La lucha contra el servicio militar obligatorio

La lucha contra el servicio militar obligatorio

La historia de la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio en España que siguió con los heróicos insumisos y continua ahora con la campaña por el desarme para poder llegar vivos al siglo XXll, es una historia dura pero muy bonita y que vale la pena recordar porque Justicia y Paz jugó un papel muy importante. Dicho de otra manera, los jóvenes que hoy se libran de ese mal sueño de impuesto de sangre que era el servicio militar obligatorio, tienen una deuda de gratitud con Justicia y Paz. Aún nos queda mucho camino para conseguir una sociedad justa y pacífica, pero se ha hecho ya un buen trecho.

 

Cuando tenía 19 años (ahora tengo 70) vivía en Valencia y estudiaba en la Escuela de Agrónomos. Mi familia era muy religiosa y yo tenía también esa influencia. Además había sido boy scout y me gustaba la montaña y trabajar con las manos. El compañerismo y la ayuda a los débiles eran valores para mí muy importantes. Un verano me fui de voluntario a la leprosería de Fontilles, otro fui a trabajar de peón en la construcción. La conciencia social y el sufrimiento humano empezaron a ser realidades muy próximas.

 

En la universidad se animaba un movimiento potente contra la dictadura franquista y participaba en las asambleas y manifestaciones pues veía que la libertad había que conquistarla.
Un día, estábamos un grupo de amigos en un bar cerca de la universidad y se nos acercó un barbudo francés para charlar pues nosotros también llevábamos barbas. Nos dijo que venía de una comunidad de Francia que se llamaba el Arca y que la había fundado un filósofo que se llamaba Lanza del Vasto, que era seguidor de Gandhi con quien había estado en la India.
Se me abrieron unos ojos como platos y en cuanto pude me fui a Francia a conocerlos. Era verano, viajaba en auto-stop con un amigo y trabajábamos en lo que salía para pagar el viaje.

 

El Arca era una comunidad noviolenta de familias. Hacían yoga, practicaban la agricultura biológica, eran vegetarianos, trabajaban todos con las manos y eran objetores de conciencia. Hacía poco habían ocupado una central nuclear para denunciar las armas atómicas. Salir de la España fascista y encontrarme todo aquello fue para mi maravilloso. En Barcelona se formó también un grupo de amigos del Arca y nos pusimos en contacto para coordinar las acciones noviolentas. A partir de ese momento aproveché todas las vacaciones para marchar por Europa a conocer objetores de conciencia y participar de sus acciones y asambleas. Muchos habían estado en la cárcel y fueron grandes maestros para mi pues me explicaron cómo habían conseguido el derecho a la objeción en Francia, Bélgica, Italia y cómo luchaban para conseguirlo en Suiza. Pensé que, si ellos lo habían conseguido, también podíamos conseguirlo aquí. Después de mucho tiempo de reflexión, decidí que haría objeción de conciencia.

 

Viajaba con frecuencia a Suiza pues la lucha de los objetores suizos me servía de estímulo y aprendizaje. En España era un tema totalmente desconocido. Averigüé que había un centenar de objetores testigos de Jehová presos y cuando fuimos a hablar con sus compañeros nos dijeron que no debíamos hacer nada pues el fin del mundo (Armagedón) estaba muy cercano y entonces saldrían en libertad. Nos fuimos pitando y empezamos a preparar una buena campaña para conseguir el derecho a la objeción de conciencia.
Estando en Suiza con mis amigos objetores, uno de sus abogados me dijo que fuera de su parte, a saludar a Joaquin Ruiz-Giménez en Madrid.

 

Así lo hice y me presenté en la Facultad de Derecho. El conserje me envió a su despacho y allí estaba Don Joaquin (como siempre le llamábamos) con algunos profesores de su cátedra. Le dije quién era, de parte de quién venía y que necesitaba ayuda porque pensaba hacer objeción de conciencia. Fue divertido y muy sorprendente porque se le iluminó el rostro y me dio un abrazo como si me conociera de toda la vida. Yo me quedé un poco abrumado porque era una gran persona, muy conocida, exministro progresista, catedrático y con proyección internacional y a mí no me conocía nadie.

 

Me dijo que contara con todo su apoyo y que desde Justicia y Paz de la que era presidente, organizarían una buena campaña. Fue muy valiente pues yo era el primer católico que haría objeción en un país en el que los obispos presidían los desfiles y tenían graduaciones militares.
Desde entonces cuando viajaba a Madrid me alojaba en casa de Juanjo Rodríguez Ugarte, director de Justicia y paz y tanto él como Mª Jesús Arsuaga, la secretaria, y los demás compañeros, me ayudaron mucho proporcionándome numerosos contactos para dar a conocer la objeción de conciencia y preparar una campaña de apoyo para cuando entrara en la cárcel. No era fácil pues había una gran represión de los derechos humanos, por eso fue tan importante su ayuda.

