En tierra de nadie

En tierra de nadie

Adiós, ríos; adiós, fontes;
adiós, regatos pequenos;
adiós, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.

 

¡Adiós groria! ¡Adiós contento,
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conoso
por un mundo que non vin!

(Rosalía de Castro)

 

Vivir en tierra de nadie

No sentirse ni de aquí, ni de allí. Ese es el sino de no pocas personas que intentan buscar un futuro mejor para los suyos, dejando atrás su tierra natal.   

 

“…al principio siempre es difícil, porque de alguna manera estás renunciando a una parte esencial de tu vida, esa que te da identidad, estabilidad emocional y de pertenencia. Es como si te trasplantaran de un terreno fértil y conocido, donde te sientes seguro (aunque vivas en circunstancias de violencia o pobreza) a una maceta con tierra nueva, donde los nutrientes, el agua, el abono, el sol... todo te sabe diferente. Aunque en el fondo sabes que es algo bueno para tu vida, siempre cuesta asimilarlo. Lo bueno es que, pasados los años, tus raíces se aclimatan a esa tierra nueva, aunque sigues sintiendo morriña de aquel terreno que te ha visto nacer y crecer, tus raíces ahora son más fuertes y resistentes gracias a los cambios que han vivido.” (Sara. Salvadoreña en Vigo)

 

Sal de tu tierra

Son diversas las causas que empujan a una persona a emigrar, a dejar su tierra en busca de un nuevo horizonte, de un futuro más esperanzador para ella y los suyos. Razones políticas y de conflicto armado, cuestiones económicas y de reagrupación familiar, y en ocasiones desastres medioambientales, son algunas de estas causas.

 

“Salí de mi país por la situación política y social. Mis hijos me pedían leche todos los días, y cuando pasados 15 días yo no les pude dar ni un vaso me dije que había que hacer algo. Tenía un buen trabajo, una casa preciosa, comodidades…, pero al final eso no sirve de nada. A nosotros nos persiguieron, nos amenazaron.” (Carmen. Venezolana en Madrid)

 

“He decidido venir a España por agrupación familiar.” (Samira. Marroquí en Valladolid)

 

“Vine a España porque (…) me empujaron. Mi padre me decía: ‘Vete que así aprendes algo’. Mi madre me decía: ‘Vete, hay que tener fe en Dios’. Y gracias a Dios me va bien.” (Rachid. Marroquí en Valladolid)

 

En muchas ocasiones las motivaciones para migrar vienen aparejadas a acontecimientos sobrevenidos: pobreza, violencia o presión familiar, entre otros; pero en otros casos las motivaciones se entremezclan planteando distintos horizontes de proyecto migratorio, en los cuales suele ser una de las alternativas el regreso al lugar de origen.

 

En busca de la “tierra prometida”

El largo viaje recorrido, el abandonar la tierra natal suele ser toda una odisea para muchas de las personas migrantes. Algunas recorren miles de kilómetros por distintos rincones del mundo. Por ejemplo en Centroamérica hay personas que transitan casi 4.000 kilómetros, atravesando Guatemala y México. En la actualidad la gran mayoría de estas personas que emprenden el viaje entran al país por tierra a través de los casi 3000 km de frontera que separan México de Estados Unidos. Una frontera cada vez más militarizada, protegida y donde miles de personas han dejado su vida en el desierto o en el fondo del río Grande, tratando de alcanzar el suelo estadounidense.

 

“Llegamos agotados al desierto, pero todo parecía ir bien. El “coyote” había tomado una ruta que nos daba confianza. Pero de repente vino la Migra y tuvimos que correr. Con suerte pude escapar con el coyote. Estuvimos perdidos en el desierto varios días. Allí fue horrible. Me violó muchas veces y me amenazaba con matarme o dejarme abandonada en el desierto si no le dejaba hacer lo suyo. Al final llegamos a Houston. No hay semana que no me despierte llorando, con malos sueños desde aquello. No se lo había contado a nadie hasta ahora. Sólo a mi hermana. Nunca quise que mi mamá sufriera con esto.” (Margarita. Salvadoreña en Boston)

 

Tramos a pie, en autobús, avión, taxi y en muchos casos, en el tren de carga que recorre México de sur a norte. Un tren bautizado por muchos como “la Bestia”, ya que en sus techos se puede alcanzar el sueño americano o descubrir el “infierno”. Trepar al techo sólo es el comienzo de esta odisea. Y una vez que consiguen asirse, deben evitar quedarse dormidos y caer a las vías. Son muchos los peligros que les acechan: las inclemencias del tiempo, el hambre y la sed, las enfermedades y sobre todo la extorsión y la violencia generada desde grupos como “los Zetas”, las “maras” y la propia policía. Algunas personas se ven obligadas a desistir en el camino y en la mayoría de los casos realizar varias tentativas hasta que lograr pasar la frontera.

