Recordando, reviviendo, recuperando

Recordando, reviviendo, recuperando

He recibido la invitación de poner por escrito algunos recuerdos de los años, lejanos ya, en que fui miembro de Justicia y Paz en España. Respondo con gusto a esa petición, pero también, con viva conciencia de los límites de mi respuesta. El paso del tiempo, unido a mi mala memoria y a la imposibilidad de acceder a archivos, hace que sean muchas las lagunas y no pocos los errores que se deslizarán en este texto. ¡Cuántos nombres preciosos de compañeros y compañeras de entonces me gustaría recordar sabiendo que no voy a ser capaz de hacerlo! Perdón a quien, debiendo ser citado, finalmente no lo será.

 

Creo que tuve contacto por vez primera con Justicia y Paz a raíz de la Campaña pro Amnistía que se inició en el año 1976. En aquella época yo ya era religioso marianista. Recuerdo que estaba entusiasmado con el Concilio Vaticano II, al que, aún sin conocerlo bien, atribuía una gran potencialidad para solucionar muchos de nuestros problemas eclesiales y sociales. Vivía, además, con intensidad y compromiso la lucha que se desarrollaba en España para recuperar la democracia.

Por ambas razones, eclesiales  y sociales, me sentí muy llamado a participar en esa campaña en favor de la amnistía de los presos políticos en España. Recuerdo haber asistido a reuniones,  semiclandestinas todavía, en Madrid y en Montserrat para organizar esa acción. Conocí, entonces,  a personas de categoría humana y cristiana excepcional, tales como don Joaquín Ruiz-Giménez, Juan José Rodríguez Ugarte, Joan Gomis, Juan María Bandrés, etc., que me abrieron los ojos de modo ya irreversible. Cuando regresaba de esas reuniones a Cádiz, donde vivía y trabajaba, contaba a otras personas lo que había visto y oído y, contagiadas de mi entusiasmo,  nos poníamos a  recoger firmas, con el número de carnet de identidad, lo que hacía más difícil la cosa. Cuando en julio de 1976 se consiguió la amnistía, nos sentimos muy felices y confirmados en nosotros y en nuestras posibilidades de hacer algo positivo en la vida.  

 

Años más tarde, viviendo ya en Madrid, volví  a establecer relaciones con Justicia y Paz. Alberto Rodríguez, que llegaría a ser un gran amigo lo mismo que su familia, fue quien me fichó para esa nueva etapa. Con él colaboré, primero en la Comisión diocesana y luego, en la General.

Recuerdo, de aquella época, un hecho que, por su importancia,  no debería caer en el olvido.
Cuando don Ángel Suquía comenzó su servicio  como nuevo Arzobispo de Madrid, la Comisión diocesana puso sus cargos a su disposición, y le pidió una entrevista. En el curso de la misma, y tras confirmar a las personas en sus responsabilidades, dijo unas palabras que creo que hablan por sí solas. Nos dijo que algunas veces llegaban a sus oídos comentarios que trataban de avisarle que los de Justicia y Paz se estaban metiendo en política, comprometiendo  de ese modo a la Iglesia. Nos dijo que no nos preocupásemos, y que siguiéramos adelante. Que esos comentarios no le extrañaban, en absoluto; que lo que le extrañaría sería que no se  produjeran. Y añadió algo que no puedo entrecomillar por no recordar las palabras exactas, pero que, a fuerza de contarlo tantas veces, creo poder reproducir con gran fidelidad. Dijo que para él, Arzobispo de Madrid, Justicia y Paz era como un atleta que está a punto de comenzar una carrera. Con un pie, por tanto, fuertemente apoyado en tierra, y con el otro, queriendo volar y salir disparado hacia adelante. Así creía él que tenía  que ser y actuar Justicia y Paz: con un pie firmemente anclado en la Iglesia, y con el otro, saliendo fuera de ella y llegando a personas, sectores y problemas en los que la Iglesia, normalmente, no estaba presente. Si tuvieseis los dos pies dentro de la Iglesia, nos dijo, estaría bien, pero no sería Justicia y Paz y no podría prestar el servicio que se espera de esa Comisión. Ya hay otras muchas Comisiones que trabajan solo dentro de la Iglesia y que hacen bien su trabajo. Pero de vosotros se espera algo distinto. Por otro lado, si tuvieseis los dos pies fuera, no seríais una Comisión de la Iglesia y tampoco podríais cumplir aquello para lo que habéis sido creados. O sea, que adelante y sin miedo a las críticas, concluyó. Con un pie dentro y otro fuera. ¡Y venid a contádmelo!

