ITINERARIO FUNDACIONAL Y OPERACIONAL DE JUSTICIA Y PAZ

Textos

Selección de textos realizada por Miguel Ángel Sánchez, O.P.

Secretario General de Justicia y Paz de España

PABLO VI, enc. Ecclesiam suam, 1964

El diálogo con el mundo

"Si verdaderamente la Iglesia (…) tiene conciencia de lo que el Señor quiere que sea, surgirá de ella una singular plenitud y una necesidad de efusión, con el claro convencimiento de una misión que la trasciende y de un anuncio que difundir. Es el deber de la evangelización, el mandato misionero, el mandato apostólico. (…) Damos a este impulso interior de caridad, que tiende a ser don exterior, el nombre, hoy ya común, de diálogo. (n. 76)

La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra, mensaje, diálogo. (n. 77)

(…) No podemos pasar por alto nuestro propósito de perseverar (…) en el mismo esfuerzo por acercarnos al mundo en que la Providencia nos ha destinado a vivir, con todo respeto, con toda solicitud, con todo amor. Y lo haremos para comprenderlo, para ofrecerle los dones de verdad y de gracia de los que Cristo nos ha hecho depositarios, para comunicarle nuestra maravillosa suerte de redención y de esperanza. Tenemos profundamente grabadas en nuestro espíritu las palabras de Cristo, que, humilde pero tenazmente, querríamos apropiarnos: «No … envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 17). (n. 81)

Desde fuera no se salva el mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta que [la Iglesia] se haga una misma cosa, hasta cierto punto, con las formas de vida de aquellos a quienes quiere llevar el mensaje de Cristo; hace falta compartir —sin interponer ningún privilegio o la barrera de un lenguaje incomprensible— las costumbres comunes, con tal que sean humanas y honestas, sobre todo de los más humildes, si queremos ser oídos y comprendidos. Hace falta, aún antes de hablar, oír la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible, y secundarlo cuando lo merece. Hace falta hacerse hermano de los hombres en el momento en que queremos ser sus pastores, padres, maestros. El clima del diálogo es la amistad: más aún, el servicio. Debemos recordar esto y esforzarnos por practicarlo según el ejemplo y el precepto de Cristo (cf. Jn 13, 14-17)". (n. 102)
 

CONCILIO VATICANO II, const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo de hoy, 1965

"El Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen todavía a la mayoría de la humanidad, para fomentar en todas partes la obra de la justicia y el amor de Cristo a los pobres, juzga muy oportuno que se cree un organismo universal de la Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad católica para promover el desarrollo de los países pobres y la justicia social internacional". (n. 90)

CONCILIO VATICANO II, decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los seglares, 1965

"La acción caritativa puede y debe abarcar hoy a todos los hombres y a todas las necesidades. Dondequiera que haya hombres que carecen de alimentos, de vestidos, de hogar, de medicinas, de trabajo, de instrucción, de los medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, que se ven afligidos por las calamidades o por la falta de salud, que sufren en el destierro o en la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana, consolarlos con cuidado diligente y ayudarlos con la prestación de auxilios. Esta obligación se impone, ante todo, a los hombres y a los pueblos que viven en la prosperidad.

Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal es necesario:

  • que se vea en el prójimo la imagen de Dios según la cual ha sido creado, y a Cristo Jesús, a quien en realidad se ofrece lo que se da al necesitado;
  • que se respete con la máxima delicadeza la libertad y dignidad de la persona que recibe el auxilio;
  • que no se manche la pureza de intención con ningún interés de la propia utilidad o por el deseo de dominar;
  • que se satisfaga ante todo a las exigencias de la justicia, y no se brinde como ofrenda de caridad lo que ya se debe por título de justicia;
  • que se quiten las causas, y no sólo los efectos, de los males;
  • y que se ordene el auxilio de forma que quienes lo reciben se vayan liberando poco a poco de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos.

Aprecien, por consiguiente, en mucho los seglares y ayuden en la medida de sus posibilidades las obras de caridad y las organizaciones de asistencia social, privadas o públicas, incluso internacionales, por las que se hace llegar a todos los hombres y pueblos necesitados un auxilio eficaz, cooperando en esto con todos los hombres de buena voluntad". (n. 8)
 

 

PABLO VI, m. p. Catholicam Christi Ecclesiam, por el que se constituye la Comisión Pontificia de estudios "Justicia y Paz" (y el Consejo de Laicos), 1967

La Comisión "tendrá como fin suscitar en el pueblo de Dios un pleno conocimiento de su misión en el momento presente, para promover de un lado el progreso de los países pobres y alentar la justicia social entre las naciones, y para ayudar, por otro lado, a las naciones subdesarrolladas a trabajar ellas mismas a favor de su desarrollo.

En particular, la Comisión Pontificia procurará:

1) Recoger y sintetizar documentación sobre los mejores estudios científicos y técnicos, bien en el campo del desarrollo, en todos sus aspectos: educación y cultura, economía y sociedad, etcétera, bien sobre los problemas de la paz, que son más extensos que los del desarrollo.

2) Contribuir a la profundización, particularmente bajo el aspecto doctrinal, pastoral y apostólico, de los problemas del desarrollo y de la paz.

3) Dar a conocer los resultados de estos estudios a todos los organismos de la Iglesia interesados en los problemas.

