No somos creíbles sin alegría y esperanza

 No somos creíbles sin alegría y esperanza
   Durante siglos, muchos predicaron un cristianismo basado en el sufrimiento y la búsqueda del  sacrificio, considerando que  ésta  era  la única  manera de hacer méritos para "ganar" el cielo.
   Esta religiosidad se basa  en la concepción de un  Dios Juez Todopoderoso, que examinará a todos según  los méritos propios conseguidos. Desde esta concepción religiosa,  la Comunidad no tiene ninguna importancia porque la salvación se entiende como algo individual que cada uno ha de conseguir con sus  esfuerzos.
   El cristianismo se convierte de este modo, en una angustiosa y  pesada carga,  incapaz de transformar nada, y así ante las injusticias se predica a los pobres y maltratados la resignación, prometiéndoles que serán recompensados en la otra vida.
   En esta religiosidad, la vida se considera una condena,  una prueba  a  superar, un mal trago que hay que pasar, un "valle de lágrimas"..., mientras que estar alegres y pasarlo bien es algo sospechoso y casi siempre  sinónimo de pecado.   
   Las personas que sufren esta religiosidad son personas atormentadas, tristes, llenas de rigideces y escrúpulos. Se convierten en auténticas inquisidoras de los otros a quienes juzgan, y viven angustiadas en la incertidumbre de si conseguirán salvarse o serán condenadas al fuego eterno, por el  implacable Juez al que nada se le escapa. ¿Quién puede sentirse alegre y esperanzado con este panorama? ¿Dónde está la buena noticia, la liberación y la alegría del Evangelio?
   El Papa Francisco en su exhortación "Evangelii Gaudium" (E.G), cambia totalmente el acento de esta interpretación para proclamar la Alegría del Evangelio.  En contraposición a la visión anterior, esta espiritualidad se cimienta en el encuentro personal con Jesús que nos muestra al  Padre bueno, profundamente  misericordioso y enamorado del ser humano. Un Padre que nos considera sus hijos por encima de todo y antes que nada,  que pone la fuerza en ser familia, en la comunidad, que se moja en favor de los débiles, que se salta normas y leyes incluso religiosas para poner  en el centro  a la persona. Esta es la Buena Noticia, este es el Evangelio de Jesús que libera al ser humano, que nos llena de alegría y que da razón de nuestra esperanza.
   Jesús es quien nos revela el verdadero rostro del Padre. Un rostro que antes nadie se había atrevido ni a imaginar. Él es quien nos dice que Dios cuenta con nosotros para la transformación del mundo: "Dadles vosotros de comer", mientras que con su vida nos enseña  que Dios toma partido por los más pequeños y  que nunca  le es indiferente el sufrimiento de la gente.
    Pero Jesús va aún más allá y nos revela el plan de Dios: "El Reino" y nos  dice que con Él ya ha comenzado a implantarse y que irá creciendo  poco a poco, lentamente, como una pequeña semilla, como la levadura en la masa, para terminar exclamando lleno de gozo: "¡Ya está aquí!, ¿No lo notáis?".
   Ante esta gran noticia, ante la experiencia de sentirnos hijos amados, es imposible  no    llenarse de alegría y gritar: ¡Abba!  ¡Papaíto... Venga a nosotros tu Reino!. Es desde aquí de donde nos nace la certeza de que el  Espíritu sigue actuando en la historia y no nos abandona. Esta es la razón de nuestra esperanza.
   Cuando vivimos en presencia del Padre las palabras de Jesús cobran  su sentido más profundo: "Al que me ama, el Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él". Es la grandeza de sentirnos habitados, preñados, acompañados por dentro y también por fuera, porque al reconocernos como hijos, los otros se convierten en nuestros hermanos y  ya nada en el mundo nos puede ser  ajeno.
   Dios cuenta con nosotros para implantar su Reino; Dios necesita de nosotros, pero sobre todo Dios está con nosotros. Él es  el autor de la Vida y por Jesús sabemos que su proyecto llegará a la plenitud.
   El Reino está en marcha y es imparable. Un reino que es de todos, que es patrimonio de toda la familia humana. Todos estamos  llamados a dar al mundo testimonio de nuestra esperanza para que  la fuerza de nuestra  certeza venza los temores que inmovilizan y  que intentan perpetuar los egoísmos y  la oscuridad.
   Aun en los momentos en que parece que las tinieblas avanzan y el mal va ganando la partida, estamos llamados a  ser personas de esperanza. Monseñor Casaldáliga lo expresa muy bien en una sencilla frase que dice: "Somos soldados vencidos de una causa invencible".
   En efecto, si Dios camina con su pueblo, nada ni nadie puede vencernos. Cuando Dios envía a Moisés a sacar a los israelitas de Egipto le dice: "No temas. Yo estoy contigo". Es todo lo que Moisés necesitaba. Tampoco nosotros  estamos solos en esta tarea, por eso la llegada del Reino en plenitud es imparable, aunque se haga esperar.
   Un cristiano sin esperanza no puede  ser cristiano, porque  no creería que el Espíritu sigue actuando en el mundo, ni en la resurrección, ni en el proyecto de Dios, ni en que Dios es nuestro Padre y que  nunca jamás nos abandonará....  Un cristiano sin esperanza sencillamente no es cristiano.
   En un mundo lleno de individualismo, contaminado por el consumismo, dominado por el dinero y cuya única espiritualidad es la obtención del placer inmediato, los cristianos hemos de ser testigos de lo que hemos oído, visto y vivido.  Nuestras vidas han de gritar que hay motivos para la alegría y la esperanza para todos los seres humanos. Hay muchas personas trabajando por la transformación del mundo   y sus esfuerzos nunca serán estériles
   Los avances en la sociedad son lentos, pero están ahí y detrás de ellos, grandes santos, la mayoría anónimos, que gastaron sus vidas amando a los demás. Negar esto además de suponer estar ciegos, es casi una blasfemia al negar que el Espíritu de Dios continúa actuando en la historia y no parará hasta llevarla a su plenitud.
   La resurrección de Jesús es la experiencia definitiva para esta esperanza. Es la certeza de que el mal y  la  muerte en cualquiera de  sus muchas formas no tiene la última palabra. "No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!" (EG.3).
   Con Jesús experimentamos que la oscuridad no puede vencer a la luz ni la vida puede ser sepultada por la muerte.

No somos creíbles sun alegria y esperanza
 
Mila Fernández Bey
Consejera de la Comisión General de Justica y Paz
Integrante de la Comisión Diocesana de Justicia y Paz de Cádiz

 

 

Tema: No somos creíbles sin alegría y esperanza

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