Justicia y Paz: En relación y sintonía con Cáritas Española

Justicia y Paz: En relación y sintonía con Cáritas Española

…El Señor propone la paz a su pueblo, a sus leales,

a los que recobran la esperanza…

…Misericordia y Lealtad se encuentran,

Justicia y Paz se besan; Lealtad brota de la tierra,

Justicia se asoma desde el cielo”  (Salmo 85)

 

     La vida me ha ofrecido oportunidades muy diversas en mi recorrido vital. Oportunidades que han supuesto riqueza personal, pastoral, espiritual y vocacional. Poder vivir acontecimientos y momentos en el compartir, en formar parte de grupos e instituciones que alimentan y orientan la vida, nos fortalecen y nos enraízan. Y ésta es mi vivencia desde que a principios del año 2012, Cáritas Española, atendiendo al artículo 10 numeral C) de los estatutos de la Comisión General de Justicia y Paz me designa representante de Cáritas para formar parte del Pleno de la Comisión General de JyP España. Es mi primer contacto con esta entidad,  y que, en el momento de escribir estas líneas, está empezando a tener prolongación en la Comisión de Justicia y paz de Bolivia, donde estos años realizo mi trabajo de cooperante.

 

     Así, formar parte del Pleno me ha permitido abrirme más a esa ventana que nos hace mirar el mundo desde la defensa de los Derechos Humanos, la promoción de la paz y la justicia, la denuncia con propuesta, tras el análisis de una realidad iluminada desde el discernimiento que ofrecen los criterios y principios del magisterio de la Iglesia, recogidos en la Sagrada Escritura y en la Doctrina Social, respondiendo así a esa misión, que el propio Pablo VI, expresa y recoge en la Octogesima Adveniens:  “… Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia …  A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se consideren de urgente necesidad en cada caso.” (OA, 4)

 

     Justicia y Paz, y la Caridad como puesta en acción de la auténtica misericordia, se dan la mano; y eso lo he percibido, sentido y me ha permitido vivirlo con profundo convencimiento cuando he podido formar parte del Pleno de la Comisión procurando crear los puentes necesarios entre ambas instituciones, en una misión común que nos hace más fuertes a cada una de ellas y, por sinergia, a la propia Iglesia como expresión clara de común-unión.

 

     Practicar la com-Pasión, la miseri-Cordia, es la forma más elevada de la justicia, y trabajar con esa perspectiva la trasciende, creando una nueva dimensión desde ese entrelazarlo. La justicia y la paz se besan cuando se encuentran ambas bañadas y envueltas por la caridad y la miseri-cordia, y viceversa. Desde esa común unión he podido constatar y sentir que ambas se hacen falta mutuamente, nos necesitamos las dos. Justicia y Paz trabaja desde la pasión compartida por las personas y las realidades que necesitan ser vividas desde el sentido del Reino; y Cáritas no puede olvidar que se trabaja por la Justicia en búsqueda de la caridad, del encuentro con los demás, construyendo una comunidad de iguales en dignidad. Ambas entidades poniendo a la persona en su centro, haciendo más real, actual y presente la nueva humanidad. En amplias y diversas realidades que con carácter, medios, recursos, presencias, historia y origen aunque diferentes comparten sin embargo misión e intereses comunes, por eso hay espacios donde nos encontramos remando juntos: los Derechos humanos en general, la defensa por la acogida y dignidad de los refugiados e inmigrantes, la promoción de la doctrina Social de la Iglesia, el cuidado de la creación y la conciencia por el medio ambiente como hábitat de nuestra casa común, la apuesta por un empleo digno, la lucha contra la lacra y la nueva esclavitud de nuestra era como es la trata de las personas y su explotación sexual y laboral, la necesidad de crear nuevos modelos de desarrollo y de relaciones económicas, etc…

 

     A ambas entidades nos une ese carácter de espacio eclesial donde el compromiso del laico como sujeto histórico es protagonista, un espacio que quiere ser escuela de nuevos valores y de nuevas formas de vida donde el modelo de mundo, y en ello el consumo de los recursos no sea una explotación de los mismos sino uso sostenible y al servicio de una humanidad que tiene su pasado, vive en su presente y debe garantizar un futuro de paz, equilibrio, respeto, justicia.

