Día Mundial de las Personas Refugiadas. Evitar la terrible normalidad

20.06.2018 10:30

 

     El día mundial del Refugiado que hoy se celebra viene marcado por dos noticias de “alto voltaje” mediático y profunda carga emocional. Ambas tienen como protagonistas a  personas desplazadas. De una parte, el  Aquarius, con sus seiscientas veintinueve personas  a bordo que no pudieron ser desembarcadas ni en  los puertos Italianos ni en los  malteses por la oposición de sus gobiernos, y que finalmente pudieron hacerlo en el puerto de  Valencia en un gesto loable del gobierno español. De otra, las imágenes y los audios de los niños hispanos encerrados en jaulas en la frontera de EEUU con México llorando porque iban a ser separados de sus padres a los que iban a deportar como consecuencia de las nuevas medidas migratorias del presidente de los Estados Unidos.

     Noticias como éstas  agitan nuestras conciencias como en su día lo hicieron la fotografía del niño Aylan Kurdi, varado en las playas del Mediterráneo,  o las zancadillas de la reportera Petra Lasszlo  a un padre que llevaba en brazos a su hijo  mientras atravesaba la frontera entre Hungría y Serbia en el otoño de 2015.  Estas imágenes nos hablan de una profunda deshumanización.  La grotesca alegría y el desprecio  con la que dirigentes como Salvini, Trump u Orbán se despachan al hablar de inmigrantes, refugiados o minorías étnicas, y  los réditos que en términos electorales y de popularidad están obteniendo en sus países por miles de ciudadanos y ciudadanas normales y corrientes, nos remite a esa terrorífica y terrible normalidad de la que hablaba Hannah Arendt al referirse a la banalidad del mal. Una normalidad que acaba justificando lo injustificable por omisión.

     A fin de presentar el escenario en su justa medida, es conveniente decir que hoy se habla de estas dos noticias por la atención que les han prestado los medios, pero día a día acontecen hechos gravísimos relativos a los desplazados de los que no se habla, que no son noticiables y que también violan la dignidad humana. Hechos con los que convivimos sin reparar en ellos porque no se ha puesto el foco y porque nosotros y nosotras no los llegamos a poner. Una mirada histórica a los discursos sobre acción social, demuestra cómo el “otro”, el que viene de fuera, el extraño, cuando es pobre, despierta simultáneamente, sentimientos atávicos de temor a lo desconocido pero también de solidaridad. Es importante por tanto contrarrestar las emociones ligadas al temor que instituciones, gobiernos y medios azuzan  para despertar en nosotras y nosotros el temor y la incertidumbre .Esforzarnos por cultivar una conciencia solidaria, sensible y cotidiana que permita la acogida, la ternura y posibilite la dignidad y los derechos. Utilizo el verbo esforzarnos, de manera consciente, porque supone un esfuerzo, un ir contracorriente que es preciso sostener.

     Cuando los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea están a punto de hacer saltar por tierra los acuerdos de Dublín. Cuando se abre paso inexorablemente la posibilidad de construir campos fuera del territorio de la Unión para gestionar y distribuir la llegada de personas desplazadas al  territorio europeo. Cuando se sigue financiando desde la Unión a gobiernos de más de treinta países (muchos de ellos con denuncias por violaciones en materia de Derechos Humanos) para que controlen  a quienes huyendo del hambre o la guerra se dirigen desesperados a Europa. Cuando no se quiere saber, ni ver ni oír lo que está sucediendo con las personas que se encuentran retenidas en Libia.

 

     Cuando en la frontera italo-francesa de Ventimiglia se están produciendo episodios muy oscuros de violaciones de Derechos Humanos de los que están siendo víctimas menores. Cuando en las fronteras de Ceuta y Melilla la policía española y marroquí se emplean a fondo  y las devoluciones en caliente son algo cotidiano. Cuando los barcos de organizaciones humanitarias que se dedican a rescatar inmigrantes son retenidos y sus tripulaciones criminalizadas, cuando personas como Helena Maleno o los bomberos de Proemaid son llevados ante los tribunales, cuando se piensa en aumentar a diez mil personas el cuerpo de fronteras europeo o cuando se multiplican los fondos dedicados a repatriaciones… Es necesario reaccionar contra la normalización de lo terrible, de lo obsceno, de lo deshumanizador.  

     ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo combatir la terrible normalidad a la que somos avocados? Intentando cultivar una normalidad atenta, sensible y comprometida desde gestos, desde actitudes, desde discursos cotidianos que alejen de nosotros esas inercias cómplices y deshumanizadoras.  Una normalidad que admite muchos niveles de compromiso y de implicación (cada uno, cada una en la medida de sus posibilidades) pero que va creando un sustrato sensible y distinto desde lo contemplativo-activo.

     La realidad brinda numerosas oportunidades para tener presente, no en este día, sino en el día a día las historias de sufrimiento y de esperanza de esos 68,5 millones de personas que de acuerdo con el último informe de tendencias del ACNUR se encontraban desplazadas en 2017. Una lectura a los numerosos informes que en esta semana se publican en torno a la situación de los refugiados puede ayudar a hacernos una idea de la magnitud del hecho. La participación en iniciativas que se organicen para sensibilizar de esta realidad, la implicación activa en la desacreditación de actitudes y discursos xenófobos y racistas, la aportación económica, la colaboración de modo voluntario en entidades que se dedican a la atención de las personas inmigrantes, el contacto con espacios virtuales que proveen de información alternativa y veraz sobre lo que está sucediendo con inmigrantes y refugiados. El trabajo pedagógico en las familias y en las comunidades educando en actitudes y solidaridad Todos estos ejemplos y además para los cristianos y cristianas, además el cultivo de la oración que impulsa y dinamiza, que alimenta esa rebeldía permanente contra todo aquello que despoja y destruye a la hermana, al hermano, al niño, a la niña.

    Justicia y Paz, como entidad de Iglesia comprometida firmemente con los Derechos Humanos ha denunciado ante las Naciones Unidas la situación de privación de derechos en la que se encuentran muchos inmigrantes y desplazados que se encuentran en España. Como miembro de la Federación de Derechos Humanos tiene un papel decisivo a la hora de poner sobre la mesa aquellas cuestiones sensibles que vulneran la dignidad de las personas y como miembro de las plataformas Enlázate por la Justicia y Migrantes con Derechos trabaja día a día para que no se asiente en nuestras sociedades ni en nuestras conciencias esa terrible normalidad.

 

Emilio José Gómez Ciriano. Responsable de Derechos Humanos de Justicia y Paz

Emilio José Gómez Ciriano. Responsable de Derechos Humanos de Justicia y Paz

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