La esperanza de los pobres nunca se frustrará

La esperanza de los pobres nunca se frustrará

Este es el título del mensaje que el Papa ha publicado con ocasión de la III Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el domingo 17 de noviembre.

Cuesta trabajo dar por válido este lema, si se tienen en cuenta los datos sobre la pobreza en España de los informes FOESSA y AROPE en los que se pone de manifiesto que la pobreza en nuestro país presenta unas cifras inaceptables. Según el informe de AROPE el número de personas que sufren pobreza severa ha aumentado; según el informe FOESSA, el número de personas “en exclusión social se enquista en una sociedad cada vez más desvinculada”. Esto supone el 18,4 % del total de la población. Y no solo eso, la riqueza se concentra cada vez más en menos manos, como también hemos tenido ocasión de conocer hace unos días por la revista FORBES.

En el mundo el número de personas pobres ha disminuido pero las cifras actuales están muy lejos de ser consideradas buenas y, lo que es peor, la disminución iniciada hace unos años, se ha estancado, salvo en China, India y, en menor proporción,  Pakistán, Bangladesh y otros países asiáticos.

El Papa cita en su mensaje una larga lista de personas pobres que sufren lo que denomina nuevas esclavitudes:

-Familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares;

-Menores que han perdido a su familia o que han sido separados violentamente de sus progenitores a causa de una brutal explotación;

-Jóvenes en busca de una realización profesional a quienes se impide el acceso al mercado laboral por efecto de políticas económicas miopes;           

-Víctimas de múltiples formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas y humilladas en lo más profundo de su ser;

-Millones de personas inmigrantes oprimidas por intereses ocultos, instrumentalizadas con fines políticos, a quienes se les niega la solidaridad y la igualdad;

-Personas marginadas y sin hogar que deambulan por las ciudades;

-Personas pobres recogiendo en los vertederos el producto del descarte y de lo superfluo para buscar algo que comer o con qué vestirse;

Incluso denuncia en este documento la “arquitectura hostil” de las ciudades para deshacerse de la presencia de los pobres en las calles, últimos lugares de su acogida”.

Cabe preguntarnos ¿dónde radica esa esperanza? En la Biblia son numerosas las veces en las que se lee que Dios interviene en favor de la persona que sufre la pobreza.   Él “escucha”, interviene”, “protege”, “defiende”, “redime”, “salva”…

Jesús lo expresa claramente en Mt, 25,40: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Por eso, la opción por las personas pobres debe ser una opción prioritaria de la comunidad cristiana. En ello se juega la credibilidad de la Iglesia y, sobre todo, esta opción es un signo de esperanza  para tantas y tantas personas indefensas.

Jesús inauguró su Reino poniendo en el centro a las personas más pobres (bienaventurados los pobres, Lc, 6,20), y nos ha confiado la tarea de llevarlo adelante, para dar confianza y esperanza al pobre. Es una misión  difícil en medio de esta sociedad consumista y del descarte que nos llama continuamente a ser autorreferenciales y a llevar una existencia encaminada a acrecentar nuestro bienestar superficial y efímero. Por ello es necesario un cambio de mentalidad para redescubrir lo esencial y así darle cuerpo y efectividad a la construcción del Reino.

La esperanza se comunica de igual manera a través del consuelo, acompañando a quienes experimentan la pobreza no por un momento, sino por medio de un compromiso que se prolonga en el tiempo. Por esta razón el Papa anima el crecimiento de las redes de voluntariado que han emprendido la tarea de consolar a las personas pobres. Su dedicación comporta una atención que va más allá de atender las necesidades que tienen estas personas para no quedarse solo en las materiales. Hay que descubrir la riqueza que alberga cada persona en su interior, prestando atención a su cultura y a su forma de expresarse para establecer un diálogo fraterno. Las personas pobres precisan nuestras manos para reincorporarse, nuestros corazones para sentir de nuevo el calor del afecto, nuestra presencia para superar la soledad, en definitiva, lo que necesitan las personas pobres es amor. Nos salvan porque permiten que nos encontremos con el rostro de Jesucristo. 

Se pueden alzar muchos muros, comenta el Papa, y bloquear las puertas de entrada con la ilusión de sentirse seguros con las propias riquezas en detrimento de quienes quedan fuera pero, según los profetas, en el día del Señor se destruirán las barreras construidas entre los países y se sustituirá la arrogancia de unos pocos por la solidaridad de muchos.

“La condición que se pone a los discípulos del Señor Jesús, para ser evangelizadores coherentes, es sembrar signos tangibles de esperanza”.

Isabel Cuenca, secretaria general CGJP