Esas palabras, y ese espíritu, nos infundieron  seguridad y confianza,  y ayudaron a que Justicia y Paz estuviera presente en determinados ámbitos sociales en los que, a veces, era la única voz  eclesial.

 

Tras la dimisión del P. Rafael Esteban, Padre Blanco, como se les llamaba entonces, del puesto de Secretario General de la Comisión General de Justicia y Paz de España por motivos de salud, yo fui invitado a ocupar ese puesto, lo que hice desde 1986 hasta 1996. Diez años intensos y de gran riqueza, en los que Justicia y Paz pudo desarrollar su misión gracias, en gran medida, a la categoría humana y religiosa de sus no muy numerosos miembros. Recuerdo, una vez más,  a Alberto Rodríguez, tan profundo y clarividente en sus análisis;   y a Pedro León y Francia, incansable defensor de los derechos de los laicos en la Iglesia, que ocuparon la Presidencia  de la Comisión General esos años. Trato de hacer memoria y recordar a amigos y amigas de las diversas comisiones diocesanas, que se multiplicaban para que la voz de la Iglesia estuviera presente en multitud de conflictos y situaciones difíciles.
Es, en este punto, donde más me enfado con mi mala memoria.  Es aquí donde debo reiterar mis excusas a aquellos cuyos nombres ahora mismo no recuerdo. A pesar de ello, quiero nombrar a algunos, en representación de todos.
Recuerdo a Demetrio, Pilar y Andrés, entre otros, en Bilbao; a Josefina y Felipe, en Pamplona; a José Antonio, en Vitoria; a Justino, en Valladolid; a José Luis, en Asturias; a los compañeros de Salamanca,  Albacete, Canarias, San Sebastián…; a Pepe, en Sevilla; a Angustias, en Mallorca; a Joan, Arcadi, Paquita y un amplio etcétera, en Barcelona; a Josep en Girona; a Santiago en Tarragona; a Luis, Paco, Emilio, otro Luis y muchos más en Madrid. Y, desde luego, al inolvidable Manolo Urdiain, un jubilado que dedicó sus últimos años a Justicia y Paz, tanto en la sede de Diego de León como en la de Francisco Silvela. Esas y esos amigos queridos, y otros muchos que faltan, hacían posible que Justicia y Paz estuviera presente en la Iglesia y en la sociedad.
En aquellos años nos motivaban mucho las palabras de Pablo VI, cuando decía que esta Comisión debía tener, como el gallo que se colocaba en las torres de las iglesias, la misión de despertar, alertar y orientar a los cristianos para que tuvieran los ojos abiertos, el corazón ardiente y la mano pronta para hacer frente a los problemas y las injusticias del mundo.
Por desgracia, no siempre encontrábamos parecido entusiasmo en todos los ámbitos eclesiales con los que estábamos en contacto. A veces éramos mirados con desconfianza. ¡O no conocían las palabras del cardenal Suquía, o no participaban de ellas!
Recuerdo los nombres de algunos obispos que nos acompañaron en aquellos años como Delegados de la Comisión Episcopal de Pastoral Social: Mons. González Moralejo, Mons. Guix, Mons. Setién, Mons. Joan Enric Vives, tan cercano y amigo, y, durante muchos años, Mons. Antonio Algora, que supo acoger a Justicia y Paz en su corazón habitado por la Pastoral Obrera. En Añastro, los sacerdotes Felipe Duque, y Fernando Fuentes coordinaban los trabajos de la CEPS.

