Pobreza y nueva evangelización

Pobreza y nueva evangelización

La nueva evangelización no es la tarea exclusiva de obispos y teólogos expertos capaces de elaborar con exactitud un diagnóstico de las sociedades actuales y definir las acciones adecuadas y pertinentes para esta nueva evangelización. La nueva evangelización es tarea de toda la Iglesia y especialmente de los bienaventurados del Sermón de la Montaña. Sin esta perspectiva creo que no se pueden entender las palabras del Papa Francisco en su Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”.

La nueva evangelización comprende la inclusión social de los pobres.  Evangelizar es descubrir su lugar privilegiado en el pueblo de Dios. Jesús nos llega hoy montado en un borrico.

 

La nueva evangelización significa decir no a una economía de exclusión, a la nueva idolatría del dinero, al dinero que quiere gobernar, en  lugar de servir, a luchar contra la inequidad que genera violencia. Jesús nos llama al desarrollo de una espiritualidad misionera, al rechazo de la acedia egoísta y del pesimismo estéril, a la aceptación de la vida nueva que nos trae encarnada en la realidad del mundo y de toda la humanidad.

 

Cada cristiano y cada comunidad estamos llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo . Hacer oídos sordos a ese clamor nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto. La falta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra relación con Dios (Evangelii Gaudium, n. 187).

 

La exigencia de escuchar este clamor brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros. No se trata de una misión reservada sólo a algunos. Implica la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres. Comprende no solo los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos. La solidaridad es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos (Evangelii Gaudium, n. 188).

 

“La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces” (Evangelii Gaudium, n. 189).

 

La nueva evangelización comprende escuchar el clamor de los pueblos más pobres de la tierra (Evangelii Gaudium, n. 190). En cada lugar y circunstancia, los cristianos estamos llamados a escuchar el clamor de los pobres (Evangelii Gaudium, n. 191). “El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno” (Evangelii Gaudium, n. 193).

 

El Papa Francisco ha sido muy claro:

“Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (Evangelii Gaudium, n. 187).

 

Nuestro compromiso no puede consistir exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia (Evangelii Gaudium, n. 188); resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras.

“Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales (Evangelii Gaudium, n. 202).

 

La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica (Evangelii Gaudium, n. 203). Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo (Evangelii Gaudium, n. 204).

 

Francisco Javier Alonso

Vicepresidente de la Comisión General de Justicia y Paz de España

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