Recuerdos, retos para el futuro y el presente

Recuerdos, retos para el futuro y el presente

     Una de las cosas que, sin lugar a dudas, ha marcado mi vida, me ha enriquecido profundamente y considero como una gran suerte ha sido mi experiencia vivida en Justicia y Paz. Por ello, quiero empezar estas líneas expresando mi cariño y agradecimiento más sincero a tantas personas con las que he trabajado, a todas las que he conocido en asambleas y encuentros, a quienes desde otras Comisiones habéis enriquecido nuestra corriente de vida, a cuantas habéis dirigido y coordinado desde la Comisión general…. A todas, GRACIAS.

 

      Cuando fui a vivir a Bilbao y recibí la invitación para incorporarme a la Comisión de Justicia y Paz, no sabía muy bien de qué se trataba, pero me encontré con un grupo muy plural de mujeres y varones luchadores y comprometidos; mujeres y varones de diferentes edades y mentalidades, procedentes de ámbitos socio-político-laborales muy diversos, pero con un sólido cimiento y motor en común: su fe, que les llevaba a comprometer su vida y su persona con los derechos humanos, la justicia social y la paz y con una conciencia eclesial clara de que, como movimiento, ser de Justicia y Paz  es “pringarse”, con otros y otras, para ser “el gallo de la mañana”, que despierta y apremia a la Iglesia, desde las exigencias del Evangelio, ante las realidades y clamores sociales y que despierta, denuncia y provoca a la Sociedad, desde los valores evangélicos, para que ambas den respuestas decididas y valientes; que es arriesgarse a recoger el guante que nos lanzó Pablo VI de “ser la voz de los sin voz”. Todo ello desde nuestro ser laico, respondiendo al mensaje misionero de la Iglesia, democrático, dialogante y tolerante, en determinadas situaciones, e intolerante, en otras.

 

      Nos situamos en un largo camino que se inicia en la transición hacia la España democrática; en el País vasco, convulsionado por una tremenda crisis económica y por la bota y zarpazos terroristas de ETA, atemorizado y muy dividido, tanto por la radicalización de algunos partidos políticos, como por una gran parte de la Iglesia diocesana posicionada abiertamente en la “opción pueblo”, que se impulsaba desde algunos proyectos pastorales, con lo que se alimentaban bolsas de “personas y grupos excluidos”. Y, al mismo tiempo, con una ciudadanía y unos grupos eclesiales decidida a desarrollar -a lo largo de todos estos años- todo su gran potencial vital, humano, económico y social al servicio de una sociedad humanizada, justa, solidaria y en paz.

 

      En este ámbito, el grupo de Justicia y Paz Bilbao, desde el principio, tomó la opción de trabajar siempre con otros, con un posicionamiento claro (lo que no pocas veces le acarreó problemas e incomprensiones, por parte de algunos grupos locales y, también, a veces, provenientes de la propia Justicia y Paz). Unas veces, lanzó Campañas propias, como las de Amnistía para los presos políticos y por la defensa de las libertades, Educar para la Paz, Objeción fiscal, Cooperación y Desarrollo, Desarme y desarrollo. Otras, colaborando e impulsando Campañas promovidas por otras organizaciones y asociaciones –de Iglesia o civiles- de compromisos afines, como las del 0’7%, Contra la OTAN, o Proyectos a más largo plazo, como Gesto por la Paz, Colectivos por la Paz y el Desarme.

 

       Con el tiempo, la envergadura de las urgencias y la escasez de recursos obligó al grupo a organizarse en  Comisiones de trabajo [Tercer mundo, Bilbo Etxezabal (de acogida y asesoría humana, jurídica, laboral, social etc. a las personas inmigrantes), Educar para la Paz y Derechos humanos en la Iglesia, desde la mujer) que, sin olvidar el marco común de referencia, fueron tratando de responder de forma más específica y rápida, mediante jornadas, campañas, cursos, charlas, artículos, aparición en medios y trabajando conjuntamente con otros, como Coordinadora de ONGD de Vizcaya, Coordinadora de ONGD de Euskadi, Comisión de Ética de la Coordinadora, Coordinadora de Mujeres cristianas, Somos Iglesia (internacional y de España), Plataforma Cívica "Bakea Orain", Objetivos del Milenio, Mesa de marginación, Red Europea contra la pobreza., Redes cristianas-Kristau sarea… Finalmente, quiero destacar la participación significativa del grupo en el Consejo de laicos, de la diócesis, y en Justicia y Paz España, tanto formando parte del Consejo permanente, como desde las Asambleas anuales.

 

         Por otro lado, era fundamental alimentar el espíritu de Justicia y Paz, para no olvidar el desde dónde, por quién, con quién y hacia quiénes. Para ello, teníamos tres momentos clave: las reuniones semanales de Asamblea, los encuentros mensuales de formación y las trimestrales celebraciones eucarísticas y festivas.

