La interculturalidad: una comunicación abierta

La interculturalidad: una comunicación abierta

El Papa Francisco aborda el tema de la interculturalidad al igual que lo hicieron sus predecesores San Juan Pablo II y Benedicto XVI. Este último lo trata con gran profusión en Caritas in veritate.

 

La sociedad globalizada en la que vivimos y nos movemos facilita la interculturalidad, el conocimiento, la comunicación, las apreciaciones de los valores intrínsecos de las diferentes culturas con las que convivimos dadas las posibilidades de entrar en contacto con ellas, gracias a que nos encontramos con personas venidas de otros países y continentes como resultado de los fenómenos migratorios. La movilidad de la población (turismo, viajes de estudio, trabajo, etc.) permite el acercamiento de las personas y con ello el conocer sus peculiaridades (costumbres, tradiciones, lenguas, credos, etc.), de manera que nos muestran la variedad y riqueza que representan las diferentes culturas y sus maneras de obrar, pensar y sentir. Las nuevas técnicas de comunicación facilitan también enormemente, la posibilidad de conocer otras formas de vida, otros modelos que responden a sus idiosincrasias. Las premisas para que se pueda dar la convivencia de distintas culturas son sencillas, elementales: el diálogo, el respeto, la comunicación, la solidaridad, la fraternidad… Para un cristiano no representan ninguna novedad; supone testimoniar la fe de Jesucristo. El Papa Francisco en su Exhortación Evangelii gaudium nos  muestra la necesidad de tener presente en todo momento la dignidad de las personas y los derechos humanos, el respeto por los valores universales, el evitar el individualismo al que la sociedad de consumo arrastra (EG 2). Señala la importancia de la educación basada en el conocimiento respetuoso de otras culturas, sus valores, prioridades, el uso de los bienes y de la naturaleza.

 

Los centros académicos, las parroquias y los lugares de trabajo son espacios en los que de manera directa se vive la interculturalidad. La convivencia en un ámbito multicultural se realiza de forma natural dándose las premisas indicadas: comunicación, diálogo, respeto a la diversidad, espíritu fraternal… El Papa Francisco observa la necesidad de afrontar los desafíos culturales al evangelizar: “la globalización en muchos países ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de culturas marcadas por la economía y debilitadas éticamente” (EG 62). También considera los aspectos positivos de la globalización, el desarrollo que ha aportado, y reflexiona sobre “los aspectos negativos de las industrias de los medios de comunicación y de entretenimiento [que] ponen en peligro los valores tradicionales” (EG 62). En las grandes urbes –refiere el Papa- puede darse que convivan formas culturales diferentes, pero se dan prácticas de segregación y de violencia, indicando la actuación a desempeñar por la Iglesia misionera, es decir, por todos para evitarlo (EG 74-75). Y añade que la “cultura mediática y algunos ambientes intelectuales a veces transmiten una marcada desconfianza hacia el mensaje de la Iglesia y un cierto desencanto” (EG 79).

 

La cultura es dinámica y no permanece estancada, cambia a lo largo del tiempo; así unos valores pueden variar en la importancia que se les ha dado en distintas épocas de la historia. Esto es fácil de apreciar si miramos  lo que ha supuesto, y supone, la imposición cultural que difunden algunos medios de comunicación y su repercusión ya que si no se ejerce la crítica, la responsabilidad y los criterios morales y éticos, conducen a la alienación, a la mediocridad, incluso a la barbarie. Benedicto XVI en Caritas in veritate dice “vivimos en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de ella, bien rechazándola” (CV 2). Y añade que se precisa “una renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor” (CV 21).

 

El Papa Francisco con su pedagogía sencilla hace referencia a la cultura de los distintos pueblos de la tierra: “la noción de cultura es una valiosa herramienta para entender las diversas expresiones de la vida cristiana [...]”. “La cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo. Cada pueblo, en su devenir histórico, desarrolla su propia cultura con legítima autonomía. Esto se debe a que la persona humana por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social” (EG 115), es decir, el ser humano está siempre culturalmente situado: naturaleza y cultura se hallan unidas estrechísimamente. Y continúa recordando que durante los dos mil años de cristianismo, “los pueblos han recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida cotidiana y la han transmitido según sus modos culturales propios” (EG 116); así se aprecia que la Iglesia ha asumido la interculturalidad, la diversidad cultural desde siempre, porque “toda cultura propone valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera de anunciar, concebir y vivir el Evangelio”. “La Iglesia incorpora los valores de las diversas culturas” (EG 116).

 

El Espíritu Santo guía, inspira los corazones y “construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios” (EG1 17). Pero, también el Papa alerta para no caer “en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador” (EG 117). En otro punto de la Exhortación indica el peligro de los extremos globalización – localización: “uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante […], otro, que se conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites” (EG 234). Pero en la interculturalidad es importante mantener las señas de identidad: “[…] una persona que conserva su peculiaridad personal y no esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se anula sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo”. No hay que buscar “ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza” (EG 235), sino alcanzar un modelo de integración que “es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad” y que “es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos” (EG 236).

 

El Papa con su especial sensibilidad y clarividencia sugiere las claves para que se pueda lograr: “Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura […]. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural” (EG 239).

 

Las directrices de la doctrina social de la Iglesia en el tratamiento de las temáticas actuales son clarificadoras. Lo primero a tener en cuenta es la consideración de la dignidad humana y el sentido trascendente de la vida, el ser criatura de Dios que nos confiere la colaboración en su Obra, nos obliga a dar respuestas ante los acontecimientos, las necesidades que se dan en la sociedad y, en el caso de la interculturalidad, debemos contribuir para que sea una realidad benéfica, enriquecedora entre las culturas que conviven, libre de atisbos de egoísmos, discrepancias, tergiversaciones o minusvaloración. Cada cual desde el medio en que nos desenvolvamos, hemos de contribuir para lograr la fraternidad universal.

 

Juana María González de Nicolás

Colaboradora de Justicia y Paz de Madrid 

 

Descargar el artículo

Tema: La interculturalidad: una comunicación abierta

No se encontraron comentarios.

Nuevo comentario