Nuestro reto, ver y entender los signos de los tiempos

Nuestro reto, ver y entender  los signos de los tiempos

Ser de Justicia y Paz  me ha supuesto desde el principio pasar del asombro y la admiración al aprendizaje y viceversa.

 

Aprendizaje y asombro desde el instante en que me hice miembro de la Delegación Diocesana de Orientación Social-Justicia y Paz  (así era su nombre entonces) de mi diócesis, Sevilla. Llegué casi por casualidad y, desde el primer momento, me sentí  tremendamente bien. En Sevilla me encontré a personas  muy formadas, coherentes y comprometidas socialmente.

 

Después de unos años en esta comisión, fui enviada como representante de Justicia y Paz de Sevilla a unas Jornadas Nacionales que se celebraban  en Madrid sobre la pobreza: ahí tuve mi caída del caballo y un cursillo acelerado de compromiso social. Quedé asombrada por el nivel de los ponentes y también del de muchos de los asistentes. Recuerdo entre los primeros a Víctor Rennes, de Cáritas: su claridad de ideas y su facilidad comunicativa me asombraron. Entre los asistentes recuerdo a gran parte de las personas que formaban en aquel momento la comisión de Madrid por la acogida tan buena que nos brindaron  y por lo fácil que nos hicieron la estancia. Una persona especial que también conocí en aquellos días fue al padre Carlos Soria que nos acompañó siempre como delegado episcopal hasta que sus años se lo impidieron. Cualquier miembro de Justicia y Paz que lo haya conocido tendrá muchas anécdotas que contar de él y, por supuesto, tendrá un gratísimo recuerdo.  Aquel dominico, pequeño de talla pero enorme de corazón con una amplísima cultura, sabía casi de todo, pero principalmente era una autoridad en Doctrina Social de la Iglesia. Siempre me asombró la cartera que llevaba con él. De ella salía el libro, revista o artículo oportuno sobre cualquier tema del que se hablase.

 

Posteriormente, en estas mismas jornadas, conocí a otra persona admirada por todo el público: Arcadi Oliveres, el entonces presidente de la Comisión General de Justicia y Paz. Me asombró el magnífico resumen que hizo de  lo tratado en esos días. Después me seguiría asombrando en otras muchas ocasiones. También conocí allí a Miguel Ángel Sánchez que  era el secretario general.

 

Cuando volví a casa hice un resumen a mi familia que se ha repetido en muchas ocasiones: tengo que leer y estudiar más; se ha hablado de muchas cosas de las que no tengo ni idea. Por eso digo que ha supuesto un aprendizaje para mí y aún lo sigue siendo.

 

Es difícil seguir narrando con tanto detalle todos mis recuerdos e imposible nombrar a todas las personas de las que he aprendido tanto estos años. Fui elegida vicepresidenta y no he dejado de aceptar distintas responsabilidades en la Comisión General de Justicia y Paz durante 20 años, como vicepresidenta, presidenta, secretaria general de Justicia y Paz y como miembro del Comité Ejecutivo de Justicia y Paz de Europa. La realidad es que desde el primer nombramiento, y por tanto viviendo la Comisión General de Justicia y Paz desde dentro, he recibido mucho más de lo que he dado y solo tengo palabras de agradecimiento para todas y cada una de las personas con las que en estos años he hablado, rezado, disentido, me he reunido, o con las que he acordado decisiones. Todas ellas me han ayudado a madurar, a saber más y sobre todo a ser mejor persona y mejor cristiana. Mi horizonte se ha ensanchado y he aprendido a contemplar la realidad con muchos ojos: los de las personas de Manos Unidas, Cáritas, y distintas ONG, al principio. Ahora se ha ampliado aún más y habría que nombrar aquí a CONFER, REDES, y tantas otras organizaciones con las que venimos caminando juntas en muchos ámbitos durante los últimos años.

 

Asimismo los encuentros europeos han sido para mí una escuela permanente y he ampliado miradas. Viajé por primera vez a Europa con el padre Carlos Soria a unas reuniones sobre la Iglesia y el Cuidado de la Creación que organizaba el Consejo de Conferencias Episcopales Europeas y después han sido muchas las veces que lo he hecho; unas, enviada por la Conferencia Episcopal Española, otras, en representación de la Comisión General de Justicia y Paz de España o como miembro del Comité Ejecutivo de Justicia y Paz de Europa. No son lo mismo las comisiones de Justicia y Paz de Europa occidental que las de Europa de la antigua URSS, ni las vivencias que tienen como católicos. Tampoco es lo mismo ser católico en un país cuya religión mayoritaria es la católica que vivir en uno donde lo son solo una pequeño tanto por ciento y, de ellos, una gran parte de origen extranjero, ni en otros en los que desde pequeños se vive de forma natural el ecumenismo o incluso el diálogo interreligioso. Por eso, escuchar y trabajar conjuntamente con tantas personas tan diferentes ha supuesto para mí un aprendizaje continuo.

 

Igualmente me ha ampliado horizontes conocer más estrechamente a los obispos españoles y la visión de Iglesia que ellos tienen. No es lo mismo, tampoco, ser laica que ser sacerdote u obispo y escucharlos a ellos, sobre todo cuando es fácil sincerarse -dando un paseo, comiendo o tomando un café en las actos a los que hemos asistido conjuntamente-, me ha servido para percibir que todos estamos en la misma barca y que merece la pena ayudarnos mutuamente a remar en la misma dirección. Esto se hace sin imposiciones, con diálogo abierto y apertura para ser sensible al viento que mueve la Barca de Pedro. Hemos tenido varios obispos acompañantes, que sería tedioso nombrar. Destaco a Joan Enric Vives, que estuvo durante mis primeros años como presidenta; sus consejos y su amistad me siguen acompañando. Podría nombrar a otros pero he decidido que nombrando a muchas personas, haría injusticia con las que no nombro.

