Deforestación, derechos humanos y cuidado de la Casa Común

Deforestación, derechos humanos y cuidado de la Casa Común

Deforestación, derechos humanos y cuidado de la Casa Común

Dos terceras partes de la biodiversidad terrestre de nuestro planeta se encuentran en los bosques primarios. Cuando hablamos de los bosques nos referimos, por tanto, a los mayores espacios de vida, en los cuales una compleja red de relaciones y de conexiones se produce cotidianamente. Solamente las selvas tropicales de Amazonia y Congo “tienen una biodiversidad con una enorme complejidad, casi imposible de reconocer integralmente, pero cuando esas selvas son quemadas o arrasadas para desarrollar cultivos, en pocos años se pierden innumerables especies” (LS, 38).

Efectivamente, la deforestación y la destrucción de bosques primarios y secundarios es uno de los principales clamores de la Tierra que se puede escuchar en nuestros días. Según datos de la FAO, a nivel mundial, cada año se pierden 13 millones de hectáreas de bosques. Hay grandes intereses económicos que se concentran sobre los bienes naturales de estos ecosistemas y que inciden directamente en el aumento de la deforestación; y ello exige de nosotros un compromiso social, ético y político que no podemos descuidar. “Al vivir en una casa común, no podemos dejar de interrogarnos sobre su estado de salud: la contaminación de las aguas y del aire, la explotación indiscriminada de los bosques, la destrucción del ambiente, son a menudo fruto de la indiferencia del hombre respecto a los demás, porque todo está relacionado” (Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz, 2016).

Durante las últimas décadas, la principal causa de deforestación de bosques primarios y secundarios ha sido los cambios en el uso de la tierra: la ganadería y la agricultura de gran escala. Grandes extensiones de bosque han sido concentradas en manos de pocas personas y pocas empresas que las han remplazado con áreas de pasto para ganado y grandes plantíos de monocultivo (soja, caña de azúcar, maíz o palma de aceite, entre otras) al servicio del sistema agroalimentario mundial y de la industria de agrocombustibles. La deforestación y los cambios de uso de la tierra son responsables de una quinta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero que afectan directamente el clima de nuestra Casa.

La ganadería extensiva y los monocultivos para exportación retiran la vegetación nativa de la tierra pero también son responsables por el despojo de la tierra y la expulsión de comunidades y grupos campesinos. “El acaparamiento de tierras, la deforestación, la apropiación del agua, los agrotóxicos inadecuados, son algunos de los males que arrancan al hombre de su tierra natal”[1]. “Las economías de escala, especialmente en el sector agrícola, terminan forzando a los pequeños agricultores a vender sus tierras o a abandonar sus cultivos tradicionales” (LS, 129). La presión que soportan los pequeños agricultores, comunidades campesinas e indígenas para abandonar sus tierras y sus cultivos viene, tantas veces, acompañada de una violencia sistemática contra ellos.

Otros intereses económicos se relacionan claramente con la destrucción de las florestas y la deforestación. El comercio de la madera a nivel mundial, por ejemplo, inyecta en las regiones de selva redes ilegales para la extracción de maderas nobles y su transporte por río o carretera hasta los principales puertos exportadores. Hasta hace poco tiempo, España era el 4º país importador de maderas amazónicas. Una moratoria europea sobre la compra de madera de origen ilegal procedente de Amazonía, iniciada en 2009, consiguió reducir este mercado, aunque no lo ha eliminado totalmente. La extracción de madera en áreas de protección ambiental y en territorios indígenas, como es el caso del territorio del pueblo Ka’apor (Maranhão, Brasil), sigue actuando en permanente conflicto con las comunidades que allí habitan y que siguen luchando por su tierra: “Ese árbol ya estaba aquí antes de que yo naciese y antes de que naciese mi padre. Por eso luchamos. Podemos incluso morir, pero nuestros hijos siempre van a tener la floresta[2].

La expansión de la actividad petrolera, de la gran minería y de grandes proyectos de infraestructura, como las hidroeléctricas, también es responsable directa de la destrucción de los bosques. Cada una de estas actividades económicas presupone el control del territorio, su alteración ambiental para poder instalar canteras de obras, poblados improvisados, estructuras de extracción, carreteras, ductos, …, y, finalmente, la expulsión o desplazamiento de las comunidades que allí viven. “La indiferencia respecto al ambiente natural, favoreciendo la deforestación, la contaminación y las catástrofes naturales que desarraigan comunidades enteras de su ambiente de vida, forzándolas a la precariedad y a la inseguridad, crea nuevas pobrezas” (Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz, 2016). La deforestación lleva consigo también el desplazamiento de buena parte de la fauna local, imprescindible para el mantenimiento del ecosistema y  para la alimentación de las comunidades.

