Este pobre gritó y el Señor lo escuchó, Isabel Cuenca

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó, Isabel Cuenca

Resumen del Mensaje para la II Jornada Mundial de los Pobres.

Una vez más un documento de Francisco no nos deja indiferentes. En esta ocasión es el Mensaje para la II Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el domingo, 18 de noviembre.

Como ya es habitual en el papa, selecciona unos verbos que son el hilo conductor de lo que quiere hacer llegar a los creyentes.

Gritar. El pobre gritó y el Señor lo escuchó (Sal 34,7). Nosotros también estamos llamados a ir al encuentro de las personas que son atropelladas en su dignidad, perseguidas en nombre de una falsa justicia, oprimidas por políticas indignas y atemorizadas por la violencia  para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.  

Muchos pobres actúan como Bartimeo (Mc 18,46-52) que sentado al borde del camino pedía limosna y habiendo escuchado (era ciego) que Jesús pasaba a su lado se puso a gritar. A él como muchos pobres hoy la precariedad, la esclavitud social, la falta de oportunidades les hace sentirse en el borde del abismo esperando una voz que le diga. “Ánimo. Levántate que te llama” (v.49).

El papa Francisco se  pregunta cómo este grito del pobre que expresa sufrimiento y soledad, desilusión y esperanza y sube a la presencia de Dios no llega a nuestros oídos.

Lo que necesitamos es hacer silencio en la escucha, porque a veces hablamos demasiado y quedamos atrapados en proyectos e iniciativas más tendentes a satisfacernos a nosotros que a acoger su clamor.

Responder. A lo largo de la Biblia podemos leer que Dios siempre responde al grito del pobre, es una respuesta llena de amor: Abrahán, Moisés, salida del pueblo judío de Egipto…Es una respuesta y una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir la justicia y para ayudarle a iniciar una nueva vida con dignidad. También es una invitación de Dios para que todo el que cree en Él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. Por eso esta Jornada Mundial pretende ser una pequeña respuesta de la Iglesia para que donde quiera que haya un pobre no piense que su grito ha quedado en el vacío. Es como una gota de agua en el desierto de la pobreza pero puede ser un signo de cercanía para que sientan la presencia activa de un hermano y una hermana. Los pobres necesitan el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor, una atención amante y no una delegación.

Lo que a veces escucha el pobre son las voces de reproche y las voces de los que le invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas que los consideran portadores de inseguridad, de inestabilidad, de desórdenes para las rutinas cotidianas y, por tanto, merecedores de rechazo y alejamiento. El plan de Dios, es otro y se transmite a través del profeta: “Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir al que va desnudo” (Is 58, 6-7).

Para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriéndoles la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y poner los en el centro del camino de la Iglesia. (EG 198).

Liberar.  La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. A lo largo de la historia de la salvación se ve cómo Dios interviene para liberar al pobre y oprimido. Es la mano tendida hacia al pobre que acoge, protege y le hace posible experimentar su amistad y le ayuda a liberarse de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. “Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo” (Evangellii Gaudium, 187)

Son muchas las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y alivio ante las distintas formas de pobreza que a diario vemos. A veces esta colaboración se hace con otras que iniciativas que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana y juntos podemos realizar ayudas que solos no podríamos. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad; pero no descuidemos lo que nos es propio: llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Todo esto realizado en diálogo entre diversas experiencias y la humildad en prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza.

Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. El grito del pobre es también el grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en Él. Para leer el mensaje completo: Enlace

Isabel Cuenca Anaya