Mi testimonio de la Comisión General de Justicia y Paz. Una visión desde dentro

Mi testimonio de la Comisión General de Justicia y Paz. Una visión desde dentro

La Comisión General Justicia y Paz es un organismo eclesial creado por la Conferencia Episcopal Española con la misión de promover los derechos humanos, la justicia y la paz, constituido a tenor de las orientaciones del Motu Proprio “Iustitiam et Pacem” de S.S. Pablo VI. (Artículo 1 de los estatutos, aprobados en 2007).

 

He querido situar en el frontispicio de mi testimonio este primer artículo de sus estatutos, pues ese ha sido el marco de mi relación fundamental con Justicia y Paz desde el año 1986 en el que comencé mi andadura en la Comisión Episcopal de pastoral social, Comisión episcopal que expresa la vinculación estatutaria de Justicia y Paz con la Conferencia Episcopal.

 

En esta línea, y desde mi observatorio personal e institucional, uno de los aspectos nucleares de la trayectoria de estos últimos 30 años ha sido la naturaleza estatutaria, que no es ni más ni menos que el reflejo de la evolución de un organismo sujeto a  cambio tanto de la sociedad en la que se enmarca, la sociedad española y también la europea; y , por otra, la evolución de la propia Iglesia, española y universal, que en su devenir postconciliar facilitaba notablemente el encaje de Justicia y Paz como organismo eclesial. Los cambios que vivió Justicia y Paz son semejantes a los que han experimentado otras instituciones y organismos de la vida de la Iglesia pero con la peculiaridad de que Justicia y Paz, estaba muy pegada al “asfalto” y al cambio social, con sus inestabilidades, dudas, inseguridades, aciertos y errores.

 

Desde el lado institucional, dos cuestiones han acompañado a este organismo en su trayectoria eclesial. Por una parte la “eclesialidad” y por otra la “autonomía”. En el fondo siempre ha acompañado a Justicia y Paz una, llamémosle, ambigüedad sobre su naturaleza en todo su caminar desde su creación por el Motu Proprio. Esta ha sido la experiencia real sobre todo de final del siglo XX, periodo en el que se mostraban  las dificultades en configuración de la naturaleza jurídica de las Comisiones Diocesanas de Justicia y Paz.

 

No cabe duda que la acción de Justicia y Paz se desarrollaba habitualmente en medio de la sociedad, en sus problemas más acuciantes (la libertad, la justicia y la paz) y ese compromiso suponía gestionar situaciones complejas tanto desde el punto de vista ideológico como moral. El tomar postura ante hechos significativos de la justicia y de la paz tenían el riesgo de la polémica (por ejemplo en Campañas, firmas de manifiestos, publicación de notas y documentos) un riesgo por lo menos de imagen muchas veces más que de contenido, especialmente para un organismo dependiente de la Conferencia Episcopal. Estas dificultades ensombrecían a veces una relación que seguramente con otro estatuto jurídico hubiera sido más facilitador para la acción de Justicia y Paz.

 

La pregunta permanente en todo este tiempo ha sido la siguiente: Justicia y Paz ¿es un movimiento asociativo de laicos? o ¿es una comisión de expertos, de técnicos, de personas que asesoran a la jerarquía en las cuestiones que tienen que ver con el mundo y la sociedad?

 

En no pocas ocasiones, la fuerza que movía a este organismo a estar en medio de los problemas sociales era el impulso de un grupo de laicos muy concienciados sobre los graves problemas de justicia y libertad en tiempos difíciles. Su acción se apoyaba en un activismo social y eclesial más propio de los movimientos y  asociaciones laicales. Mientras que el ser más original de Justicia y Paz tenía que ver con la educación para la paz, la iluminación de las conciencias y la acción directa en la salvaguarda de los derechos humanos, la participación habitual en estructuras de Iglesia como coordinadoras, creadoras de opinión pública y eclesial.

 

Durante una época muy convulsa de la sociedad española y de la Iglesia postconciliar (la transición y tiempo posterior), surgieron las dudas sobre la eclesialidad, reflejadas estas dudas, sobre todo, en la relación con altibajos entre los dirigentes de Justicia y Paz y la Jerarquía. La acción de este organismo estaba comprometida muchas veces en temas opinables, ideológicos, que requerían decisiones políticas de cambio, problemas que afectaban a la paz, la justicia social, en aspectos tan concretos como el comercio de armas, la existencia del ejército, el nuevo orden económico internacional, la objeción fiscal y militar, las campañas contra el paro, la deuda externa…todas ellas generaban no sólo un importante debate social sino también existía un recelo en sectores eclesiales sobre si el alineamiento en estos campos de acción eran propios de la acción de la Iglesia. Y en no pocos quedaba la duda de si se cuidaban al mismo tiempo otras dimensiones de la vida cristiana más espirituales y religiosas. Quizás costaba asumir una fe en la línea de aplicación de la Gaudium et spes, que visibilizara la unidad de vida de la vocación cristiana; unidad en la que la justicia y la espiritualidad, la acción y la contemplación, tal como aportó el Sínodo sobre los laicos, en su documento Christifideles laici, era la condición necesaria para hacerse presentes como cristianos en la vida pública.

