Estado de opinión: Ética y estética

Estado de opinión: Ética y estética

Ética y estética

Estamos en vísperas de un ciclo electoral muy largo, en el que renovaremos todas las estructuras del poder democrático en el conjunto del Estado. Y pongo énfasis en que hablo de los poderes elegidos democráticamente, porque es obvio que no elegiremos a otros que tienen tanta o más incidencia en nuestras vidas cotidianas, como son la propiedad y la orientación del poder financiero, de las grandes multinacionales, de los fondos de pensiones o de los medios de comunicación. Y dejo al margen, conscientemente, la jefatura del Estado, porque a pesar de tener un alto valor simbólico, en realidad no manda ni mucho ni poco y sólo sirve para recordarnos el modelo de poder absolutista y feudal de otras épocas y que somos menos libres de lo que creemos y que nuestra capacidad de decidir llega hasta un cierto nivel, pero nunca va más allá. De lo cual está bien que seamos conscientes y, por otra parte, la alternativa a lo que tenemos (desde una perspectiva estrictamente histórica) era peor de lo que hay. ¡Esto no quiere decir que tengamos que renunciar a la utopía!

Este año tendremos la ocasión de leer una larga multitud de programas electorales y escuchar una inacabable lista de compromisos que nos prometerán algo más que una Arcadia feliz, si hacemos el acto de fe de votar tal o cual candidatura en cada uno de los comicios. Se trata de una práctica tan habitual que ya nos tiene más o menos vacunados, porque con el tiempo nos hemos ido convirtiendo, como cuerpo electoral, no sé si más sabios o más cínicos o más escépticos, o todo a la vez, pero que esta práctica se mantenga no dice mucho a favor de la ciudadanía de un país. Quizás habría sido más honesto hacer pagar las mentiras a los que nos habían engañado antes, o hacerles pagar cara, cuando ha sucedido, la prioridad de enriquecerse ilegítimamente frente a la obligación de buscar el bien común.

Pero lo que me preocupa sobremanera es la constatación de que estas formas de entender la praxis política, que considero no sólo insanas y sucias, sino también execrables, se empiecen a notar también en las nuevas fuerzas que habían nacido  precisamente para oponerse a la vieja casta. Y no hablo tanto de los sueldos cobrados de forma irregular o escondidos a Hacienda y a la opinión pública, sino principalmente a los tics demagógicos que ya estoy percibiendo en tantas críticas, a veces demasiado fáciles o incluso falsas o injustas, lanzadas contra concejales o alcaldes, cuando se sabe positivamente que no son correctas. Y pondré sólo un ejemplo: está bien que una candidata haga valer su experiencia en el terreno del activismo social contra los desahucios para reivindicar una mayor contundencia frente a los bancos que siguen desahuciando a personas muy vulnerables, pero no es correcto negar los esfuerzos de un ayuntamiento en este terreno y los éxitos relativos que ha conseguido; y aún menos, engañar conscientemente al electorado afirmando desvergonzadamente que, en caso de conseguir el poder municipal se detendrían súbitamente los desahucios, porque ni esta candidata ni ninguna otra podría saltarse las leyes vigentes ni tampoco dictar otras desde un gobierno municipal.

Àlex Masllorens, miembro de Justícia i Pau Barcelona

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