 

“Hace unas semanas estaba a punto de llegar a Nuevo Laredo cuando un grupo de hombres asaltaron el tren y empezaron a arrestar a las personas. Parecían de la Migra, pero desde lejos percibí como al voltearse uno de los hombres, pese al uniforme, se podía identificar en su cuello y en su mano el tatuaje de los zetas. En ese momento, nos comunicamos y todos comenzamos a correr. Vi como uno de ellos agarro de los pelos a una muchacha y la lanzó literalmente dentro de la furgoneta. Corrí y corrí todo lo que pude, con suerte de poder conectar con otro tren que iba hacia el sur. Cuando llegué a Lechería me sentía agotado, tanto física como emocionalmente. En mi afán de llegar pronto hacia el sur, me quedé dormido cerca de las vías del tren cuando unos “garroteros”, de los que custodian los trenes, me empezaron a golpear con barras de hierro y me dejaron medio muerto. Todo por unos pocos pesos que llevaba encima. Ahora estoy descansando en el Albergue de Tierra Blanca. Los hermanos y la madre han curado mis heridas y he encontrado un techo para pasar la noche y reponer fuerzas con comida caliente. Mañana reemprendo mi camino de regreso sin dinero, pero con muchas ganas de llegar a mi casa.” (Alexi. Hondureño en México)

 

Ni de aquí ni de allá

Las personas migrantes necesitan de un proceso de adaptación o acomodación y viven un choque cultural más o menos brusco. En general, las comunidades migrantes sienten mayor cercanía en su proceso de integración con los nacidos en países vecinos. El idioma, la religión y las costumbres comunes son percibidos como elementos de cohesión y de reconocimiento mutuo.

Por ejemplo, algunas personas de la comunidad marroquí en España ven una fuerte similitud con las costumbres de la comunidad gitana: su forma de celebrar, la importancia tan fuerte de los lazos familiares, y el papel de la mujer dentro de la familia, entre otros.

 

Con los gitanos y con los ecuatorianos, por ejemplo. Mi hija siempre ha tenido amigas más que españolas de El Ecuador (…). Porque se entiende con ellos más. Más o menos hay culturas que tenemos los mismos valores (…) respetar a los padres (…) si hay algo que saben que es bueno para ellos, en estas cosas. Con los gitanos y los latinos.” (Nadia. Marroquí en Valladolid)

 

Otras personas tienen relaciones con colectivos de otras comunidades sobre todo en el ámbito laboral y educativo. Hay también personas que opinan que no es fácil la convivencia en la diversidad. En algunas comunidades migrantes, se percibe una mejor integración de las jóvenes marroquíes, por encima de sus compatriotas varones.

 

“La primera generación (…) tiene menos amigos españoles o de otras nacionalidades, y los hijos ya empiezan a tener amistades por la escuela,(…) Incluso en algunas familias lo que quieren es que los hijos se relacionen más con niños de otras nacionalidades, más que con la gente de su propia cultura(…) Yo también he oído de madres que en los trabajos, las que trabajan, que conocen, tienen amigas españolas, de otras nacionalidades, sí que a veces también entablan o van a hablar con unas, o quedan en un lado o en otro.” (Fátima. Marroquí en Madrid)

 

Los inmigrantes en general, sobre todo en los primeros momentos, viven una vuelta a lo identitario, a las comidas de la tierra, a la celebración religiosa de los patrones locales, a agruparse con las personas de los lugares de origen para apoyar a los suyos en su tierra natal, etc. Ellos mismos deben hacer frente al recibir la etiqueta de “migrante”, ese intento de homogeneizar su vida y costumbres unidos en la misma suerte con personas con las que comparten una misma lengua y diversos acentos y costumbres.

 

Esta vuelta a las raíces, a la añoranza de lo más étnico se ve potenciado en algunos casos por las condiciones de irregularidad legal, la dificultad de encontrar vivienda, el acceso a algunos servicios públicos, o la dificultad de participación en el área pública. Y hace en, muchos casos, replegar velas sobre los propios compatriotas e idealizar lo dejado atrás. Si bien esto es cierto, también las personas migrantes en diversas ocasiones tienden a asimilarse en la sociedad de acogida, dejando atrás las propias costumbres, incluso algunas emprenden procesos de participación y de mestizaje donde toman lo que consideran mejor de la sociedad de acogida, filtrado desde sus propias raíces y sistema de valores. 

