La espiritualidad de una Iglesia que vive en misión

La espiritualidad de una Iglesia que vive en misión

El 24 de noviembre de 2013, al clausurar el Año de la Fe, el Papa Francisco presentó la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), dirigida “a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (EG 1).

 

Para el Papa Francisco hay que ir a lo esencial del Evangelio para que recupere su frescura original y pueda liberar su fuerza en el interior de la Iglesia; las palabras de Jesús han de volver a ser “espíritu” y “vida” (Jn 6,63), como lo fueron para los primeros cristianos, y han de poder desplegar toda su fuerza salvadora.  Para ello es imprescindible volver a Jesús, Fuente de Vida y Origen de la Iglesia. Volver a Él es dejarnos seducir por su persona, por su manera de ser y hacer, que transparenta Dios. Es Jesús vivo quien ha de tocar nuestra existencia y lanzarnos a comunicar su Vida nueva por doquier (EG 264). Jesús es quien motiva, sostiene y alimenta al evangelizador, al misionero, y todos lo somos: colaboramos con Jesús en abrir caminos a su proyecto humanizador, el Reino de Dios. Y ese volver a Jesús conlleva necesariamente una conversión radical de toda la Iglesia para que se arraigue con más verdad y más fidelidad a la persona de Jesús y para que pueda, así, permanecer abierta al Espíritu Santo –el Espíritu de Jesús-, dejándose mover por Él. En este sentido, EG exhorta a toda la Iglesia a ser misionera, es decir, a participar de la misma misión de Cristo Jesús: proclamar no sólo con las palabras, sino también con la coherencia de vida -que da su fruto en obras- que el Reinado de Dios está ya entre nosotros. Ello tiene una dimensión social clara: en la medida en que Dios logre reinar en nosotros y entre nosotros, la vida social se abrirá a la fraternidad, a la justicia, a la paz, a la dignidad para todos (EG 180). En consecuencia, nada de lo humano puede resultarnos extraño.

 

El anuncio de Jesús tiene una inmediata repercusión moral muy centrada en la caridad (amor) que es primordialmente don de uno mismo. De lo que se trata es de desear, buscar y cuidar el bien de los demás saliendo fuera de nosotros mismos y haciendo experiencia de gratuidad (amor desinteresado). En eso consiste hacer del Evangelio vida y ello es imprescindible para transmitirlo. Pero hay que huir de voluntarismos: el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús, es una eterna novedad que nos invita “a confiar en la primacía de la gracia de Dios y no en las propias fuerzas” (EG 13).

 

En las páginas de EG aparece la centralidad de la alegría, una alegría – la del anuncio de la Buena Noticia de Jesús- que se renueva y se comunica y que surge del encuentro personal con Jesús –del dejarse encontrar por Él- que nos desposee de nuestro egoísmo y nos hace sentir pueblo, rescatándonos “de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad” (EG 8). De ahí el contraste con lo que ocurre en el mundo actual, “con su múltiple y abrumadora oferta de consumo” que propicia “una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”(EG 2).  Así, el Papa denuncia que cuando la vida interior se centra sólo en los propios intereses, “ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (EG 2).

 

Se necesitan testigos que anuncien a Jesús, evangelizadores que proclamen su Buena Noticia no sólo con palabras más o menos convincentes, sino con una vida transfigurada, hecha toda transparencia suya (EG 259). Se precisan evangelizadores con Espíritu que se abran sin temor a la acción del Espíritu Santo, porque es el Espíritu Santo quien infunde fuerza para anunciar la novedad del Evangelio. Huyamos, pues, de evangelizar como si fuera una obligación; la tarea evangelizadora debe motivar, debe llenar de sentido la vida. Evangelizar llena porque es colmarse del amor de Dios a través de una relación de amistad, con Jesús, que nos infunde el fuego de su Espíritu (EG 261). Y quien está lleno del amor de Dios lo tiene que comunicar, no se lo puede quedar para él solo.

 

EG finaliza con el capítulo de la espiritualidad misionera, aunque en realidad esta constituye el hilo conductor de toda la Exhortación. Con marcado tono personal el Papa Francisco va desgranando las características que debería tener una tal espiritualidad, capaz de nutrir evangelizadores con “espíritu”, o sea, con motivación interior que impulse, aliente y de sentido a la acción personal y comunitaria (EG 261).

 

El primer motivo que nos mueve a evangelizar es haber experimentado en nuestra existencia el amor salvador de Cristo Jesús, que nos mueve a amarlo siempre más (EG 264).  La vida con Jesús se vuelve mucho más plena, más llena de sentido (EG 268). Su mensaje habla a las búsquedas más profundas de nuestro corazón (EG 265). En definitiva, tenemos un tesoro de vida y amor en nuestras manos que hemos de comunicar.  El verdadero misionero , que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él,  percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera (EG 266). Le descubre presente en el corazón mismo de la entrega misionera. Hacer realidad que “lo que hemos visto y oído, eso es lo que anunciamos” (1Jn 1,3) porque lo hemos experimentado en nuestra propia vida.

