No esclavos, sino hermanos (2)

No esclavos, sino hermanos (2)

Después del comentario a la primera parte del Mensaje del Papa Francisco, con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz del presente año, ofrecemos hoy una segunda parte, comentando los puntos 4. “Compromiso común para derrotar la esclavitud” y 5. “Globalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia” de dicho Mensaje. Esta parte, ante la lacra actual de las esclavitudes y tráfico de personas, no puede, no debe, dejar indiferente a ninguna persona ni a las instituciones responsables de velar por el bien estar de la comunidad humana.

4. Compromiso común para derrotar la esclavitud

Comienza este apartado del Mensaje, reconociendo la falta de una apuesta fuerte y eficaz para erradicar el fenómeno de la trata de personas, el tráfico ilegal de los emigrantes  y de otras formas actuales de  formas conocidas y desconocidas de esclavitud. A la vez, menciona y reconoce el gran trabajo silencioso de muchas congregaciones religiosas, especialmente femeninas, desde hace años a favor de las  víctimas,   tratando de romper las cadenas invisibles que las tienen encadenadas a sus explotadores y traficantes, a través del  chantaje, la amenaza, la violencia física y el  secuestro de sus documentos identificativos.

La actividad de las congregaciones religiosas se estructura principalmente en torno a tres acciones: la asistencia a las víctimas, su rehabilitación sicológica y formativa y su reinserción en la sociedad de destino o de origen. Este trabajo que requiere coraje, paciencia y perseverancia, merece el reconocimiento y valoración de toda la Iglesia y de la sociedad.

Dice el Papa que este trabajo por sí solo no es suficiente para poner fin a la explotación de la persona humana y aporta elementos que deben tenerse en cuenta en la lucha contra estas situaciones. Se requiere:

-       un triple compromiso a nivel institucional de prevención, protección de las víctimas y persecución judicial contra los responsables.

-       un esfuerzo conjunto y global por parte los diferentes agentes que conforman la sociedad,  porque  las organizaciones criminales utilizan redes globales para lograr sus objetivos.

Además, los Estados deben:

-       vigilar para que su legislación nacional en materia de migración, trabajo, adopciones, deslocalización de empresas y comercialización de los productos elaborados mediante la explotación del trabajo, respete la dignidad de la persona;

-       dotarse de necesitan leyes justas, centradas en la persona humana, que defiendan sus derechos fundamentales y los restablezcan cuando son pisoteados, rehabilitando a la víctima,

-       garantizar la integridad de todas las personas con mecanismos de seguridad eficaces para controlar la aplicación correcta de estas normas, que no dejen espacio a la corrupción y a la impunidad.

-       reconocer el papel de la mujer en la sociedad,

-       trabajar en el plano cultural y de la comunicación para obtener los resultados deseados.

Afirma, también, que las organizaciones intergubernamentales, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, están llamadas a implementar iniciativas coordinadas para luchar contra las redes transnacionales del crimen organizado que gestionan la trata de personas y el tráfico ilegal de emigrantes. Es necesaria una cooperación en diferentes niveles, que incluya a las instituciones nacionales e internacionales, así como a las organizaciones de la sociedad civil y del mundo empresarial.

Por otro lado, las empresas tienen el deber de garantizar a sus empleados condiciones de trabajo dignas y salarios adecuados, pero también han de vigilar para que no se produzcan en las cadenas de distribución formas de servidumbre o trata de personas. A la responsabilidad social de la empresa hay que unir la responsabilidad social del consumidor. Pues cada persona debe ser consciente de que «comprar es siempre un acto moral, además de económico».

Las organizaciones de la sociedad civil, por su parte, tienen la tarea de sensibilizar y estimular las conciencias acerca de las medidas necesarias para combatir y erradicar la cultura de la esclavitud.

Por último, el Mensaje hace una relación de las actividades  acciones realizadas, por la Santa Sede,  en los últimos años,  acogiendo el grito de dolor de las víctimas de la trata de personas y la voz de las congregaciones religiosas que las acompañan hacia su liberación:

-          ha multiplicado los llamamientos a la comunidad internacional para que los diversos actores unan sus esfuerzos y cooperen para poner fin a esta plaga.