Los bosques son realmente fundamentales porque acogen la vida de muchas comunidades y porque en ellos también reside la mayor parte de la biodiversidad de nuestra Casa. Pero además, tienen un papel fundamental en el equilibrio climático de todo el planeta. De un lado, por su capacidad de transpiración y evaporación que devuelve a la atmósfera ríos de agua que se transformarán después en lluvias necesarias cuando se mantiene el equilibrio. De otro lado, porque son grandes sumideros de carbono, contribuyendo así a reducir los impactos de las emisiones de gases de efecto invernadero que el ser humano provoca.

Incluso más allá de su función acogedora de la vida y de equilibrio en el ambiente global, podemos decir que cada criatura es “una caricia de Dios” (LS, 84). Esta es la conversión ecológica profunda a la que nos llama la encíclica Laudato Si: pasar de la lógica del dominio a la lógica del cuidado, que pasa por reconocer la dignidad única de cada criatura. “La pérdida de selvas y bosques implica al mismo tiempo la pérdida de especies que podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, no sólo para la alimentación, sino también para la curación de enfermedades (…) Pero no basta pensar en las distintas especies sólo como eventuales ‘recursos’ explotables, olvidando que tienen un valor en sí mismas” (LS, 32 y 33).

El papel fundamental que las florestas primarias y secundarias tienen sobre el equilibrio climático es algo aceptado y reconocido por todos. También lo saben los gobiernos de los países más ricos y las grandes empresas transnacionales. Por eso, es común que en los grandes foros internacionales o en las negociaciones comerciales estos grandes actores propongan soluciones aparentemente ecológicas pero que no resuelven el problema porque no lo enfrentan de raíz. Un ejemplo de ello es el llamado “mercado de carbono”, por el cual empresas y gobiernos subvencionan económicamente a países y comunidades para que mantengan sus florestas en pie, con el objetivo de que el carbono absorbido por ellas compensaría la emisión de gases de su modelo económico contaminante. Esta estrategia podría llevar, en realidad, a una nueva forma de especulación y no sirve para resolver el problema de las emisiones porque “de ninguna manera implica un cambio radical a la altura de las circunstancias” (LS, 171). Otro ejemplo de soluciones que proceden de la lógica de mercado es la de substituir florestas primarias o secundarias afectadas por incendios o deforestación por plantíos de monocultivos forestales que vienen de fuera y que “pueden afectar gravemente a una biodiversidad que no es albergada por las nuevas especies que se implantan” (LS, 39). Es el caso del eucalipto o la acacia, bajo las cuales se encubre la industria papelera, y que va ocupando áreas en regiones como la Amazonía.

Para hacer frente a este problema es fundamental una profunda conversión ecológica, que va desde el terreno de lo personal y comunitario, el espacio local y también las decisiones políticas de mayor alcance, que superen la visión reducida y cortoplacista de la economía. Se hace necesario, y urgente, sentarnos a pensar y discutir “con la honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, producción y consumo” (LS, 138).

Y es fundamental también que escuchemos y fortalezcamos las voces de aquellos que viven en la floresta y de la floresta. Comunidades de pescadores, campesinos, caucheros, castañeros,  pueblos indígenas; ellos son fundamentales para que podamos encontrar caminos alternativos.  “El mundo de hoy, despojado por la cultural del descarte, les necesita a ustedes”, les decía el Papa Francisco a los indígenas reunidos con él en Chiapas en febrero de este año. En la Amazonía brasileña, el líder sindical cauchero Chico Mendes afirmaba “No podemos defender la floresta sin los pueblos de la floresta”.

Por ello, defender los bosques pasa necesariamente por animar, fortalecer, escuchar y aprender en el diálogo con estos pueblos; sumarnos a la defensa de sus derechos territoriales, pues se ha comprobado que la mejor protección de las florestas ha tenido lugar cuando los territorios de estas comunidades han sido reconocidos y protegidos de la entrada de otros intereses económicos. Por eso, en el mes de febrero de este año tuvo lugar en México el Encuentro Latinoamericano “Con la Encíclica Laudato Si’, defendemos los derechos a la tierra, el territorio y los bosques”. “En nuestra geografía enfrentamos políticas de destrucción impulsadas por gobiernos y empresas que para concretar sus planes requieren el saqueo del agua, la devastación de nuestros bosques (…) Que nuestra Iglesia y el Papa Francisco se ocuparan de estos asuntos en la Encíclica Laudato Si’ nos hace sentir la unión por una misma preocupación” (Carta del Encuentro, Chiapas, México, 13 y 14 de febrero de 2016). Artículo

Luis Ventura Fernández

Responsable por Cáritas Española

Para el programa REPAM  (RED ECLESIAL PANAMAZÓNICA)

 

  • NOTA: Más información sobre la REPAM en las siguientes direcciones:

http://redamazonica.org/      y      https://www.youtube.com/watch?v=SHNz4xpcSH8

 

 

 


[1] Discurso del Papa Francisco en el encuentro con movimientos populares en Roma, octubre de 2014

[2] Eusebio Ka’apor, dirigente indígena asesinado por madereros en abril de 2015