“Vence la indiferencia y conquista la paz”. Una llamada a la conversión del corazón

“Vence la indiferencia y conquista la paz”. Una llamada a la conversión del corazón


El próximo día 1 de Enero la Iglesia nos invita un año más a celebrar la Jornada Mundial de la Paz. Esta iniciativa, instituida por Pablo VI en 1967, es una buena ocasión para orar y reflexionar juntos sobre los retos que plantea la construcción de la paz en un mundo todavía herido por múltiples situaciones de guerra, violencia, abuso y explotación de las personas, injusticia y desigualdad. Un día para renovar el esfuerzo de cada uno de nosotros en convertirnos a la paz, para desarrollar y contagiar a otros aquellas actitudes del corazón, núcleo profundo de la persona, que favorecen la solidaridad, el perdón y el amor.

Este año el lema elegido por el Papa Francisco es “Vence la indiferencia y conquista la paz”. En su Mensaje para esta jornada (que invito a leer), Francisco denuncia la actitud de la indiferencia ante los sufrimientos del prójimo, como una grave amenaza para la humanidad y una de las grandes causas que obstaculizan la paz.  

La indiferencia es una tipología (podríamos llamarla patología) muy extendida. Todos deberíamos de revisar en nosotros mismos hasta qué punto nos afecta, especialmente quienes vivimos en países desarrollados. Se trata de aquella actitud que, ignorando que aquello que nos constituye como seres humanos son justamente las relaciones interpersonales, cierra los ojos al sufrimiento de los otros, para evitar ser tocado por sus problemas. La actitud de quien cree que no debe nada a nadie, que se cree autosuficiente y que sólo pretende tener derechos. Una actitud que, en el fondo, nace de la indiferencia ante Dios, propia de una cultura materialista, relativista y nihilista tan arraigada en nuestros días, que lleva a desentenderse del prójimo y de la creación.

Esa indiferencia, señala Francisco, cuando se suma a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece políticas económicas deplorables que persiguen el bienestar propio o el de la propia nación, el poder o la riqueza, y que promueven injusticias y violencias y destruyen la naturaleza. En este sentido, Francisco reitera una expresión con la que a menudo califica nuestro mundo, como una “globalización de la indiferencia”.

Ante ello, el Papa nos invita a tomar conciencia de la llamada que nos hace Dios a responsabilizarnos de nuestros semejantes, a tomar conciencia de que Dios se ha revelado en la historia como un Dios totalmente solidario de la suerte de los seres humanos. Y ello hasta el punto de bajar entre los hombres en su Hijo Jesús, quien entregó plenamente su vida a poner fin a los sufrimientos, la enfermedad, la tristeza y la muerte. Nos enseñó el camino del amor y la misericordia, especialmente con los más frágiles. Nos invitó a detenernos, como el samaritano, ante el sufrimiento de los otros, para tratar de suavizarlos. I nos hizo ver que en esto se juega nuestro destino como personas.

Por todo ello, el Mensaje hace una llamada a la conversión del corazón, que nos lleve a un compromiso firme a favor del bien común, como bien de todos y cada uno, en espíritu de fraternidad.

Para favorecer esta conversión, Francisco pide que seamos capaces de promover una cultura de la solidaridad y la misericordia, mediante el esfuerzo de todos en educar a favor de la apertura al otro y a la Trascendencia, del diálogo, la cohesión, la escucha, la compasión por el próximo y a la participación de todos en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.

Y como no quiere quedarse en la mera abstracción, el Papa señala algunos retos bien concretos que deberían asumir con valentía los Estados en favor de la paz y, en particular, de las personas más frágiles. Se trata de cuestiones que generan un inmenso sufrimiento a millones de personas y sobre las cuales ya ha insistido en muchas ocasiones:

-      reclama una mejora de las condiciones de vida de las personas encarceladas, con una atención especial a los detenidos en espera de juicio;

-      reitera una llamada a  la abolición de la pena de muerte;

-      pide que se revisen las legislaciones en materia de migraciones, a fin de que se inspiren en la voluntad de acogida, en el respeto de los derechos y deberes de todos y en la integración, cuestionando como grave problema la imposibilidad de muchos inmigrados de obtener la regularización de su residencia;

-      insiste en la importancia de políticas que favorezcan la creación de puestos de trabajo dignos y vivienda para todos (bajo la tríada de “trabajo, tierra y techo”);  

-      invita a actuar más eficazmente para una mejora de las condiciones de vida de los enfermos y del acceso de todos a los tratamientos y medicamentos;

-      pide a los dirigentes de los Estados que, mirando más allá de sus fronteras, renueven sus relaciones con los otros pueblos, favoreciendo la participación e inclusión de todos en la vida de la comunidad internacional, a fin de avanzar en la fraternidad de la familia de las naciones. En este punto, Francisco hace una enérgica llamada a no empujar a ningún pueblo a la guerra, a gestionar de modo sostenible la deuda externa de los países más pobres y a adoptar políticas de cooperación respetuosas de las culturas locales.

Seis grandes retos sobre los cuales sería bueno poner el foco en esta Jornada Mundial de la Paz y, más allá de ella, a situar de forma priorizar desde ahora en el debate social y político, nacional e internacional. Descarga

Eduard Ibáñez Pulido

Presidente Comisión General de Justicia y Paz