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Conflictos armados y medio ambiente

09-04-2010

Conflictos armados y medio ambiente

El pasado mes de diciembre, Manuel Manonelles, Director de la Fundación Cultura de Paz, publicó un interesante artículo denominado “Los desafíos del deshielo” en el cual relacionaba objetivamente los efectos del cambio climático con el frágil mantenimiento de la paz en diversas zonas del mundo (1).

En el artículo, el autor recorría diversas situaciones que ya están ocurriendo como la desaparición de tramos fronterizos entre estados ubicados sobre placas de hielo por el deshielo progresivo de las mismas; la apertura de nuevas rutas marítimas en zonas árticas que habían sido impracticables hasta ahora con las consiguientes consecuencias en las dinámicas comerciales y en la competencia por los recursos; las expectativas sobre las nuevas reservas petrolíferas en el mismo territorio; o la posible desaparición futura total o parcial de estados de tipo insular del pacífico como Samoa o Kiribati.

Lejos de ser una visión catastrofista, la síntesis de Manonelles está fuertemente alineada con otras manifestaciones lanzadas por parte de importantes personalidades políticas y mediáticas que han tratado de liderar las señales de alarma hacia los gobernantes frente al cambio climático. Un ejemplo serían las que viene haciendo desde hace unos años el ex Secretario de Naciones Unidas Kofi Annan cuando señala que "el cambio climático no es sólo un tema medioambiental, como muchos creen: destrozará cosechas, pondrá en peligro a las poblaciones costeras, destruirá ecosistemas, extenderá enfermedades como la malaria y la fiebre amarilla, y aumentará los conflictos por lograr recursos” o cuando entona en primera persona una cierta autocrítica a la concepción tradicional de la seguridad y a la gestión de los conflictos al señalar que: "cuando hablamos en términos de seguridad y protección, tendemos a centrarnos en conflictos políticos, conflictos militares, cuando algunas de las fuentes pueden ser enfrentamientos por escasez y recursos" (2).

Por tanto, no es pueril pensar que el deterioro del medioambiente o su modificación como consecuencia del consumo exacerbado de recursos naturales por parte de los seres humanos ya constituye –y constituirá en las próximas décadas- el caldo de cultivo para la generación de tensiones en la población que acabarán provocando abusos de poder, represión, guerras por los recursos, y desplazamientos de masas humanas.

Pero no todos los peligros para la Seguridad Humana Medioambiental (3) proceden del cambio climático debido al abuso de los combustibles fósiles como el petróleo. Otro de los elementos que está actuando como “catalizador” para la generación de tensión, injusticia y violencia es la respuesta que se está dando desde las naciones desarrolladas y consumidoras de recursos del Norte a otro de los grandes problemas universales a los que nos enfrentamos en nuestra era: el de la crisis energética.

“La necesidad de petróleo genera conflicto puesto que sus fuentes están en regiones conflictivas e inestables; el abuso del petróleo es el origen del cambio climático debido al efecto invernadero que provoca la emisión del CO2; numerosas instituciones científicas manifiestan que el petróleo podría agotarse en unas décadas…” Las evidencias anteriores han hecho que en los últimos años las principales potencias se hayan lanzado a la búsqueda de nuevas fuentes energéticas que puedan sustituir al petróleo o al menos disminuir la dependencia del mismo para mantener sus niveles de consumo.

Y nuevamente, en lugar de cuestionar la insostenibilidad del modelo hiperconsumista actual, la respuesta a esta crisis energética por parte de las naciones poderosas y desarrolladas del Norte –con la complicidad de los países emergentes del Sur- no ha podido ser más negativa para el mantenimiento de la paz en los territorios afectados. Nos estamos refiriendo al nuevo paradigma del uso de los agrocombustibles como sustitutos del petróleo y al efecto medioambiental de su cultivo masivo como nuevo generador directo de tensiones, injusticias y violencias en las sociedades afectadas del Sur.

La Unión Europea incentiva y promociona abiertamente a Brasil, Colombia o Argentina como abastecedores de este nuevo recurso sin medir las consecuencias de lo que implica su cultivo masivo. La palma aceitera, el maíz, la caña de azúcar o la soja transgénica crecen e invaden grandes zonas de forma que sus promotores están literalmente “expulsando” a las poblaciones autóctonas campesinas e indígenas, en diversas ocasiones con métodos violentos, que están siendo forzadas a buscar una nueva forma de ganarse la vida en las ciudades generalmente en condiciones infrahumanas. Este es un ejemplo más de cómo las políticas de abastecimiento de recursos de los países ricos y desarrollados obvian los efectos en el ecosistema de los territorios donde se obtienen e infravaloran las poblaciones que quedan afectadas (4).

Finalmente, podríamos destinar otro apartado a denunciar el efecto en la otra dirección: el que tienen los conflictos armados y las guerras en los ecosistemas donde se producen, y entonces recordar los desastres de la quema de los pozos de petróleo en Kuwait durante la primera Guerra del Golfo; el uso de herbicidas letales en la Guerra de Vietnam; los territorios que quedaban “sembrados” de minas anti-personas; y así un largo etcétera que nos escandalizaría nuevamente por la desproporción del sufrimiento de las poblaciones más pobres por su dependencia del medioambiente no solo para su alimentación o para la salvaguarda de su integridad y salud, sino también para la obtención de medicamentos o materiales para refugios y viviendas. En este aspecto, antes de caer en la perversión de reivindicar armas y municiones ecológicas y biodegradables –como ya han planteado los complejos-militares-industriales en alguna ocasión (5)-, o de pedir que las guerras no destruyan los ecosistemas, nuestra posición es y será siempre la de condenar la violencia armada en cualquiera de sus expresiones, y la guerra bajo cualquiera de sus justificaciones o intentos de legitimación.

En conclusión, con el deterioro del medioambiente, el conflicto violento está servido. El uso y abuso de los recursos naturales de hoy constituye una fantástica inversión en la violencia y en la injusticia del mañana. La miopía o la ceguera en las respuestas a las crisis globales por parte de las naciones son un peligro para los ecosistemas y para la Seguridad Humana porque -si se nos permite la prosopopeya- el medio ambiente es tan humano, o la humanidad es tan ecosistema, que no es posible salvaguardar la primera sin cuidar al segundo o abusar del segundo sin infringir daño a la primera.

(1) El artículo se puede consultar íntegramente en: http://www.fund-culturadepaz.org/especialservices_DOC/ManuelManonelles/DiariodeSevillaManuel%20Manonelles.pdf

(2) Ésta y otras declaraciones pueden consultarse en: http://www.pnuma.org/informacion/noticias/2006_11/15nov06_e.doc

(3) La definición del concepto de Seguridad Humana a la que hace la expresión puede encontrarse en: http://dicc.hegoa.efaber.net/listar/mostrar/204

(4) En la página de la campaña “Quien debe a Quien” puede obtenerse información al respecto de estos conflictos: http://www.quiendebeaquien.org/spip.php?article1474

(5) La noticia sobre la pretensión del Pentágono de fabricar balas ecológicas apareció inicialmente en el diario británico The Independent. El periódico El Mundo se hizo eco de la información: http://www.elmundo.es/elmundo/2003/09/09/ciencia/1063103364.html

Francesc Benítez.
Justícia i Pau de Barcelona

 

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