Estado de opinión: Laudato si' y las raíces de la devastación de la naturaleza

Estado de opinión: Laudato si' y las raíces de la devastación de la naturaleza

La extraordinaria encíclica Laudato si’ (Alabado seas) que nos ha regalado el Papa Francisco es una impresionante, conmovedora y apasionada defensa de la naturaleza, percibida como creación amorosa de Dios, con la cual expresa su inmensa bondad, belleza y sabiduría, y que nos da como ámbito de nuestra vida. Es al mismo tiempo una dura denuncia, científicamente fundamentada, de los graves problemas ecológicos causados por la actividad humana y una llamada a respetar y proteger la naturaleza, a contemplarla y amarla, a administrarla en beneficio de toda la humanidad y preservarla para las generaciones futuras.

Laudato si’ es la primera encíclica dedicada en profundidad a reflexionar sobre la naturaleza y nuestra relación con ella, caracterizada por la explotación masiva y la destrucción progresiva. Pero se trata de una reflexión profundamente anclada en la Revelación bíblica y en el Evangelio, eso es, en la misma persona de Jesucristo, y seguidora de toda la tradición cristiana. Una tradición donde ha brillado el testimonio de amor y de identificación con la naturaleza de hombres como San Francisco, con su famoso Cántico de las criaturas, el inicio del cual (Alabado seas, mi Señor), precisamente da título a la encíclica.

Con este documento, el Papa Francisco es también continuador de la doctrina social de la Iglesia, que en las últimas décadas ha hablado, y mucho, sobre la crisis ecológica. En particular destacan los numerosos discursos y textos de Juan Pablo II, especialmente su Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz de 1990, dedicado especialmente a esta problemática. El año 2005 el Compendio de doctrina social de la Iglesia, publicado por el Consejo Pontificio de Justicia y Paz, dedicó uno de sus doce capítulos a hacer una síntesis del pensamiento eclesiástico sobre este tema. Posteriormente, Benedicto XVI se ocupó también de ello en múltiples ocasiones, especialmente en algunas secciones de la encíclica Caritas in Veritate y en su Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz de 2010, donde vinculaba la promoción de la paz y la protección de la Creación.

Uno de los elementos a mi parecer más interesantes de Laudato si’ es la reflexión sobre las raíces morales de la crisis ecológica provocada por la actividad humana. Le dedica especialmente el tercer capítulo, pero la cuestión aparece transversalmente en todo el documento.

Éste es un tema absolutamente clave, porque sólo conociendo las causas profundas de esta realidad podremos empezar a incidir para revertirla. Juan Pablo II y Benedicto XVI ya se ocuparon de esta cuestión. Francisco parte de las reflexiones de sus predecesores, las actualiza y las profundiza, sirviéndose, entre otras, de las reflexiones del teólogo Romano Guardini.

En síntesis, Francisco señala fundamentalmente como causas el paradigma tecnocrático y el antropocentrismo desviado que dominan actualmente nuestra cultura. Del paradigma tecnocrático, ya había hablado a menudo Benedicto XVI, especialmente en Caritas in Veritate, y ahora Francisco amplía su reflexión. De entrada, parte de la base que los avances técnicos y científicos son un maravilloso producto de la creatividad humana dada por Dios, los cuales han ayudado a comprender el mundo y han remediado innombrables males que dañan y limitan al ser humano. La tecnociencia, bien orientada, produce cosas realmente valiosas y “ha hecho saltar al ser humano hacia el ámbito de la belleza”.

Ahora bien, la tecnociencia ha dado un enorme poder al ser humano, un dominio impresionante sobre el mundo entero, que nada garantiza que lo use correctamente. Con mucha frecuencia ha tenido usos perversos (bombas atómicas, genocidios…) El problema empieza con la tendencia a creer que todo incremento de poder es siempre un progreso del cual deriva espontáneamente un aumento de bienestar y seguridad. Pero eso sólo es así si se acompaña también de progreso en el orden de la conciencia, de los valores y de la responsabilidad. Y hoy la humanidad no tiene los elementos necesarios para controlar el poder creciente que ha adquirido y cada vez hay más posibilidades de usarlo perversamente porque le falta una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente lo limiten.