4) Establecer contactos entre todos los organismos de la Iglesia que trabajan en objetivos análogos, con el fin de fomentar la coordinación de esfuerzos, sosteniendo los más eficaces y evitando duplicaciones".
 

PABLO VI, aloc. a los miembros de la Comisión Pontificia de estudio "Justicia y Paz", 1967

"Representáis antes nuestros ojos la realización del último voto del Concilio (cf. Gaudium et spes, n. 90). Como en otros tiempos —y hoy también—, una vez construida la iglesia, o el campanario, se coloca en la cima del tejado un gallo, como símbolo de vigilancia en la fe y en todo el programa de vida cristiana, de la misma manera, sobre el edificio espiritual del Concilio se ha colocado a esta Comisión, que no tiene más misión que mantener abiertos los ojos de la Iglesia, el corazón sensible y la mano pronta para la obra de la caridad que está llamada a realizar con el mundo, «con el objeto de promover el progreso de los pueblos más pobres y favorecer la justicia social entre las naciones» (GS 90).

El estudio es el objetivo específico de la Comisión; el estudio para la acción".
 

PABLO VI, enc. Populorum progressio, 1967

"Con la intención de responder al voto del Concilio y de concretar la aportación de la Santa Sede a esta grande causa de los pueblos en vías de desarrollo, recientemente hemos creído que era Nuestro deber crear, entre los organismos centrales de la Iglesia, una Comisión Pontificia encargada de «suscitar en todo el pueblo de Dios el pleno conocimiento de la función que los tiempos actuales piden a cada uno, en orden a promover el progreso de los pueblos más pobres, de favorecer la justicia social entre las naciones, de ofrecer a los que se hallan menos desarrollados una tal ayuda que les permita proveer, ellos mismos y para sí mismos, a su progreso» (Motu proprio Catholicam Christi Ecclesiam, 6 enero 1967: AAS 59, 1967, 27). Justicia y Paz es su nombre y su programa. Pensamos que este programa puede y debe juntar a los hombres de buena voluntad con Nuestros hijos católicos y hermanos cristianos.

Por eso, hoy dirigimos a todos este solemne llamamiento para una acción concreta a favor del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario de la Humanidad". (n. 5)
 

COMISIÓN PONTIFICIA "JUSTICIA Y PAZ", decl. en la clausura de su primera reunión plenaria, 1967

"Desde el comienzo de su trabajo, la Comisión ha sentido la necesidad de actuar a dos niveles y con dos ritmos diferentes. En el primer nivel, se trataba de buscar, elaborar y desarrollar la gran doctrina de la encíclica [Populorum progressio] que se le ha confiado. En el segundo nivel, se trataba de trabajar en la aplicación inmediata de esa doctrina en las realidades concretas del mundo de hoy.

Instrumentos de trabajo y de acción

1º) Con los católicos: la Comisión colaborará con las organizaciones y programas ya existentes, y, cuando sea necesario, estimulará y ayudará la institución de nuevas iniciativas correspondientes a las nuevas situaciones. (…)

2º) Con los cristianos: la Comisión tratará de desarrollar al máximo las estrechas conexiones ya existentes entre la propia secretaría y los órganos del Consejo Mundial de las Iglesias, y promoverá la acción ecuménica con todas las organizaciones cristianas que se preocupan de los problemas de la justicia y la paz.

3º) Con las religiones no cristianas: la Comisión buscará la más estrecha colaboración con las religiones no cristianas.

4º) Con las organizaciones seculares: el criterio de conducta de la Comisión será la apertura a todos los grupos y organizaciones, gubernamentales y no gubernamentales, que operan en el campo del desarrollo; acogerá y difundirá las informaciones referentes al desarrollo, y ofrecerá a las demás organizaciones lo que la Iglesia tiene que ofrecer en este campo. La Comisión buscará especialmente un estrecho contacto con las organizaciones internacionales.

Principios fundamentales de la educación en los principios de la justicia y la paz

La Comisión tratará de dar a los católicos, a los hermanos cristianos y al mundo entero una conciencia fundamental de la necesidad de una comunidad mundial. Les invitará a aceptar una justicia social que supere las fronteras y llegue a toda la familia humana. La Comisión buscará subrayar la necesidad de una responsabilidad moral de los grupos y pueblos privilegiados en los países desarrollados y en los en vías de desarrollo. Tratará de promover, en la época de la unificación de la ciencia y la tecnología, el aumento de una conciencia cristiana que consiga hacer corresponder a la unidad física del mundo el desarrollo de las instituciones de justicia y caridad".


SÍNODO DE LOS OBISPOS 1971, doc. La justicia en el mundo

"Escuchando el clamor de quienes sufren violencia y se ven oprimidos por sistemas y mecanismos injustos, y escuchando también los interrogantes de un mundo que con su perversidad contradice el plan del Creador, tenemos conciencia unánime de la vocación de la Iglesia a estar presente en el corazón del mundo predicando la Buena Nueva a los pobres, la liberación a los oprimidos y la alegría a los afligidos. La esperanza y el impulso que animan profundamente al mundo no son ajenos al dinamismo del Evangelio, que por virtud del Espíritu Santo libera a los hombres del pecado personal y de sus consecuencias en la vida social.

