Etty Hillesum: Compromiso con su pueblo

 Etty Hillesum: Compromiso con su pueblo

Poder hablar de Etty Hillesum y mostrarla como defensora de los derechos de su pueblo, no sólo en la fuerza de sus escritos sino en la práctica solidaria de su vida, es ciertamente algo que merece la pena. ¡Demasiado tiempo ha estado casi en el anonimato!, puesto que para conocer sus escritos (y por lo tanto algo de su vida), tuvieron que pasar unos cuantos años.

Etty Hillesum, fue una judía holandesa víctima del horror nazi, (Murió en Auschwitz el 30 de noviembre de 1943, a la edad de 29 años). Profundamente comprometida con su pueblo al que sirvió en medio del horror y de la locura de la persecución, haciendo de su ser judía una opción de vida. Estaba arreciando la persecución en Holanda, y sus amigos se ofrecieron a esconderla y luego sacarla del país, sin embargo, prefirió quedarse con su pueblo y sufrir su misma suerte. Etty sabía a lo que se exponía y lo aceptó, prefirió quedarse para identificarse plenamente con su ser judío y poder servir a su pueblo. Ámsterdam primero y el campo de concentración de Westerbork después, fueron los lugares referenciales de su actividad.

Por la brevedad del artículo voy a referirme solo al tiempo pasado en Westerbork, donde a pesar de estar poco tiempo, apenas algo más de quince meses, es el periodo en que escribe la mayoría de sus Cartas, y tiempo suficiente en el que Etty se mete de lleno en la visualización del inhóspito lugar donde se encontraba y, tiempo también, para ejercitar la plena solidaridad de servicio al hermano judío. A todos, pero quizá con un acento, dedicándose más plenamente a quien más lo necesitaba, sobrellevando su propio sufrimiento y el de sus padres y hermanos, presos también en el Campo. En Westerbork estuvo, primero por opción, como integrante del Consejo Judío, y luego ya como una prisionera más.

Westerbork estaba situado en una zona de landas y dunas en la provincia de Drenthe cerca de la frontera alemana, en una región de duro clima y aridez extrema. En tiempos de Etty, era uno de los campos que los alemanes tenían para internar a los judíos holandeses y luego trasladarlos hacia otros campos de más triste recuerdo, por ser campos de trabajo extremo o, simple y llanamente, de exterminio.

A la espera de todos los martes, durante los días precedentes iban llegando trenes atestados de gente, y todos los martes se esperaba un tren vacío que partía, las más de las veces, hacia Auschwitz o Sobibor. Había que llenar el tren. Por ello para Etty, Westerbork era el campo “en el que se amontonaba la carga humana”.

Etty, se refiere mucho al fenómeno de los martes, cuya llegadas y espera llenaba con mucha angustia la vida de la gente del Campo,  por ello y entre muchas descripciones de la gente más peculiar y necesitada del Campo, nos dice gráficamente: “Westerbork fue como si estuviera ante el esqueleto desnudo de la vida”,

Ante esta fatalidad en la que nada puede hacer, (ella misma fue, junto con sus padres y un hermano, pasajeros de uno de estos trenes, cuyo destino fue Auschwitz), Etty a veces se pregunta sobre el sentido de su misión en los tiempos en que estaba en el Campo como integrante del Consejo Judío: “¿Qué hago aquí realmente? Trajino con mis maltrechos tazones de café entre cientos de personas. A veces huyo, nada más que de pura impotencia”. Dudas naturales en medio de una vida entregada al servicio de los que más necesitan.

 Conocemos, gracias a sus escritos, mucho de la situación y condiciones del Campo de Westerbork: “La miseria que domina nuestra realidad es indescriptible: en los barracones más grandes se vive como ratas en las alcantarillas, por todas partes ves niños moribundos… Me hablas de suicidios de madres y de hijos. Puedo comprenderlo todo, pero ese tema me resulta muy delicado. Hay un límite a todo dolor.” Siente y sufre con la gente, no opina sobre el extremo de su dolor. Ayuda, reparte sentimientos o simplemente acompaña, aunque ya no le queden ganas ni de reír, solo de llorar: “Después de esta noche he creído con franqueza y convicción que reírse era pecado”

Pero, quizá donde Etty Hillesum extrema más la agudeza y la sensibilidad de su percepción, es en la descripción de los personajes que ve en su entorno: “¿qué decir de los bebés, sus gritos penetrantes, arrancados de sus catres en plena noche para ser deportados a un país lejano?”, o cuando ve que llevan también a una madre de siete hijos, ésta es su descripción: “Oh Dios, ¡Ella también!. Se trata de esa mujer menuda y vivaz, verdadero producto del gueto, que había llegado a retorcerse de hambre en la cama porque jamás recibió un solo paquete. Tenía siete hijos en el campamento. Rebosante de energía camina a pasitos rápidos con sus cortas piernas. ‘Y sí, ¿qué cree usted? Tengo siete hijos que necesitan una madre a la que no se le transparente el horror en los ojos’”.

Podría seguir citando textos y textos en los que Etty retrata su compasión ante el dolor. Basta con uno solo que define lo que ha sido su vida. En el día final de escritura de su Diario, (martes 13 de octubre de 1942), en clara alusión a la Eucaristía que conoce por la lectura del Evangelio de Mateo, Etty escribe: “He partido mi cuerpo como el pan y lo he repartido entre los hombres. ¿Por qué no, si estaban tan hambrientos y han tenido que privarse de ello tanto tiempo? y solo una líneas más adelante, unas palabras con las que cierra su Diario: “Una quisiera ser un bálsamo derramado sobre tantas heridas”.                                                                                                                                                                     

                                                                                   Daniel Camarero

                                                                     JyP Burgos