-          se han organizado algunos encuentros con el fin de dar visibilidad al fenómeno de la trata de personas y facilitar la colaboración entre los diferentes agentes, incluidos expertos del mundo académico y de las organizaciones internacionales, organismos policiales de los diferentes países de origen, tránsito y destino de los migrantes, así como representantes de grupos eclesiales que trabajan por las víctimas.

Finaliza este apartado, manifestando su deseo de que continúen y se redoblen los esfuerzos para erradicar esta plaga en los próximos años. 

5.    Globalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia

En este 5º  y último apartado,  el Mensaje ofrece una reflexión sobre la misión específica de la Iglesia, en su tarea   de anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad (cf. Caritas in veritate, 5):

-  Se esfuerza constantemente en las acciones de carácter caritativo partiendo de la verdad sobre el hombre, en su tarea de «anuncio de la verdad del amor de Cristo en la  sociedad».

-  Tiene la misión de mostrar a todos el camino de la conversión, que lleve a cambiar el modo de ver al prójimo, a reconocer en el otro, sea quien sea, a un hermano y a una hermana en la humanidad;

-  Reconocer su dignidad intrínseca en la verdad y libertad.

Ofrece el testimonio de la historia de Josefina Bakhita, la santa proveniente de la región de Darfur, en Sudán, secuestrada cuando tenía nueve años por traficantes de esclavos y vendida a dueños feroces. A través de sucesos dolorosos llegó a ser «hija libre de Dios», mediante la fe vivida en la consagración religiosa y en el servicio a los demás, especialmente a los pequeños y débiles. Esta Santa, que vivió entre los siglos XIX y XX, es hoy un testigo ejemplar de esperanza para las numerosas víctimas de la esclavitud y un apoyo en los esfuerzos de todos aquellos que se dedican a luchar contra esta «llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea, una herida en la carne de Cristo».

Por último, invita a cada uno, según su puesto y responsabilidades, a realizar gestos concretos de fraternidad con los que se encuentran en un estado de sometimiento. Preguntémonos, tanto comunitaria como personalmente, cómo nos sentimos interpelados cuando encontramos o tratamos en la vida cotidiana con víctimas de la trata de personas, o cuando tenemos que elegir productos que con probabilidad podrían haber sido realizados mediante la explotación de otras personas. Algunos hacen la vista gorda, ya sea por indiferencia, o porque se desentienden de las preocupaciones diarias, o por razones económicas. Otros, sin embargo, optan por hacer algo positivo, participando en asociaciones civiles o haciendo pequeños gestos cotidianos –que son tan valiosos–, como decir una palabra, un saludo, un «buenos días» o una sonrisa, que no nos cuestan nada, pero que pueden dar esperanza, abrir caminos, cambiar la vida de una persona que vive en la invisibilidad, e incluso cambiar nuestras vidas en relación con esta realidad.

Debemos reconocer que estamos frente a un fenómeno mundial que sobrepasa las competencias de una sola comunidad o nación. Para derrotarlo, se necesita una movilización de una dimensión comparable a la del mismo fenómeno. Por esta razón, hace un llamamiento urgente a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y a todos los que, de lejos o de cerca, incluso en los más altos niveles de las instituciones, son testigos del flagelo de la esclavitud contemporánea, para que no sean cómplices de este mal, para que no aparten los ojos del sufrimiento de sus hermanos y hermanas en humanidad, privados de libertad y dignidad, sino que tengan el valor de tocar la carne sufriente de Cristo, (Cf EG 24, 270) que se hace visible a través de los numerosos rostros de los que el mismo Papa llama «mis hermanos más pequeños» (Mt 25,40.45).

Sabemos que Dios nos pedirá a cada uno de nosotros: ¿Qué has hecho con tu hermano? (cf. Gn 4,9-10). La globalización de la indiferencia, que ahora afecta a la vida de tantos hermanos y hermanas, nos pide que seamos artífices de una globalización de la solidaridad y de la fraternidad, que les dé esperanza y los haga reanudar con ánimo el camino, a través de los problemas de nuestro tiempo y las nuevas perspectivas que trae consigo, y que Dios pone en nuestras manos.

Carmen Luisa González Expósito, JP Tenerife

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