 

Una tarea muy relevante de Justicia y Paz ha sido la difusión de la Doctrina social de la Iglesia y la participación en la acción social de la Iglesia en los ámbitos de la justicia y de la Paz. En los años  80 y 90 fue un gran servicio a la evangelización de lo social la divulgación de los mensajes de la Jornada Mundial por la Paz. Para ello se ofrecían jornadas de estudio, actos diocesanos, conferencias. Y fue Justicia y Paz un organismo  adelantado a su tiempo eclesial en la preocupación ecológica (Asamblea Ecuménica de Graz, 1997), lo cual en cierto modo ayudó a sensibilizar a ciertos grupos eclesiales para tener un compromiso cristiano más activo en este campo tan presente en la sociedad civil.

 

Otro momento en la etapa de Justicia y Paz a destacar fue la etapa relacionada con su participación en el Congreso de Pastoral Evangelizadora (convocado por la Conferencia Episcopal Española). En este Congreso el Secretario General (1997) de Justicia y Paz hizo una presentación de los caminos por los que recorría la acción de este organismo:

- Comprometidos con la situación de los inmigrantes y colaboración con la Comisión Episcopal de Migraciones y delegaciones diocesanas.

- Campañas contra el paro y la pobreza

- La defensa de los derechos humanos

- La cuestión ecuménica, participando en la II Asamblea Ecuménica Europea (tuvo relación con la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales)

- La cultura de la paz: apoyando la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero, participando con iniciativa en torno al mensaje del Papa.

- Campaña sobre la Deuda en los países del Tercer Mundo.

 

Asimismo, en todo el recorrido que estamos realizando, destacar la relación con la Comisión Episcopal de Pastoral Social. Hay que decir que Justicia y Paz ha sido una buena colaboradora de la CEPS en asuntos que le competían como la participación en la Campaña sobre el Jubileo del año 2000, junto con otros organismos de la Iglesia como Cáritas, Manos Unidas… la realización del Congreso de la Pobreza (1996) en el que mostramos un dinamismo muy positivo en la acción eclesial contra la pobreza.

 

Una palabra de recuerdo y gratitud a importantes protagonistas de la Jerarquía eclesial, y colaboradores eclesiales, tanto en el ámbito español como en la Santa Sede que han marcado la vida y la historia de la Comisión Justicia y Paz: Presidentes de la CEPS como Mons. Ramón Echarren, Mons. D. Mauro Rubio, Mons. D. José María Setién, Mons. D. José María Guix, Mons. Antonio Algora, obispo acompañante de Justicia y Paz en unos momentos difíciles; en el Consejo Pontificio, S. E. Cardenal Roger Etchegaray; también Alfonso Alvarez Bolado, SJ, quien tuvo una colaboración especial con la Comisión Episcopal de Pastoral Social en los preparativos del Documento “Constructores de la Paz” de 1986. Todos ellos tienen una huella imborrable en la vida de Justicia y Paz, y marcaron una época eclesial de una gran sensibilidad social. Tampoco desearía olvidarme de Mons. Joan Enric Vives, actualmente Arzobispo de la Seu de Urgell, quien vivió con Justicia y Paz la tragedia de los atentados de Madrid en el año 2004.

 

Los retos de Justicia y Paz de cara al futuro serían a mi juicio, entre otros, los siguientes:

1º Un trabajo cuidadoso y bien elaborado para poder ampliar el número de Comisiones Diocesanas de Justicia y Paz, cuidando y acompañando a las ya existentes.

2º Seguramente concentrar el trabajo y la incidencia de Justicia y Paz en algunos ámbitos prioritarios que den visibilidad y capacidad a este organismo. El ámbito de lo social, como de la Justicia requiere prioridades.

3º Los jóvenes: es un sector pendiente en otros ámbitos eclesiales pero que dado el tema que ocupa a Justicia y Paz y los deseos de no pocos jóvenes de cambiar la sociedad, podría ser un compromiso que encaje bien en Justicia y Paz.

4º Opino que sigue todavía pendiente, por las razones de  cambio en la sociedad y en la Iglesia, que Justicia y Paz encuentre su sitio estatutario, como asociación o como Comisión, para que corresponda a su actividad real. Cuanto más ahora que se está  estructurando en el Vaticano el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral, en el que se ha integrado el Pontificio Consejo Justitia et Pax.

 

Hay otras muchas actividades, personas que han sido relevantes para la Comisión General; mi testimonio es sólo un apunte del lado episcopal y siempre sabiendo que son interpretaciones personales pero con gran afecto hacia un organismo tan relevante para la Iglesia española.

 

Fernando Fuentes Alcántara
Director del Secretariado de la
Comisión Episcopal de Pastoral Social