¿La alegría del Evangelio?

¿La alegría del Evangelio?

Desde Justicia y Paz continuamos el ciclo de artículos que versan sobre la exhortación apostólica del Papa Francisco “Evangelii gaudium”, documento que ha sido recibido como un soplo de aire fresco, no solo en la iglesia, sino en todo el mundo. Parece ser ese aire que después del Concilio Vaticano II se esperaba que entrara por las puertas y ventanas de nuestros templos.

 

¿Realmente el mundo necesita esa alegría? Es obvio que sí. ¿Por qué se ha perdido esa alegría? Podríamos hacer distintos análisis en los que las causas serían muy variadas, desde lo macro hasta lo micro. Me decía una mujer senegalesa esta mañana que la crisis no la había enviado Dios, que la habíamos comprado nosotros. Sabiduría popular.

 

Llevamos mucho tiempo comprando ruido que llena nuestros oídos pero que vacía nuestro seso de capacidad crítica. Son muchos años sucumbiendo a las rebajas del materialismo que han llenado nuestro ocio y nuestras relaciones de superficialidad y falsa felicidad. Hemos dejado nuestra conciencia y voluntad en una urna, velando siempre por nuestra seguridad, sin pensar que los derechos son de todos y para todos. Sobra rutina y aburrimiento en nuestras celebraciones, y falta sentarse realmente a la mesa con un pan que sepa a pan, y con un vino que alegre el espíritu.

 

¿Hay, pues, motivos para la alegría? Claro que sí. ¿Y dónde la encontramos? En el Evangelio. El mejor programa electoral que nunca aparecerá en las encuestas de intención de voto. El mejor guion que nunca inspirará una película taquillera. El mejor libro de autoayuda que nunca liderará el ranking de ventas. El invitado que nunca formará parte de esas tediosas tertulias en las que participan hombres thermomix, que de todo saben y de todo opinan.

 

Borrón y cuenta nueva. Desde la sencillez y la naturalidad. Desde abajo. Con mucho humor y muchas risas. Esos son los cimientos donde creo que debe apoyarse nuestra tarea. La de cualquiera de nosotros, en los distintos ambientes en los que participemos. Con esa ilusión hemos de amanecer y vivir cada día.

 

Como comisiones de Justicia y Paz, llamados a ser voz de los sin voz, debemos acompañar a esos corazones tristes con un compromiso sincero. Tristeza que en ocasiones nos han vendido y que estaba dentro de la letra pequeña que no leímos, junto a la cláusula del tiempo de permanencia.

 

Hagamos una parada técnica y pensemos en silencio. ¿Somos realmente transmisores de esa alegría del Evangelio? ¿Son nuestras reuniones, nuestros manifiestos, nuestras reflexiones, nuestras manos y nuestras caras, reflejo de esa alegría del Evangelio, que llena el corazón y la vida entera?

         Sí es que sí, sigamos adelante. Sin desfallecer. Buscando nuevas realidades sufrientes que necesitan que nos acerquemos a ellos sin tecnicismos ni algoritmos, sino con la cultura del esfuerzo y el lenguaje llano del campo.

         Si es que no, no pasa nada. Apaguemos el "rúter" y reiniciemos el equipo. Cancelemos la suscripción y saltemos sin red y sin seguro de accidente. Carguemos las pilas enchufados a la oración y compremos perfume “Eau de oveja” (no se vende en farmacias ni en grandes superficies).

         “Dios ama al que da con alegría” (Hch 9,7)

         “Acudían al templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón” (Hch. 2,46)

         No lo digo yo. Ya lo dijo alguien hace mucho tiempo. Y se hizo realidad.

 

Alberto Díez Domínguez
Justicia y Paz Valladolid

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