(…) La acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva. (Introducción)

(…) Según el mensaje cristiano, la actitud del hombre para con los hombres se completa con su misma actitud para con Dios; su respuesta al amor de Dios, que nos salva por Cristo, se manifiesta eficazmente en el amor y en el servicio de los hombres. Pero el amor cristiano al prójimo y la justicia no se pueden separar. Porque el amor implica una exigencia absoluta de justicia, es decir, el reconocimiento de la dignidad y de los derechos del prójimo. La justicia, a su vez, alcanza su plenitud interior solamente en el amor. Siendo cada hombre realmente imagen visible del Dios invisible y hermano de Cristo, el cristiano encuentra en cada hombre a Dios y la exigencia absoluta de justicia y de amor que es propia de Dios. (Parte II, apartado: La justicia salvífica de Dios por Cristo)

La misión de predicar el Evangelio en el momento presente requiere que nos empeñemos en la liberación integral del hombre ya desde ahora, en su existencia terrena. En efecto, si el mensaje cristiano sobre el amor y la justicia no manifiesta su eficacia en la acción por la justicia en el mundo, muy difícilmente obtendrá credibilidad entre los hombres de nuestro tiempo. (Idem)

La Iglesia recibió de Cristo la misión de predicar el mensaje evangélico, que contiene la llamada del hombre a convertirse del pecado al amor del Padre, la fraternidad universal, y, por tanto, la exigencia de la justicia en el mundo. Ésta es la razón por la que la Iglesia tiene el derecho, más aún, el deber, de proclamar la justicia en el campo social, nacional e internacional, así como de denunciar las situaciones de injusticia, cuando lo pidan los derechos fundamentales del hombre y su misma salvación. La Iglesia no es la única responsable de la justicia en el mundo; tiene, sin embargo, su responsabilidad propia y específica, que se identifica con su misión de dar ante el mundo testimonio de la exigencia de amor y de justicia tal como se contiene en el mensaje evangélico; testimonio que ha de encontrar correspondencia en las mismas instituciones eclesiales y en la vida de los cristianos. (Parte II, apartado: La misión de la Iglesia, de la jerarquía y de los cristianos)

No corresponde de por sí a la Iglesia (…) ofrecer soluciones concretas en el campo social, económico y político para la causa de la justicia en el mundo. Pero su misión implica la defensa y la promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana. (Idem)

Si la Iglesia debe dar un testimonio de justicia, ella reconoce que cualquiera que pretenda hablar de justicia a los hombres, debe él mismo ser justo a los ojos de los demás. Por tanto, conviene que nosotros mismos hagamos un examen sobre las maneras de actuar, las posesiones y el estilo de vida que se dan dentro de la Iglesia misma. (Parte III, apartado: El testimonio de la Iglesia)

Perfectamente conscientes de todo lo que se ha hecho en este campo, recomendamos vivamente, siguiendo al Concilio Ecuménico Vaticano II, la cooperación con los hermanos cristianos separados, para promover la justicia en el mundo, para fomentar el desarrollo de los pueblos, para establecer la paz. Esta cooperación se refiere principalmente a las iniciativas que miran a la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales, sobre todo el derecho a la libertad religiosa; consiguientemente, el esfuerzo común contra las discriminaciones por diferencias de religión, raza y color, de cultura, etcétera (…).

Animados por el mismo espíritu, recomendamos igualmente la colaboración con todos aquellos que creen en Dios, para promover la justicia social, la paz y la libertad; más aún, también con aquellos que no reconocen al Autor del mundo, pero que, estimando los valores humanos, buscan la justicia sincera y honestamente. (Idem, apartado: Colaboración ecuménica)

La esperanza del Reino venidero está impaciente por habitar en los espíritus humanos. La transformación radical del mundo en la Pascual del Señor da pleno sentido a los esfuerzos de los hombres, y particularmente de los jóvenes, por la disminución de la injusticia, de la violencia y del odio, y por el progreso conjunto de todos en la justicia, la libertad, la fraternidad y el amor.

Al mismo tiempo que proclama el Evangelio del Señor, Redentor y Salvador, la Iglesia llama a todos los hombres, especialmente a los pobres, a los oprimidos y a los afligidos, a cooperar con Dios en la liberación del mundo de todo pecado y en la edificación del mismo mundo, el cual sólo cuando se convierta en una obra del hombre para el hombre llegará a la plenitud de la creación". (Parte IV)
 

PABLO VI, carta apost. Octogesima adveniens, 1971

"Es deber de todos —y especialmente de los cristianos (cfr. Mt 25, 35)— trabajar con energía para instaurar la fraternidad universal, base indispensable de una justicia auténtica y condición de una paz duradera: No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y la relación del hombre para con los hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura: «El que no ama, no conoce a Dios» (1 Jn 4, 8) (NA 5). (n. 17)

Nuevamente dirigimos a todos los cristianos, de manera apremiante, un llamamiento a la acción (…). Que cada uno se examine para ver lo que él ha hecho hasta aquí, y lo que debería hacer. No basta recordar los principios, afirmar las intenciones, subrayar las injusticias clamorosas y proferir denuncias proféticas: estas palabras no tendrán peso real si no van acompañadas en cada uno por una toma de conciencia más viva de su propia responsabilidad y de una acción efectiva. (…) La esperanza del cristiano le viene, en primer lugar, de saber que el Señor está obrando con nosotros en el mundo, continuando en su cuerpo que es la Iglesia —y, mediante ella, en la humanidad entera— la redención consumada en la cruz y que ha estallado en victoria la mañana de la resurrección (cf. GS 43); le viene también de saber que otros hombres están manos a la obra para emprender acciones convergentes de justicia y de paz; pues, bajo una aparente indiferencia, existe en el corazón de cada hombre una nueva voluntad de vida fraternal y una sed de justicia y de paz, que es necesario satisfacer.

