La alegría del evangelio. Un mensaje realista

La alegría del evangelio. Un mensaje realista

 

En su exhortación apostólica La alegría del Evangelio, el Papa Francisco nos invita a todos y a cada uno de nosotros, fieles cristianos, a participar en la evangelización como en una tarea esencialmente derivada de nuestro compromiso bautismal.

Dos notas caracterizan este documento: su anclaje en la experiencia y su intención programática.

1.- LA ALEGRÍA

Un comportamiento básico domina la exhortación del Papa Francisco, sostiene como horizonte vital cuanto nos dice y nos impulsa a la acción: la alegría. Se trata de un estado existencial  profundo, nacido de la vivencia de un valor, que da sentido a nuestra vida. La alegría se vive en el alto nivel del espíritu, muy por encima del placer, que puedan aportarnos las pulsiones egocéntricas. La alegría nos brilla en alto nivel de nuestras relaciones con los otros y por eso le corresponde el gesto de abrirse, del abrazar y del darse en el sentido de aquel saludo del himno a la alegría de Schiller:

            "¡Yo os saludo, muchedumbres!

              ¡Que este beso sea para el mundo entero!"

La alegría atraviesa toda la Biblia. Siendo la Biblia la narración de las hazañas de Dios y nuestra acción de gracias por las mismas, actualizamos la exclamación del salmista: "Tus acciones, Señor, son mi alegría y mi júbilo las obras de tus manos" (Sal 92,5).

Bástenos leer la Biblia, para percatarnos de que la alegría es como el resplandor concomitante de la vida teologal. Por eso no nace de nosotros, nos nace de Dios, el cual nos "primerea" y nos anima a primerear nosotros a las gentes y a acompañarlas (24).

El Papa Francisco empieza su exhortación, diciéndonos que "la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús". Esto nos lo dice el mismo Jesús mediante aquella breve parábola, que ocupa un solo versículo del capítulo trece del evangelio de S. Mateo: "Es  semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo, al que encontrándolo un hombre, lo vuelve a esconder y por la alegría que le da, va y vende cuanto tiene y compra el campo de aquél" (Mt 13,44).

Siendo el bien difusivo de sí mismo y la alegría su expresión contagiosa, tenemos aquí la fuerza capaz de mover la libertad de los hombres, pues ésta se mueve solamente por la atracción del bien y se destruye por la coacción. La alegría es la fuerza de atracción, que debe ejercer la Iglesia evangelizadora, sin necesidad de apoyarse en los poderes de este mundo.

  

2.- LA ALEGRÍA NOS IMPULSA A LA MISIÓN

"Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos a todas las gentes" (Mt 28,19). Son las palabras finales de Jesús a su Iglesia. Con ellas no le recomienda una tarea opcional, le manda que sea ella, que realice su identidad. Como Cristo es el misionero del Padre, así la Iglesia es la misionera de Cristo. La Iglesia es ella misma, en cuanto existe y actúa como la flecha directamente proclamadora del Evangelio del Reino, sin dejarse desviar por fuerza extraña alguna, cosa que le ha sucedido más  de una vez en su larga historia y contra la que nos previene el Papa Francisco.

Como bautizado tengo que evangelizar y para esto tengo que sumarme a mis hermanos en la necesaria conversión eclesial. Me oigo llamado a una conversión, que tiene que empezar siendo personalmente mía y que conlleva en primer lugar la lucha por liberarnos de nuestras deficiencias más habituales. La acedia o protección egoísta de nuestro espacio privado, negándonos a colaboraciones necesarias o muy convenientes (81), el pragmatismo de la vida cotidiana (83), la identificación por contagio con algunos males del mundo actual (86), la mundanidad espiritual (93), la guerra entre nosotros (98). La conversión conlleva en segundo lugar (y esto es lo más importante, porque tiene razón de fin) concentrar nuestro testimonio en el corazón del Evangelio, que es el amor compasivo hacia los hermanos que sufren (34-39). A cada uno de nosotros nos propone Jesús el corazón del Evangelio diciéndonos lo que le dijo a aquel escriba nada sincero, luego de haberle narrado la parábola del buen samaritano: "Ve y haz tú lo mismo" (Lc 10,37).

Simplifiquemos nuestra Iglesia, nuestra mente y nuestra acción centrándonos en lo poquísimo, que nos encargaron Jesús y los Santos Apóstoles. Esta simplificación debe guiar la reforma de la Iglesia, sin miedo a revisar costumbres y normas muy arraigadas, que hoy no sirven para la evangelización (43). Construyamos pues una Iglesia en salida misionera, con las puertas abiertas y sin otro poder que la atracción alegre del Evangelio (46-48), pues no evangelizaremos con cara de funeral.

En nuestro mundo tenemos que decir no a muchas cosas. Ante todo a la economía de exclusión, a la idolatría del dinero, al dinero que gobierna en lugar de servir y finalmente a la inequidad, que genera violencia (53-60). Pero todos estos males no deben llevarnos  a un rechazo catastrofista de nuestro mundo. Hay un sustrato cristiano en nuestros pueblos, hay valores cristianos en nuestra sociedad, donde viven tantos bautizados algo inconscientes y donde actúa el Espíritu Santo. Precisamente la alegría del Evangelio es fruto del Espíritu Santo, como nos lo enseña S. Pablo (Gal 5,22) y S. Lucas nos presenta al Espíritu llenando de alegría Isabel, a María, a Zacarías, a Simeón y a Ana, aquellas figuras amables, que pisaban el umbral mismo del Evangelio (Lc, cap 1-2).

La alegría del Evangelio dedica su capítulo cuarto al compromiso social de los cristianos. No está lo suyo en aportar nuevos contenidos a la Doctrina Social de la Iglesia, sí está en la petición de coherencia radical de la vida de fe, que debe llevarnos a combatir las estructuras de inequidad dominantes en nuestra sociedad, a denunciar el escándalo de tantos cristianos, que van a misa y comulgan, pero apoyan viviendo aquellas  estructuras de inequidad.

Todas estas reflexiones y líneas de acción solo llegan a ser algo vivo desde la alegría del Evangelio, si vienen de ella, pues los valores no se comunican mediante discursos doctrinales, sino por contagio. Cristo es el valor supremo y la alegría, que desde su misterio nos comunica el Espíritu Santo en la más contagiosa de todas las alegrías.

Nuestra pregunta es: ¿qué podemos hacer, para consolidar las líneas de LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO en su implantación eclesial? Sin duda es el mensaje más realista desde la lógica de nuestra fe. No quisiéramos morirnos, sin haber aportado nuestro humilde grano de arena al cultivo de la viña de nuestro Padre común, la cual es el mundo que Él creó y sigue creando con el concurso de sus imágenes o visires,  que somos nosotros.

La alegría del evangelio. un mensaje realista

José María Garrido Luceño

Sacerdote, doctor en Filosofía y Antropología y profesor emérito de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla


 
 

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