El verano, ¿momento de?

El verano, ¿momento de?

Llega el verano y junto a él, el tiempo para interrumpir quehaceres, compromisos y tareas. Es un periodo que abre nuevos escenarios y en el que se retoman actividades interrumpidas por la vorágine y el ritmo al que nos somete el día a día del trabajo.

Es tiempo de lecturas, tiempo de viajar, tiempo de retornar al pueblo que nos vio nacer, es tiempo de alcanzar aquello que se aspira y se desea. Cuando miramos el verano nos aparece un mundo lleno de turistas, playas, viajes, experiencias, etc. aunque también es un momento que nos pone ante nuestras propias mentiras.

Ya Saramago nos dijo “El mundo se está convirtiendo en una caverna igual que la de Platón; todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad”

Hoy observamos muchas pantallas que nos muestran multitud de imágenes, pero estas representan cosas, personas, ilusiones, etc. que probablemente no nos enseñan a vivir. Este mundo de las pantallas que nos introduce en un universo virtual que queremos construir a nuestra medida y que continuamente pone ante nuestros ojos lo que deseamos y aspiramos, nos aleja en ocasiones de este  mundo y nos hace olvidar la realidad.

El verano es también una ilusión o puede llegar a serlo, un oasis en el que el disfrute y la desconexión hace soportable la cotidianidad aunque sin impulsarnos a ninguna transformación. Pero hay ocasiones en las que no solo es una evasión sino que ese deseo construye un espejismo.

Recientemente me comentaron una experiencia en el que una madre, hablando del verano, la espetó, delante de su hija de cinco años, “y ahora quien va a aguantar este tormento todo el verano”.

Suena duro y doloroso.

¿Real?

¡Tal cual!

Porque el verano es un tiempo de compartir y las personas no estamos acostumbradas a ello., y este compartir se convierte en un momento de obligación, de carga… que a veces transforma en insoportable la experiencia de la vida. Podría sonar a algo estentóreo y desacertado si no fuera porque está demostrado que el estío es una estación que, histórica y estadísticamente, provoca más conflictos y separaciones familiares que otras.

Y ¿con qué se relaciona? pues con pasar más tiempo juntos, con unas expectativas veraniegas exageradas, con actividades que nos acercan a otros y nos exhiben o con la dificultad de encontrar proyectos comunes de disfrute con los propios.

Ser padre o madre, así como ser esposo o esposa, no es algo fantástico, maravilloso, estupendo, inimaginable… es una experiencia de camino que nos enfrenta y confronta con nuestro yo, que nos hace experimentar los límites de la existencia, los propios y los de quienes nos acompañan.

Cuando la experiencia es del mundo, desde el mundo y para el mundo real, ya no valen imágenes ni pantallas. Cuando la experiencia no nos abre al otro y al Otro, no queda más que vivir la ilusión y la fantasía de un verano que puede aportarnos proyectos, viajes, imágenes que se convierten, o pueden convertirse, en acúmulos de fotos y de consumo, pero que no nos deja vivir ni nos transforma ni nos hace felices.

Cuando esperamos que un tiempo sea de felicidad o deseamos la felicidad para ese tiempo, en ocasiones se nos olvida que la felicidad nace de dentro y se tiene que comparte con quienes están al lado.

Si además, quienes están junto a ti forman parte de tu familia y esa familia es presencia de la humanidad entera, esto constituye una experiencia que te abre a la vida y a la Vida.

Ojalá podamos desarrollar propuestas de humanidad y disfrutar de este tiempo así. Y saborear la vida captando las cosas más sencillas y gozando con ellas, aprovechando los momentos que se nos ofrece, planificando y organizándonos para ese relax, en este tiempo libre extra del que dispondremos, los privilegiados de este mundo, cuando contamos con este derecho vacacional.

Carlos Imaz Roncero

Justicia y Paz Valladolid