De este modo, en la diversidad de situaciones, de funciones, de organizaciones, cada uno debe situar su responsabilidad y discernir en conciencia las acciones a las cuales está llamado a participar". (nn. 48-49)
 

PABLO VI, exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 1975

"La Iglesia lo sabe. Ella tiene viva conciencia de que las palabras del Salvador: Es preciso que anuncie también el reino de Dios en otras ciudades (Lc 4, 43), se aplican con toda verdad a ella misma. Y, por su parte, añade de buen grado, siguiendo a san Pablo: Porque, si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no evangelizare! (1 Cor 9, 16). (…) Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar. (n. 14)

La evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre. Precisamente por esto la evangelización lleva consigo un mensaje explícito, adaptado a las diversas situaciones y constantemente actualizado, sobre los derechos y deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar, sin la cual apenas es posible el progreso personal (cf. GS 47-52; HV pp. 481-503), sobre la vida comunitaria de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz, la justicia, el desarrollo: un mensaje, especialmente vigoroso en nuestros días, sobre la liberación. (n. 29)

Entre evangelización y promoción humana —desarrollo, liberación— existen (…) lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir, y de justicia, que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico, como es el de la caridad. En efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz. el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? Nos mismo lo indicamos, al recordar que no es posible aceptar que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece necesidad (PABLO VI, Discurso de apertura de la tercera Asamblea General del Sínodo de los Obispos, 27.9.74)". (n. 31)
 

PABLO VI, m. p. Iustitiam et pacem, por el que se determinan las estructuras definitivas de la Comisión Pontificia "Justicia y Paz", 1976

"Altos objetivos y principios

Al determinar ahora de manera definitiva las finalidades y la organización de la Comisión, queremos reafirmar claramente la gran importancia que la Iglesia atribuye a la promoción y a la defensa de la justicia y de la paz.

Es necesario, para ello:

  • que los miembros de la Comisión traten de detectar con sensibilidad todo aquello que sucede en el campo de su competencia y lo que los hombres desean a este respecto, según los tiempos y las circunstancias;
  • deberán estudiar estas cuestiones a la luz del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia:
  • y, haciendo conocer los resultados de sus reflexiones, contribuirán a iluminar al Pueblo de Dios y a estimularlo para que tome mayor conciencia de las obligaciones que lleva consigo, en este campo, una vida verdaderamente cristiana.

Estos son los altos objetivos y los principios prácticos de la Comisión:

  • realizar estudios en vistas de la acción, pero situándolos en una perspectiva pastoral de evangelización;
  • estar al servicio de los miembros y de las instituciones de la Iglesia, de tal manera que éstos puedan traducir concretamente en compromisos, que tengan el valor de testimonio cristiano, los consejos y las sugerencias recibidas de la Comisión;
  • actuar de manera que alienten el progreso y la renovación, buscando su orientación fundamental y la garantía de su eficacia en la fidelidad a la autoridad suprema de la Iglesia;
  • finalmente, llevar a cabo este trabajo en una perspectiva ecuménica.

No hay que olvidar que el cambio constante y rápido de las relaciones entre las personas y entre los pueblos da origen continuamente a nuevas cuestiones o revela nuevos aspectos de los problemas que atañen a la justicia, la paz, el desarrollo de los pueblos y los derechos del hombre. Para hacer frente a esta realidad, compleja y cambiante a la vez, la Comisión debe disponer de estructuras adecuadas. Por eso, después de madura reflexión y tras haber consultado a los expertos, Nos decidimos y decretamos cuanto sigue respecto a la Comisión Pontificia "Justicia y Paz":

1. La Comisión Pontificia "Justicia y Paz" es un organismo de la Santa Sede que tiene como finalidad:

  • el estudio y la investigación profunda, bajo el aspecto doctrinal, pastoral y apostólico, de los problemas relativos a la justicia y la paz,
  • con vistas a promover en el Pueblo de Dios la plena inteligencia de estas cuestiones y la conciencia de su papel y deberes
  • en los campos de la justicia, el desarrollo de los pueblos, la promoción humana, la paz y los derechos del hombre.
  • Investigará qué contribución específicamente cristiana se puede aportar para la solución de estos problemas,
  • y llamará a los miembros del Pueblo de Dios a dar un testimonio cristiano y a una acción apropiada en estos distintos puntos.

2. Para conseguir esto, la Comisión deberá:

1º) Ante todo, estudiar diligentemente la doctrina social del Magisterio de la Iglesia, difundirla ampliamente con medios apropiados y esforzarse por obtener que se lleve a la práctica en todos los niveles de la sociedad.

