Las campañas de condonación de la deuda externa y el trabajo de las organizaciones de Iglesia

Las campañas de condonación de la deuda externa y el trabajo de las organizaciones de Iglesia

Queridos amigos, en primer lugar, quiero agradeceros la invitación a participar en esta felicitación colectiva por los 50 años de trabajo en la búsqueda de la paz y la justicia en el mundo. Es una satisfacción enorme para todas las personas que conformamos la Iglesia compartir con vosotros este 50º aniversario de Justicia y Paz.

 

De todas las facetas de trabajo que Justicia y Paz ha realizado en este tiempo, yo quiero centrarme en dos, que son las que he tenido la suerte de compartir.

 

En primer lugar, las campañas por la condonación de la deuda externa. Sobre la deuda externa existe una abundante doctrina social, que se desarrolló sobre todo en el papado de Juan Pablo II. En 1986, el Pontificio Consejo de Justicia y Paz elaboró un documento titulado "Al servicio de la comunidad humana: una consideración ética de la deuda internacional" donde se afirmaba que "El servicio de la deuda no puede ser satisfecho al precio de una asfixia de la economía de un país. Ningún gobierno puede exigir moralmente de su pueblo que sufra privaciones incompatibles con la dignidad de las personas".

 

Por eso, es natural que fueran cuatro organizaciones católicas, CONFER, Caritas, Justicia y Paz y Manos Unidas, las que en el año 1998 impulsaron en España una campaña internacional que, con motivo de la celebración del Jubileo del año 2000, exigía una solución a los países más desarrollados y a las instituciones financieras internacionales a la crisis de la deuda externa, de la que eran directamente responsables con sus políticas de ajuste. La campaña se llamaba "Deuda externa, ¿deuda eterna?" y a ella se adhirieron cientos de ONG e instituciones.
Esta campaña respondía a una situación dramática a nivel mundial. El incremento de los intereses de la deuda externa estaba generando, en los países más pobres, auténticas catástrofes humanitarias. Para conseguir cobrar, los países acreedores y las instituciones financieras internacionales exigían a los países deudores el establecimiento de políticas de ajuste que estaban provocando la ruina económica y el desencanto de los ciudadanos ante la incapacidad de los estados, con la consiguiente crisis del sistema democrático. Ante esta situación de ruina económica e inestabilidad política, nadie se atrevía a invertir en ellos.

 

Con la campaña queríamos dar a conocer a la sociedad el problema que estaba suponiendo cumplir el pago de la deuda externa, y pedíamos a los países ricos la negociación, e incluso, en caso de ser necesaria, la condonación total de la deuda externa, para poder invertir todo el dinero dedicado a pagarla en desarrollo humano, haciendo un estudio singularizado de la situación de cada país, y poniendo en marcha un proceso transparente, con tribunales realmente independientes de los intereses económicos.

 

Mientras el crecimiento macroeconómico de los países más ricos y de las naciones emergentes alcanzaba cotas muy elevadas, en el resto del mundo se vivía una situación humana catastrófica. Y nosotros estábamos convencidos de que era el momento de "perdonar nuestras deudas" para entrar en el nuevo milenio libres de cargas, todas las personas y países con las mismas posibilidades y oportunidades, algo que no sólo dependía de las autoridades políticas y económicas, sino también de la determinación de la ciudadanía para convertirse en protagonista del cambio.

 

La campaña recogió un millón de firmas en España, y diecisiete millones en todo el mundo, y 100.000 personas acudieron, en junio de 1999, al encuentro del G-8 en Colonia para exigir que los países desarrollados asumieran la responsabilidad que tenían en dicha crisis, y tomaran medidas reales y efectivas para paliarla. 

 

En noviembre de 1999 la propia Conferencia Episcopal Española avalaba la campaña con una declaración en la que afirmaba: "La Iglesia, fiel a la tradición bíblica y al mandamiento del Señor, tiene una larga historia en compromisos en favor de los más pobres, algo de lo que da testimonio la comunidad cristiana y la vida y las obras de tantos creyentes en Jesús que hicieron de la misericordia y de la justicia social, el centro de su existencia cristiana. En este mismo dinamismo, propio de la caridad cristiana y del compromiso solidario que conlleva, se incluye ahora el afán del Santo Padre y de numerosas Conferencias Episcopales, comunidades, organizaciones, instituciones y fieles cristianos, por obtener la condonación total o parcial de la deuda externa de los países más pobres".

 

En el año 2000 las Naciones Unidas aprobaron la Declaración del Milenio, donde se señalaban las cuestiones fundamentales a las que la comunidad internacional debía hacer frente en el inicio del tercer milenio para conseguir un mundo más justo para todas las personas que habitan en él. En el párrafo 16 de la Declaración, los estados manifestaron su determinación de "abordar de manera global y eficaz los problemas de la deuda de los países de ingresos bajos y medios adoptando diversas medidas en los planos nacional e internacional para que su deuda sea sostenible a largo plazo". En el párrafo 28, los estados decidieron "adoptar medidas especiales para abordar los retos de erradicar la pobreza y lograr el desarrollo sostenible en África, tales como cancelar la deuda".

 

Además, el objetivo octavo “Fomentar una asociación mundial para el desarrollo”, atribuía una responsabilidad adicional a la comunidad internacional a los efectos de prestar asistencia, al tiempo que contenía un compromiso concreto respecto de un "programa mejorado de alivio de la deuda de los países pobres muy endeudados y la cancelación de la deuda bilateral oficial, y la concesión de una asistencia oficial para el desarrollo más generosa a los países que hayan expresado su determinación de reducir la pobreza".

