Evangelii gaudium: La tierra es la casa común de toda la humanidad

Evangelii gaudium: La tierra es la casa común de toda la humanidad

Indudablemente la Exhortación apostólica Evangellii gaudium es una buena noticia para los pobres. Los es por muchas razones como ya venimos analizando en los distintos artículos que están apareciendo en nuestra web, pero sin duda, una de ellas es porque siguiendo la tradición de Juan Pablo II y la de Benedicto XVI nos habla de la necesidad de cuidar el medioambiente. Destacamos en este artículo algunas alusiones del papa Francisco a este tema.

 

Con esa alegría y entusiasmo que parece transmitir a todo, el papa dice: “Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios,… la tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos”. (EG, 183).

 

Es bueno que el papa haya retomado este tema porque desde que estalló la crisis económica, parece que las cuestiones medioambientales o se han solucionado o ya no le importan a casi nadie porque ni los medios, ni los políticos, ni la sociedad en general, parecen interesados en conocer los males de nuestro planeta.

 

Pero la Tierra sigue sufriendo la ambición de unos cuantos. Por eso el papa dice: “… hay que recordar siempre que el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad”. (EG, 190)

 

Efectivamente, la tierra, don de Dios para todos los hombres, de esta generación y de las generaciones futuras, es cada vez más de unos cuantos. Más del 80 % de los recursos de la Tierra son utilizados por menos del 20 % de la humanidad. Se producen hoy día alimentos para unos 9.000 millones de personas, pero según cifras de la FAO, en la actualidad, 868 millones de personas pasan hambre. En el lado opuesto están los 1.000 millones tienen sobrepeso.

 

Lo mismo podríamos decir del agua. No pretendemos atosigar con cifras pero en nuestra sociedad rica podemos en cualquier momento abrir un grifo y que de él salga agua potable en abundancia o incluso es habitual ver a las personas “pegadas” a una botella de agua. En otras partes del mundo, son centenares de millones las personas que no tienen acceso a un agua limpia y segura y deben ahorrar al máximo en su consumo ya que disponer de ella les supone largas caminatas y gran esfuerzo físico, especialmente a las mujeres y a las niñas que son las encargadas de proveerla a todos.

 

Y podríamos seguir así y rellenaríamos varias páginas con ejemplos. Ahora que es verano, estamos haciendo uso continuado de agua: duchas frecuentes, piscinas, riegos refrescantes… En otras partes del planeta, más de 1000 millones de personas no tienen instalaciones sanitarias adecuadas con el grave riesgo de enfermedades que eso acarrea.

 

Lo mismo sucede con otros bienes de consumo. Por ejemplo, basta con mirar la televisión y darnos cuenta que la epidemia de ébola tiene muchas “lecturas”, pero dos de ellas son significativas de lo que queremos decir: en los países africanos donde se desarrolla esta enfermedad carecen de medios materiales para impedir su propagación: guantes, mascarillas… o los enfermos se escapan de los hospitales porque ni siquiera ahí tienen comida suficiente.

 

Y no digamos nada del consumo de electricidad, mil doscientos millones de personas no tienen ni una bombilla en sus casas. Vivienda, coches, ropa, móviles… tienen también un reparto desigual.

 

Ya Gandhi lo dijo. “tendríamos que vivir más sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir”. Ha pasado más de medio siglo desde que estas palabras fueron dichas y la sociedad no ha mejorado en este aspecto, sino que la diferencia entre ricos y pobres se ha acrecentado enormemente desde entonces.

 

“Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común”. (EG, 205)

 

Aquí habría mucho que decir de las políticas proteccionistas por parte de los países ricos que subvencionan sus cultivos o la producción de determinados alimentos que se consideran básicos, lo que conlleva su exportación a precios inferiores a los de otros países en desarrollo que como no tienen ni la tecnología adecuada, ni el acceso al crédito, ni cuentan con producción y cultivo subvencionado, no pueden competir con ellos en precio y se ven obligados a abandonar sus tierras porque nadie quiere comprar lo que en ellas se produce.

 

Lo mismo podríamos decir de la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera por parte de los países ricos, que supera con creces los límites acordados por ellos, y cuya consecuencia por no cumplir lo pactado será el cambio climático que afectará en menor o mayor grado a todo el planeta, pero una vez más serán los países empobrecidos los que carecerán de recursos para luchar contra sus efectos y por tanto sufrirán con mayor intensidad las consecuencias del mismo.

 

 “Hay otros seres frágiles e indefensos, que muchas veces quedan a merced de los intereses económicos o de un uso indiscriminado. Me refiero al conjunto de la creación. Los seres humanos no somos meros beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas”. (EG, 215).

 

Es lógico que el papa, que viene de un continente en el que se está desplazando a poblaciones indígenas, talando árboles, hiriendo de gravedad a ecosistemas tan ricos como pueden ser los del sur de la Patagonia por construir grandes embalses para producir electricidad, desforestando rápidamente la selva amazónica en aras de un progreso que beneficia solo a unos pocos, se muestre preocupado por el maltrato que se ejerce sobre los seres vivos en general.

 

En definitiva, preocuparnos por el medioambiente, es preocuparnos por la obra de Dios: la Creación, y es defender la causa de los más necesitados, de los más débiles. Debemos “cuidar la fragilidad”. (EG, 209-216)

Isabel Cuenca Anaya

Secretaria General

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