
ITINERARIO
FUNDACIONAL Y OPERACIONAL DE
JUSTICIA Y PAZ
Textos
Selección
de textos realizada por Miguel Ángel Sánchez, O.P.
Secretario
General de Justicia y Paz de España
PABLO VI, enc.
Ecclesiam suam, 1964
El
diálogo con el mundo
"Si
verdaderamente
(…)
No podemos pasar por alto nuestro propósito de perseverar (…) en el mismo
esfuerzo por acercarnos al mundo en que
Desde
fuera no se salva el mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace
falta que [
CONCILIO
VATICANO II, const. past. Gaudium
et spes, sobre
"El
Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen todavía a la
mayoría de la humanidad, para fomentar en todas partes la obra de la justicia y
el amor de Cristo a los pobres, juzga muy oportuno que se cree un organismo
universal de
CONCILIO
VATICANO II, decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los
seglares, 1965
"La
acción caritativa puede y debe abarcar hoy a todos los hombres y a todas las
necesidades. Dondequiera que haya hombres que carecen de alimentos, de
vestidos, de hogar, de medicinas, de trabajo, de instrucción, de los medios
necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, que se ven afligidos por
las calamidades o por la falta de salud, que sufren en el destierro o en la
cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana, consolarlos
con cuidado diligente y ayudarlos con la prestación de auxilios. Esta
obligación se impone, ante todo, a los hombres y a los pueblos que viven en la
prosperidad.
Para
que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca
como tal es necesario:
Aprecien, por consiguiente, en
mucho los seglares y ayuden en la medida de sus posibilidades las obras de
caridad y las organizaciones de asistencia social, privadas o públicas, incluso
internacionales, por las que se hace llegar a todos los hombres y pueblos
necesitados un auxilio eficaz, cooperando en esto con todos los hombres de
buena voluntad". (n. 8)
PABLO VI, m. p. Catholicam Christi
Ecclesiam, por el que se constituye
En particular,
1) Recoger y sintetizar documentación sobre
los mejores estudios científicos y técnicos, bien en el campo del desarrollo,
en todos sus aspectos: educación y cultura, economía y sociedad, etcétera, bien
sobre los problemas de la paz, que son más extensos que los del desarrollo.
2) Contribuir a la profundización,
particularmente bajo el aspecto doctrinal, pastoral y apostólico, de los
problemas del desarrollo y de la paz.
3) Dar a conocer los resultados de estos
estudios a todos los organismos de
4) Establecer contactos entre todos los
organismos de
PABLO VI, aloc.
a los miembros de
"Representáis antes nuestros ojos la
realización del último voto del Concilio (cf. Gaudium et spes, n. 90).
Como en otros tiempos —y hoy también—, una vez construida la iglesia, o el
campanario, se coloca en la cima del tejado un gallo, como símbolo de
vigilancia en la fe y en todo el programa de vida cristiana, de la misma
manera, sobre el edificio espiritual del Concilio se ha colocado a esta
Comisión, que no tiene más misión que mantener abiertos los ojos de
El estudio es el objetivo específico de
PABLO VI, enc. Populorum
progressio, 1967
"Con la intención de responder al
voto del Concilio y de concretar la aportación de
Por eso, hoy dirigimos a todos este
solemne llamamiento para una acción concreta a favor del desarrollo integral
del hombre y del desarrollo solidario de
COMISIÓN PONTIFICIA "JUSTICIA Y
PAZ", decl. en la
clausura de su primera reunión plenaria, 1967
"Desde el comienzo de su trabajo,
Instrumentos de trabajo y de acción
1º) Con los católicos:
2º) Con los cristianos:
3º) Con las religiones no cristianas:
4º) Con las organizaciones seculares: el
criterio de conducta de
Principios fundamentales de la educación
en los principios de la justicia y la paz
SÍNODO DE LOS OBISPOS 1971, doc. La
justicia en el mundo
"Escuchando el clamor de quienes
sufren violencia y se ven oprimidos por sistemas y mecanismos injustos, y
escuchando también los interrogantes de un mundo que con su perversidad
contradice el plan del Creador, tenemos conciencia unánime de la vocación de
(…) La acción a favor de la justicia y la
participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como
una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, de la
