Paro juvenil: El Desafío de la Solidaridad

08.03.2014 19:00

La doctrina social de la Iglesia Católica, desde la publicación de la primera encíclica social Rerum novarum, en 1891, ha hecho hincapié en la importancia y dignidad del trabajo. Para los cristianos, el trabajo supone algo más que trabajo remunerado. Cuando se produce en las correctas relaciones de unos con otros y respetando toda la creación de Dios, el trabajo se convierte en una poderosa expresión de solidaridad. Es central para el bien común de la sociedad: “el trabajo humano, por naturaleza, tiene la finalidad de unir a las personas” (Centesimus Annus, 27). En su encíclica Laborem exercens el Papa Juan Pablo II ha elaborado una comprensión del trabajo como medio por el que nos convertimos en co-trabajadores de la creación de Dios.

 

        La realidad para muchos de nuestros jóvenes a día de hoy es que se encuentran excluidos del mundo del trabajo como resultado de las condiciones sociales y económicas en sus países y una falta de oportunidades adaptadas a sus competencias y habilidades. Las consecuencias son devastadoras tanto en el terreno personal como en el social. La generación joven de nuestros días podría convertirse en una generación perdida y bajo el riesgo de exclusión social debido a que la edad joven se ha convertido en un verdadero reto para nuestras sociedades europeas.

 

        ¿Cuál es la responsabilidad de nuestras comunidades cristianas cuando han de enfrentarse al desempleo a gran escala, descrito por el Papa Juan Pablo II como “un verdadero desastre social” en Laborem exercens (18)? Las iglesias tienen la responsabilidad de alzar las voces en solidaridad con los jóvenes, señalando a los políticos la necesidad de un mayor énfasis en justicia social en nuestra aproximación al problema. El acceso al trabajo, que nos permite realizar nuestra contribución a la sociedad, es una necesidad humana básica. La exclusión del mundo del trabajo es un obstáculo importante para la realización de otros derechos humanos y puede forzar a las personas a convertirse en marginadas de la sociedad o a aferrarse a extremismos políticos.

 

        Desde su elección, el papa Francisco ha señalado las injusticias que no permiten a las personas trabajar o las mantienen trabajando en condiciones inaceptables. Hay una necesidad de seguir su ejemplo en todos nuestros países, señalando públicamente las prácticas que no concuerdan con nuestros valores.

 

        Con tantos jóvenes luchando para sobrellevar emocional y psicológicamente el impacto del paro, los sueños rotos, el paralizante golpe a la autoestima, la soledad y el aislamiento, no deberíamos subestimar el valor del ministerio de la escucha que pueden ofrecer las iglesias. Muchos de estos jóvenes podrían necesitar un espacio en el que articular sus miedos y preocupaciones sin ser juzgados ni que se les haga sentir fracasados. Este tipo de apoyo es vital ya que los jóvenes en esta posición podrían ser vulnerables a la manipulación de aquellos que desean explotar su dolor para socavar la estabilidad, la cohesión social e incluso la democracia en nuestras sociedades.

 

        Como Iglesias, podemos ofrecer la posibilidad para los jóvenes de establecer redes específicas de solidaridad y compañerismo. También se nos presenta el reto de ser un ejemplo a seguir para asegurar a los jóvenes que se les proporcionan oportunidades adecuadas de liderazgo en nuestras comunidades eclesiales locales. Necesitamos reflexionar sobre nuestra apertura a colaborar con la energía y experiencia de los jóvenes. Aún más importante es la necesidad de preguntarles si están satisfechos con las oportunidades que se les ofrecen para contribuir a la vida de la Iglesia.

 

        Una contribución clave de las Iglesias en nuestra sociedad, siguiendo el ejemplo de Jesús en el Evangelio, es ofrecer un lugar de acogida. Una consecuencia del paro juvenil en muchos países ha sido un importante aumento en los niveles de migración. Las iglesias pueden proveer  un espacio seguro para que la gente joven desarrolle redes de apoyo cuando lleguen a un nuevo país, ya que están situadas en una posición única para ayudar a su integración en la comunidad local. Las iglesias pueden ofrecer apoyo y asistencia pastoral a las familias que dejan atrás su país natal y que podrían estar sufriendo debido a la ausencia de sus seres más queridos.

 

        Como comunidades eclesiales, nuestras preocupaciones sobre el paro se extienden más allá de las fronteras nacionales. Inspirados por el espíritu de solidaridad, necesitamos estar abiertos para explorar juntos las oportunidades de trabajo, combinando nuestros recursos y alzando nuestras voces para mejorar la situación de todos los jóvenes que necesitan un trabajo.

 

A las comunidades eclesiales, recomendamos:

  • Que las conferencias episcopales nacionales, junto a organizaciones eclesiales juveniles relevantes, entablen un proceso de diálogo con los jóvenes, ofreciendo una plataforma en la que los jóvenes puedan mostrar sus preocupaciones y proponer soluciones a la crisis del empleo actual;
  • Que los líderes de la Iglesia apoyen a los jóvenes, señalando sus preocupaciones al gobierno y a todos aquellos con posiciones de liderazgo en la sociedad;
  • Que las iglesias reflexionen sobre su propio compromiso con los jóvenes en la vida de la iglesia. ¿Son las iglesias modelos eficaces para los cambios que queremos ver en la sociedad de forma más amplia? ¿Son acogedoras nuestras comunidades eclesiales para los jóvenes que se sienten alienados de la Iglesia y las cuestiones de fe?
  •  Que las comunidades eclesiales locales promuevan la reflexión sobre lo que tiene que decir la doctrina social de la Iglesia en cuanto al trabajo y al empleo. Aplicando la metodología “ver, juzgar y actuar”, ¿qué implicaciones surgen para nuestras comunidades eclesiales y para la sociedad a día de hoy?
  • Que las comunidades eclesiales exploren vías mediante las que puedan proporcionar apoyo práctico y pastoral a los jóvenes que están en paro en su zona.

Conferencia Europea de Comisiones de Justicia y Paz

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