Dejarse transformar por la Justicia y por la Paz

Dejarse transformar por la Justicia y por la Paz

Los estatutos de la Comisión diocesana de Justicia y Paz de la Archidiócesis de Barcelona preveían y prevén el cargo del delegado episcopal y en el momento del relevo de Mn. Joan Carrera i Planas, años más tarde obispo auxiliar de Barcelona, el cardenal Narcís Jubany tuvo a bien nombrarme a mí. Corría el año 1978 y yo era un joven sacerdote de 29 años, que llevaba sólo cuatro años de ordenado sacerdote. Era coadjutor en el barrio barcelonés del Poblenou y trabajaba pastoralmente con jóvenes de los barrios populares trabajadores de Barcelona, mientras me licenciaba en teología por la facultad S. Paciano de Barcelona. El Cardenal me pidió también que fuese el relator de uno de los seis temas de la Asamblea diocesana del Clero, la de la acción pastoral del sacerdote.

 

Muchos quehaceres pero a todos acudía con la ayuda de Dios que multiplicaba de forma aún para mí inexplicable mis dedicaciones. Estuve dedicado a “Justicia y Paz” de Barcelona, y también de España desde 1978 a 1993, cuando fui nombrado obispo auxiliar de Barcelona, y cedí mi responsabilidad a Mn. Josep M. Fisa i Bosch, que aún continúa en el compromiso.

 

Cuando empiezo mi servicio de consiliario-delegado en “Justicia y Paz” encuentro de presidente español a Joaquín Ruiz Jiménez, de gran personalidad, humanidad y de una inteligencia brillante, y en Barcelona me recibe como presidente Joan Gomis i Sanahuja, maestro de estudios y escritor comprometido de vocación, un gran intelectual católico con gran capacidad para unir voluntades y para el diálogo, con libertad  y un gran amor a la Iglesia. Así fue como se forjó una gran amistad con Joan Gomis y con su esposa Montserrat Albet i Vila, musicóloga y que me hizo aficionar a la ópera y a las buenas audiciones musicales.

 

Encontré también entusiastas católicos comprometidos que, después de la lucha contra la dictadura y en favor de las libertades, iniciaban sus compromisos en el campo de lo político desde sensibilidades diferentes y desde partidos políticos que salían de la clandestinidad. Abría así los ojos a una realidad que era muy nueva para mí, con nombres y amistades imborrables: Josep M. Vilaseca, Alfonso Álvarez Bolado, Mª Victòria Raventós, Germà Vidal, Josep Verde Aldea, Mª Lluïsa Oliveres y sus hijos Maria i Toni Comín, que luego se ampliarían con Arcadi Oliveras, Eduard Ibáñez, Àlex Masllorens, Anna Gudiol, Lluís M. Jiménez de Cisneros, Paquita Conejero, Tica Font, Eudald Vendrell y tantos otros. Y años más tarde, por encargo de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española y también como obispo acompañante de Justicia y Paz desde la Comisión de Pastoral Social se ha trabado una bella amistad con su actual secretaria general, Isabel Cuenca, y ha sido un lugar de nuevas colaboraciones y amistades como Luis Zurdo, vicepresidente, o Emilio José Gómez Ciriano.

 

En la Comisión y en las Jornadas se aprendía mucho y a mí me abrió un ancho mundo por conocer, explorar, estudiar y sobre todo, por comprometerme y saber acompañar en la fe y la comunión a los laicos que estaban ya comprometidos. El universo de los derechos humanos, las luchas en el mundo por las libertades, el trabajo por la paz, las barreras Norte-Sur, el desarme, Se trataba de cuestiones a profundizar de la Doctrina social de la Iglesia que en aquel momento no gozaba de mucha popularidad, pero que poco a poco se ha afianzado como un suelo doctrinal muy importante para la Iglesia católica, en su relación con las ideologías y los poderes influyentes del mundo, y en su tarea de defensa y promoción de la dignidad de la persona humana y su vocación misionera y de diálogo ecuménico e interreligioso.

