50 años dedicados a la justicia y la solidaridad

50 años dedicados a la justicia y la solidaridad

La lección del pasado, que debemos observar todos los días al fijar la brújula de nuestro comportamiento, es que el único camino para la convivencia pacífica y la armonía social es la justicia. La justicia y su precepto esencial, la igual dignidad de todos los seres humanos, son el requisito ineludible para la paz. Durante siglos, la fuerza, el dominio. “Si vis pacem, para bellum”. Ahora, por primera vez en la historia de la humanidad, podemos sustituir “bellum” por “verbum”. En efecto, el poder absoluto masculino que mantenía al resto de los moradores de la Tierra, mujeres y hombres, aislados, silenciosos, temerosos, obedientes… ha dado paso a una sociedad en la que progresivamente los seres humanos se hallan informados de lo que acontece, pueden expresarse libremente y, sobre todo, la mujer, marginada desde el origen de los tiempos, va adquiriendo el papel que le corresponde en la toma de decisiones a todos los niveles.

 

Hasta hace tres décadas, la inmensa mayoría de la humanidad nacía, vivía y moría en unos pocos kilómetros cuadrados. No sabía lo que sucedía más allá de su entorno ni podía manifestar sus puntos de vista. Hoy, por fin, con las nuevas tecnologías digitales ya puede convertirse en realidad la fantástica premonición con que se inicia la Carta de las Naciones Unidas: “Nosotros, los pueblos”. Aquella tan prematura como lúcida frase inicial debe ahora, sin demora, llevarse a la práctica: son, en efecto, “los pueblos” los que deben restablecer un sistema multilateral democrático, en el que sean los principios éticos, comenzando por la justicia, la igualdad, la solidaridad y la igualdad, los que “guíen a la humanidad”, según establece el preámbulo de la Constitución de la UNESCO.

 

Son “los pueblos” los que deben, con firmeza y apremio, “evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”, evitar a las generaciones venideras unas condiciones de habitabilidad de la Tierra deterioradas de forma irreversible, en suma, tener en cuenta que el principio fundamental de la justicia es la alteridad, el otro. Sólo de esta manera será posible encauzar las actuales tendencias sociales y ecológicas y rectificar antes de que sea demasiado tarde.

 

El Papa Francisco, en su insólita encíclica ecológica Laudatio Si', ha advertido claramente que el cuidado de la “casa común” no permitía más demoras. Por su parte, el Presidente Barack Obama, al impulsar con gran eficiencia los Acuerdos de París sobre Cambio Climático advirtió que “la presente generación es la primera que debe hacer frente a este desafío y es, seguramente, la última que puede resolverlo”.

 

Su Santidad Pablo VI, dando continuidad al gran referente Pacem in terris de Juan XXIII, dejó muy claro que “el nuevo nombre de la paz es el desarrollo”, es permitir a todos los seres humanos vivir dignamente en sus lugares de origen. En la década de los ochenta, cuando todo clamaba paz, cuando un ex prisionero durante 27 años por el sólo delito de su piel morena, llamado Nelson Mandela, lograba, en unos meses superar en Sudáfrica el apartheid racial, la forma más abominable de exclusión social; cuando el nuevo Presidente de la Unión Soviética, Mikhail Gorbachev, actuando de forma totalmente inesperada –lo inesperado es también nuestra esperanza- convirtió a la Unión Soviética en una Comunidad de Estados Independientes…; cuando se alcanzaba la paz en Mozambique y El Salvador y se reiniciaban las conversaciones en Guatemala… el Presidente Republicano de los Estados Unidos, Ronald Reagan, y la Primera Ministra británica Margaret Thatcher optaban, en lugar de fortalecer la gobernación mundial al término de la “guerra fría”, por sustituir un sistema multilateral democrático por un sistema plutocrático que dejaba al mundo en las manos de los 6, 7 u 8 países más prósperos. Pero todavía fue peor que el neoliberalismo sustituyera los valores morales por los mercantiles. En aquellos momentos se inició la deriva que, al confundir desarrollo con crecimiento económico, ha llevado a la actual situación de crisis e insolidaridad.

 

En efecto, la Unión Europea, que debería ser, atendiendo a su magnífica Carta de Derechos Fundamentales del año 2000, el faro que iluminara a la gobernanza mundial, se ha visto reducida a una unión estrictamente monetaria, en la que los principios brillan por su ausencia. Pensar que se han reducido hasta eliminarse las ayudas al desarrollo y que la acogida a los refugiados e inmigrantes ha conducido, en un solo año, en 2016, a la desaparición en el Mediterráneo de más de 6.000 seres humanos, constituyen datos inadmisibles y vergonzosos, que no pueden ser contrarrestados, como está sucediendo, por una indiferencia social impulsada por un colosal poder mediático que obedece exclusivamente a la “voz de su amo”. Se trata, como ha escrito Soledad Gallego, de una terrible “arma de distracción masiva”.

 

En resumen, son tiempos en los que, de forma apremiante, debemos transitar desde una economía basada en la especulación, la deslocalización productiva y la guerra-cada día mueren de hambre más de 20.000 personas al tiempo que se invierten en armas y gastos militares 4.000 millones de dólares- a una economía de desarrollo global sostenible y humano. Una transición de una cultura secular de dominio, violencia y guerra, a una cultura de encuentro, conversación, conciliación, alianza y paz. La transición histórica en estos albores de siglo y de milenio ya es posible: de la fuerza a la palabra.

 

Es imprescindible, como Justicia y Paz viene preconizando infatigablemente, partir de la base de la justicia social, “con el amor a cuestas”, como tan bellamente expresara Miguel Hernández. Es urgente que “los pueblos” aprendan a com-partir, com-padecer, com-prometerse, con-vivir… para, de este modo, revitalizar el Sistema de las Naciones Unidas y aplicar sus prioridades: alimentación, acceso al agua potable, servicios sanitarios de calidad, cuidado del medio ambiente y educación.

 

Ahora, con grandes clamores populares, ya es posible contrarrestar a las fuerzas del silencio y del miedo. Ahora ya es posible descubrir nuevos caminos para el futuro que anhelamos y, en todo caso, inventarlos. Cada ser humano único capaz de crear es el motivo fundamental de esperanza a escala personal y colectiva.

 

Justicia y Paz, son a la vez premisa y resultado. Los pueblos ya tienen voz. No elevarla constituiría un delito. Delito de silencio.

 

Federico Mayor Zaragoza