2º) Reunir y sintetizar los estudios referentes al desarrollo de los pueblos, la paz, la justicia y los derechos del hombre, bajo su aspecto cultural, moral, educativo, económico y social; tratar de valorarlos desde el punto de vista teológico, y, seguidamente, ver cómo toda esta documentación puede servir a la pastoral y al compromiso cada vez más decidido de los cristianos en las distintas situaciones locales, nacionales e internacionales.

3º) Dar a conocer el fruto de sus estudios, de su trabajo de documentación y de su reflexión a todos los sectores de la Iglesia que estén interesados en ello, y, a su vez, recabar de éstos toda clase de información útil. En este sentido, la Comisión deberá concretamente mantener contactos habituales y sistemáticos con las Conferencias Episcopales; por medios de estas últimas o de acuerdo con ellas, dará informaciones y toda la ayuda posible a los organismos creados para estudiar estos problemas —las Comisiones Nacionales de Justicia y Paz, y otros—, cuyo trabajo se desenvuelve en conformidad con los estatutos definidos o aprobados por las Conferencias Episcopales.

4º) Estar en contacto habitual con los Dicasterios y demás organismo de la Sede Apostólica interesados en estas mismas cuestiones, con el fin de informarlos y de ponerse ulteriormente a su disposición para ayudarlos en la elaboración de programas de acción adecuados; los mencionados organismos, a su vez, podrán pedir el parecer de la Comisión sobre todas las cuestiones que competen a la Comisión "Justicia y Paz"; la Comisión mantendrá relaciones regulares con la Secretaría de Estado o Secretaría Papal, que le dará las oportunas instrucciones.

5º) En colaboración con estos mismos organismos, poner el fruto de su reflexión a disposición de otros grupos o instituciones existentes dentro de la Iglesia, tales como las órdenes y congregaciones religiosas, y las organizaciones internacionales católicas; se comportará del mismo modo con respecto a los grupos y personas de fuera de la Iglesia, con quienes los organismos de la Sede Apostólica mantienen relaciones habituales, por ejemplo, las otras Iglesias y comunidades cristianas, las religiones no cristianas y las asociaciones o agencias que aportan una contribución a la realización de este mismo objetivo.

6º) Esforzarse por conocer los agravios a la justicia, las violaciones de los derechos humanos, las injusticias que se producen en las situaciones concretas, y recoger informaciones objetivas y completas en tales casos; manifestará la solidaridad cristiana con todos aquellos que sufren la injusticia, cuantas veces lo justifique la gravedad de las situaciones o de los hechos, después de ponerse de acuerdo con la Secretaría de Estado en relación con toda declaración o iniciativa a tal fin".
 

JUAN PABLO II, enc. Redemptor hominis, 1979
 

"¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor, si «Dios ha dado a su Hijo» a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga la vida eterna»!

En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor justifica la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá más aún, «en el mundo contemporáneo». (…) La Iglesia, que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe, con toda la certeza de la fe, que la Redención llevada a cabo por medio de la cruz ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado". (n. 10)

 

SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LOS RELIGIOSOS E INSTITUTOS SECULARES, instr. Religiosos y promoción humana, 1980
 

"Los temas de la liberación evangélica, fundamentada en el Reino de Dios, deben llegar a ser particularmente familiares para los religiosos. De hecho, el testimonio de las religiosas y los religiosos que han luchado valientemente en apoyo de los humildes y en defensa de los derechos humanos han sido un eco eficaz del Evangelio y de la voz de la Iglesia. (n. 3)

Esta presencia en defensa y promoción de la justicia, particularmente atenta y activa, debería hacerse patente en aquellos sectores atormentados por las injusticias sin voz, a las que se refiere el Sínodo de 1971.

En efecto, mientras algunas categorías sociales saben dotarse de estructuras vigorosas de protesta y apoyo, asistimos en cambio a un sinnúmero de sufrimientos e injusticias que encuentran escasa resonancia en el corazón de muchos de nuestros contemporáneos: el drama de los prófugos, de los perseguidos a causa de sus ideas políticas o de la profesión de su fe, la violación del derecho a la vida, las limitaciones injustificadas de las libertades humanas y religiosas, las carencias sociales que agudizan los sufrimientos de los ancianos y los marginados… La Iglesia quiere ser, sobre todo para ellos, voz, conciencia y compromiso. (n. 4.d)

El testimonio de los religiosos en pro de la justicia en el mundo comporta, sobre todo para ellos mismos, una revisión constantes de las propias opiniones de vida, del uso de los bienes, del estilo de sus relaciones. Porque quien tiene la valentía de hablar de justicia a los hombres debe, en primer lugar, ser justo ante ellos (cf. Sínodo de 1971). (n. 4.e)

De la doctrina del Vaticano II y de la insistencia con que los Sínodos de los Obispos volvieron sobre la cuestión, se desprende que no es posible separar la formación para el compromiso inderogable del Evangelio de la promoción del hombre según los designios de Dios. Por eso, en los Institutos religiosos no resultaría adecuado ni completo un programa de formación y renovación sin una precisa toma de conciencia del pensamiento de la Iglesia en esta materia (cf. JUAN PABLO II, Puebla. Discurso inaugural, III, 4).

