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El Empleo

30-09-2009

El empleo

La actividad económica tiene sus leyes de funcionamiento y su autonomía, pero «por sus frutos los conoceréis». La ac­tividad económica es una actividad del hombre, por eso siempre subyacen en ella planteamientos éticos de un signo u otro.

Hay muchas preguntas que hacer a la economía: ¿Con qué comprensión del hombre trabaja? ¿Con qué criterios funciona la economía? ¿Se ha distribuido justamente la riqueza crea­da en el último ciclo de expansión? ¿En los períodos de crecimiento económico se ha promovido responsablemente el derecho al trabajo de todos o se ha prio­rizado por encima de todo la búsqueda de beneficios? El Estado español ha acudido con presteza y generosidad, como otros muchos Estados del primer mundo, en ayuda del sistema financiero, ¿era eso exactamente lo que había que hacer?, ¿se han evitado así males mayores?, ¿se puede y se debe esperar una acción parecida para «rescatar» a parados y ciudadanos en apuros?

El trabajo no es algo accesorio o circuns­tancial en la persona, es una dimensión constituyente de su personalidad. La persona humana se realiza como persona también en el trabajo, ganándose la vida con el trabajo de sus manos, contribu­yendo a la construcción de la sociedad y colaborando con Dios en el cuidado y desarrollo de la creación. El trabajo no sólo es un bien fundamental de la persona, sino que tiene también un profundo valor rehabilitador-humanizador.

En muchos casos, ofrecer la posibilidad de trabajar a una persona supone para ella un «renacimiento» a una vida más humanizada. Trabajar permite «volver a ser».Cuando la búsqueda del mayor benefi­cio se convierte en la finalidad primera y principal de la actividad económica, ésta se pervierte; por el contrario, cuando la preocupación por el hombre, por todo el hombre y por todos los hombres, se convierte en prioritaria, la actividad eco­nómica produce bienes encomiables.

La actual organización de la economía convierte el trabajo en una «mercancía» al alcance de pocos; el trabajo se ha con­vertido en un bien escaso; seguramente ha llegado el momento de reorganizar el trabajo para que alcance al mayor número posible de trabajadores: trabajar menos horas; no abusar de las horas extra; repartir el trabajo para que más puedan tener acceso al trabajo; exigir el cumpli­miento de las leyes de conciliación de la vida laboral y familiar.

Una de las lacras históricas de la econo­mía española de los últimos años ha sido la alta tasa de parados, in­cluso en los años de mayor crecimiento económico. Siempre hemos sido los pri­meros en tasa de paro de toda la Unión Europea. Además de los daños provoca­dos a los trabajadores y sus familias, el paro supone una carga importante para las arcas del Estado y pone en peligro la conveniente financiación de la sanidad, la educación, las infraestructuras… El parado apenas aporta a las arcas públicas y ha de ser atendido desde las diferentes Administraciones públicas.

La preocupación por los últimos (des­empleados, trabajadores inmigrantes, trabajadores con alguna discapacidad, sin techo, empleadas de hogar, jornaleros del campo…) es un buen exponente de la calidad humana y democrática de una sociedad, también en épocas de crisis económicas.

A las diferentes Administraciones del Estado corresponde asegurar unas es­tructuras básicas y unas reglas de juego que permitan en la práctica el ejercicio del derecho al trabajo; pero el Estado no ha de hacer ni suplir lo que corresponde a la sociedad civil.Las necesidades primarias de todas las personas han de ser satisfechas en primer lugar, pero también habrá que procurar la promoción personal y profesional de los parados y no descuidar la transformación de los dinamismos económicos que han generado la presente situación.

(artículo extraído del documento “El empleo en la Provincia de Alicante a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia” Delegación de Acción Social y Caritativa de la diócesis de Orihuela-Alicante 2009)

Concepción Salinas
Justicia y Paz de Orihuela-Alicante

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