misión de
(…) Según el mensaje cristiano, la
actitud del hombre para con los hombres se completa con su misma actitud para
con Dios; su respuesta al amor de Dios, que nos salva por Cristo, se manifiesta
eficazmente en el amor y en el servicio de los hombres. Pero el amor cristiano
al prójimo y la justicia no se pueden separar. Porque el amor implica una
exigencia absoluta de justicia, es decir, el reconocimiento de la dignidad y de
los derechos del prójimo. La justicia, a su vez, alcanza su plenitud interior
solamente en el amor. Siendo cada hombre realmente imagen visible del Dios
invisible y hermano de Cristo, el cristiano encuentra en cada hombre a Dios y
la exigencia absoluta de justicia y de amor que es propia de Dios. (Parte II,
apartado: La justicia salvífica de Dios por Cristo)
La misión de predicar el Evangelio en el
momento presente requiere que nos empeñemos en la liberación integral del
hombre ya desde ahora, en su existencia terrena. En efecto, si el mensaje
cristiano sobre el amor y la justicia no manifiesta su
eficacia en la acción por la justicia en el mundo, muy difícilmente obtendrá
credibilidad entre los hombres de nuestro tiempo. (Idem)
No corresponde de por sí a
Si
Perfectamente conscientes de todo lo que
se ha hecho en este campo, recomendamos vivamente, siguiendo al Concilio
Ecuménico Vaticano II, la cooperación con los hermanos cristianos separados,
para promover la justicia en el mundo, para fomentar el desarrollo de los
pueblos, para establecer la paz. Esta cooperación se refiere principalmente a
las iniciativas que miran a la dignidad del hombre y sus derechos
fundamentales, sobre todo el derecho a la libertad religiosa;
consiguientemente, el esfuerzo común contra las discriminaciones por
diferencias de religión, raza y color, de cultura, etcétera (…).
Animados por el mismo espíritu,
recomendamos igualmente la colaboración con todos aquellos que creen en Dios,
para promover la justicia social, la paz y la libertad; más aún, también con
aquellos que no reconocen al Autor del mundo, pero que, estimando los valores
humanos, buscan la justicia sincera y honestamente. (Idem,
apartado: Colaboración ecuménica)
La esperanza del Reino venidero está
impaciente por habitar en los espíritus humanos. La transformación radical del
mundo en
Al mismo tiempo que proclama el Evangelio
del Señor, Redentor y Salvador,
PABLO VI, carta apost. Octogesima adveniens, 1971
"Es deber de todos —y especialmente
de los cristianos (cfr. Mt
25, 35)— trabajar con energía para instaurar la
fraternidad universal, base indispensable de una justicia auténtica y condición
de una paz duradera: No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos
negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de
Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y la relación del hombre para
con los hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice
Nuevamente dirigimos a todos los
cristianos, de manera apremiante, un llamamiento a la acción (…). Que cada uno
se examine para ver lo que él ha hecho hasta aquí, y lo que debería hacer. No
basta recordar los principios, afirmar las intenciones, subrayar las
injusticias clamorosas y proferir denuncias proféticas: estas palabras no
tendrán peso real si no van acompañadas en cada uno por una toma de conciencia
más viva de su propia responsabilidad y de una acción efectiva. (…) La
esperanza del cristiano le viene, en primer lugar, de saber que el Señor está
obrando con nosotros en el mundo, continuando en su cuerpo que es
De este modo, en la diversidad de
situaciones, de funciones, de organizaciones, cada uno debe situar su
responsabilidad y discernir en conciencia las acciones a las cuales está
llamado a participar". (nn. 48-49)
PABLO VI, exhort. apost.
Evangelii nuntiandi, 1975
"
La evangelización no sería completa si no
tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se
establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre.
Precisamente por esto la evangelización lleva consigo un mensaje explícito,
adaptado a las diversas situaciones y constantemente actualizado, sobre los
derechos y deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar, sin la cual
apenas es posible el progreso personal (cf. GS 47-52; HV pp.
