La justicia restaurativa: otro modo de hacer justicia

La justicia restaurativa: otro modo de hacer justicia

La llamada Justicia Restaurativa constituye un paso importantísimo en la dirección propuesta por el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia [1] de una justicia menos obsesionada por el castigo, que descubra su utilidad y sus serias contraindicaciones. Y de su mano el  Derecho penal de alternativas: la posibilidad de incorporar al derecho vigente modificaciones que le permitan ser menos inhumano, quebrar menos procesos de reinserción, satisfacer la demanda de justicia en el sentido más prístino –dar a cada uno lo suyo, lo que necesita- proteger a la víctima, pero sin enfrentar sus intereses al derecho del infractor a la reinserción social y al de toda la colectividad: lograr la paz social, la reparación posible y la prevención de futuros delitos. En esta dirección, habrá que devolver protagonismo a la comunidad (que ha delegado, quizá en exceso, la resolución de conflictos en los tribunales) y procurar  una efectiva protección a  la víctima mediante la responsabilización del infractor. El ideal es lograr la reconciliación entre ambos y la convivencia armoniosa.  Por eso, se la llama “la Justicia de las tres erres”: responsabilización, reparación y reconciliación social.

Este modelo de Justicia supone en síntesis: 1.- Una opción por el diálogo, no por el enfrentamiento. 2.- Una apuesta por la verdad. 3.- Una respuesta a las necesidades reales de las partes y a argumentos racionales, más que a pretensiones procesales simbólicas y respuestas emotivistas. 4.- Adoptar  a la víctima como protagonista del proceso penal. 5.- Responsabilizar al infractor para recuperar la vocación reinsertadora del sistema penal

Se entiende mejor con ejemplos reales. Uno impresionante, el del hermano del asesinado por ETA que entrega una cruz de la víctima al responsable del crimen y éste, a su vez, regala al familiar de la víctima la propia cruz que recibió en la cárcel[2]. Otro menos trágico pero igualmente profundamente humano .Lo transcribimos literalmente como nos llegó:

“Esta mañana he leído la Escuela de Comunidad y me he quedado con una frase que dice: “Es la dependencia de Otro lo que me hace libre de todos los demás”. Después me he ido a Sevilla porque  ha sido el juicio del robo que sufrimos en Julio en la farmacia.

Antonio, el hombre que nos robó, ha entrado esposado y me ha parecido más pequeño y más frágil de lo que lo recordaba, pero tiene mejor aspecto; está más limpio y un poco menos demacrado. Lleva en la cárcel desde que lo detuvieron ese mismo día.

Durante éste tiempo he intentado acompañar en su sufrimiento a mi prima Patricia, que es la que peor lo ha pasado. Ha estado de baja y en tratamiento. Aunque he intentado hacerlo lo mejor posible, percibo que no siempre he sido compañía real para ella. Sigo queriendo acompañarla.

El primero en entrar a la sala he sido yo. Me han pedido que contara los hechos y  siempre me he referido al imputado llamándole por su nombre; Antonio. En un momento dado, la fiscal me pregunta: “¿Por qué lo llama “Antonio”?, ¿ acaso lo conoce de antes?”

Mi respuesta ha sido sencilla. No lo conocía de nada, pero ese es su nombre.

Cuando he terminado, antes de marcharme le he pedido al juez que me deje decirle algo. Un poco sorprendido, me ha dejado hablar  y le he dicho: “Cuando Antonio entró en la farmacia, lo primero que dijo fue que nuestra vida valía más que lo que él se iba a llevar. Esto me ha acompañado todo este tiempo y he caído en la cuenta que la suya (su vida) también vale más que lo que se llevó. Por tanto, señoría, le pido que la sentencia pueda, de alguna forma, ir dirigida a restaurar su humanidad”. En ese momento Antonio ha bajado la cabeza.  Luego he salido tranquilo y respirando a pleno pulmón.

¡Qué potencia tiene la experiencia del perdón y la Misericordia en quién la experimenta (en mi)! Un abrazo.

Lolo”

En suma, perdonar incluso lo imperdonable supone apostar por un largo proceso. El desafío es ser capaz de amar sublimemente y con toda intensidad,  dirigir ese amor hacia un enemigo del que no cabe esperar reciprocidad alguna, pero cuyo rostro se va paulatinamente perfilando con rasgos humanos. Es  querer vivir con pasión y liberar las zonas de muerte y de odio personales para  sobreponer la gracia vivificante del amor a la pulsión mortífera del mal. Implica creer en el ser humano y defender su dignidad y perfectibilidad, incluida su parte miserable, la maldita zona de sombra herida por el mal. Es quebrar la barrera del odio infinito para dejar paso a una misteriosa solidaridad que aúna el dolor provocado y el padecido. Es un acto de fe, de esperanza y de caridad, netamente teologal, que antepone el dinamismo de la gratuidad al mal. Va más allá de la verdad y de la justicia, para liberarle de las cadenas de la culpa y de la venganza. Perdonar lo imperdonable tiene, incluso cuando lo activa una persona no creyente, mucho de divino.

María Yela (Delegada episcopal de Pastoral penitenciaria, Diócesis de Madrid)

José Luis Segovia (Vicario de pastoral social e innovación, Dioc. Madrid)



[1] La finalidad a que tiende (la pena) es doble: favorecer la reinserción de las personas condenadas; por otra parte, promover una justicia reconciliadora, capaz de restaurar las relaciones de convivencia armoniosa rotas por el acto criminal” (CDSI 403). En el fondo, el evangelio se anticipó a esta forma más saludable de resolver conflictos que es la mediación penal propiciada por la Justicia Restaurativa o Reconciliatoria: “Porque mientras vas con tu adversario para comparecer ante el magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te eche en la cárcel” (Lc 1, 58).

[2] Este  y otros muchos casos pueden leerse en E. Pascual (coord.), Los ojos del otro. Encuentros restaurativos entre víctimas del terrorismo y exmiembros de ETA, Sal Terrae, Santander, 2013.