Ética, incentivos y economía

Ética, incentivos y economía

En un conocido experimento económico, los profesores Gneezy y Rutschini trataron de evaluar si las multas serían un adecuado (des)incentivo económico para corregir el comportamiento de aquellos padres que ocasionalmente recogían con retraso a sus hijos de la guardería. En las guarderías analizadas, recoger tarde a un niño no tenía ningún tipo de sanción, más allá de la “culpabilidad” moral del padre o la madre por hacer esperar al cuidador; de hecho, esta culpabilidad les llevaba a esforzarse en ser más puntuales en los siguientes días. Al poner en marcha el experimento, los centros comenzaron a sancionar a los padres con una multa proporcional al retraso, que se cargaba en su cuota mensual. El experimento resultó un absoluto fracaso. La puntualidad no mejoro, de hecho, empeoró sustancialmente. ¿Qué es lo que ocurrió? Pues que al sustituir la “vergüenza-de-llegar-tarde” por la multa, lo que realmente se sustituyó fueron las normas sociales por las mercantiles. Ahora los padres pagaban por su tardanza y por tanto compraban el derecho a recoger tarde a los niños. Unas décadas antes, el sociólogo Richard Titmuss descubrió, al comparar el sistema de donación de sangre británico -basado en trasfusiones voluntarias y altruistas- con el sistema estadounidense -en el que coexistían donaciones voluntarias y comerciales- que el primero no sólo era más eficiente (menores costes, reservas estables…) si no que, además, y más importante, era socialmente más saludable al mantener vivo el espíritu altruista de los ciudadanos. En ambos casos, el estímulo económico no aumentó la oferta del bien (puntualidad o donaciones de sangre) si no que acabó disminuyéndolo, lo que contradice una de las leyes sagradas de la economía: el aumento de los incentivos monetarios debe elevar la oferta.

 

Ambos estudios son paradigmáticos de lo que el economista Fred Hirsch acuñó como el efecto comercializador y que definió como “el efecto que tiene en las características de un producto o una actividad el ofertarlas exclusiva o preferentemente en términos comerciales en vez de por otros mecanismos, como el intercambio informal, la obligación mutua, por altruismo o amor, o llevados de sentimientos de servicio u obligación”. En el caso de las trasfusiones, el efecto comercializador transforma la sangre en una mercancía y los ciudadanos, ante el incentivo monetario, pasan a evaluar el acto con las categorías propias del mercado; es decir, hacen un análisis Coste-Beneficio y concluyen “racionalmente” que el dinero no compensa por el tiempo perdido o por el dolor o por la aprensión a la aguja (a los únicos que les compensa son a los más pobres, que acaban siendo los principales donantes en los sistemas remunerados). Paralelamente, en el experimento de la guardería, los padres concluyeron “racionalmente” que pagar el sobrecoste o la multa les compensaba por poder estar unos minutos más en su trabajo o ir menos apresurados o disfrutar de algún tiempo extra de ocio. Todo muy racional, todo muy elegante desde el punto de vista del análisis económico, pero con unas corrosivas y tristes consecuencias para las normas éticas o sociales.

 

La conclusión fundamental que podríamos extraer de estos ejemplos es que al querer llevar la racionalidad y los incentivos del mercado a ámbitos o esferas de la vida que no le son propios lo que realmente estamos provocando es la desaparición de las normas éticas o sociales que imperaban en esos ámbitos.

 

Para muchos economistas, el mecanismo de mercado es una simple metodología, un modo eficiente de asignar los recursos económicos escasos entre usos alternativos. Llevados de esta aura de eficiencia (probada, por otra parte, en muchos ámbitos) insisten en extender el mercado y sus valores a esferas de la vida que no le son propias. El principal problema es que el mercado en sí imprime carácter y deja su impronta en los bienes y en las personas. Obviamente hay bienes en los que la mercantilización no supone un problema: si me compro una radio o me la regalan funcionará igual de bien. Pero no necesariamente ocurre lo mismo en otros ámbitos. Por ejemplo, por definición no puedo comprar un amigo. La amistad es algo gratuito, generoso y no es susceptible de ser comprada. Si alguien pagara por ella, realmente obtendría otra cosa, pero nunca un verdadero amigo o una verdadera Familia, como trágicamente descubre Juan Luis Galiardo en la homónima película de Fernando León de Aranoa. En definitiva, hay cosas, como bien nos advierte Michael J. Sandel, que el dinero no puede comprar. Existen límites morales al mercado, particularmente dos: la justicia y la corrupción de los propios bienes por el efecto mercantilizador. Veamos un ejemplo ilustrativo de cada uno de ellos. Pensemos, primero, en la lista de trasplantes ¿qué ocurriría si se subastaran los puestos? Obviamente el sistema aumentaría en eficiencia, pues se recaudaría mucho dinero y podrían mejorarse los tratamientos y atenciones de los que quedan a la espera, pero a todos nos repugna la idea por injusta. El argumento económico es imbatible, pero a costa de una profunda fractura social que minaría la confianza en el sistema y que, además, seguramente, reduciría el número de donaciones de órganos, pues las familias de los donantes también querrían su parte. Un segundo caso: ¿Qué ocurriría si los premios Nobel se pudieran comprar? Obviamente perderían el reconocimiento y la dignidad que otorgan ante el conjunto de la humanidad. Poner un precio al nobel o a la amistad o al amor los corrompe ontológicamente; ya no serían esos bienes si no algo muy distinto. Por eso, en bienes sociales y comportamientos morales/altruistas pagamos un altísimo precio, cuando pagamos un precio. Además, y no menos importante, en una sociedad en la que todo está a la venta, la vida se vuelve mucho más difícil para aquellos que tienes menos. Cuantas más cosas el dinero puede comprar, más importante se vuelve la riqueza monetaria (o su falta).

 

La humanidad tiene ante sí unos importantes retos económicos, ambientales y de justicia social. El agotamiento del planeta y la creciente desigualdad extrema nos sitúan ante escenarios preocupantes. Hasta ahora hemos confiando y depositado nuestras esperanzas en el desarrollo tecnológico y en el crecimiento económico; pero parece que no será suficiente si no apelamos a un cambio de valores. Y ese cambio de valores no vendrá, como pretenden algunos, de un adecuado diseño de incentivos y de extender el ámbito de los mercados en aras de mayor eficiencia, si no de avanzar en una ética individual y social basada en aquellas motivaciones intrínsecas que nos dignifican como seres humanos (amor, generosidad, lucha por la justicia, armonía con la naturaleza, trabajo por el bien común…) más que en una ética basada puramente en normas externas (ley).

La conclusión fundamental que podríamos extraer de todo lo anterior es que “los buenos incentivos nunca podrán ser sustitutos de los buenos ciudadanos”.

Fabio Monsalve

Miembro de la Comisión de Justicia y Paz de Albacete

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