 

El proceso para asimilar el paso de sentir como propia la tierra que te acoge, en ocasiones, puede resultar muy difícil, hasta violento, de allí la importancia de las redes de solidaridad que conforman las familias, los amigos, los paisanos... esto puede hacer un poco más llevadero este tránsito, aunque el ser migrante nunca fue fácil. Algo que en general viven los migrantes de primera generación, es un sentimiento de inadaptación, de no sentirse del todo ni de aquí, ni de allí.  

 

“No eres ni de aquí ni de tu país de origen, eres extranjero. Y ese es el primer escollo emocional que tienes que superar. Siempre hay alguien que te juzga como un extraño, y esa cruz empieza a ser muy pesada. Intentas encajar, pero no lo haces. Hasta que poco a poco empiezas a vivir con ello. No por resignación, sino porque cada día intentas cambiar la realidad.” (Carmen. Venezolana en Madrid)

 

“Estoy contento, pero hay momentos difíciles, siente uno la discriminación en muchos lugares, especialmente en el trabajo. Uno puede ver la discriminación, en la forma en que lo quieren tratar a uno, especialmente los jefes. Ellos creen que por ser latino uno no tiene derechos, pero uno siendo ya ciudadano de este país, uno sabe los derechos y uno tiene los mismos derechos que cualquier persona. Eso mortifica un poco.” (Francisco. Salvadoreño en Boston)

 

“Creo que la mayor dificultad estriba en la cuestión de los derechos de las personas. Sentir que las personas no son tratadas con la misma dignidad, con la misma igualdad de derechos en el país que te acoge, ese es el mayor reto.” (Sara. Salvadoreña en Vigo)

 

Algunas personas después de un proyecto migratorio regresan a sus lugares de origen, pero un buen número nunca consigue regresar. Nuevas relaciones en destino, el enraizamiento de la familia, especialmente los hijos, y sobre todo un cambio en su propia vida durante años en un nuevo contexto, que les hace imposible un regreso. En algunas ocasiones las causas que han provocado el proyecto migratorio han roto los lazos con el lugar de origen.

 

“Mi ilusión era comprar una casa en mi pueblo para luego retirarme cuando sea mayor. No sólo compré la casa, sino que la hice de nuevo a todo lujo. Al principio iba algún verano, pero luego cuando los hijos se hicieron mayores y mi esposo murió dejamos de venir. Al final la vendí, porque al no ir me daba muchos problemas y mi sitio está con mis hijos.” (Ángela. Española en Holanda)

 

“Había vivido con mi marido en Marruecos durante dos años y al llegar lo encontré muy diferente. Nunca aceptó a mi hijo del matrimonio anterior. Decía que lo dejara con mi padre en Marruecos, pero no podía hacer eso. Ya había vivido con mi padre cuando estábamos juntos en Marruecos, pero ¡Qué clase de madre puede dejar a su hijo sólo! Me siento muy triste (…) Pero en un futuro yo quiero estar en España. Aquí no se meten conmigo porque estoy divorciada. Me divorcié porque él no trabajaba, iba al bar todo el día, no nos atendía ni a mí ni al hijo, no compraba medicación, ni nos llevaba al hospital. He llorado mucho. Ahora sin papeles, mi padre enfermo en Casa Blanca con cáncer. Quiero verle, pero sin papeles no puedo ir.” (Samira. Marroquí en Valladolid)

 

Nadie es profeta en su tierra

Lamentablemente, algunas personas migrantes aun queriendo visitar a los suyos, disfrutar de las vacaciones en su lugar de origen, o terminar sus días en el lugar donde nacieron, no pueden. Las circunstancias actuales que se viven en origen hacen inviable cualquier proyecto de retorno. Por ejemplo, en Centroamérica, en algunos países como el Salvador, la situación de violencia y extorsión se está generalizando hasta en los cantones más alejados de la capital.

 

“Nadie puede trabajar, poner un negocio. Hasta los microbuseros, a los motoristas les dicen: ‘tú tienes que darme cierta cantidad semanalmente o mensualmente’. Si este motorista rehúsa dar el dinero lo matan. Van a personas que están vendiendo en el mercado con canastos, ganando centavitos, le ponen renta también. Eso está sucediendo. Ahora está peor que cuando yo me vine.” (Salvador. Salvadoreño en Washington DC)

 

Algunos amigos salvadoreños en Boston me contaban que habían desistido de regresar a ver a sus familias en sus cantones de origen porque ponían en peligro a sus propias familias, que luego eran extorsionadas al saber que tenían familia en Estados Unidos. Algunas personas que están más acomodadas alquilan una casa en la playa o en otra ciudad en El Salvador para verse con la familia y no generar sospechas.