481-503), sobre la vida comunitaria de la sociedad, sobre la vida
internacional, la paz, la justicia, el desarrollo: un mensaje, especialmente
vigoroso en nuestros días, sobre la liberación. (n. 29)
Entre evangelización y promoción humana
—desarrollo, liberación— existen (…) lazos muy fuertes. Vínculos de orden
antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto,
sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden
teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la
redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay
que combatir, y de justicia, que hay que restaurar. Vínculos de orden
eminentemente evangélico, como es el de la caridad. En efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante
la justicia y la paz. el verdadero, el auténtico
crecimiento del hombre? Nos mismo lo indicamos, al recordar que no es posible
aceptar que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones
extremadamente graves, tan agitadas hoy día, que atañen a la justicia, a la
liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería
ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece
necesidad (PABLO VI, Discurso de apertura de la tercera Asamblea General
del Sínodo de los Obispos, 27.9.74)". (n. 31)
PABLO VI, m. p. Iustitiam et pacem,
por el que se determinan las estructuras definitivas de
"Altos objetivos y principios
Al determinar ahora de manera definitiva
las finalidades y la organización de
Es necesario, para ello:
Estos son
los altos objetivos y los principios prácticos de
No hay que olvidar que el
cambio constante y rápido de las relaciones entre las personas y entre los
pueblos da origen continuamente a nuevas cuestiones o revela nuevos aspectos de
los problemas que atañen a la justicia, la paz, el desarrollo de los pueblos y
los derechos del hombre. Para hacer frente a esta realidad, compleja y
cambiante a la vez,
1.
2. Para
conseguir esto,
1º)
Ante todo, estudiar diligentemente la doctrina social del Magisterio de
2º)
Reunir y sintetizar los estudios referentes al desarrollo de los pueblos, la
paz, la justicia y los derechos del hombre, bajo su aspecto cultural, moral,
educativo, económico y social; tratar de valorarlos desde el punto de vista
teológico, y, seguidamente, ver cómo toda esta documentación puede servir a la
pastoral y al compromiso cada vez más decidido de los cristianos en las
distintas situaciones locales, nacionales e internacionales.
3º)
Dar a conocer el fruto de sus estudios, de su trabajo de documentación y de su
reflexión a todos los sectores de
4º)
Estar en contacto habitual con los Dicasterios y demás organismo de
5º)
En colaboración con estos mismos organismos, poner el fruto de su reflexión a
disposición de otros grupos o instituciones existentes dentro de
6º)
Esforzarse por conocer los agravios a la justicia, las violaciones de los
derechos humanos, las injusticias que se producen en las situaciones concretas,
y recoger informaciones objetivas y completas en tales casos; manifestará la
solidaridad cristiana con todos aquellos que sufren la injusticia, cuantas
veces lo justifique la gravedad de las situaciones o de los hechos, después de
ponerse de acuerdo con
JUAN
PABLO II, enc. Redemptor hominis, 1979
"¡Qué valor debe tener el
hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor, si
«Dios ha dado a su Hijo» a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga
la vida eterna»!
En realidad, ese profundo estupor
respecto al valor y la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena
Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor justifica la misión de
SAGRADA
CONGREGACIÓN PARA LOS RELIGIOSOS E INSTITUTOS SECULARES, instr. Religiosos y
promoción humana, 1980
"Los temas de la liberación
evangélica, fundamentada en el Reino de Dios, deben llegar a ser
particularmente familiares para los religiosos. De hecho, el testimonio de las
religiosas y los religiosos que han luchado valientemente en apoyo de los
humildes y en defensa de los derechos humanos han sido un eco eficaz del
Evangelio y de la voz de
Esta presencia en defensa y promoción de
la justicia, particularmente atenta y activa, debería hacerse patente en
aquellos sectores atormentados por las injusticias sin voz, a las que se
refiere el Sínodo de 1971.
En efecto, mientras algunas categorías
sociales saben dotarse de estructuras vigorosas de protesta y apoyo, asistimos
en cambio a un sinnúmero de sufrimientos e injusticias que encuentran escasa
resonancia en el corazón de muchos de nuestros contemporáneos: el drama de los
prófugos, de los perseguidos a causa de sus ideas políticas o de la profesión
de su fe, la violación del derecho a la vida, las limitaciones injustificadas
de las libertades humanas y religiosas, las carencias sociales que agudizan los
sufrimientos de los ancianos y los marginados…
El testimonio de los religiosos en pro de
la justicia en el mundo comporta, sobre todo para ellos mismos, una revisión
constantes de las propias opiniones de vida, del uso de los bienes, del estilo
de sus relaciones. Porque quien tiene la valentía de hablar de justicia a los
hombres debe, en primer lugar, ser justo ante ellos (cf. Sínodo de 1971).