 

     Justicia y Paz, como Comisión General de la Iglesia española, y Cáritas Española, como Confederación de la acción sociocaritativa, sin embargo no son lo mismo, ni tienen la misma dimensión estructural, pero no por eso dejan de mirarse y apoyarse como hermanas en su peculiaridad. Estar a caballo entre ambas me permite tal vez destacar de Justicia y Paz, cómo el compromiso y el testimonio pueden dar mucho fruto cuando se hace desde lo pequeño y lo sencillo, sin necesidad de grandes estructuras. Cómo, cuando hay entrega, constancia, empeño y fidelidad a los principios de la creación de Justicia y Paz, sin dejarse llevar por el desaliento y la desesperanza, e incluso por la desconfianza y críticas de algunos sectores de la propia Iglesia a la que se representa y se sirve, el proyecto de construcción del Reino sigue adelante desde la más pequeña de las semillas pudiendo llegar a ser el árbol que cobija y da sombra a los caminantes y explotados de este mundo; cómo puede haber oasis de esperanza y lo inédito hacerse viable.

 

     Así, no quisiera poner el acento y la mirada en los 50 años cumplidos sino en los próximos 50 por vivir y por cumplir. La Iglesia y nuestro mundo sigue necesitando de Justicia y Paz, ese espacio, esa Iglesia de laicos y laicas organizada que siga siendo voz profética, la piedra en el zapato que no permita la acomodación a un sistema que mata, hiere y abandona a su suerte a la mayoría de la humanidad. Una Comisión de Justicia y Paz, donde por encima del nombre, manifieste claramente que construir el Reino es ir respondiendo en cada momento a ese “ya pero todavía no”, y que sea esa apuesta de la Iglesia que da sentido al caminar hacia la utopía. Ese espacio y esa institución que se empeña en sentar en la mesa común a todas las personas, pero de manera especial con preferencia por los últimos y más abandonados, saliendo al camino en su búsqueda.

 

    Una Comisión de Justicia y Paz, que siga ofreciendo esa mirada y capacidad de escucha, esos valores y habilidades, presencia activa, y espacio de participación y acogida a las causas de las personas y los pueblos que buscan respeto a la dignidad y a los derechos de los que son portadores, en el diálogo con la diversidad. En definitiva esa acción organizada capaz de sacar de cada persona y de cada momento lo mejor de sí misma.

 

     Mirando hacia adelante nos queda como Iglesia la responsabilidad de responder al reto que, en su nº 1 y 2, recoge la Constitución pastoral Gaudium et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. (…)  La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia.

(..) Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación.”  Justicia y Paz, sus miembros, las comisiones diocesanas, pero en ellos y con ellos cada laico, cada miembro de la Iglesia, y cada Obispo Pastor a la cabeza de cada iglesia local, debe sentir la necesidad de responder a este grito de la humanidad. La celebración de un aniversario es un recuerdo, pero también un reconocimiento y en ello una llamada a no olvidar a que, en este caso Justicia y Paz, se identifiquen cuáles son las respuestas que como mediación evangelizadora puede seguir desarrollando. Desde lo vivido y compartido estos años en la Comisión de Justicia y Paz, siento que hay una responsabilidad a asumir desde cada esfera y nivel de la Iglesia un compromiso de respuesta, y éste es mayor según el nivel de responsabilidad y servicio que cada quien tiene asignado.

 

     Justicia y Paz, creo que está llamada a seguir siendo retroalimentación en la vida de la Iglesia de otra manera de sentir y vivir la Iglesia y el mundo, de otros sentidos, otras entregas y compromisos, y que por eso tiene una rabiosa actualidad. Nuevas búsquedas de horizontes, paisajes y contornos; llamada a rupturas y superación de límites que encorsetan. Justicia y Paz, que en sus 50 años se ha constituido como tierra abonada que puede hacer crecer y expandir raíces nuevas, busca ir abriendo nuevos caminos más que atarse a un territorio, empujar la historia hacia nuevos escenarios, absorber nutrientes nuevos y crecer en otras latitudes, empaparse de nuevos saberes, llegar más lejos, más profundo, nuevo oxígeno para una vida renovada, donde los años vividos se convierten en experiencia que se nutre y nutre, más que una rémora o un obstáculo.