Misión entre las “Preferidas ” del Reino

 Misión entre las  “Preferidas ” del Reino

 

Es media noche de un día cualquiera, el silencio envuelve una ciudad que duerme, apenas una tenue luz ilumina sus calles, hay luna llena…

A lo lejos se percibe un leve taconeo que va aumentando su sonido según se va acercando. Puedo vislumbrar una minifalda color negra y unos zapatos de tacón de un rojo intenso que brillan en la oscuridad de la noche. Melena suelta, morena, agitada por el viento, ella y yo solas y cuyo único sonido eran los latidos de mi corazón. Es una mujer blanca. De pronto se detiene, yo también, espera a alguien que no tarda en llegar, me aparto. Una mano masculina se acerca y la sujeta, saca algo de su bolsillo, introduciéndoselo en el pecho de la mujer, es un billete. Ella baja la mirada, comienza andar, él sigue sujetando con fuerza su brazo derecho, acto seguido, la cubre con una chaqueta y se la lleva a un portal cercano… Ese es el ritual. No hay palabras, solo gestos… así una y otra y otra noche. Nuestra protagonista se va transformando con el paso del tiempo. Ya no es quien era hace años, ha perdido la inocencia de los 17, su cuerpo y su corazón están cada vez más corroídos y desfigurados… de pronto ambos aparecen entre la oscuridad de una fría noche de invierno. La misma mano que le agarraba momentos antes, hasta dejar sus huellas clavadas en su brazo, se aleja.

 

Me acerco… ausencia de palabras, una vez más, solo una mirada, en esos momentos las palabras sobran para constatar que no estamos solas en esta misión de acompañar a tantas mujeres rotas en mil pedazos en situación de prostitución, porque a ambas nos acompaña ALGUIEN.

 

Soy una persona creyente, seguidora de Jesús y de su estilo de vida. Junto a las Oblatas del Santísimo Redentor, hace años, descubrí la realidad de las mujeres que ejercen la prostitución y sus diferentes contextos. Desde ese compromiso de liberación, cercanía y gratuidad de ellas, me sentí vocacionada e implicada en una tarea de humanizar, transformar y crear condiciones de vida más dignas junto a la mujer y para ello, y como punto de partida, tenía que empezar por dar a conocer una situación en la que se vulnera el derecho de un grupo social.

 

Te acercas a ellas con el convencimiento de que en algún momento esta realidad de explotación pueda cambiar, porque esto no es un estigma ni nada que provenga de nacimiento, sino una situación en la que se han visto obligadas a llegar por diferentes circunstancias de la vida. La mayoría por la terrible pobreza que viven en sus países,   gran parte son rumanas, aunque también hay bastantes nigerianas, tienen que sacar adelante a sus familias, quizá son las mayores de un montón de hermanos y se ven en la necesidad u obligación de devolver a sus padres el haberlas mantenido hasta ese momento. Vienen a Europa engañadas por sus mismos compatriotas asegurándoles que aquí la vida es fácil y se gana dinero con demasiada facilidad. Cuando llegan, la realidad no tiene nada que ver. Se encuentran con una deuda a saldar que difícilmente podrán pagar pero ya es tarde, no hay marcha atrás. No es una situación que hayan elegido libremente.

 

Demasiadas veces oyes decir: ¡quiero que me devuelvan mi vida!, un grito que arranca de lo mas profundo de su ser, ¿por qué yo, por qué a mi?, preguntas sin respuesta en un mundo demasiado injusto y egoísta.

 

Algunas de las chicas arriesgan su vida al límite para poder salir de es infierno. Recuerdo el caso de una chica con 18 años, obligada a prostituirse por su mismo novio. Vino a nuestro país engañada; cuando llegó, la dejó en la calle, le explicó cual sería su “trabajo” a partir de ese momento. Siempre la vigilaba, las 24h, cada vez que terminaba con un cliente, se acercaba a ella y le quitaba el dinero, sino trabajaba o sacaba la cantidad que el decidiese, la pegaba y dejaba sin comer, así un día y otro día hasta que uno de los clientes se decidió a ayudarla, escapó y denunció su situación expuesta a la muerte, pero lo consiguió… con el paso del tiempo rehizo su vida, enfrentó sus miedos y su situación. Hoy es una mujer felizmente casada y con un empleo digno.

 

Cuando te encuentras ante ellas Dios te invita a descalzarte porque eres consciente de que es ahí donde Él ha querido revelarse. De alguna forma el Espíritu, la Ruah, el corazón, no se cómo llamarlo, te incita a salir al encuentro de cada una de las mujeres, a ponerte en camino como en su momento lo hicieron los discípulos de Emaús e intentas escuchar los gritos de quienes se sienten esclavizadas por las redes de tratas de personas. Buscas su mirada, le coges la mano, ofreces una sonrisa, una palabra, una escucha… llamarla por su nombre, preguntarle por su familia, sus problemas, sentarte con ellas en un banco, en una plaza y escucharlas, solo escucharlas… ahí descubres que el Espíritu sigue soplando, sintiendo la certeza de que Dios está presente en cada una de ellas y que es posible transformar ese conjunto de piezas rotas para llegar a recomponerlas, intentas llevarlas a la luz para que algún día puedan volver a ser dueñas de sus propias vidas, del presente y del futuro. Esa esperanza y seguridad de que eso es posible, es lo que me lleva a ponerme en marcha cada día con toda la ilusión y certeza de que otro mundo es posible y está en nuestras manos, en las tuyas, en las mías, no echemos balones fuera.

 

Esto, sólo esto, es lo que te ayuda a seguir… cada día supone un reto constante, pero también un desafío personal e institucional. Intentas encarnar los sentimientos de Jesús con la mujer señalada como pecadora, acusada por una sociedad que solo sabe usar y deshacer, pero por encima de eso, está la mirada de Jesús, profundamente misericordiosa que llega al corazón del ser humano para otorgarle el perdón y el amor que sana y dignifica.

 

Son mujeres como tantas otras con sueños, ilusiones y proyectos de vida, que piden un trabajo digno porque no olvidemos que son personas con dignidad, con sentimientos y con la necesidad de compartir la vida con alguien que verdaderamente las quiera porque por encima de todo, son personas como tú y como yo.

 

Aunque solo sea por una mujer, solo por una, merece la pena estar ahí, a pesar de lo que te digan o de lo que otros vivan, siento que debo de ser testigo de lo que un día descubrí y arriesgarme a vivirlo y a anunciarlo. Descargar

 

                                                                                              Ana Isabel Bou Sola

 

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