(n. 4.e)
De la doctrina del Vaticano II y de la
insistencia con que los Sínodos de los Obispos volvieron sobre la cuestión, se
desprende que no es posible separar la formación para el compromiso inderogable
del Evangelio de la promoción del hombre según los designios de Dios. Por eso,
en los Institutos religiosos no resultaría adecuado ni completo un programa de
formación y renovación sin una precisa toma de conciencia del pensamiento de
Todo
ello parece más necesario aún si se quiere que los religiosos se encuentren
luego en condiciones —como es su deber apostólico— de despertar las
conciencias (ET 18), de formar a otros cristianos, especialmente a
los laicos, para que pueda asumir con competencia y equilibrio su parte en esta
misión común de evangelización y promoción humana. Y ya que las dimensiones misioneras
de
CONGREGACIÓN PARA
"La misión esencial de
En esta misión,
Pero el amor que impulsa a
La finalidad de
La obra de salvación aparece, de esta
manera, indisolublemente ligada a la labor de mejorar y elevar las condiciones
de la vida humana en este mundo". (n. 80)
JUAN PABLO II, enc.
Sollicitudo rei socialis, 1987
"La solidaridad (…) no es (…) un
sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas.
Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien
común; es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos
verdaderamente responsables de todos. (n. 38)
No se justifican ni la desesperación ni
el pesimismo ni la pasividad. Aunque con tristeza, conviene decir que, así como
se puede pecar por egoísmo, por afán de ganancia exagerada y de poder, se puede
faltar también —ante las urgentes necesidades de unas muchedumbres hundidas en
el subdesarrollo— por temor, indecisión y, en el fondo, por cobardía. Todos
estamos llamados, más aún, obligados a afrontar este tremendo desafío de la
última década del segundo milenio.
(…) Está en juego la dignidad de la
persona humana, cuya defensa y promoción nos han sido confiadas por el Creador,
y de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en
cada coyuntura de la historia. El panorama actual —como muchos ya perciben más
o menos claramente— no parece responder a esta dignidad. Cada uno está llamado
a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica que hay que realizar con
medios pacíficos para conseguir el desarrollo en la paz para salvaguardar la
misma naturaleza y el mundo que nos rodea. También
Por eso, siguiendo la encíclica Populorum
progressio, del papa Pablo VI, con sencillez y humildad, quiero dirigirme a
todos, hombres y mujeres sin excepción, para que, convencidos de la gravedad
del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos
por obra —con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes,
con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones
económicas y políticas y con la propia actuación a nivel nacional e
internacional— las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor
preferencial por los pobres. Así lo requiere el momento, así lo exige sobre
todo la dignidad de la persona humana, imagen indestructible de Dios Creador,
idéntica en cada uno de nosotros.
En este empeño deben ser ejemplo y guía
los hijos de
JUAN PABLO II, const. apost.
Pastor bonus, sobre
"Art. 142 – Corresponde al Consejo
[Pontificio "Justicia y Paz"] la promoción de la justicia y la paz en
el mundo según el Evangelio y la doctrina social de
Art. 143 - § 1. Profundiza en la doctrina
social de
§ 2. Recoge noticias y resultados de
investigaciones sobre la justicia y la paz, el desarrollo de los pueblos y las
violaciones de los derechos humanos, los valora, y, cuando es oportuno, hace
partícipes de sus conclusiones a los organismos episcopales; promueve las
relaciones con las asociaciones católicas internacionales y con los otros
institutos, existentes incluso fuera de
§ 3. Trabaja para que entre los pueblos
haya sensibilidad acerca del deber de favorecer la paz, sobre todo con ocasión
de la "Jornada mundial de la paz".
Art. 144 – Mantiene peculiares relaciones
con
JUAN PABLO II, exhort. apost.
Christifideles laici, 1988
"Redescubrir y hacer redescubrir
la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea
esencial; es más, en cierto sentido, es la tarea central y unificante
del servicio que
Entre todas las criaturas de la tierra, sólo
el hombre es «persona», sujeto consciente y libre, y, precisamente por eso,
«centro y vértice» de todo lo que existe sobre la tierra (cf. GS 12).
La dignidad personal es el bien más
precioso que el hombre posee, gracias al cual supera en valor a todo el
mundo material. Las palabras de Jesús: «¿De qué le
sirve al hombre ganar el mundo entero, si después pierde su alma?» (Mc 8, 36) contienen una luminosa y estimulante
afirmación antropológica: el hombre vale no por lo que «tiene» —¡aunque poseyera el mundo entero!—, sino por lo que «es».
No cuentan tanto los bienes de la tierra, cuanto el bien de la persona, el bien
que es la persona misma.