 

Recuerdo una conversación en Agua Caliente (Chalatenango, El Salvador) con una señora con la que coincidí y cuando le pregunté por sus hijos la encontré dubitativa. Me decía que tenía dos “hembritas” estudiando en San Salvador, y un hijo en Estados Unidos que la apoyaba para los estudios de sus hermanas. Después de toda una mañana charlando, me confió que tenía dos hijos más en Washington DC, pero que apenas lo sabía nadie porque a los mareros solo les “pagaba” por un hijo. Si se enteraban que tenía más, podría tener problemas y la extorsionarían con una cantidad mayor.

 

Una amiga salvadoreña que vive en España me contaba el miedo que siente cuando visita a su familia y viaja con sus hijos adolescentes. El peligro de que los rapten las maras es muy alto y su propia familia en el Salvador les desaconseja que viaje con ellos. Es un gran riesgo para sus vidas.

 

Así se entiende cómo en distintas parroquias de Estados Unidos se realizan colectas para “mandar llamar” a jóvenes de los cantones que comienzan a ser extorsionados y reclutados por las maras. En muchos casos, ritos de iniciación que atentan contra la dignidad de las personas, violaciones, asesinatos, entre otros.

 

Recuerdo perfectamente una conversación con un grupo de jóvenes guatemaltecos de 15 y 16 años en un albergue para migrantes en tránsito en Tierra Blanca (Veracruz, México), que viajaban en el techo de la Bestia. Prácticamente analfabetos, pues se habían criado en el campo y no habían tenido oportunidad de completar primaria. Era una época especialmente de muchos peligros en la ruta, apenas sabían interpretar un mapa, no conocían a ningún familiar directo en Estados Unidos,... Yo les animaba a regresar por todos los peligros, pero uno me dijo:

 

“He salido de mi casa sin decirle nada a mi madre, porque no quiero que sufra al verme partir. Si me quedo en mi pueblo, o entro en las maras o me van a extorsionar a mí y a mi familia, incluso perdiendo la vida. No tengo nada que perder y no voy a regresar a mi pueblo para ver sufrir a mi madre y a mi familia. Intentaré llegar a Estados Unidos y desde allí llamaré a mi madre y le enviaré dinero para que puedan estudiar mis hermanos y ella se pueda hacer la operación. Confío que Diosito nos protegerá en el viaje”. (Antonio. Guatemalteco en México)

 

¿Es posible sentirse en casa en el mundo?

Y nuestro mundo sigue construyendo más muros y más alambradas en las fronteras para excluir a las personas, y tendiendo puentes y paraísos fiscales a los capitales. Todo para que algunos podamos mantener nuestro estilo de vida, y consigamos sostener un consumo en progresión ascendente, a costa de sumir en la pobreza a tantos millones de personas y mantener en el poder a tantos regímenes corruptos.

 

¿Será que el rebrote de los nacionalismos y del cierre de las fronteras es la solución? ¿Podremos vivir juntos? ¿Es la diversidad un problema o una oportunidad? ¿Hasta cuándo vamos a poder mantener un modelo económico que abre las fronteras al capital y los flujos financieros y pone obstáculos a la circulación de personas? ¿Es factible un sistema de producción que despoja a los más pobres de sus recursos naturales produciendo serias secuelas a nuestro planeta, que empodera aún más a sistemas autoritarios en el Sur y alimenta los conflictos bélicos con la venta de armas para mantener un estándar de vida en occidente, y a su vez cierra los ojos y nuestras fronteras a los millones de personas que llaman a nuestras puertas huyendo de esas mismas guerras, desastres ambientales y de situaciones que hacen inviable e inhumana una vida digna? ¿Cómo estamos respondiendo al envejecimiento progresivo de nuestras sociedades y a la gestión de la diversidad? ¿Esperamos a que surjan conflictos para invertir en integración o seguiremos alimentando nuestro miedo y unos muros cada día más altos?

 

Mientras buscamos soluciones, seguimos viviendo en tierra de nadie. Ni de aquí, ni de allí. Ese es el sino del que intenta buscar un futuro mejor, dejando atrás la tierra donde nació. Y esta es la experiencia de los cristianos desde sus orígenes. ¿Todavía seguimos pensando que construir muros es la solución? Somos un pueblo migrante... en tierra de nadie [1].

 

“Habitan sus propias patrias, pero como inmigrantes (peregrinos); toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña.”  (Discurso a Diogneto 5, 1.5)

 

Alberto Ares Mateos, sj
Colaboración temática plenamente vigente



[1] En este artículo, eminentemente testimonial, se ha dado voz a distintas personas migrantes a las que por razones de privacidad hemos guardado en el anonimato, presentando nombres figurados. Para profundizar sobre este tema os recomiendo: Ares, A. (2017). La Rueca Migratoria. Tejiendo historias y experiencias de integración. Universidad Pontificia Comillas, Madrid.