¿Por qué y cómo conservar la naturaleza?, María Ángeles Martín y Pablo Martínez de Anguita

¿Por qué y cómo conservar la naturaleza?, María Ángeles Martín y Pablo Martínez de Anguita

Para convertirnos cada uno de nosotros en custodios de la creación, en conservadores de la naturaleza de este mundo, en cuidadores de su belleza, como nos pide el Papa Francisco en su Encíclica Laudato, necesitamos al menos dos elementos, comprenderla para amarla (o mejor aún amarla para comprenderla)  y encontrar nuestro rol, nuestro lugar en medio de la naturaleza y asumir y ejercer la responsabilidad que se deriva de dicho lugar; del mismo modo que para cuidar a tu cónyuge lo primero es estar enamorado, y lo segundo asumir las responsabilidades que se derivan de la relación encontrada.

En relación a la primera exigencia, comprender el significado de la naturaleza no es una tarea obvia. Requiere mirar a  las raíces mismas del misterio de la existencia, y esto es una tarea casi imposible, sólo factible para quien aún puede mirarla como lo hace un niño. Y un niño frente a algo nuevo, como su madre, una montaña o un pájaro lo primero que siente es interés, atracción. La atracción lleva a la admiración, y la admiración al respeto. Pero esa tensión natural de admirar y respetar necesita ser constantemente educada. Educar es abrir al significado de la realidad. Y para educar se requiere una compañía, una persona que haya visto algo antes, un maestro que comparte lo que sabe, y que genera una comunidad, y una comunidad en la que todos pueden ser maestros es un lugar donde se participa. Se suma lo que se descubre. Así, sin educación ni comunidad, la admiración y el respeto decaen.

La capacidad de asombrarse se tiene desde muy niño. Todos los que hemos estado con algún bebe o niño pequeño vemos el estado natural de este sentido. El asombro provoca lanzarse a descubrir un mundo porque fascina y al tiempo se percibe como algo que no es ajeno, es el preciso estado el original para acercarse al mundo. De esta experiencia nace la certeza de que una vez despertado el asombro, la admiración, esta se convierte en una necesidad para disfrutar la naturaleza y la propia vida.

La realidad desborda, como el niño que ve por primera vez el mar, y su inmensidad no le cabe de entrada en su cabeza. Es previa a cualquier imaginación o teoría sobre ella. Encierra el misterio de su propia existencia, y por lo tanto de la nuestra. Solo quien admira conoce, porque se deja inundar de realidad, y la realidad moldea nuestra percepción de ella. Como quien descubre de golpe a la mujer de su vida, la admiración será el camino de aproximación adecuado a ella, hasta comprender poco a poco no sólo quien es si no porque percibo una correspondencia tan grande entre lo que ella significa y lo que yo soy y quiero.

Si la naturaleza significa el lugar del que misteriosamente procedo y gracia al cual vivo, que me hace sentir y vivir bien, si aprendo a admirarla y respetarla, a aprender de ella y a participar de sus procesos sin deteriorarla, el marco último que definirá nuestras relaciones tendrán que ser de respeto lleno de interés y fascinación, lo cual habrá de traducirse en una sostenibilidad cuidadosa en su gestión o conservación.

La palabra admiración o asombro, fue empleada en este sentido por primera vez por Rachel Carson (1965) otra de nuestras grandes inspiradoras, quien usó en inglés la palabra “wonder”, la cual tiene en dicho idioma una doble acepción; la de sorprenderse y la de preguntarse. Es esta feliz integración de dos significados en una misma palabra en inglés original la que refleja el proceso natural que sucede. Al maravillarse, uno se conmueve siempre y surgen naturalmente multitud de preguntas que requieren conocer más, como el niño pequeño reacciona ante la Naturaleza; todo lo quiere tocar, todo lo quiere saber y todo lo pregunta, y todo lo respeta.

En relación a la segunda exigencia, cuidar la naturaleza es algo que se asemeja a cuidar a tu propia familia pues tanto con nuestra familia como con la naturaleza que nos rodea, nuestra relación natural es o ha de ser de familiaridad, de naturalidad, de comunidad, todo lo cual ha de llevarnos a nuestro compromiso y responsabilidad personal.

La conservación de la naturaleza es una tarea propia. Si no existe en nosotros esta tensión concreta por el cuidado,  podemos pedirle a los demás, (organizaciones, administraciones públicas…)  que hagan dicho trabajo pero no habrá garantías de éxito. La exigencia justa al Estado por ejemplo de garantizarnos un medio ambiente sano sólo puede nacer de esta responsabilidad personal previamente trabajada. Es algo semejante a lo que sucede con la educación: Es verdad, por ejemplo que nuestra constitución garantiza el derecho a la educación, pero todos sabemos que eso no nos exime de ser como padres, los principales responsables de la educación de nuestros hijos. Exigimos colegios, universidades y becas, pero todo ello no puede ser más que una ayuda a los valores que nosotros ponemos en nuestros hijos: el Estado no nos puede ni debe sustituir. Del mismo modo, la Constitución garantiza el derecho a un medio ambiente adecuado, pero a diferencia del caso anterior, no podemos aceptar  que el medio ambiente sano es una cuestión exclusiva del Estado, de ministerios y fundaciones públicas. Pensamos que gestionar la naturaleza es complejo (si quieres manejar algo complejo ten tres hijos…) y que por tanto debemos dejárselo a los expertos. Y la realidad es otra. El Estado, cuyo papel es fundamental, no puede hacer determinadas cosas: no puede hacer que comprendamos, nos identifiquemos y amemos nuestros territorios, que valoremos nuestros ecosistemas y conozcamos a las diversa especies que viven en ellos, que los consideremos como parte de nuestra riqueza cultural y natural, o que por ejemplo deseemos que algún día la foca monje ahora extinguida en nuestro país, vuelva a nadar en las aguas mediterráneas de nuestras costas.

Y del mismo modo que conservar es una tarea que surge del corazón humano asombrado ante el mundo, todo lo que es humano tiene una dimensión comunitaria. Nadie puede conservar lo local sustituyendo a las comunidades locales rurales y a las organizaciones sociales de conservación, esa es la realidad. Todo lo demás son apoyos (por cierto esenciales).  Entonces si nosotros no somos una organización o una comunidad rural, ¿cómo asumir este reto? Apoyando siempre a quienes cuidan a la naturaleza, valorando su gesto, apoyando de un modo u otro para que no deje de hacerlo: Frente a alguien que contribuye al bien común, yo se lo reconozco.

En el día mundial del medio ambiente, nos sumamos al agradecimiento de la sociedad civil a quienes día a día trabajan voluntariamente en sus territorios para que sigamos disfrutando de esos ecosistemas y sitios maravillosos y nos afirmamos en que les apoyamos, que estamos con ellos y que su trabajo es valioso. Desde Justicia y Paz queremos ser como el colibrí del precioso vídeo de una de nuestras heroínas, la premio nobel de la paz africana Wangari Maathai fundadora del movimiento cinturón verde: queremos aportar nuestra gota de agua, que sirva no tanto para apagar el incendio sino para invitar al resto de la comunidad a que juntos salvemos del incendio al bosque…

http://www.youtube.com/watch?v=TlG4bDuveXg

 

Autores: María Ángeles Martín y Pablo Martínez de Anguita