En el fondo, aquí hay un proceso por el cual el hombre se ha ido escindiendo del mundo. En el proceso lógico-racional, el hombre ha ido conceptualizándose a sí mismo como un sujeto separado del mundo, al cual ve como un puro “objeto” que se encuentra afuera, materia “informe” a su disposición para poseer, manipular y explotar, un puro “recurso”. Lo que le interesa es sacar el máximo provecho de las cosas, tendiendo a ignorar la realidad misma de lo que tiene enfrente, incluyendo su misma estructura. Y de aquí la búsqueda, hoy día ya insostenible, de un crecimiento infinito, como si la energía y los recursos fuesen ilimitados. Francisco incluso subraya un paso más en este proceso: la tendencia creciente (no siempre consciente) a que la metodología y los objetivos de la tecnociencia, basados en la experimentación, como técnica de posesión, dominio y transformación, se haya convertido en paradigma homogéneo y unidimensional de comprensión que condiciona la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad, cada vez más dominada por esta lógica. Este dominio se muestra especialmente perverso cuando se extiende al ámbito de la economía, ahogada por las finanzas y dominada por la visión de que el simple conocimiento del mercado y la maximización de los beneficios permitirá resolver el problema del hambre y de la miseria.

Junto con esto, hay el antropocentrismo moderno, que es un antropocentrismo desviado, que “ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad”. “El ser humano ya no siente la naturaleza como norma válida”, no le ve ningún valor, ni es capaz de reconocerle el mensaje que ésta trae inscrita en sus estructuras. Una gran “desmesura antropocéntrica” que le lleva a un estilo de vida desviado, donde el hombre se coloca él mismo en el centro, dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales y que lo lleva a un relativismo práctico que provoca al mismo tiempo degradación ambiental y degradación social. Y es que, para Francisco, la cultura del relativismo es la misma que empuja a una persona a aprovecharse de otra y tratarla como a simple objeto, obligándola a trabajos forzados, convirtiéndola en esclava a causa de una deuda o sometiéndola a explotación sexual. La misma lógica interna es la que quiere dejar que las fuerzas del mercado, basadas en la maximización de los beneficios, regulen ellas solas la economía. Pero si no hay verdades objetivas, ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y necesidades inmediatas, no habrá límites que puedan evitar daños como el tráfico de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados o de pieles de animales en vías de extinción…

Se muestra así como, para Francisco, la destrucción del medio ambiente tiene justamente las mismas raíces morales profundas que también generan pobreza, desigualdad y vulneración de derechos humanos en el mundo, raíces que se encuentran en la crisis ética, cultural y espiritual de la humanidad.

Por eso, es evidente que no habrá suficiente con leyes ni proyectos políticos, sino que resulta necesaria toda una ”valiente revolución cultural” que nos ayude a mirar la realidad de otra manera, caminando hacia un nuevo ser humano. Se trata de avanzar como fruto de un gran esfuerzo educativo, hacia una nueva síntesis cultural, que recupere el valor peculiar de cada persona humana, provocando el reconocimiento del otro, la apertura a un Tú capaz de conocer, amar y dialogar, y la apertura hacia un Tú divino. “Porque no se puede proponer una relación con el ambiente aislada de la relación con las demás personas y con Dios”. Y es a partir de aquí que Francisco nos propone la necesidad de una ecología integral, que requiere una “conversión ecológica”, la cual es una profunda conversión interior, individual y comunitaria, capaz de reconocer el mundo como un don recibido del Padre, generadora de gratitud y de gratuidad, de consciencia de nuestra conexión con todas las demás criaturas y favorecedora de comunión universal.

 

 

Eduard Ibáñez

Presidente Comisión General Justicia y Paz

 

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