Rumor de sables

Rumor de sables

En un día como hoy de hace cien años, Europa y el mundo vivían —todavía— en la ingenua ignorancia de encontrarse a las puertas de la catástrofe. El 28 de junio habían sido asesinados en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa, pero la diplomacia internacional y los medios de comunicación no concedieron mucha importancia al atentado: nadie supo ver en él la chispa que, en sólo un mes, provocaría el estallido de la Primera Guerra Mundial.

 

            La efeméride ha fomentado la producción de libros, documentales y reportajes que analizan los distintos aspectos de aquel desastre. Entre otras cosas, me llama la atención la amplia aceptación que consiguió la retórica militarista: por todas partes se extendieron un estado de ánimo y un lenguaje que situaban la grandilocuencia épica en la cúspide de la escala de valores. Incluso en los países neutrales: en Cataluña y Baleares, mientras la industria textil y del calzado hacían su agosto, vendiendo sus productos a los ejércitos de ambos bandos, muchos intelectuales y personajes públicos se significaban como aliadófilos o germanófilos para reproducir, aunque fuese en tono menor, los tópicos de la cháchara guerrera.

 

            Hoy nos sorprende que, personas de gran nivel intelectual y moral de aquella época, participaran con entusiasmo de una estética y unos valores que hoy asociaríamos con el hooliganismo cuartelero más chiflado. Hemos progresado, no cabe duda. Pero tengo la sensación de que en el momento actual, la reputación de lo soldadesco goza de mejor prensa que hace unas pocas décadas. La transición democrática significó una atenuación de la presencia del ejército en la esfera pública, y se extendió la consideración de las fuerzas armadas como un mal necesario, un recurso que hay que tener, pero en torno al cual, no hace falta montar ninguna parafernalia sobre el orgullo, el honor, la obediencia y el amor a la muerte, de la misma manera que nadie organiza una épica sobre las depuradoras de aguas residuales, aunque las considere indispensables y valore que sus técnicos hacen un gran servicio a la sociedad.

 

            Por supuesto que no es mayoritario, pero el resurgimiento de la retórica militarista empieza a ser algo más que una anécdota. Y me parece que el proceso soberanista catalán se ha convertido en un desencadenante de energías que hasta ahora estaban latentes. Hasta hace poco, las sugerencias de acción, si la cosa catalana se extralimitaba, sólo aparecían en la órbita de la extrema derecha, que nunca ha abandonado este discurso, o en boca de algún militar retirado, miembro de algún grupúsculo más afectado de nostalgia que de inteligencia. Pero lentamente, de una manera sutil pero constante, el discurso del miedo, la apelación al rol del ejército como garante de la unidad nacional, el reclamo de medidas ante la amenaza de desestabilización y, en definitiva, la revalorización del discurso épico-castrense se van haciendo más perceptibles. 

 

            Ahora ya son opinadores de prensa, militares en activo, políticos del más alto nivel, los que expresan públicamente unas ideas que hace dos o tres décadas nos hubieran parecido increíbles. El presidente Rajoy ordenó hace poco a los militares que “nadie hable de Cataluña”, pero los elementos díscolos cada vez son más numerosos. Y, sinceramente, no me parece casual ni improvisado el volumen de ostentación militar que ha caracterizado la coronación del nuevo rey de España: la mayoría de las primeras imágenes de su reinado nos muestran a un capitán general, no a un rey civil. A su vez, el hecho de que un grupo de trabajo de la Asamblea Nacional Catalana se dedique a especular sobre las necesidades defensivas y la hipotética configuración de unas fuerzas armadas en una Cataluña independiente, me parece un despropósito lamentable, una equivocación, tanto por la forma como por el contenido.

 

            Vivimos tiempos muy complejos. Se están produciendo unos cambios políticos y sociales de una profundidad incalculable, y las tensiones de todo tipo son nuestro pan de cada día. Me pregunto si seremos capaces de afrontar los retos que tenemos ante nosotros, con unos valores distintos de los que, tantas veces a lo largo de la historia, han concitado las épocas de crisis. ¿Sabremos silenciar el rumor de sables con un renovado compromiso con la paz y por la paz? ¿Seremos lo suficientemente sabios y prudentes para neutralizar la emergencia de la retórica bélica con una alternativa digna de unos tiempos nuevos?

Miquel Àngel Maria

Justicia y Paz de Menorca

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