 

Justicia y Paz de España ha sido invitada en varias ocasiones a participar en seminarios, congresos, conferencias… organizados por el Consejo Pontificio de Justicia y Paz, primero, y ahora por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Ello me ha permitido asistir a estos eventos y una vez más tengo que agradecer todo lo allí oído, aprendido y vivido. Las ponencias y testimonios escuchados  son siempre interesantes porque sus organizadores cuidan mucho que la calidad de las personas que intervienen sea muy alta y que se oigan voces de distintas sensibilidades y de todos los continentes. También en estos encuentros, los descansos y las comidas son ocasión para escuchar a personas con experiencias ricas que me han hecho sentir admiración por el alto compromiso de muchas personas para transformar este mundo en la casa común de todos, para que todas las personas puedan vivir con dignidad y ser protagonistas de su propio destino. En estos acontecimientos en el Vaticano he tenido la oportunidad de vivir momentos muy intensos. Quizá el más fuerte fue cuando el papa Francisco, en la audiencia que nos concedió en la sala Clementina estaba leyendo la nota de salutación a los asistentes, levantó la vista de sus papeles y, refiriéndose a las muertes de inmigrantes de ese día en Lampedusa, dijo: “bergoña, bergoña…”. Un escalofrío me recorrió por todo el cuerpo.

 

Tengo que decir que en mi experiencia en Justicia y Paz no todo ha sido un camino de rosas. Ha habido dificultades, malos ratos, dudas. A veces ha sido necesaria mucha oración, otras, mucho diálogo para llegar al discernimiento y, otras, dejar simplemente que las cosas sucedieran sin más. No todo se puede decidir, ni dirigir, ni predecir… Cada vez estoy más convencida de que solo somos instrumentos y si queremos tocar una bella sinfonía tenemos que vibrar a las órdenes del Director. Cuando un instrumento suena de forma diferente a lo que marca la partitura, es para desentonar y estropear la sinfonía.

 

El mundo cambia muy rápidamente. Cuando llegué a Justicia y Paz, muchos de los temas en los que nos focalizábamos son diferentes a los actuales. Las campañas por la condonación de la deuda externa de los países en desarrollo, la objeción fiscal, la objeción de conciencia al servicio militar, la derogación de la pena de muerte, el 0,7%... han dado paso a otros, como el cuidado del medio ambiente, en el que nos cabe la satisfacción de ser, como organización de Iglesia, de las primeras que denunciamos el deterioro del planeta y la importancia negativa que este deterioro tendría para todos los países, pero especialmente para los más pobres.

 

En la actualidad, seguimos con temas de aquella época como puede ser la divulgación de la Doctrina social de la Iglesia, la paz y el desarme, la cultura de paz, el comercio justo…

 

 El momento actual de Justicia y Paz es apasionante. En la Iglesia española creo que se atraviesa un buen momento y ahora mismo es muy fácil trabajar con otras organizaciones sin problemas de personalismos, ni de logos, ni de tantas cosas que a veces lastran un trabajo que sería mejor y más coherente hacerlo conjuntamente pero que por culpa de determinadas personas no se puede llevar a cabo, porque las instituciones siempre están ahí pero las personas, que forman parte de las mismas, van variando y son ellas las que dificultan o favorecen el trabajo conjunto. El momento actual nos reúne con otras organizaciones en las redes de Enlázate por la Justicia, Migrantes con Derechos, grupo contra la Trata, Iglesia unida por el Trabajo Decente, grupo de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal, etc. Indudablemente, en un mundo cada vez más conectado y relacionado hay que tener una mirada que abarque a todas las personas y al entorno en el que viven. Lamentablemente, el sistema económico dominante ha puesto como motor del mundo a la economía de mercado, una economía que va dejando cada vez más a personas fuera del sistema, personas descartadas. Por eso, es necesario aunar esfuerzos y tratar de revertir la historia para que se consideren a todas las personas habitantes de la casa común que es la Tierra, un planeta que tenemos que cuidar para quienes lo habitamos en la actualidad  y para las generaciones futuras.

 

Hace unos días se canonizaba a Pablo VI. A mí me encanta citar la alocución para los miembros de la Comisión Pontificia de Justicia y Paz en el año 1967:

 

“Representáis antes nuestros ojos la realización del último voto del Concilio (cf. Gaudium et spes, n. 90). Como en otros tiempos —y hoy también—, una vez construida la iglesia, o el campanario, se coloca en la cima del tejado un gallo, como símbolo de vigilancia en la fe y en todo el programa de vida cristiana, de la misma manera, sobre el edificio espiritual del Concilio se ha colocado a esta Comisión, que no tiene más misión que mantener abiertos los ojos de la Iglesia, el corazón sensible y la mano pronta para la obra de la caridad que está llamada a realizar con el mundo, «con el objeto de promover el progreso de los pueblos más pobres y favorecer la justicia social entre las naciones» (GS 90).

 

Ese era y sigue siendo nuestro reto, tratando de ver y entender  los signos de los tiempos.

Isabel Cuenca Anaya
Secretaria general