 

En Justicia y Paz teníamos claro que nuestra tarea era dar a conocer el pensamiento de la Iglesia en materia social, la Doctrina Social de la Iglesia, y promover cristianos comprometidos con la búsqueda de la paz y la construcción de un mundo más justo. Para lograr esos objetivos tratábamos de sacar el máximo partido posible  a nuestros valiosos recursos personales, es decir, los miembros de las diversas Comisiones y otros colaboradores; así como a los muy escasos recursos económicos. Editábamos un Boletín y algunos folletos sobre diversos temas, difundíamos los mensajes de la Jornada por la Paz los días 1 de enero, dábamos conferencias, organizábamos seminarios y talleres, así como las Jornadas anuales en diversas ciudades de España, publicábamos carteles, etc. Con carácter anual otorgábamos el Premio “Justicia y Paz”, uno de cuyos ganadores fue Mons. Pedro Casaldáliga.
Temas como el desarme, el comercio de armas, los derechos humanos dentro y fuera de la Iglesia, el medio ambiente (participamos en La Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en el año 1992), el respeto al compromiso del 0,7% del PIB para la cooperación, la abolición de la deuda externa, la objeción de conciencia al servicio militar y la insumisión, la paz en el País Vasco, etc. estaban entre los más destacados de nuestra actividad.

 

Manteníamos excelentes y fraternas relaciones con otras organizaciones de la Iglesia, sobre todo, Manos Unidas y Cáritas Española, así como las Comisiones de Justicia y Paz de algunas congregaciones religiosas, como los franciscanos, dominicos, marianistas, etc. Trabajábamos en colaboración, también, con el CIDAF, de los Padres Blancos. Sobre África montamos una Exposición itinerante, “Hagamos justicia a África”, que todavía se puede ver.  Con todas esas organizaciones participábamos en  acciones comunes.  

 

Además de las entidades católicas ya citadas, trabajábamos en común con otras muchas ONG. Justicia y Paz estuvo entre las fundadoras de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo, que tanta importancia ha adquirido con el paso de los años. En esos principios, siempre estuvimos en su Junta Directiva, por elección de las demás ONG, e incluso representamos a toda la Coordinadora en eventos como la Conferencia de Naciones Unidas sobre Población y Desarrollo celebrada en El Cairo en el año 1994. En el seno de la Coordinadora trabajábamos en plena armonía con ONG surgidas de la sociedad civil, con un origen a veces cristiano, como Intermón, Ayuda en Acción, etc., y muchas veces con otras inspiraciones, como, por ejemplo Solidaridad Internacional, etc. ¡Cómo no recordar a Carmen y a  Carmelo, así como a los demás amigos de IEPALA, tan imprescindibles en aquellos años!

 

Nuestro compromiso a favor de la paz y la defensa de los derechos humanos nos hacía estar presentes, con una presencia de calidad y apreciada por todos, en múltiples comités. Recuerdo, entre otros, el Comité Antiapartheid,  el Comité por la Paz en Palestina, el de defensa de los derechos humanos en Guinea Ecuatorial,  en el Sahara Occidental, en Timor Este, etc.  

Ayudamos a promover el voluntariado social, participando activamente en la creación y puesta en funcionamiento de la Plataforma para la Promoción del Voluntariado en España.