La dignidad de la persona manifiesta todo
su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su
imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre
está llamado a ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está
destinado a esa eterna vida de comunión con Dios que le llena de gozo. Por eso,
toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de
Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.
A causa de su dignidad personal, el
ser humano es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo, y como tal exige
ser considerado y tratado. Y al contrario, jamás puede ser tratado y
considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa.
La dignidad personal constituye el
fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean
absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación que, por
desgracia, continúan dividiendo y humillando a la familia humana: desde las
raciales y económicas a las sociales y culturales, desde las políticas a las
geográficas, etcétera. Toda discriminación constituye una injusticia
completamente intolerable, no tanto por las tensiones y conflictos que puede
acarrear a la sociedad, cuanto por el deshonor que se inflige a la dignidad de
la persona; y no sólo a la dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino
todavía más a la de quien comete la injusticia.
Fundamento de la igualdad de todos los
hombres, la dignidad personal es también el fundamento de la participación y
la solidaridad de los hombres entre sí: el diálogo y la comunión radican,
en última instancia, en lo que los hombres «son», antes y mucho más que en lo
que «tienen».
La dignidad personal es propiedad
indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el
penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona. En consecuencia, el
individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y
anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las
estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un número, no
es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje del sistema. La afirmación que
exalta más radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios
encarnándose en el seno de una mujer. También de esto continúa hablándonos
El efectivo reconocimiento de la dignidad
personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los
derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e
inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el
Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos
provienen de Dios mismo. (n.
El respeto a la persona humana va más
allá de la exigencia de una moral individual y se coloca como criterio base,
como pilar fundamental para la estructuración de la misma sociedad, estando la
sociedad entera dirigida hacia la persona.
Así, íntimamente unida a la
responsabilidad de servir a la persona está la responsabilidad de servir
a la sociedad como responsabilidad general de aquella animación cristiana
del orden temporal a la que son llamados los fieles laicos según sus propias y
específicas modalidades. (n. 39)
El voluntariado, si se vive en su verdad
de servicio desinteresado al bien de las personas, especialmente de las más
necesitadas y las más olvidadas por los mismos servicios sociales, debe
considerarse una importante manifestación de apostolado, en el que los fieles
laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel de primera importancia. (n. 41)
La caridad que ama y sirve a la persona
no puede ser jamás ser separada de la justicia: una y otra, cada una a
su modo, exigen el efectivo reconocimiento pleno de los derechos de la persona,
a la que está ordenada la sociedad con todas sus estructuras e instituciones.
Para animar cristianamente el orden
temporal —en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad—, los
fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la
«política»; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social,
legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e
institucionalmente el bien común. (…)
Una política para la persona y para la
sociedad encuentra su criterio básico en la consecución del bien
común, como bien de todos los hombres y de todo el hombre,
correctamente ofrecido y garantizado a la libre y responsable aceptación de las
personas, individualmente o asociadas. (…)
Además, una política para la persona y
para la sociedad encuentra su rumbo constante de camino en la defensa
y promoción de la justicia, entendida como «virtud» a la que todos deben
ser educados y como «fuerza» moral que sostiene el empeño por favorecer los
derechos y deberes de todos y cada uno, sobre la base de la dignidad personal
del ser humano. (…)
El fruto de la actividad política
solidaria —tan deseado por todos y, sin embargo, tan inmaduro— es la paz.
Los fieles laicos no pueden permanecer indiferentes, extraños o perezosos ante
todo lo que es negación o puesta en peligro de la paz: violencia y guerra,
tortura y terrorismo, campos de concentración, militarización de la política,
carrera de armamentos, amenaza nuclear. Al contrario, como discípulos de
Jesucristo, «príncipe de la paz» (Is 9, 5) y
«nuestra paz» (Ef 2, 14), los fieles laicos
han de asumir la tarea de ser «sembradores de paz» (Mt
5, 9), tanto mediante la conversión del «corazón» como mediante la acción a
favor de la verdad, de la libertad, de la justicia y de la caridad, que son los
fundamentos irrenunciables de la paz.
Colaborando con todos aquellos que
verdaderamente buscan la paz y sirviéndose de los específicos organismos e
instituciones nacionales e internacionales, los fieles laicos deben promover
una labor educativa capilar, destinada a derrotar la imperante cultura del
egoísmo, el odio, la venganza y la enemistad, y a desarrollar en todos los
ámbitos la cultura de la solidaridad". (n. 42)
JUAN PABLO II, enc.
