¿Qué tenemos que perder?

En medio del inicio de la campaña electoral para las elecciones generales en España viví un episodio que, sin ser para nada anecdótico ni extraordinario, me entristeció y a la vez me indignó.

Salía de mi jornada laboral de cinco horas para dirigirme a empezar una nueva. Cogiendo el autobús llegaría a tiempo. Pero después de esperarlo durante 15 minutos (sólo tenía 45 para llegar al trabajo y la mitad eran de camino), un despiste del pasado me cambió el día: había olvidado mi billete de transporte público en la otra mochila y el conductor no me podía devolver cambio del efectivo con el cual yo podía pagar el billete. Me sugirió que fuera a la tienda de enfrente de la parada (literalmente a tres metros) para pedírselo.

Allí, las dos chicas que trabajaban estaban de pie junto a la caja registradora. Les pedí si me podían dar cambio para el autobús. Sin dar explicación, me dijeron que no. Les dije que, por favor, necesitaba cambio para ir a trabajar, que el conductor no tenía y no podía coger el bus sin pagarlo. Sin alterar su expresión, una de ellas volvió a decirme que no. Entonces le pregunté si tendría cambio en caso de que comprara unos chicles y una botella de agua. La chica me respondió que en ese caso, sí. Marché de la tienda sin los chicles y el agua. También sin cambio.

El autobús seguía en la parada a la espera de que la cola acabara de entrar. Me dirigí a la panadería del lado (literalmente al lado, a otros tres metros). La señora que atendía a los clientes estaba poniendo pan en el horno, delante nuestro pero de espaldas. Había dos personas más a la cola. Con cautela, quise llamar su atención con un “perdone”. Pero pareció que no me había oído. Dejé pasar unos segundos mientras miraba si el bus seguía en la parada. Seguí allí, pero ya no había nadie más en la cola. Me impacienté. “Disculpe”, dije con un tono prudentemente más elevado. Parecía que iba a girarse, pero siguió poniendo el pan en el horno. Pedir su atención una tercera vez me parecía osado. El autobús se fue segundos después. Decidí esperar a que se girara, no sé por qué. Siguió poniendo pan en el horno, bastante lentamente, durante un minuto más. Cuando se giró, sin mirarnos a las que estábamos esperando, se dirigió a la caja. Puso algunas monedas dentro y dijo: “Hola. ¿El siguiente?”

Posiblemente, ayudarme en aquel momento no suponía ningún beneficio a las chicas de la primera tienda. Y creo, quizás, que la mujer de la panadería tendría que llevar ya unas cuantas horas de cansancio y quería tomarse su tiempo para hacer su trabajo con calma y bien, evitando el estrés.

Cada cual tiene que mirar por sí mismo, al fin y al cabo. Ayudarme no hubiera dado de comer a ninguna de aquellas dependientas. Y tenían bastante a perder: el cambio.

El sacrificio que uno hace o puede hacer también se puede medir con la voluntad. Tu billete de 50 €, otro día, me puede dejar a mí y en mi tienda sin blanca de cara a nuevos clientes los próximos quince minutos; tiempo que puedo tardar en ir al banco de la esquina a pedir que me los intercambien por monedas. La voluntad es estar dispuesto a correr el riesgo para facilitar las cosas al otro. El riesgo pueden ser diez minutos en ayudas exprés. Una hora a la semana. A veces, incluso, tu trabajo. O bien toda una vida dando cambio.

Escribo esta simple pero, para mí, enriquecedora reflexión habiendo apenas conocido los resultados electorales de estas elecciones generales al Congreso y el Senado españoles.

Todo indica que las cosas pueden variar mucho. En todo caso, donde cambiará será en estas dos grandes salas representativas de la ciudadanía. Ellas y ellos, a quienes las españolas y españoles hemos votado, protagonizarán una forma de hacer diferente a la de estos cuatro años pasados.

¿Y nosotros? Quienes no somos políticas, los y las ciudadanas, me pregunto si protagonizaremos nuestro propio cambio. Si arriesgaremos a perder nuestro tiempo en ello. Hablo de ayudar pero también hablo de cooperar, de trabajar juntos.

De concienciarnos de que nuestras acciones individuales, como puede ser ingresar mis dos nóminas en un banco que invierte en armas, pueden influir a mi vecino o alguien en la otra punta del mundo. O bien como, quizás, el coste de no perder diez minutos podría acarrear duras consecuencias para alguien desconocido que me pida ayuda a mí otro día.

Realmente, ¿qué podemos perder? El cambio empieza en nosotros, pero lo tenemos que hacer entre todas y dedicarnos cada día a convertir la bonanza en hechos. Por los otros. Por nosotros.

Judit Montenegro

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