Sobre las soluciones tecnológicas al calentamiento global

Sobre las soluciones tecnológicas al calentamiento global

Como bien recordaremos, las negociaciones de París celebradas en diciembre de 2015 finalizaron con el compromiso internacional de que el límite superior de calentamiento global que podemos permitirnos con respecto a la media de temperaturas de la era preindustrial es de 1,5 grados centígrados. Hay en este momento consenso general en que superar ese límite haría irreversibles e impredecibles los efectos negativos del cambio climático inducido por la actividad humana y, como también sabemos, las poblaciones más vulnerables frente a este escenario catastrófico son las más empobrecidas del planeta.

 

Sin embargo, las medidas meteorológicas más recientes demuestran cuán cerca estamos ya de ese límite. Durante todos los meses menos uno del año 2015 la temperatura media global estuvo por encima de 1 grado de calentamiento con respecto a la era preindustrial, y en febrero y marzo del año pasado alcanzamos incluso los 1,38 grados, casi agotando el margen comprometido en París.

 

Es verdad que estas altas temperaturas han sido en parte provocadas por el fenómeno de El Niño, pero hay muchos científicos y ambientalistas que sostienen la práctica imposibilidad de que el objetivo de París pueda cumplirse, incluso en el supuesto de que todos los gobiernos tomen las medidas necesarias para alcanzarlo. Esto significaría, esencialmente, que las emisiones de CO2 sean cero en 2050, para lo cual sería necesario que en 2025 todas las plantas de generación de electricidad por medio de carbón estuvieran cerradas (en todo el mundo, no lo olvidemos) y que en 2030 los motores de combustión de todos nuestros medios de transporte se hubieran eliminado.

 

En este escenario surgen cada vez con más fuerza voces -bienintencionadas en algunas ocasiones, inducidas por el lobby de la industria energética en muchas otras- que insisten en la necesidad de considerar lo que se denominan "tecnologías de emisiones negativas de CO2". ¿Qué significa esto? Sencillamente, que hemos de dar por descontado que no vamos a alcanzar (porque, quizás, no lo queremos) el objetivo de emisiones cero y que, por tanto, necesitamos poner en marcha rápidamente nuevas tecnologías que nos permitan "restar" emisiones, esto es, extraer CO2 de la atmósfera en grandes cantidades y/o bajar artificialmente la temperatura de la atmósfera.

 

En este contexto, no es extraño que se empiecen a escuchar cada vez con más frecuencia debates sobre propuestas de "geoingeniería" (manipulación del clima) como las siguientes: cubrir muy grandes superficies de tierra con grandes cantidades de silicatos (ya que estas rocas absorben CO2), sembrar los océanos con hierro para aumentar su poder captador de CO2, "enfriar" artificialmente el planeta aumentando la concentración de partículas de polvo cargadas con sulfatos en las capas altas de la atmósfera para conseguir reflejar más radiación solar, o incluso colocar  grandes "toldos" en el espacio para conseguir artificialmente más "sombra" sobre la Tierra.

 

Ninguna de estas ideas está todavía desarrollada para su uso de manera eficiente y masiva, pero está claro que ante este tipo de propuestas -que, por cierto, no están reguladas por ningún tipo de legislación internacional- surgen muchas preguntas: ¿Sobre qué tierras esparciremos silicatos? ¿Cuáles son los efectos del exceso de hierro en el mar? ¿A quién le tocará quedarse "a la sombra"?...

 

Llegados a este punto, debe quedar totalmente claro que el cambio tecnológico y energético es fundamental e imprescindible para el reto medioambiental y social que tenemos delante de nosotros. Sin duda, es necesaria una revolución energética, y para ello la investigación en energías renovables es esencial. Así mismo, tiene todo el sentido plantearse toda una nueva gama de tecnologías que nos permitan tener procesos productivos con cero emisiones de CO2, sobre todo innovando en los propios procesos, pero también capturando los gases de efecto invernadero inmediatamente después  de que sean producidos, sin permitir que acaben en la atmósfera.

 

Ahora bien, toda nueva tecnología ha de ser muy poco costosa energéticamente ya que, de lo contrario, estaríamos reproduciendo el problema porque necesitaríamos producir más CO2 para conseguir esa energía. Además, habremos de encontrar soluciones (también energéticamente livianas) para el almacenamiento de las grandes cantidades de CO2 que recogeremos. A este respecto, conviene recordar que la naturaleza ya nos ha proporcionado una solución óptima: las masas vegetales son grandes y maravillosas maquinarias que almacenan el CO2 de la atmósfera y la energía del sol para sintetizar moléculas orgánicas. ¿No será entonces prioritario revertir la deforestación del planeta y cuidar la salud de nuestros bosques?

 

Está claro que nos enfrentamos a grandes problemas pero, sobre todo, a grandes intereses económicos y de poder que condicionan la respuesta a los mismos. Por ello, ante la urgencia de encontrar soluciones existe el peligro de que nos convenzan para concentrar recursos de investigación en nuevas macro-tecnologías, de éxito incierto, con riesgos notables y que una vez más fomentarían la brecha tecnológica entre los países.

 

Olvidaríamos así la medida central con la que debemos enfrentar el problema global de la crisis climática: modificar radicalmente nuestro modelo productivo disminuyendo el consumo y el gasto energético, a la vez que fomentamos la equidad en las relaciones económicas y sociales.   Descarga 

 

 

Ángel Ballesteros

Comisión Justicia y Paz de Burgos