Centesimus annus, 1991
"El amor por el hombre, y en primer
lugar por el pobre, en el que
Dándose cuenta cada vez mejor de que
demasiados hombres viven no en el bienestar del mundo occidental, sino en la
miseria de los países en vías de desarrollo y soportan una condición que sigue
siendo la del «yugo casi servil» [del que hablaba León XIII],
COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL SOCIAL DE
"Una evangelización integral
requiere poner de relieve, de manera particular en nuestro tiempo, que no es
posible proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la
paz, el verdadero y auténtico crecimiento del hombre (EN 31), y, por lo
mismo, que el amor por el pobre, en el que
Todos somos responsables de todos (SRS 38). En estas certeras
palabras de Juan Pablo II se puede condensar el mensaje central de
El encuentro con el pobre no puede ser
para
Sólo una Iglesia que se acerca a los
pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por
su liberación, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimonio
coherente y convincente del mensaje evangélico. Bien puede afirmarse que el ser
y el actuar de
Mientras no tengamos una conciencia
más honda y más concreta de que la misericordia hacia los pobres es la gran
misión de todos y siempre, bien podríamos decir que
Luchar por la justicia supone para
El compromiso en la lucha por la justicia
nos afecta a todos en cuanto comunidad eclesial y a
cada uno también como cristianos, de diferente forma según las circunstancias y
los diversos carismas y vocaciones. (n. 46)
La vida del cristiano debe guardar una
profunda unidad (…). Tanto el espiritualismo alienante como el secularismo
rampante son caricaturas y desviaciones de la vida cristiana que deforman
también la imagen de
Más que una caricatura, sería un sarcasmo
y un verdadero escándalo que los bautizados, que estamos llamados a superar la
justicia humana mediante la caridad cristiana, no solamente no obráramos en
caridad, sino ni siquiera guardásemos el mínimo de justicia. (n. 49)
Todos y en muchas circunstancias tenemos
la posibilidad y el deber de obrar con justicia hacia los demás: en el hogar,
en el comercio, en la fábrica, en la oficina, en el ocio, en el campo, en los
tributos municipales, autonómicos o estatales, en las compras y en las ventas,
en los préstamos y en las deudas. De mil maneras, el cristiano puede hablar con
su conducta, expresando así el valor y la importancia que damos a la modesta
pero indispensable y fundamental justicia humana, aunque nosotros la vivamos
movidos por la gracia —la justicia— divina. (n. 49)
Los cristianos, cada uno según su
vocación, su condición y circunstancias, debemos estar interesados y
preocupados por la injusticia que produce tanta pobreza y miseria entre los
hombres, y hacer todo lo que podamos para que haya justicia en el mundo. (n. 50)
Cuando trabajamos entre los hombres para
implantar la justicia, la solidaridad, la colaboración y la amistad, sabemos
que nunca alcanzaremos una perfección absoluta en todo el hombre y para todos
los hombres. Sin embargo, ello no nos desanima, porque sabemos que el Maestro
dará al finas unas pinceladas geniales que llevarán
nuestra obra a la perfección.
Ello no puede justificar en modo alguno
la pasividad o el fatalismo. En la constitución Gaudium et spes advierte
el Concilio: la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien
avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de
la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre
del siglo nuevo (GS 39).
Pero sí puede levantar nuestra esperanza
hacia los bienes futuros que nos aguardan en el Reino, donde Dios será todo
en todos (1 Cor 15, 28) y así llenará plenamente esta sed insaciable
del bien que mueve el corazón humano sin descanso". (nn. 151-152)
COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL SOCIAL DE
"Somos conscientes de que las cosas
no cambian como nos gustaría y que los esfuerzos por transformar la sociedad en
justicia con frecuencia resultan estériles. Pero nuestra esperanza cristiana es
«teologal»; se apoya en Dios encarnado, que actúa en la evolución de la
historia y en el dinamismo de nuestra realidad social. El anhelo por defender y
promover los derechos humanos, así como las prácticas positivas que la
humanidad está llevando a cabo para realizar ese objetivo, son «signos del
Espíritu», que mantienen viva nuestra esperanza. En todo caso, el gran signo
que tenemos los cristianos es la conducta de Jesús, quien, totalmente
comprometido en llevar a cabo el proyecto del Padre, fue capaz de vivir y morir
por amor a los demás". (n. 35)