 

En esos objetivos se dejaba traslucir la idea de un mundo más cooperativo, más corresponsable, y una disposición de todos los países por trabajar por el desarrollo de todas las personas.

 

Pero, cuando en el año 2005 se hizo la primera revisión de los ODM, se pudo comprobar que más de 70 países pobres seguían teniendo que destinar entre el 15% y el 40% de su presupuesto anual al pago de la deuda. Con estos datos tan preocupantes, las mismas organizaciones que habíamos promovido la campaña anterior, a las que en esta ocasión se sumó REDES (Red de Entidades Solidarias) decidimos emprender una nueva campaña que, con el lema “Sin duda, sin deuda: porque los Objetivos de Desarrollo del Milenio nos lo exigen", recordara a la sociedad española y a sus representantes que la Vida es antes que la deuda, y que aliviar esa carga era y es cuestión de justicia. Esta campaña se hizo en coordinación con la campaña Pobreza Cero, de la Coordinadora de Organizaciones no Gubernamentales para el Desarrollo.

 

A lo largo del año y medio que duró la campaña (de noviembre de 2005 a febrero de 2007), repetimos la experiencia de trabajo conjunto por la dignidad de las personas y la promoción del bien común. Además, con ocasión de la discusión en el Parlamento de la Ley Reguladora de la Gestión de la Deuda Externa, nos coordinamos también con las otras dos campañas que existían en España trabajando el tema  -"¿Quién debe a quién? promovida por el Observatorio de la Deuda, y "Corta con la deuda", promovida por Intermón Oxfam-, para conseguir un documento único, que recogía las propuestas que, desde las tres campañas, considerábamos irrenunciables que figuraran en la Ley. Fueron negociaciones difíciles, que contaron con mucha generosidad por todas las partes, pero logramos ese documento y sobre él trabajamos con los grupos políticos. Finalmente, la ley se aprobó por consenso el 23 de noviembre de 2006, y nos dejó un sabor agridulce, ya que, aunque en ella se recogían algunas de las propuestas presentadas, no se consiguió recoger el compromiso de la cancelación de la deuda con los países más pobres.

 

La segunda experiencia que me gustaría señalar es el proceso de trabajo conjunto de organizaciones de Iglesia.  
Este proceso arranca en el año 2011, cuando, ante circunstancias externas poco favorables –la práctica desaparición de los fondos dedicados por el estado a cooperación internacional, por la crisis económica y la pérdida de relevancia de la Iglesia en la sociedad- las cinco organizaciones que habíamos llevado a cabo la última campaña de la deuda, iniciamos un proceso de reflexión sobre el papel que jugamos en el mundo de la cooperación, el valor añadido que aportamos, desde esa forma de ver al otro como hermano, como compañero en el camino de la construcción de un mundo más justo, de aproximación al Reino de Dios. Buscamos nuestra especificidad, no por sentirnos diferentes o mejores que otros, sino por encontrar nuestra raíz común.

 

Como organizaciones cristianas, todas compartimos como misión última la misión de la Iglesia, la evangelización, el anuncio de la Buena Nueva. Y así nos dimos cuenta de que el primer valor que debemos trabajar para dar testimonio de coherencia, es la unidad desde la pluralidad. No tiene sentido que nos entendamos como rivales, en competencia por unos fondos cada vez más escasos, o por una notoriedad, si lo que queremos es trabajar por un mundo de hermanos.

 

Empezamos entonces, ¿por qué no decirlo?, un camino lleno de dificultades, pero también de ilusión. Nos hemos ido conociendo más, compartiendo más, entendiendo más y queriendo más. Después de cuatro años, el papa Francisco, con la publicación de la encíclica Laudato Si', nos ha dado las claves para poner en marcha un nuevo trabajo conjunto: la campaña "Si cuidas el planeta, combates la pobreza".

 

Las seis organizaciones estamos volcando nuestros esfuerzos, cada una en los ámbitos que nos son más propios, pero todas trabajando juntas, para responder a ese desafío que nos plantea el Papa: responder a la crisis económica, social y ambiental que hoy amenaza al planeta y a la humanidad, donde los pobres son las principales víctimas.

 

Y creo que este es el gran reto a futuro, no solo de Justicia y Paz sino de todas las organizaciones de la iglesia: transitar los caminos de la unidad, siempre tan difíciles y marcados por la necesidad de recorrer nuestras propias sendas, con miedo a perder nombre o marca, y olvidando que sólo tenemos una marca, la de Jesús, y una Misión que nos es propia. El testimonio de nuestras organizaciones en el mundo actual sólo puede ser válido desde la unidad.

 

No quiero terminar este paseo por el tiempo pasado y presente sin recordar que detrás de las organizaciones están siempre las personas; y yo tengo la satisfacción de haber conocido, después de tantos años de trabajo juntos, y de tantos empeños y afanes, a muchas personas excepcionales, que han embaldosado, con su vida, caminos de coherencia. Gracias a todas ellas por abrirnos, con su ejemplo, ventanas de esperanza.

 

MUCHAS FELICIDADES Y MUCHAS GRACIAS POR VUESTRO TRABAJO


Mercedes Barbeito
Manos Unidas