Hoja de opinión octubre: Sed de paz

Hoja de opinión octubre: Sed de paz

1. Jornada Mundial de Oración por la Paz

Organizada por la diócesis de Asís, la Familia Franciscana y la Comunidad de Sant’Egidio y convocada por el Papa Francisco, en el ámbito del evento “Sed de paz, religiones y culturas en diálogo”, se celebró el pasado 20 de septiembre en Asís la Jornada Mundial de Oración por la Paz.
Esta celebración tuvo lugar en el Sacro Convento de Asís, donde esperaban al Papa Francisco, el custodio padre Mauro Gambetti, Su Santidad Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla, el vicepresidente de Al Azhar (Egipto), Abbas Shuman, Su Gracia Justin Welby, arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia de Inglaterra, Su Santidad Efrem II, patriarca siro-ortodoxo de Antioquía , el rabino jefe de Roma, Riccardo Di Segni, el jefe supremo del Tendai (Japón) y otros representantes de las otras Iglesias y religiones del mundo
A las 16,00 y tras el almuerzo que realizaron todos juntos con doce refugiados procedentes de países en guerra, acogidos actualmente en la Comunidad de Sant’Egidio, todos los representantes religiosos imploraron la paz en diversos lugares de Asís. Los cristianos lo hicieron en la basílica inferior de San Francisco donde rezaron una oración ecuménica y se nombraron los países en guerra, por cada uno de los cuales se encendió una vela. El Santo Padre dio lectura a su meditación.

 

De ésta, por su interés, recogemos aquí algunos fragmentos:

2. Sed de Paz

"Ante Jesús crucificado -dijo Francisco- resuenan también para nosotros sus palabras: «Tengo sed».
¿De qué tiene sed el Señor? Ciertamente de agua, elemento esencial para la vida. Pero sobre todo tiene sed de amor, elemento no menos esencial para vivir. La Madre Teresa de Calcuta quiso que, en todas las capillas de sus comunidades, cerca del crucifijo, estuviese escrita la frase «tengo sed». Su respuesta fue la de saciar la sed de amor de Jesús en la cruz mediante el servicio a los más pobres entre los pobres. En efecto, la sed del Señor se calma con nuestro amor compasivo. En el juicio llamará «benditos» a cuantos hayan dado de beber al que tenía sed, a cuantos hayan ofrecido amor concreto a quien estaba en la necesidad: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» .

 

En su «tengo sed», podemos escuchar la voz de los que sufren: imploran la paz las víctimas de las guerras, las cuales contaminan los pueblos con el odio y la Tierra con las armas; imploran la paz nuestros hermanos y hermanas que viven bajo la amenaza de los bombardeos o son obligados a dejar su casa y a emigrar hacia lo desconocido, despojados de todo. Todos estos son hermanos y hermanas del Crucificado, los pequeños de su Reino, miembros heridos y resecos de su carne, tienen sed. Pero a ellos se les da a menudo, como a Jesús, el amargo vinagre del rechazo. ¿Quién los escucha? ¿Quién se preocupa de responderles? Ellos encuentran demasiadas veces el silencio ensordecedor de la indiferencia, el egoísmo de quien está harto, la frialdad de quien apaga su grito de ayuda con la misma facilidad con la que se cambia de canal en televisión.

 

Posteriormente, a las 17,15 los participantes en la Jornada se reunieron en la Plaza de San Francisco donde tuvo lugar el acto de clausura en el que participaron diversos representantes de las distintas iglesias y entre ellos tomó la palabra Tamar Mikalli, víctima de la guerra en Siria, escapada de Alepo. Finalmente, el Santo Padre pronunció un discurso en el que reiteró el deseo de que los hombres y las mujeres de religiones diferentes, allá donde se encuentren, se reúnan y susciten concordia, especialmente donde hay conflictos invitando a todos los creyentes a liberarse de las pesadas cargas de la desconfianza, de los fundamentalismos y del odio, a los responsables religiosos a ser sólidos puentes de diálogo y a los líderes de las naciones a crear y promover caminos de paz.