 

En aquellos años se fueron cambiando y ampliando los objetivos de Justicia y Paz, y se pasó de un trabajo por las libertades en España, tan necesario, con la gran Campaña por la Amnistía y por una democracia participativa, a otros objetivos mundiales como el desarrollo sostenible, la solidaridad de los países ricos con una ejemplar campaña por el 0,7%, el desarme nuclear y los peligros de una confrontación atómica, los temas de abolición de la deuda externa de los países en vías de desarrollo, la justicia en las relaciones internacionales, las cuestiones hemisferio Norte y Sur, y la promoción de la banca ética, el comercio justo y el consumo responsable. También, no sin debate interno, se buscaba una mayor implicación en la denuncia y el compromiso concreto en temas como los derechos de las personas privadas de libertad y su reinserción social, o para exigir medidas contra la pobreza y la marginación social.

 

Debo añadir que Justicia y Paz en España se ha debatido entre su organización estatal, con una Comisión general única como la mayoría de países tienen, y una organización que combinase la Comisión general y también las diocesanas, allí donde los obispos las erigen, sea como Secretariados diocesanos, sea como Asociaciones de fieles. En España nació antes una diocesana, la de Barcelona, que la estatal, pues en 1968 el Arzobispo Marcelo González Martín creó el Secretariado diocesano “Justícia y Paz” –después con el cardenal Jubany derivó en asociación-  y más tarde se creó la Comisión Nacional Justicia y Paz, con dimensión estatal y de confederación de las diocesanas existentes. La Comisión General de Justicia y Paz, que depende de la Conferencia Episcopal Española, está en contacto con la Pontificia Comisión, luego Pontificio Consejo “Iustitia et Pax” de la Curia romana. Tengamos en cuenta que desde enero de 2017, sus competencias han sido asumidas por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. El Pontifico Consejo dedicó muchos esfuerzos en tiempos del cardenal Renato Martino para redactar el “Compendio de Doctrina Social de la Iglesia” de gran utilidad, y que ahora tiene una versión más reducida en el DOCAT, guía para los jóvenes de la Doctrina social de la Iglesia.

 

En mis años de dedicación a Justicia y Paz en Barcelona, y luego los que he dedicado desde la Comisión episcopal de Pastoral social, siendo obispo acompañante de Justicia y Paz, siempre he destacado el don de sus aportaciones en la reflexión eclesial sobre los temas de su competencia. Trabajar con los laicos, aprender de ellos, de sus debates y críticas, de sus denuncias proféticas me ha ayudado en mi quehacer sacerdotal y episcopal. No es cómoda ni acomodaticia Justicia y Paz, es cierto. Pero es muy necesaria. Y en el pontificado del papa Francisco aún se nos revela como más necesaria, complementando su quehacer con el de Cáritas y otras instituciones eclesiales que trabajan igualmente por la justicia y la paz en el mundo.

 

Los cardenales que han  tenido la encomienda de Justicia y Paz en la Curia vaticana han sido especialmente significativos, por su compromiso y su clarividencia. Pienso ahora especialmente en el cardenal vasco-francés Roger Etchegaray, el cardenal vietnamita en proceso de beatificación François-Xavier Nguyen van Thuan, y el cardenal italiano Renato Martino, junto al ghanés Peter Turkson. La beatificación de Mons. Óscar Romero y la creación de su obispo auxiliar Mons. Rosa Chávez como primer cardenal salvadoreño atestiguan que el papa Francisco quiere un estilo sacerdotal comprometido y que Justicia y Paz lejos de desaparecer habrá encontrado su nueva dimensión dentro del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral que el Papa ha creado en la Curia Romana. Todo esto también exigirá una redimensión de nuestras Comisiones diocesanas y de la Comisión general en España, siempre atentos a su eclesialidad convencida y a su potencial de relación abierta y comprometida proféticamente con la sociedad española. Dentro del ámbito más grande de la pastoral social, Justicia y Paz puede y debe aportar un espíritu  comprometido de promoción y defensa de los derechos humanos, la justicia social, la paz y el desarme, la solidaridad y el respecto por el medio ambiente y los temas relacionados con el cuidado de la Creación y el desarrollo del magisterio renovador del papa Francisco.

 

+Joan-Enric Vives, Arzobispo de Urgell