Todo ello parece más necesario aún si se quiere que los religiosos se encuentren luego en condiciones —como es su deber apostólico— de despertar las conciencias (ET 18), de formar a otros cristianos, especialmente a los laicos, para que pueda asumir con competencia y equilibrio su parte en esta misión común de evangelización y promoción humana. Y ya que las dimensiones misioneras de la Iglesia están confiadas de manera particular a la generosa disponibilidad de los religiosos (cf. EN 69), la formación de cuantos son enviados a esta forma excelente de evangelización y de promoción humana requerirá una adaptación apropiada que responda a las culturas, a las sensibilidades y a los problemas específicos del lugar (cf. AG 17 y 25-27)". (n. 33)
 

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, instr. Libertatis conscientia, 1986

"La misión esencial de la Iglesia, siguiendo la de Cristo, es una misión evangelizadora y salvífica (cf. LG 17; AG 1; EN 14). (…)

En esta misión, la Iglesia enseña el camino que el hombre debe seguir en este mundo para entrar en el Reino de Dios. Su doctrina abarca, por consiguiente, todo el orden moral, y particularmente la justicia, que debe regular las relaciones humanas. Esto forma parte de la predicación del Evangelio.

Pero el amor que impulsa a la Iglesia a comunicar a todos la participación en la vida divina mediante la gracia la hace también alcanzar, por la acción eficaz de sus miembros, el verdadero bien temporal de los hombres, atender a sus necesidades, proveer a su cultura y promover una liberación integral de todo lo que impide el desarrollo de las personas. La Iglesia quiere el bien del hombre en todas sus dimensiones; en primer lugar, como miembro de la ciudad de Dios, y luego, como miembro de la ciudad terrena. (n. 63)

La Iglesia no se aparta de su misión cuando se pronuncia sobre la promoción de la justicia en las sociedades humanas o cuando compromete a los fieles laicos a trabajar en ellas, según su vocación propia. (n. 64)

La finalidad de la Iglesia es extender el Reino de Cristo para que todos los hombres se salven y, por su medio, el mundo esté efectivamente orientado a Cristo (cfr. AA 20).

La obra de salvación aparece, de esta manera, indisolublemente ligada a la labor de mejorar y elevar las condiciones de la vida humana en este mundo". (n. 80)
 

JUAN PABLO II, enc. Sollicitudo rei socialis, 1987

"La solidaridad (…) no es (…) un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos. (n. 38)

No se justifican ni la desesperación ni el pesimismo ni la pasividad. Aunque con tristeza, conviene decir que, así como se puede pecar por egoísmo, por afán de ganancia exagerada y de poder, se puede faltar también —ante las urgentes necesidades de unas muchedumbres hundidas en el subdesarrollo— por temor, indecisión y, en el fondo, por cobardía. Todos estamos llamados, más aún, obligados a afrontar este tremendo desafío de la última década del segundo milenio.

(…) Está en juego la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia. El panorama actual —como muchos ya perciben más o menos claramente— no parece responder a esta dignidad. Cada uno está llamado a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica que hay que realizar con medios pacíficos para conseguir el desarrollo en la paz para salvaguardar la misma naturaleza y el mundo que nos rodea. También la Iglesia se siente profundamente implicada en este camino, en cuyo éxito final espera.

Por eso, siguiendo la encíclica Populorum progressio, del papa Pablo VI, con sencillez y humildad, quiero dirigirme a todos, hombres y mujeres sin excepción, para que, convencidos de la gravedad del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra —con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas y con la propia actuación a nivel nacional e internacional— las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres. Así lo requiere el momento, así lo exige sobre todo la dignidad de la persona humana, imagen indestructible de Dios Creador, idéntica en cada uno de nosotros.

En este empeño deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia (…). Y en esto conviene subrayar el papel preponderante que cabe a los laicos, hombres y mujeres (…). A ellos compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia" (n. 47).
 

JUAN PABLO II, const. apost. Pastor bonus, sobre la Curia Romana, 1988

"Art. 142 – Corresponde al Consejo [Pontificio "Justicia y Paz"] la promoción de la justicia y la paz en el mundo según el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia.

Art. 143 - § 1. Profundiza en la doctrina social de la Iglesia, trabajando para que sea ampliamente difundida y se ponga en práctica por los individuos y las comunidades, especialmente en lo que se refiere a las relaciones entre trabajadores y empresarios, de tal modo que éstas resulten cada vez más impregnadas del espíritu del Evangelio.

§ 2. Recoge noticias y resultados de investigaciones sobre la justicia y la paz, el desarrollo de los pueblos y las violaciones de los derechos humanos, los valora, y, cuando es oportuno, hace partícipes de sus conclusiones a los organismos episcopales; promueve las relaciones con las asociaciones católicas internacionales y con los otros institutos, existentes incluso fuera de la Iglesia católica, que se empeñan sinceramente en la afirmación de los valores de la justicia y la paz en el mundo.

§ 3. Trabaja para que entre los pueblos haya sensibilidad acerca del deber de favorecer la paz, sobre todo con ocasión de la "Jornada mundial de la paz".

Art. 144 – Mantiene peculiares relaciones con la Secretaría de Estado, especialmente cada vez que se deben tratar públicamente los problemas relativos a la justicia y la paz mediante documentos o declaraciones".
 

JUAN PABLO II, exhort. apost. Christifideles laici, 1988

"Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido, es la tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana.

Entre todas las criaturas de la tierra, sólo el hombre es «persona», sujeto consciente y libre, y, precisamente por eso, «centro y vértice» de todo lo que existe sobre la tierra (cf. GS 12).