 

No puedo dejar de recordar el trabajo ecuménico que se realizó en aquellos años desde la Comisión Justicia y Paz y que permitió que fuésemos parte de la Delegación de la Iglesia Católica Española en la Asamblea por la Justicia, la Paz y la Integridad de la Creación celebrada en Basilea en el año 1989, así como en la siguiente, en Gratz. Participamos, también, en la Conferencia del Consejo Mundial de las Iglesias, en Seúl, en 1990, cuyas conclusiones y documentos de trabajo  publicamos -¡cómo no recordar aquí el trabajo voluntario realizado por mi padre, José Anso, en la confección del  voluminoso folleto con los textos y declaraciones!-, y en la VIIª Asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias celebrada en Camberra en el año…
Este trabajo a favor de la unidad de las Iglesias en torno a la justicia que brota del Evangelio, lo hacíamos en colaboración con las Misioneras de la unidad, y con personas inolvidables como los sacerdotes don Julián García Hernando, y el dominico Juan  Bosch, profetas y maestros de ecumenismo, y buenos amigos de Justicia y paz.

 

Una parte muy importante de nuestro trabajo se  realizaba en coordinación con las Comisiones Justicia y Paz de Europa. Recuerdo, en especial,  las de Francia, Alemania, Suiza, las dos de Bélgica, la de Holanda, Inglaterra, Irlanda, Portugal, Italia…así como los grupos de Polonia, Hungría, Eslovenia, etc. y el buen trabajo que realizábamos en torno a temas como la paz y los derechos humanos. Nuestras relaciones con la Comisión Pontificia “Iustitia et Pax” eran excelentes en aquellos tiempos. Eran los años del cardenal Etxegaray, en los que era fácil hacer amistad con quienes trabajan allí.
A las Conferencias Anuales de Justicia y Paz de Europa invitábamos  Comisiones de diversas partes del mundo. Recuerdo, especialmente, la invitación a la naciente Comisión de Cuba, cuyos dos presidentes, Mons. Pedro Meurice, Arzobispo de Santiago, y Mons, Mario Mestril, Obispo de Ciego de Ávila, asistieron en Praga a nuestro encuentro anual. Por aquellos años, la Conferencia de Obispos Católicos de  Cuba estaba creando su Comisión Justicia y Paz, para lo que solicitaron las colaboraciones de la Vicaría de la Solidaridad, de Santiago de Chile, y de la Comisión Justicia y Paz de España.  Esa colaboración solicitada se ofreció con gusto, y se recuerda con aprecio.


Reflexión final

Hasta aquí un recordatorio de lo sucedido hace más de veinte años. ¡Todo aquello sucedió, y seguro que otras muchas cosas más! ¿Se puede sacar alguna conclusión de  lo recordado? Lo que había detrás de todas aquellas actividades era un deseo: el de acercar a los hombre y mujeres, nuestros contemporáneos,  la Buen Noticia. Que supieran que, gracias a Jesús, sabemos que tenemos un Abbá, un Padre que nos ama, que nos ha creado para la vida y que es enemigo declarado de todo lo que se opone a la vida. Que nos ha hecho sus hijos e hijas, y, por ello, hermanos y hermanas entre nosotros. Y por ello, también, responsables los unos de los otros.

Ese es el mensaje permanente del Evangelio: amar como hemos sido amados y, por eso, comprometernos para hacer un mundo mejor, más justo, más pacífico. Y más solidario también, con el presente y con el futuro.  Eso es lo que estaba detrás de los hombres y mujeres de Justicia y Paz en los años setenta, ochenta y noventa del pasado siglo, en que el  Vaticano II nos daba aliento y esperanza.  Aquel espíritu es el que está, y debe estar, detrás de los hombres y mujeres de Justicia y Paz en estos complicados años del siglo XXI. Habrán surgido nuevos problemas (la trata de personas, las emigraciones, nuevas guerras, formas nuevas de pobreza y exclusión social, las agresiones al medio ambiente,  etc.),  pero el espíritu con el que hacerles frente debe ser el mismo. Y aquel Concilio, renacido en tiempos de Francisco, sigue animándonos y dándonos esperanza.  

Justicia y Paz debe seguir siendo el gallo que despierte a cristianos y a hombres y mujeres de buena voluntad, para que estén alertas…y actúen.

 


Javier Anso, sm
Vertientes, Camagüey, Cuba
26-10-2016


 

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