Artículo de Opinión: Sobre la elección de sacerdotes y las manifestaciones de D. Luis Argüello

Artículo de Opinión: Sobre la elección de sacerdotes y las manifestaciones de D. Luis Argüello

Don Luis Argüello, como Secretario y Portavoz de la Conferencia Episcopal, ha rectificado unas declaraciones sobre lo que, en su comparecencia tras su elección ante los medios de comunicación, entendía por “enteramente hombre”, reconociendo que no habían sido bien empleadas y a lo que hay poco que añadir. Pero escuchando la rectificación aborda el tema de “elección de sacerdotes”, manifestando que éstos deben ser: “varones, de sexo varón, de género varón y al mismo tiempo que su orientación sexual, su tendencia sexual, no sea la atracción por el mismo sexo, sino sea lo que la corporalidad masculina puede llevar consigo,…”

También expone - y creo que con mucho acierto -, que “el sexo sentido no puede ser suficiente” para determinar un cambio de sexo. En definitiva, denuncia la primacía del sentimiento como “categoría jurídica” en la vida, pero quizás aquí subyace de fondo otra limitación, haciendo de la corporalidad otra categoría jurídica, aparentemente limitante o esclavizante. Y éste es el matiz que quería apuntar.

Cuando don Luis expresa “lo que la corporalidad masculina puede llevar consigo”, parece apuntar a una orientación y una identidad. Y lo mismo ocurre con respecto a la corporalidad femenina, que lo haría en la otra dirección. Como si formaran 2 polos determinados y determinantes, sin posibilidad de otras alternativas.

Pero la realidad es tozuda -hasta en el plano biológico- pues hay realidades o estados intersexuales que cuestionarían esta dualidad, y así nos encontramos con:

  • Seudohermafroditismo masculino: cariotipo 46XY, masculino, y caracteres sexuales femeninos. El síndrome de Morris es una de ellas.
  • Seudohermafroditismo femenino: con cariotipo 46XX, femenino, pero aspecto masculino, la más frecuente hiperplasia suprarrenal congénita o síndrome adrenogenital
  • Hermafroditismo verdadero, con presencia de tejido ovárico y testicular
  • Disgenesias gonadales

Hay diferenciaciones múltiples tanto corporales, no sujetas a la voluntad del hombre (en genérico), como psíquicas (incluyendo pensamiento y emoción). La etiología de lo transexual es multifactorial, se ha relacionado con cambios neuroanatómicos prenatales. Además, la evidencia indica una mayor asociación familiar, por lo que parece haber una predisposición genética, presencia de adversidades y abandono en la infancia, y con mayor frecuencia de trastornos psiquiátricos.

Pero causa, en lo que tiene de causa psíquica, es desconocida. Así hay autores como Jacques Lacan que indican “en el psiquismo no hay nada que permita al sujeto situarse como ser macho o ser hembra”. (Seminario 11: Clase 16, El sujeto y el otro: la alienación, 27 de Mayo de 1964)

Catherine Millot, psicoanalista francesa contemporánea, en su libro Ensayo sobre el transexualismo (ed. Paradiso, Buenos Aires), define al transexual como:

[…] una persona que solicita la modificación de su cuerpo a fin de conformarlo a las apariencias del sexo opuesto, invocando la convicción de que su verdadera identidad sexual es contraria a su sexo biológico.

Y agrega:

[…] El transexualismo es actualmente la conjunción de una convicción que no debe nada a nadie y una demanda que se dirige al otro. Tal demanda es nueva, ya que supone una oferta que la suscita, la que hace la ciencia, pues sin cirujano ni endocrinólogo no hay transexual.

Reconocer la diversidad, tanto corporal como de orientación sexual y de identidades, es un signo de estos tiempos. Pero también en los tiempos de Jesús…. ¿no había leprosos, prostitutas, ricos, ciegos, endemoniados, esclavos, sacerdotes y samaritanos, etc? Categorías que incluían realidades que hoy seguramente consideraríamos diferentes, pero cada época reconoce la diversidad en el contexto cultural e histórico de forma distinta.

No soy exegeta ni experto en Biblia, pero viendo diferentes traducciones en algunos pasajes de los textos sagrados en las que se menciona al homosexual, se habla indistintamente también de invertidos, de impíos o de pecadores. Es cuestionable que sean sinónimos y, sería recomendable, que los expertos lo explicaran, para hacer una lectura rigurosa, pero a la vez actual, de esas diferencias.

¿Diferente es igual a patológico? No. No todo lo infrecuente puede considerarse como patológico. La condición o estado corporal y/o psíquico no debe considerarse en sí mismo como una patología, salvo que provoque un daño o un malestar, directo o indirecto. Antes de la existencia de estudios genéticos no se conocían muchas de estas diferenciaciones o circunstancias genéticas que antes hemos descrito.