De este discurso destacamos:

 

3. Sobre la calidad de la Paz

«Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt. 5, 9). Dios nos lo pide, exhortándonos a afrontar la gran enfermedad de nuestro tiempo: La indiferencia.

La indiferencia es un virus que paraliza, que vuelve inertes e insensibles, una enfermedad que ataca el centro mismo de la religiosidad, provocando un nuevo y triste paganismo. No podemos permanecer indiferentes. En Lesbos, he visto en los ojos de los refugiados el dolor de la guerra, la angustia de pueblos sedientos de paz. Pienso en las familias, cuyas vidas han sido alteradas; en los niños, que en su vida sólo han conocido la violencia; en los ancianos, obligados a abandonar sus tierras: todos ellos tienen una gran sed de paz.

 

Nosotros no tenemos armas. Pero creemos en la fuerza mansa y humilde de la oración. La paz que invocamos desde Asís no es una simple protesta contra la guerra, ni siquiera «el resultado de negociaciones, compromisos políticos o acuerdos económicos, sino resultado de la oración».

Continuando el camino iniciado hace treinta años en Asís, donde está viva la memoria de aquel hombre de Dios y de paz que fue san Francisco, «reunidos aquí una vez más, afirmamos que quien utiliza la religión para fomentar la violencia contradice su inspiración más auténtica y profunda, que ninguna forma de violencia representa «la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción».

 

No nos cansamos de repetir que nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa. Sólo la paz es santa, y no la guerra. La oración y la voluntad de colaborar nos comprometen a buscar una paz verdadera, no ilusoria: no la tranquilidad de quien esquiva las dificultades y mira hacia otro lado, cuando no se tocan sus intereses; no el cinismo de quien se lava las manos cuando los problemas no son suyos; no el enfoque virtual de quien juzga todo y a todos desde el teclado de un ordenador, sin abrir los ojos a las necesidades de los hermanos ni ensuciarse las manos para ayudar a quien tiene necesidad.
Nuestro camino es el de sumergirnos en las situaciones y poner en el primer lugar a los que sufren; el de afrontar los conflictos y sanarlos desde dentro; el de recorrer con coherencia el camino del bien, rechazando los atajos del mal; el de poner en marcha pacientemente procesos de paz, con la ayuda de Dios y con la buena voluntad.

 

Paz quiere decir Perdón que, fruto de la conversión y de la oración, nace de dentro y, en nombre de Dios, hace que se puedan sanar las heridas del pasado. Paz significa Acogida, disponibilidad para el diálogo, superación de la cerrazón, que no son estrategias de seguridad, sino puentes sobre el vacío. Paz quiere decir colaboración, intercambio vivo y concreto con el otro, que es un don y no un problema, un hermano con quien tratar de construir un mundo mejor. Paz significa Educación: una llamada a aprender cada día el difícil arte de la comunión, a adquirir la cultura del encuentro, purificando la conciencia de toda tentación de violencia y de rigidez, contrarias al nombre de Dios y a la dignidad del hombre.

 

Que los creyentes sean artesanos de paz invocando a Dios y trabajando por los hombres. Y nosotros, como responsables religiosos, estamos llamados a ser sólidos puentes de diálogo, mediadores creativos de paz.
Nos dirigimos también a quienes tienen la más alta responsabilidad al servicio de los pueblos, a los Líderes de las Naciones, para que no se cansen de buscar y promover caminos de paz, mirando más allá de los intereses particulares y del momento.
Aquí, hace treinta años, san Juan Pablo II dijo: «La paz es una cantera abierta a todos y no solamente a los especialistas, sabios y estrategas. La paz es una responsabilidad universal» Hermanas y hermanos, asumamos esta responsabilidad, reafirmemos hoy nuestro sí a ser, todos juntos, constructores de la paz que Dios quiere y de la que la humanidad está sedienta".

 

4. Y para terminar, reflexionemos…

La opinión pública es fundamental en el seno de la sociedad, también en el seno de la Iglesia. Pío XII la definía como el eco natural, la resonancia común más o menos espontánea, de los sucesos y de la situación actual. No es infalible ni siempte absolutamente espontánea. La opinión pública se forma y, por ello, necesita información veraz y suficiente.