Redes sociales

Redes sociales

Día a día se incrementa el número de personas que frecuentemente usan las redes sociales: facebook, instagram, whatsapp, twitter... Se han hecho presentes en nuestras vidas y parece que hay mucha gente a la que le resulta difícil vivir sin sentirse permanentemente conectada. Como todo avance científico tiene sus defensores y sus detractores, pero las redes sociales no son ni buenas ni malas, es su uso lo que sí puede ser calificado.

Las redes sociales posibilitan que las amistades, las familias y los distintos grupos se sientan más cercanos y compartan información que de otra manera sería complejo. También, a través de ellas, se accede  a lo que ocurre en cualquier lugar del mundo en tiempo real, se conocen acontecimientos que no llegan a la ciudadanía porque a los medios de comunicación no les interesa. En definitiva, haciendo un buen uso de las redes, nuestros horizontes se pueden ensanchar y podemos sentirnos parte de la familia humana y unidos con el resto de la sociedad.

Pero a veces, la rapidez con que se divulgan las noticias supera la capacidad de discernimiento y de profundización  y se dan como válidas informaciones que son bulos o medias verdades, si no mentiras mal intencionadas que se crean por personas o grupos a sabiendas que van a ser difundidas rápidamente, que se convertirán en  “virales” con el fin de obtener determinados beneficios para  quienes las han producido. Y en el caso de que sean desmentidas, esto ya no interesa porque ha llamado la atención una nueva noticia.

La necesidad de estar permanentemente conectados ocasiona que se desatiendan otras tareas más productivas y útiles,  ya que el tiempo utilizado en las pantallas resta horas a otros asuntos. Esa necesidad de conexión virtual puede llevarnos a perder el vínculo con las personas y atraparnos en una tela de araña de múltiples conexiones pero que nos mantienen aislados, sin darnos cuenta de que nuestra muerte social, quizás llegue.  Cada vez son más las personas que necesitan someterse a terapias específicas para volverlos a insertar en la vida real de la que se han desconectado por su adicción a las redes sociales.

Por último, la necesidad de obtener muchos “me gusta”  nos lleva, en algunos casos,  a crear un perfil distorsionado de nuestra verdadera personalidad y a mostrarnos como los demás quieren vernos en las redes.

Todo esto se agrava cuando, desde las redes sociales se divulgan noticias, imágenes, vídeos, etc. que denigran a personas o a colectivos. Es significativo que se llegue a normalizar que una persona pública reciba, vía redes sociales, multitud de ataques e insultos. También, es frecuente que a través de las mismas, sobre todo por whatsapps, nos lleguen frases atribuidas falsamente a personas públicas. Una incidencia especial tienen las divulgadas como pertenecientes al papa Francisco. Sorprende que personas bien formadas las den como ciertas y, por tanto, las difundan. Especialmente graves son aquellas cuyo objetivo consiste en producir animadversión a determinados colectivos: personas inmigrantes, musulmanas, políticas...

Sería deseable que cada nos planteásemos el uso de las redes sociales desde un punto de vista ético. No todo tiene cabida en las redes sociales. El uso de las mismas debe estar al servicio de la verdad, deben ser un instrumento para construir una sociedad más justa y dialogante, que sienta al que es distinto como alguien del que aprender o con el que  se puede compartir. Busquemos el encuentro mediante la escucha atenta respetando a los demás.  Se ha demostrado que cuando las personas comparten solo lo que viene de grupos afines terminan radicalizándose y aislándose; en definitiva, empobreciéndose.

El Papa define claramente en la Jornada para las Comunicaciones Sociales de 2019 lo que no debe ser una red social:

«Es evidente que, en el escenario actual, la social network community no es automáticamente sinónimo de comunidad. En el mejor de los casos, las comunidades de las redes sociales consiguen dar prueba de cohesión y solidaridad; pero a menudo se quedan solamente en agregaciones de individuos que se agrupan en torno a intereses o temas caracterizados por vínculos débiles. Además, la identidad en las redes sociales se basa demasiadas veces en la contraposición frente al otro, frente al que no pertenece al grupo: este se define a partir de lo que divide en lugar de lo que une, dejando espacio a la sospecha y a la explosión de todo tipo de prejuicios (étnicos, sexuales, religiosos y otros). Esta tendencia alimenta grupos que excluyen la heterogeneidad, que favorecen, también en el ambiente digital, un individualismo desenfrenado, terminando a veces por fomentar espirales de odio. Lo que debería ser una ventana abierta al mundo se convierte así en un escaparate en el que exhibir el propio narcisismo».

Isabel Cuenca Anaya

Secretaria General