Reflexión en torno al mensaje del papa Francisco en la Jornada Mundial de la Paz

Reflexión en torno al mensaje  del papa Francisco en la Jornada Mundial de la Paz

El título del mensaje del Papa para la 51 Jornada Mundial de la Paz es elocuente y refleja una de sus preocupaciones constantes (ejemplarmente demostrada en su viaje a Lampedusa y en su Discurso de recepción del Premio Carlomagno concedido por la UE en mayo de 2016, con la invocación: “Qué  te ha sucedido, Europa humanista defensora de los Derechos Humanos de la democracia y de la libertad“), y  que  debería también  ser compartida por  todas las personas, creyentes o no, de buena voluntad: “migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”.

Sin perjuicio de recomendaros la  lectura completa del documento, me interesa subrayar tres aspectos del mensaje, que ayuden a nuestra reflexión.

1.- Quiénes son los migrantes y refugiados:

Más allá de las estremecedoras cifras que el propio Papa nos recuerda al inicio del mensaje (más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones son refugiados) es importante tomar conciencia de sus rostros personales. Citando palabras de Benedicto XVI, Francisco los define como “hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz”.

Y nos recuerda que son personas que arriesgan sus vidas a través de un viaje largo y peligroso, que están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que nosotros y nuestros gobiernos  levantamos para alejarlos de su destino.

Otra voz profética que se alza constantemente en defensa de estas personas, el obispo de Tánger Monseñor Agrelo  -- significativamente “franciscano” -- nos ha recordado recientemente que “la mirada del amor creador se detiene especialmente en los refugiados y en los emigrantes, se hace preocupación y esperanza por cuantos se mueven en los caminos de los desplazados y van dejando en ellos un rastro interminable de sufrimientos… Necesitamos que alguien nos abra los ojos para descubrir con mirada limpia a emigrantes y refugiados y nos hagamos conscientes de que se trata de hombres, mujeres y niños vulnerables, acosados, hambrientos, enfermos, esclavizados, condenados a muerte, a quienes un vocabulario interesado y criminal ha reducido a ilegales, irregulares, indocumentados, y los ha presentado como una amenaza para la sociedad del bienestar”.

También es oportuno recordar las palabras del Papa Pablo VI (precisamente el impulsor de Justicia y Paz) en su discurso de clausura del Concilio Vaticano II: “para la Iglesia nadie es extraño, nadie está excluido, nadie está lejos. La Iglesia ha contemplado siempre en el rostro de los emigrados la imagen de Cristo que dijo “era forastero y me acogisteis” (Mateo, 25, 35)”.

2.- Buscar las causas que provocan el refugio y la emigración forzosa.

El Papa se preocupa de analizar cuáles son las principales causas de esta tragedia: los conflictos armados y otras formas de violencia organizada (guerras, conflictos, genocidios, limpiezas étnicas), sin duda las más visibles y conocidas.

Y tras estas causas existen, por desgracia, personas y gobiernos que fomentan el miedo hacia los migrantes, “los que siembran violencia, discriminación racial y xenofobia”; aquí debemos incluir a todos aquellos que activa o pasivamente practican o consienten el criminal tráfico de armas.

Pero las personas también migran por otras razones: “el anhelo de una vida mejor, el deseo o la necesidad de querer dejar atrás la desesperación de un futuro imposible de construir; para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación: quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz”.

Además, recordando otra de sus grandes preocupaciones, en palabras de su encíclica “Laudato si”, es trágico el aumento de los migrantes que huyen de la miseria empeorada por la degradación ambiental.

En definitiva, la causa final es el injusto sistema económico, la injusta distribución de los bienes y oportunidades de la creación, denuncia siempre presente en los mensajes del Papa Francisco.

Con realismo y preocupación,  el Papa es consciente de que todos los datos de que dispone la Comunidad Internacional indican que las migraciones globales seguirán marcando nuestro futuro.

3.- A pesar de todo, esperanza.