 

         Claro que no siempre fue  fácil nuestra tarea: unas veces, por el ambiente durísimo en todos los niveles y la crispación social; otras, por nuestras posturas críticas o por nuestra falta de agilidad para dar respuestas que pedían inmediatez, unido todo ello a la crisis profunda de voluntariado continuado que se ha ido dando en el País Vasco, especialmente, entre la gente joven y, en consecuencia, la edad que íbamos teniendo los componentes del grupo.

 

Retos de futuro y de presente

 

a) Hacia la propia Iglesia

 

    A lo largo de todos estos años, yo creo que Justicia y Paz ha llevado a cabo una importante labor de denuncia y concientización social, es decir, ha respondido a la segunda misión del “gallo”, pero considero que ha sufrido una afonía grave en lo que respecta a la primera. A mi juicio, ésta es la gran asignatura pendiente, especialmente, a partir de la “invitación” que recibió para cambiar sus Estatutos. Creo que urge una palabra-actuación crítica ante actuaciones, palabras, escritos, silencios, ausencias… tanto ad intra como ad extra de la Iglesia. Lejos de significar una oposición, es fruto de un profundo amor hacia la Iglesia y un ejercicio de responsabilidad ante la misión que nos confió Jesús. Creo que, en este espíritu, Justicia y Paz debería denunciar, reclamar y urgirle, al menos, en lo referente a dos urgencias:

 

a) El cambio de estructuras de la Iglesia, a las que tanto se refiere el papa Francisco: "dejemos a un lado las estructuras caducas: ¡no sirven! ¡Son inútiles! Cojamos odres nuevos, los del Evangelio. No tengamos miedo de cambiar las cosas según la ley del Evangelio” [1], que será el medio de acabar con el clericalismo, que con tanta dureza denuncia el Papa y que considera el peor de los males que afectan a la Iglesia. Y de que se reconozca la mayoría de edad del laicado para que pueda asumir su corresponsabilidad en todo lo referente a la Iglesia y su misión salvadora;

 

b) los derechos humanos: el documento Justicia en el mundo, del Sínodo de los obispos, de 1971, nos decía que “la misión de la Iglesia implica la defensa y la promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona” “… estos derechos han de ser respetados en el interior de la Iglesia” y que “la Iglesia debe dar testimonio de justicia, porque cualquiera que se atreva a hablar a las demás personas de justicia debe primeramente ser justo ante sus ojos….

                                    

       Ciertamente, los últimos papas han denunciado en muchas ocasiones la conculcación de los derechos humanos por parte de la sociedad, mientras que el Vaticano sigue sin firmar la inmensa mayoría de declaraciones, reconocimientos, etc. de la ONU, referentes a derechos humanos. Y, por supuesto, nunca se han referido ni se ha reconocido su permanente conculcación en el interior de la Iglesia, especialmente, con respecto a los laicos, en general, y a las mujeres, en particular. Y esto es una de las constantes causas de escándalo y de desprestigio, que resta credibilidad a la Iglesia y desacredita la gran labor de tantas personas cristianas.

 

b) Hacia la sociedad

 

Caín, ¿dónde está tu hermano?

La vergonzante impasibilidad de facto, ante los miles de personas humanas, con la misma dignidad y derechos humanos que nosotros, que mueren llamando a nuestras puertas o a quienes mantenemos recluidas en condiciones inhumanas. Cuando nos toca de cerca la injusticia, somos capaces de movilizar a masas y, sin embargo, ¿qué compromisos reales, movilizaciones llevamos a cabo? ¿qué exigencias a nuestros políticos nacionales o europeos?

 

El crecimiento galopante de la brecha de la desigualdad: 

        por un lado, debido a que los grandes organizadores de nuestro mundo van expulsando a gentes y Estados que “ni es están, ni se les espera, simplemente, sobran” , como si fuera la cosa más natural y ante la pasividad cómplice del resto;

       por otro lado, el nuevo mundo que se está gestando o ya está aquí, que, con un ingente desarrollo de las NBIC (nanotecnologías, biotecnologías, tecnologías de la información y ciencias cognitivas), va a traer grandes cotas de bienestar y progreso a las grupos y personas más adineradas y la exclusión creciente de la mayoría. Y los políticos y la Sociedad ni siquiera hablan de este nuevo mundo.

 

La necesidad de recuperar la conciencia ética

La de la humanidad está como anestesiada; asistimos impasibles a la cultura del todo vale, que se está imponiendo en todos nuestros ámbitos, con el consiguiente retroceso democrático y de derechos humanos, en aras de una recuperación económica, que sigue dejando en la cuneta a muchos, o ante unos pactos económicos internacionales, gestados al margen de las instituciones democráticas.  Cada vez , las personas somos reducidas a meros piezas de un engranaje que manejan los cuatro poderoso del mundo.

 

La violencia contra las mujeres

Se va asimilando como algo “estructural” la infravaloración y cosificación de las mujeres sus asesinatos, pauperización, relegación laboral, inferioridad salarial, vientres de alquiler, prostitución, trata…

 

Marta Zubía Guinea, Vitoria.



[1] FRANCISCO, Homilía en Santa Marta, 5 de septiembre de 2014