Estado de opinión: ¿Autocensura o ética?

Estado de opinión: ¿Autocensura o ética?

Tras el atentado del sábado 14 de febrero en Copenhague, vuelve la pregunta sobre los límites de la libertad de expresión. En mi opinión, nos preguntamos mucho sobre dónde está el límite de la libertad de expresión y poco sobre qué conviene expresar. Mucho sobre los principios y poco sobre las consecuencias. Mucho sobre los actos de los terroristas y poco sobre los sentimientos de los musulmanes. Mucho sobre la ley y poco sobre la ética. Condenamos mucho y comprendemos poco. Condenar la violencia no nos exime de la autocrítica, sino que nos obliga a ella.

Todos los movimientos sociales denuncian prácticas legales que amenazan a la convivencia y al bienestar: la especulación financiera, el exceso de consumo de combustibles fósiles, el sexismo, el gasto militar, etc. Hay mucha corrupción, pero incluso manteniéndonos dentro de los límites legales podemos cometer muchos actos que son injustos porque no son extensibles a toda la humanidad o, incluso, que sólo podemos llevarlos a cabo aprovechando las desigualdades mundiales (sueldos bajos, explotación del suelo, represión de los movimientos democráticos, etc.)

Dado este amplio consenso entre los partidarios de la justicia global, por decirlo con la acertada expresión de la Fede, no me puedo creer la penosa respuesta a los atentados yihadistas. En Europa, la solidaridad con las víctimas del terrorismo se ha traducido en la defensa de una pretendida libertad de expresión sin límites, con la contrapartida que los grandes mandatarios se han ofrecido a controlarlo todo más, para garantizarnos que podamos decir todo cuanto nos pase por la sesera y no perjudique sus intereses. ¿No os huele a chamusquina que esta gente se haya prestado tan rápidamente?

Cualquier jurista os lo va a confirmar: no existe ninguna libertad ilimitada, ya que todos los derechos forman un conjunto que se tiene que respetar con equilibrio y proporción. Ni siquiera el derecho a la vida, que da acceso al ejercicio del resto de derechos, tampoco se puede entender como un derecho absoluto, por encima de la libertad de conciencia o de la dignidad humana.

En consecuencia, querer ejercer la libertad sin otros límites que la legalidad, no es justo sino una manera de imponer la visión del poderoso por encima de aquél que es provocado, ridiculizado, humillado. El sentido del humor es divertido cuando desacraliza el poder, y en esos casos llega a ser incluso necesario. Pero cuando el humor se ensaña con el débil, se convierte en sarcasmo, que no aporta nada bueno.

Si queremos que alguien aprenda a relativizar y a no tener la piel tan fina, usemos la libertad para respetarle, no para ofenderle. Al fin y al cabo, no es tan difícil de entender: no hagas a los demás lo que no te guste que te hagan a ti. No se trata de dejar de hacer broma de la religión, sino que las ofensas no lluevan sobre mojado. Fijaos en la coincidencia que hacemos bromas sobre el islam, y no sobre el protestantismo (más numeroso tanto en nuestro país como en toda Europa)ni sobre el budismo (que nos resulta más exótico). Se insiste en el derecho a bromear sobre el Islam mientras los países cristianos (perdón, debía decir la OTAN) tenemos destinadas las tropas en países donde el Islam es la religión mayoritaria (perdón, debía decir en países que amenazan la paz de la región).Me parece evidente porque los musulmanes no se ríen con nuestros chistes tan sagaces: se explica por la coyuntura política y no por la fe.

Por tanto, volvamos a la ética, y no nos conformemos con la ley. Cuando en un artículo anterior defendí esta idea, fui tachado de defender la autocensura. Me parece chocante: ¡Qué argumento tan truculento considerar que quien se guía por la ética no es libre! Cuando la ley es injusta, hay que desobedecerla. Pero a veces aun es más fácil. Cuando la ley permite acciones que no favorecen a la convivencia, no es preciso ni tan solo delinquir: basta con no hacer todo lo que es legal.

Si la prostitución es un abuso de la libertad sexual, y la especulación un abuso de la libertad de empresa, aun siendo legales ¿no debe existir también algún abuso legal de la libertad de expresión? Entonces, no esperemos ninguna ley que la restrinja: tomemos la ética, y no la ley, como referente. Condenar la violencia no nos exime de la autocrítica, sino que nos obliga a ella.

Joan Gómez i Segalà

Leer y descargar