 

Características principales de una espiritualidad misionera, del peregrinaje continuo y de la conversión constante, que busca situar a Dios en el centro de nuestra vida, dándole iniciativa en todo, dispuesta a ir siempre más allá en el “conocimiento interno” del Señor Jesús, quien adentrado en Dios Padre, nos lo revela. Ha de ser:

-Una espiritualidad del seguimiento de Jesús que nos lleva a identificarnos con Él, a amar todo lo que Él ama y a involucrarnos en todo lo que Él se involucra. Que vive la misión no como parte de la vida, sino como la vida: “Yo soy una misión en esta tierra, y para esto estoy en este mundo.  Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (EG 273). Nuestro reto: ser con los demás y para los demás, colaborando con Jesús en su misión de hacer de este mundo un mundo más humano.

-Una espiritualidad comprometida, movida por un dinamismo de encarnación, que transforma el corazón sin mutilar el Evangelio y que, por tanto, se compromete con la realidad para transformarla en la línea de las nuevas relaciones del Reino. Una espiritualidad de inclusión, que impulsa a salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas porque existe un vínculo inseparable entre nuestra fe en Jesús y los pobres (EG 20). Una espiritualidad que trabaje por la justicia al modo de Jesús, para hacer llegar el amor de Dios a los más pequeños, a los pobres, a los débiles, a los que sufren, a los excluidos.

-Una espiritualidad que sabe aunar contemplación y acción apostólica, oración y trabajo, y que es capaz de impregnar la acción: puesto que contempla a Jesús, le adora, descansa en Él…, pero, al mismo tiempo, sabe descubrir a Dios en cada ser humano; y ello porque se tiene la sensibilidad espiritual necesaria para saber “leer” la historia personal y también comunitaria como historia de salvación, y se sabe encontrar en ella las huellas de Dios, las semillas del Reino. Amar a nuestros hermanos es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios. “Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios” (EG 272). Urge recobrar un espíritu contemplativo pero “no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforma el corazón” (EG 262).

-Una espiritualidad que tiene “el gusto espiritual de ser pueblo”, y ello significa “estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior” (EG 268), porque “la misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” (EG 268). “Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo … Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos … Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad” (EG 269).

-Una espiritualidad que confía en la acción del Resucitado y del Espíritu: ante la tentación del pesimismo, el fatalismo y la desconfianza y la idea de que nada se puede cambiar, hay que descubrir que “Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza” (EG 275) y que la fe es creer que es verdad que Jesús, que ha triunfado del pecado y de la muerte, “nos ama, que vive y que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad” (EG 278). Hay que descubrir el “sentido de misterio” y la certeza de una fecundidad a veces invisible, que no se puede aferrar ni contabilizar (EG 279). El encuentro personal con Aquel que Vive Resucitado en nuestro corazón y en el corazón del mundo y del cosmos entero, impulsando el devenir de la historia hacia la plenitud de Dios, nos capacita para saber mirar con otra mirada y descubrir que “el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña” (Mt 13,24-30) … y que “La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo” (EG 278). Asimismo, “para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, que «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8, 26)” (EG 280).

-Una espiritualidad que propone una forma de oración, la “oración de intercesión”, puesto que nos ayuda a entregarnos a los demás y a buscar su bien (EG 281). Siguiendo el ejemplo de San Pablo el Papa Francisco destaca que la intercesión no nos aparta de la verdadera contemplación, pues si ésta deja afuera a los demás es un engaño (EG 281). Y frente a una mirada superficial y simplona sobre este tipo de oración, prosigue: “podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo” (EG 283).

Este capítulo termina con el apartado dedicado a “María, la Madre de la evangelización”, como “regalo de Jesús a su pueblo” y “estrella de la nueva evangelización”. No es una mera repetición de ideas acerca de la figura de María, sino que el Papa afirma con convencimiento que “hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia”. Y que cada vez que miramos a María “volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño” (EG 288). Por eso termina con una oración a María, la que está en medio del pueblo cuando se invoca al Espíritu Santo en Pentecostés.

Mª Dolors Oller Sala
Justicia y Paz Barcelona

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Sambalentin

Angie Tatiana niño lopez | 20.02.2017

En este lugar que Dios los bendiga

Sambalentin

Angie Tatiana niño lopez | 20.02.2017

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fuir | 25.11.2016

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