Frente a aquellos (personas y gobiernos) que consideran la llegada de inmigrantes como una amenaza,  frente a los que se resignan a vivir encerrados en una fortaleza, insensiblemente amurallados  y cerrando sistemáticamente las puertas a los pobres, a los “otros”, Francisco propone en la parte central de su mensaje, una mirada contemplativa, llena de confianza, como una oportunidad para construir un futuro de paz.

Esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: “traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías, sus aspiraciones y por supuesto los tesoros de su cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acoge” y también se hace eco, como un valor positivo, de  la tenacidad y el espíritu de sacrifico de las personas, familias y comunidades que en todos los rincones del mundo abren sus puertas y sus corazones a los migrantes y refugiados.

En este horizonte abierto a la esperanza el Papa propone lo que en simbólicas palabras denomina “cuatro piedras angulares para la acción: ACOGER, PROTEGER, PROMOVER E INTEGRAR”.

La primera de ellas gira en torno a la idea del valor de la  HOSPITALIDAD, como opuesto al rechazo y a la hostilidad,  con diversas citas bíblicas.

La “protección”,  nos recuerda el deber de reconocer y garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad. En particular dirige su mirada a las mujeres y niños expuestos a situaciones de riesgo y abusos que llegan a convertirles en esclavos.

La acción “promotora” significa el apoyo al desarrollo humano integral de estos hermanos; en especial menciona la necesidad de garantizar a los niños y a los jóvenes el acceso a todos los niveles de educación, ayudándoles a cultivar un espíritu de diálogo, en vez de aislamiento y enfrentamiento.

Por último “integrar” significa trabajar para que los refugiados y los migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y colaboración fecunda, sin caer en las políticas que  exigen de integraciones o asimilaciones forzosas y  unilaterales o fomentan el abandono o difuminación de su identidad cultural y religiosa.  En este apartado es oportuna la cita de Pablo: “así pues ya no sois extraños ni forasteros sino conciudadanos de los Santos y familiares de Dios”. (Efesios, 2, 19).

Concluye el Papa su mensaje manifestando su esperanza en que resulten eficaces los procesos  en curso  de aprobación por parte de las Naciones Unidas de dos Pactos mundiales sobre la emigración y la situación de los refugiados; en este sentido y con palabras, fuertes pero necesarias apela a que la valentía de la política internacional en este campo no se vea derrotada por el cinismo y la globalización de la indiferencia.

Y recordando palabras de Juan Pablo II se refiere al “sueño de un mundo en paz” en el que la aportación de los migrantes y los refugiados permita a la humanidad transformarse cada vez más en familia de todos y a nuestra tierra en casa común.

El Papa no cae en la ingenuidad de confundir este sueño con una utopía irrealizable, ya que, como afirmó en otro mensaje reciente “la venida de Cristo y su Resurrección  no es una cosa del pasado; conlleva una fuerza de vida que ha penetrado en el mundo, una fuerza imparable. En un campo arrasado (que podemos fácilmente  adivinar   en los caminos de privación y desolación que siguen los emigrantes o en las inhumanas condiciones de vida en los campos de refugiados, cuyas imágenes todos hemos visto, quizás  con hastío o indiferencia) vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Cada día en el mundo renace la belleza.”   

NOTA  FINAL: Cuando  estoy acabando de redactar este texto, conocemos la noticia de la muerte, por desesperación, de un joven emigrante argelino, recién rescatado de un viaje en patera, en una cárcel de Archidona, habilitada como CIE, donde se hallaba “preso”, sin delito,  sin juicio, sin condena, sin control judicial. ¿HASTA CUANDO CONSENTIREMOS LOS CIUDADANOS ESTA DESVERGÜENZA DE NUESTRO SISTEMA?

  Ojalá este Mensaje del Papa Francisco convierta nuestro seguimiento del  Jesús  que   da rostro a este joven concreto,  así como a todos  los emigrantes y a todos los que sufren, en participación en la mirada de Dios y de la Iglesia, llena de misericordia y de perdón,  capaz de infundir  valor y esperanza para que   todos los hombres y mujeres del mundo puedan vivir en paz y dignidad.

Eudald Vendrell

Justicia i Pau Barcelona