La capacidad de la medicina y de las ciencias biológicas de conocer en mayor profundidad la realidad humana nos permiten reconocer estas situaciones. Pero también genera unas respuestas diferentes que no responden a los principios de los que se partía previamente. Por eso aquello de que sin cirugía de la transexualidad y sin conocimiento de la influencia y actividad hormonal no habría transexualidad.

Por otra parte, existe la pretensión de algunos de normalización de las consecuencias de los desajustes de la transexualidad como si se tratara de un proceso sin riesgos ni conflictos, físicos y/o psíquicos, en el que el sujeto exige derechos: derecho a un tratamiento hormonal, derecho a la cirugía de cambio de sexo, pero sin más consideración que la demanda del sujeto, sin que nadie (a nivel social y/o sanitario) medie y evalúe los conflictos intrínsecos que pueden –y suelen– producirse. Tales pretensiones resultan preocupantes.

Acertadamente incorpora don Luis Argüello el elemento de racionalidad, para discernir (o ayudar a hacerlo); para que el sentimiento o deseo (que es una parte fundamental en todo proceso personal) encaje en la historia personal del sujeto y en su realidad biológica, y también para reconocer la existencia de conflictos, disonancias, problemas de identidad o identificar si ese deseo está dentro de un proceso depresivo, psicótico, etc. Pero y ¿si no lo está? Como profesional de la salud mental, se acompaña y se ayuda a esa persona concreta, para que pueda desarrollar su diversidad, desde la libertad de los hijos de Dios.

En muchos casos, los psiquiatras hemos sido jueces, con pretensiones de tener la facultad para decidir lo que el otro podía y no podía hacer o ser. Por eso entiendo el rechazo a los psiquiatras y a su intervención. Su papel de profesionales de la salud mental no debería asimilarse al del juez, al de aquel que toma decisiones que el otro solo puede acatar. Pero quizás pudiera asimilarse al de notario, o al de acompañantes de un proceso complicado que algunas personas deciden emprender. Un proceso que discurre por caminos que nunca son fáciles, y por eso necesitan acompañamiento y ayuda para recorrerlos. Constatar las limitaciones y los peligros de esas decisiones debiera ser el papel de los profesionales, tanto de la salud mental como de los médicos del cuerpo. Con la sincera convicción, eso sí, de que el acompañamiento sólo se puede desarrollar desde el respeto al otro y a su deseo, con su permiso y autorización.

En el Evangelio vemos cómo Jesús llama, incorpora y no aparta nunca a los diferentes. Jesús no discriminó a nadie, sino que contó con todos, hasta con los impuros y/o apartados, para su proyecto del Reino.

Por otra parte, una empresa elige siempre el perfil de sus candidatos. La Iglesia elige también el perfil de sus sacerdotes. Pero Dios, Jesús, llama por el camino a todos, hombres y mujeres; heterosexuales, homosexuales o transexuales; enfermos, sanos, o diferentes. Y sólo unos le escuchan y desean conocerlo. Pero Jesús no pide al judío que deje de ser lo que es; solo le pide que deje de pecar.

Y nadie peca contra Dios ni contra los hermanos por ser diferente en cuanto a su orientación sexual, homosexual, trans, intersexual o lo que sea. Si peca cuando se entrega al culto al cuerpo, se abandona a las pasiones o los deseos, o cuando se abusa del otro o se excluye al otro, y especialmente, al diferente, porque esta condición no le acerca a la Buena Noticia.

Sostener hoy que sólo los varones y heterosexuales pueden ser ministros de la Iglesia puede ser un ejercicio de honestidad. Se trata del reconocimiento de lo que hoy pide la Iglesia de rito latino para ser sacerdote. Pero no significa que sea lo que Dios pide o puede pedir en el futuro o lo que la Iglesia puede necesitar en estos tiempos. Y, por tanto, es algo que la misma Iglesia puede cambiar. Que lo haga o no dependerá de que los cristianos y sus ministros -el conjunto del Pueblo de Dios- sepan leer en los signos de los tiempos.

Ser sacerdote es un signo de la presencia de Dios y de servicio en la Iglesia y, por tanto, es un sacramento; y esto sí que no puede cambiar.  Pero los sacerdotes no son puros ni buenos, ni les define ser varones y heterosexuales. Ellos están llamados a la santidad, como todos los cristianos, y pecan, como todos lo hacemos. No por vivir más cerca o más participes en la cotidianidad de la iglesia -con minúscula adrede- son menos pecadores. O ¿alguno piensa que sí?

Ojalá la Iglesia pueda descubrir en los signos de los tiempos su llamada - aquí y ahora – a la construcción del Reino y que no nos perdamos en luchas siempre estériles y poco cristianas.

Carlos Imaz, cristiano, médico psiquiatra y

secretario Comisión Diocesana de Justicia y Paz de Valladolid