La dignidad personal es el bien más precioso que el hombre posee, gracias al cual supera en valor a todo el mundo material. Las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si después pierde su alma?» (Mc 8, 36) contienen una luminosa y estimulante afirmación antropológica: el hombre vale no por lo que «tiene» —¡aunque poseyera el mundo entero!—, sino por lo que «es». No cuentan tanto los bienes de la tierra, cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona misma.

La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios que le llena de gozo. Por eso, toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre.

A causa de su dignidad personal, el ser humano es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo, y como tal exige ser considerado y tratado. Y al contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa.

La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo y humillando a la familia humana: desde las raciales y económicas a las sociales y culturales, desde las políticas a las geográficas, etcétera. Toda discriminación constituye una injusticia completamente intolerable, no tanto por las tensiones y conflictos que puede acarrear a la sociedad, cuanto por el deshonor que se inflige a la dignidad de la persona; y no sólo a la dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino todavía más a la de quien comete la injusticia.

Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad personal es también el fundamento de la participación y la solidaridad de los hombres entre sí: el diálogo y la comunión radican, en última instancia, en lo que los hombres «son», antes y mucho más que en lo que «tienen».

La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona. En consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje del sistema. La afirmación que exalta más radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el seno de una mujer. También de esto continúa hablándonos la Navidad cristiana. (n. 37)

El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo. (n. 38 a)

El respeto a la persona humana va más allá de la exigencia de una moral individual y se coloca como criterio base, como pilar fundamental para la estructuración de la misma sociedad, estando la sociedad entera dirigida hacia la persona.

Así, íntimamente unida a la responsabilidad de servir a la persona está la responsabilidad de servir a la sociedad como responsabilidad general de aquella animación cristiana del orden temporal a la que son llamados los fieles laicos según sus propias y específicas modalidades. (n. 39)

El voluntariado, si se vive en su verdad de servicio desinteresado al bien de las personas, especialmente de las más necesitadas y las más olvidadas por los mismos servicios sociales, debe considerarse una importante manifestación de apostolado, en el que los fieles laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel de primera importancia. (n. 41)

La caridad que ama y sirve a la persona no puede ser jamás ser separada de la justicia: una y otra, cada una a su modo, exigen el efectivo reconocimiento pleno de los derechos de la persona, a la que está ordenada la sociedad con todas sus estructuras e instituciones.

Para animar cristianamente el orden temporal —en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad—, los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la «política»; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. (…)

Una política para la persona y para la sociedad encuentra su criterio básico en la consecución del bien común, como bien de todos los hombres y de todo el hombre, correctamente ofrecido y garantizado a la libre y responsable aceptación de las personas, individualmente o asociadas. (…)

Además, una política para la persona y para la sociedad encuentra su rumbo constante de camino en la defensa y promoción de la justicia, entendida como «virtud» a la que todos deben ser educados y como «fuerza» moral que sostiene el empeño por favorecer los derechos y deberes de todos y cada uno, sobre la base de la dignidad personal del ser humano. (…)

El fruto de la actividad política solidaria —tan deseado por todos y, sin embargo, tan inmaduro— es la paz. Los fieles laicos no pueden permanecer indiferentes, extraños o perezosos ante todo lo que es negación o puesta en peligro de la paz: violencia y guerra, tortura y terrorismo, campos de concentración, militarización de la política, carrera de armamentos, amenaza nuclear. Al contrario, como discípulos de Jesucristo, «príncipe de la paz» (Is 9, 5) y «nuestra paz» (Ef 2, 14), los fieles laicos han de asumir la tarea de ser «sembradores de paz» (Mt 5, 9), tanto mediante la conversión del «corazón» como mediante la acción a favor de la verdad, de la libertad, de la justicia y de la caridad, que son los fundamentos irrenunciables de la paz.

Colaborando con todos aquellos que verdaderamente buscan la paz y sirviéndose de los específicos organismos e instituciones nacionales e internacionales, los fieles laicos deben promover una labor educativa capilar, destinada a derrotar la imperante cultura del egoísmo, el odio, la venganza y la enemistad, y a desarrollar en todos los ámbitos la cultura de la solidaridad". (n. 42)
 

JUAN PABLO II, enc. Centesimus annus, 1991

"El amor por el hombre, y en primer lugar por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia. Ésta nunca podrá realizarse plenamente si los hombres no reconocen en el necesitado, que pide ayuda para su vida, no a alguien inoportuno o como si fuera una carga, sino la ocasión de un bien en sí, la posibilidad de una riqueza mayor. Sólo esta conciencia dará la fuerza para afrontar el riesgo y el cambio implícitos en toda iniciativa auténtica de ayudar a otro hombre. (n. 58)

Dándose cuenta cada vez mejor de que demasiados hombres viven no en el bienestar del mundo occidental, sino en la miseria de los países en vías de desarrollo y soportan una condición que sigue siendo la del «yugo casi servil» [del que hablaba León XIII], la Iglesia ha sentido y sigue sintiendo la obligación de denunciar tal realidad con toda claridad y franqueza, aunque sepa que su grito no siempre será acogido favorablemente por todos". (n. 61)
 

COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL SOCIAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, doc. de reflexión La Iglesia y los pobres, 1994

