La paz, anhelo irrenunciable, Eduard Ibáñez

La paz, anhelo irrenunciable, Eduard Ibáñez

El 21 de septiembre, a propuesta de la Asamblea General de las Naciones Unidas, celebramos un año más el Día Mundial de la Paz. Esta jornada quiere ser una invitación a fortalecer los ideales de paz, haciendo una llamada al alto al fuego temporal en las zonas de combate para favorecer la ayuda humanitaria.

 

No es la única jornada internacional dedicada a la paz. El día 2 de octubre se celebra, también con el patrocinio de Naciones Unidas, el Día Mundial de la No Violencia, coincidiendo con la fecha de nacimiento de Mahatma Gandhi. En la fecha de su muerte, el 30 de enero, el ámbito educativo celebra también el Día Escolar de la No violencia y la Paz. Igualmente, el 1 de enero de cada año, la Iglesia católica celebra en todo el mundo desde 1967, la Jornada Mundial de la Paz. Todas estas jornadas son siempre una buena oportunidad para promover en todos los ámbitos la reflexión, los símbolos y las iniciativas que favorecen la construcción de la paz.

 

En este día, me pregunto: ¿siendo realistas, podemos aún hablar de paz y trabajar por la paz, cuando los seres humanos, desde tiempo inmemorial y hasta la actualidad, a pesar de todos los progresos científicos, técnicos y materiales, siguen recurriendo trágicamente a la guerra, la violencia, los abusos y agresiones de todo tipo? ¿Tiene sentido esperar que algún día llegue la paz? ¿No parece quizás una quimera, una utopía irrealizable? ¿No debemos hacer caso a aquellos que nos dicen que la violencia es inevitable, que siempre habrá personas malvadas, que no se puede renunciar a las armas para defendernos o que la guerra no es más que la continuación de la política...? ¿Es que no vemos que el armamentismo no se detiene, que el terrorismo y el fundamentalismo persisten, que las grandes potencias siguen sin control, que hay conflictos políticos o nacionales que se muestran irresolubles? ¿No parece más bien que hay una regresión mundial de la democracia, que las desigualdades crecen, que las naciones se repliegan en sus intereses, que siguen proliferando los líderes autoritarios o violentos...?

 

Y, a pesar de todo esto, nuestra respuesta es que sí podemos hablar de paz. Nuestra convicción es que sí. Que la paz es un reto absolutamente irrenunciable. No es una opción, sino una necesidad de cada persona y de toda la humanidad. Un anhelo inseparable de la condición humana, por el que hay que seguir trabajando, hoy y siempre.

 

Es justamente el compromiso, el trabajo por la paz, el esfuerzo incesante en favor de la paz, con independencia de su éxito y resultados inmediatos, lo que otorga a la vida un sentido y una profundidad incomparables. En la tradición cristiana, hay una expresión que expone esta afirmación, atribuida a Jesús de Nazaret en uno de sus discursos principales: Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt, 5,9). Esto significa, de alguna manera, que alcanzarán su plenitud, que llegarán a lo mejor a lo que puede aspirar el ser humano. Esta misma intuición está presente en todas las grandes tradiciones religiosas, para las que la paz es el gran deseo para la vida de toda persona y de la humanidad.

 

Por otra parte, hay una constatación evidente: la guerra o la violencia no son una fatalidad o un hecho exterior, sino el resultado de los actos humanos. Por ello, la paz depende del comportamiento personal y colectivo y éste se encuentra en el ámbito de nuestra responsabilidad, es el fruto de nuestra libertad. Las personas y los pueblos pueden siempre optar por el bien común, por el respeto mutuo, por la justicia. La paz depende sencillamente de eso y de nada más. La paz está siempre en nuestras manos. De hecho, todos los actos que se orientan a la paz, efectivamente llevan paz, la comunican y la hacen crecer.

 

Ahora bien, nuestros actos, que pueden promover o destruir la paz, surgen de la interioridad de cada persona, de los valores, actitudes y mecanismos psicológicos más profundos, arraigados a menudo en las dimensiones más oscuras e inconscientes de nuestro yo. Mecanismos, actitudes y valores aprendidos desde la más tierna infancia y a lo largo de nuestras experiencias vitales, que se suceden inter-generacionalmente. Y en ellos existe, es necesario reconocerlo, la tentación persistente a la violencia, al egoísmo, a tratar a la otra persona como objeto o como adversaria.

 

Por ello, para convertirse en personas de paz resulta indispensable la "conversión" hacia la paz. Es decir, un proceso permanente e inacabable de trabajo y transformación de la interioridad, para purificarla de todos los impulsos destructivos. Para promover este proceso es esencial educar a las personas y los pueblos en los valores y las actitudes de la paz. Esto obliga a una revisión permanente de la manera de relacionarnos, de nuestro lenguaje, de nuestros hábitos, de nuestras expectativas... El horizonte debe ser construir una cultura colectiva, fuerte y resistente, promotora de paz, favorecer una opinión pública y una mentalidad general arraigada en las convicciones del respeto, de la solidaridad, del diálogo, del valor absoluto y la dignidad inviolable de cada persona y de cada pueblo. Una cultura de rechazo a todas las formas de violencia. Este proceso de transformación es el reto verdaderamente decisivo para construir la paz de forma real.

 

La construcción de la paz no es obra nunca de cada persona aislada sino que es siempre una actividad colectiva, de cada sociedad. Un esfuerzo de cada generación que nunca se termina. Así es necesario permanentemente este esfuerzo de gran transformación interior, a la vez personal y colectiva, para alcanzar la paz y para mantenerla.

 

Este proceso es el que puede hacer posible los avances sociales que son absolutamente necesarios hoy para alcanzar la paz: la protección y garantía de los derechos humanos de las personas y los pueblos, el desarrollo de mecanismos de resolución de conflictos, la extensión y el fortalecimiento de la democracia, el desarme progresivo y multilateral, el fin del comercio de armas, la constitución de autoridades internacionales que favorezcan la gobernabilidad mundial, la transformación del modelo económico imperante hacia nuevas formas y estructuras que permitan la satisfacción de las necesidades de todas las personas, el trabajo digno general y la recuperación del equilibrio con la naturaleza. Son retos formidables y de largo recorrido, pero alcanzables.

 

 

Eduard Ibáñez
Presidente de la Comisión General
Justícia i Pau Barcelona

 

Tema: La paz, anhelo irrenunciable

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