 13.10.99, p.
35.
2. JUAN XXIII, Pacem in terris, n. 9.
3. Declaración universal de los derechos humanos, art. 2.1.
4. F. LAPORTA, voz “Derechos humanos”, en S. GINER – E. LAMO DE ESPINOSA – C.
TORRES (eds.), Diccionario de sociología, Madrid 1998, Ed. Alianza, p.
188.
5. Cf. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998, De la
justicia de cada uno nace la paz para todos, n. 2b.
6. C. GIMÉNEZ, voz “Exclusión social”, en op. cit., p. 285.
7. Id., voz “Marginación”, pp. 453-454.
8. JUAN PABLO II, Christifideles laici, n. 37.
9. COMISIÓN DE DERECHOS HUMANOS DE NACIONES UNIDAS, declaración sobre Los
derechos humanos y la extrema pobreza, adoptada en su 51ª sesión, 17 de
abril de 1998, aprobada en votación nominal por 51 votos contra 1.
10. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998, op. cit., n.
3b.
11. COMISIÓN DE DERECHOS HUMANOS DE NACIONES UNIDAS, op. cit.
12. Ibid.
13. Cf. JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, n. 42.
14. Ibid., n. 33.
15. Ibid., n. 42.
16. Ibid., n. 38.