"Una evangelización integral requiere poner de relieve, de manera particular en nuestro tiempo, que no es posible proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero y auténtico crecimiento del hombre (EN 31), y, por lo mismo, que el amor por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se ha de concretar en la promoción de la justicia (CA 58). (Mons. Guix, Presentación)

Todos somos responsables de todos (SRS 38). En estas certeras palabras de Juan Pablo II se puede condensar el mensaje central de La Iglesia y los pobres. Impulsados por la caridad de Cristo y por las exigencias de la dignidad de la persona humana (CA 49), se insta a todos a asumir la solidaridad humana y cristiana como parte integrante de la acción evangelizadora y clave nuclear de todo verdadero desarrollo del hombre. (Idem)

El encuentro con el pobre no puede ser para la Iglesia y el cristiano meramente una anécdota intrascendente, ya que en su reacción y en su actitud se define su ser y también su futuro, como advierten tajantemente las palabras de Jesús (cf. Mt 25, 42-45; Lc 16, 19-31). Por lo mismo, en esa coyuntura quedamos todos, individuos e instituciones, implicados y comprometidos de un modo decisivo. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres. Los pobres son sacramento de Cristo. (n. 9)

Sólo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su liberación, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimonio coherente y convincente del mensaje evangélico. Bien puede afirmarse que el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento. (n. 10)

La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y los gozos, con las angustias y las tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús, para evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido (LG 8). Y, para decirlo de una vez y en una palabra que resume y concreta todo: el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros preferentemente el mundo de los pobres. (n. 10)

Mientras no tengamos una conciencia más honda y más concreta de que la misericordia hacia los pobres es la gran misión de todos y siempre, bien podríamos decir que la Iglesia y los cristianos no tenemos conciencia, y somos infieles a la misión que el Señor con tanto empeño nos encomendó. (n. 15)

Luchar por la justicia supone para la Iglesia en general y para cada uno de los cristianos en particular una exigencia fundamental y una opción preferencial a favor de los pobres y de los oprimidos. (n. 45)

El compromiso en la lucha por la justicia nos afecta a todos en cuanto comunidad eclesial y a cada uno también como cristianos, de diferente forma según las circunstancias y los diversos carismas y vocaciones. (n. 46)

La vida del cristiano debe guardar una profunda unidad (…). Tanto el espiritualismo alienante como el secularismo rampante son caricaturas y desviaciones de la vida cristiana que deforman también la imagen de la Iglesia ante los ojos del mundo. Por ello, no solamente el compromiso temporal es legítimo y santo, sino necesario y obligatorio, si queremos caminar hacia la perfección cristiana. (n. 47)

Más que una caricatura, sería un sarcasmo y un verdadero escándalo que los bautizados, que estamos llamados a superar la justicia humana mediante la caridad cristiana, no solamente no obráramos en caridad, sino ni siquiera guardásemos el mínimo de justicia. (n. 49)

Todos y en muchas circunstancias tenemos la posibilidad y el deber de obrar con justicia hacia los demás: en el hogar, en el comercio, en la fábrica, en la oficina, en el ocio, en el campo, en los tributos municipales, autonómicos o estatales, en las compras y en las ventas, en los préstamos y en las deudas. De mil maneras, el cristiano puede hablar con su conducta, expresando así el valor y la importancia que damos a la modesta pero indispensable y fundamental justicia humana, aunque nosotros la vivamos movidos por la gracia —la justicia— divina. (n. 49)

Los cristianos, cada uno según su vocación, su condición y circunstancias, debemos estar interesados y preocupados por la injusticia que produce tanta pobreza y miseria entre los hombres, y hacer todo lo que podamos para que haya justicia en el mundo. (n. 50)

Cuando trabajamos entre los hombres para implantar la justicia, la solidaridad, la colaboración y la amistad, sabemos que nunca alcanzaremos una perfección absoluta en todo el hombre y para todos los hombres. Sin embargo, ello no nos desanima, porque sabemos que el Maestro dará al finas unas pinceladas geniales que llevarán nuestra obra a la perfección.

Ello no puede justificar en modo alguno la pasividad o el fatalismo. En la constitución Gaudium et spes advierte el Concilio: la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo (GS 39).

Pero sí puede levantar nuestra esperanza hacia los bienes futuros que nos aguardan en el Reino, donde Dios será todo en todos (1 Cor 15, 28) y así llenará plenamente esta sed insaciable del bien que mueve el corazón humano sin descanso". (nn. 151-152)
 

COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL SOCIAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, comunicado La declaración universal de los derechos humanos, un signo del Espíritu en nuestro tiempo, 1998

"Somos conscientes de que las cosas no cambian como nos gustaría y que los esfuerzos por transformar la sociedad en justicia con frecuencia resultan estériles. Pero nuestra esperanza cristiana es «teologal»; se apoya en Dios encarnado, que actúa en la evolución de la historia y en el dinamismo de nuestra realidad social. El anhelo por defender y promover los derechos humanos, así como las prácticas positivas que la humanidad está llevando a cabo para realizar ese objetivo, son «signos del Espíritu», que mantienen viva nuestra esperanza. En todo caso, el gran signo que tenemos los cristianos es la conducta de Jesús, quien, totalmente comprometido en llevar a cabo el proyecto del Padre, fue capaz de vivir y morir por amor a los demás". (n. 35)