La familia, la única institución que, junto con la religión, ha
existido desde siempre y en todas las latitudes; aunque, eso sí, para ello ha
tenido que sufrir una continuada metamorfosis que le ha permitido adaptarse a las
más diversas circunstancias.
Desde los primeros tiempos en que, imaginamos, para dar
satisfacción al instinto de conservación de la especie, se practicara una
relación sexual indiscriminada entre hombres y mujeres, hasta hoy, hay que ver
lo que ha cambiado la familia; tanto, que parece que corremos el riesgo de
volver a esos orígenes imaginados.
Tras la vida en tribus, la familia patriarcal, la familia
nuclear, la monoparental, la formada por padres del mismo sexo... , muchas
variaciones y todo para garantizar la
conservación de la especie, y servir de
unidad de convivencia para el desarrollo de los individuos.
Así, con independencia de sus variaciones, por lo que aquí
importa, el desarrollo socio-afectivo, como elemento nuclear del ser persona,
siempre ha tenido lugar en el seno de la familia. En ella, y sobre todo durante
la infancia, se viven los afectos y los valores, y se inician los hábitos que
luego conformarán nuestra personalidad.
Este período inicial de la vida, determinará nuestro posterior comportamiento
moral, reflejo de nuestras nociones del bien y del mal. Más tarde, la
convivencia en los diversos ambientes con los que nos interrelacionaremos, como
la escuela, las amistades, el trabajo..., irán moldeando las actitudes
individuales de cada persona. Pero ante todo, lo realmente importante será
nuestra formación inicial en valores y
principios.
Y esa multifuncionalidad, educativa, religiosa, protectora...,
¿debe seguir ejerciéndola, hoy, en nuestra sociedad, la familia?
¿Qué sería de una sociedad que hurtase estas tareas a la
familia, poniéndolas en manos de otras instituciones o grupos sociales?
¿Qué será de la familia que, ocupada en acumular recursos para
atender a la comida, el vestido y el acceso a todos los bienes de consumo,
olvida el cuidado afectivo de sus miembros y esas otras tareas que hemos
mencionado más arriba?
Miedo da oír a los padres que exigen que sus hijos sean educados
en la escuela, olvidando que los fundamentos de esa educación se reciben en la
familia. La escuela es poco más que una colaboradora.
Terror da oír a esos padres que exigen del estado la toma de
medidas para acabar con el alcoholismo de los jóvenes, olvidando que es en el
hogar donde esto se debe trabajar. El estado no puede pasar de ser un mero
vigilante de los excesos.
Pánico da ver a esos padres que mandan a sus hijos a las
parroquias para que reciban la catequesis preparatoria de la primera comunión,
olvidando que el sentimiento religioso es vida que nace y debe desarrollarse,
en primer término, en la familia. Párroco y Catequistas fundamentarán la
eficacia de sus esfuerzos en el trabajo anterior de la familia.
¿Cuál es tu proyecto de familia?
Nariam

Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en
que tener un piano no lo vuelve pianista.