 

En enero de 1971 me meten en el calabozo del cuartel de Marines (Valencia) al negarme a vestir el uniforme militar y empieza la campaña de apoyo. Muchos grupos de la Iglesia de base estaban informados y así se dio a conocer un tema muy desconocido.
Se organizan marchas, pintadas, manifestaciones, ocupaciones de embajadas, encadenamientos al talgo a su paso por Lyon, abucheos a los ministros españoles, etc. Una buena campaña de apoyo internacional a un objetor noviolento que llaman Pepe y que deja muy sorprendidas a las autoridades españolas.

 

Gonzalo Arias, un gran noviolento español cuya vida debería ser conocida por todos los jóvenes como modelo de vida, había coordinado una marcha a pie desde Ginebra hasta la cárcel de Valencia para pedir mi libertad. Empezaron siete españoles y ocho extranjeros y al llegar a la frontera les acompañaban más de 700 personas. La policía les dio bien de palos y detuvo a los españoles. Como es lógico había un buen despliegue de medios de comunicación y así la objeción de conciencia se iba dando a conocer. Cuando salen de la cárcel, siguen haciendo ayunos, peticiones, manifestaciones y Justicia y Paz colabora y canaliza las acciones esperando  que los obispos despierten y tomen conciencia.
Después de dos años de cárcel y quince meses de batallón disciplinario en un cuartel de la legión en el Sáhara vuelvo a casa. Han surgido cuatro objetores más, pero la lucha está un poco estancada y ha sido agotadora.

 

Gonzalo Arias con su gran imaginación y la cobertura de Justicia y Paz organiza una campaña que le llama de manera inocente “Voluntariado para el Desarrollo” y que consiste en pedir firmas de jóvenes que, si la objeción fuera reconocida por el gobierno, estarían dispuestos a hacer un servicio civil alternativo. Me pasa el relevo de la campaña y Justicia y paz me da una beca para llevarla a cabo y me nombra miembro del comité nacional para poder dar charlas con las espaldas un poco cubiertas. No hay que olvidar que la libertad de expresión está perseguida.
Viajo por toda España y recogemos 900 firmas que Don Joaquin presenta al Cardenal Tarancón y entregamos al gobierno.

 

En mis charlas explicaba que el gobierno daría largas pero que como los derechos no se regalan, teníamos que organizar un servicio civil por nuestra cuenta. Así nos juntamos siete personas dispuestas a pasar a la acción. Encontramos un barrio, Can Serra, en Hospitalet de Llobregat (Barcelona) que tenía buenas condiciones pues era un barrio muy luchador y junto con la comunidad parroquial y la asociación de vecinos organizamos un servicio civil. Empezamos por unas colonias de verano, después una guardería (no había ninguna en todo el barrio), un local para los abuelos y ayudamos en las clases de alfabetización. También preparábamos la campaña de apoyo para cuando fueran detenidos.

 

En Navidad de 1975 nos dividimos en dos grupos, uno era el de los prófugos y otro el de apoyo. Los prófugos hicieron un manifiesto que se leyó en muchas iglesias y se envió a la prensa donde se explicaba las razones por las que se declaraban objetores y en donde estaban haciendo su labor social. Al poco tiempo fueron detenidos pero su ejemplo se fue extendiendo como una gota de aceite. Surgieron servicios civiles en Madrid, Bilbao, Granada, Tarragona, Málaga, etc. Había muerto Franco y soplaban vientos de libertad. Siguieron deteniendo a los objetores y más tarde a los insumisos, pero la lucha crecía y se fortalecía de tal manera que en 2001 se consiguió el fin de la mili obligatoria porque según dijo un jefe del alto Estado mayor tenían miedo de que en un reemplazo no fuera nadie a la mili. Lo bueno es que la lucha había sido tan pedagógica que después, a la mili no querían ir ni cobrando.

 

Fueron treinta años muy duros, pero con un balance espectacular. Casi un millón de objetores, treinta mil insumisos dispuestos a ir a la cárcel y cerca de mil años de cárcel cumplidos.

 

Desgraciadamente, la violencia, la guerra y su negocio de venta de armas sigue machacándonos. Creo que la forma más inteligente y eficaz de ayudar a la gente, y en eso Justicia y paz tiene un papel importante, es trabajar por el desarme para evitar si es posible, que uno de los muchos descerebrados que llegan a presidente de un país, apriete un botón y nos haga volar a todos por los aires destruyendo este hermoso planeta que llamamos tierra. En eso estamos y en eso seguiremos.

 

Un abrazo muy fuerte de paz para todos.


Pepe Beunza
Agosto 17