Violencia y religión

Violencia y religión

     Los atentados en New York, en París y en tantos otros lugares  parecen corroborar la impresión de que la religión genera la violencia. Un problema es la imposibilidad definir bien lo que es ‘religión’. Es tan complejo como definir lo que es  ‘política’ o ‘cultura’. Estos tres campos no obstante están muchas veces compenetrados en la vida de las personas en todas las culturas y religiones. 

 

     Desde luego no se trata aquí de negar que ha existido y  todavía existe una relación entre religión y violencia, o que hay un comportamiento violento inspirado en la religión, aunque casi siempre basado en una tergiversación de la misma religión o una interpretación ideológica que conduce a veces a la violencia.

 

     Las guerras de religión, absolutamente lamentables y condenables, quedan inmersas entre tantas guerras y conflictos bélicos, feudales, territoriales, coloniales, mercantiles, civiles y de independencia a lo largo de la historia de la humanidad. 

 

     No está justificado catalogar la religión como algo obsoleto y peligroso para el progreso o para la convivencia humana así como algunos pensadores actuales escriben [1]. Además, si ateos modernos condenan la violencia de dictadores ateos de regímenes totalitarios, del mismo modo hay que aceptar que los creyentes descalifiquen y rechacen totalmente la violencia en nombre de su religión y la consideren como un gran abuso de ella.

 

     La religión como chivo expiatorio es una idea bastante extendida en el Occidente secularizado. Se apunta a tantos atentados terroristas, tanta guerra  o violencia que se legitima con una salsa religiosa o desde posiciones sectarias de un fundamentalismo religioso. Pero se sabe también que muchas de estas personas terroristas no eran exactamente muy devotas o religiosamente convencidas.

 

     Hay que señalar asimismo otras formas más sutiles de violencia que producen millones de víctimas inocentes en todos los rincones del mundo como consecuencia de un sistema económico que excluye, margina y “mata” (papa Francisco).

 

     No hay que cerrar los ojos a la violencia y crímenes perpetrados a lo largo de los últimos siglos por medio del imperialismo, la colonización, la esclavitud y el Apartheid,  muchas veces iniciados, defendidos y apoyados desde gobiernos y otras entidades en el Occidente que decían ser “cristianas”. 

 

     Y todavía hay gobiernos, con personas cristianas entre sus miembros, que cuanto les conviene hacen negocios, como el tráfico de armas –entre otros-,  que producen desigualdad, injustica, violencia y muerte en muchas partes de nuestro mundo. Una actitud que no responde precisamente a la imagen de un Dios Amor y Misericordioso.

 

     A pesar de ello cada creyente sincero, sea cristiano, budista, judío, hindú o musulmán sabe que la violencia y la violencia masiva, por ejemplo la guerra nuclear desde nuestro saber tecnológico, no puede nunca ser justificada ni considerada como “una continuación de la política con otros medios”. Más bien es un suicidio colectivo que no se puede justificar desde ninguna tradición religiosa [2].

 

     Es un hecho que muchas personas “informadas” por los medios de comunicación actuales [3] piensan que religión coincide con regresión social, intereses oscuros, totalitarismo, brainwashing, adoctrinamiento brutal, intolerancia de cualquier tipo, colaboración con dictadores o líderes de élites en la economía y en la política que oprimen al pueblo. En general estas ideas están lejos de la verdad o existen grandes matices. Por ello, no nos debe extrañar que hoy en día muchas rechacen cualquier manifestación religiosa y hasta justifiquen, desde su ideología, el ataque -incluso violento-  a creyentes o a sus símbolos de fe.

 

¿Cómo corregir la imagen falsa o tergiversada de la religión tan extendida?

 

     Religión es ofrecer sentido y consuelo al hombre y a la mujer de hoy en un mundo, muchas veces, moralmente desorientado y caótico. Vivir la religión de modo sincero desmantela el fanatismo religioso y el fundamentalismo insano y estéril. Las religiones, en un diálogo interreligioso fecundo, pueden conmover los corazones de millones de personas de buena voluntad en todo el mundo, independientemente de su raza o cultura, para andar conjuntamente en el camino de la paz, de la justicia y del bien común. Cada creyente es una misión, decimos en la Iglesia, pues cada creyente en todas las religiones es portador de una nueva esperanza, de una realidad esperada. Cada uno puede abrir los ojos del corazón a otros para ayudar a sanar  el mundo viejo, dividido y enfermo con tantas heridas.

 

     La religión, bien entendida, puede sanar interpretaciones insanas dentro de las religiones que legitiman la violencia y ser una voz decisiva en el rumbo hacia la paz mundial, despojándose de cualquier ideología que quiera “encarcelarla” al servicio de una minoría.

 

     La gran mayoría de la población de la tierra es religiosa y puede formar una sociedad civil desmontando los esquemas de desconfianza, odio, venganza e intereses económicos ocultos - y menos ocultos-  que solamente sirven a unas cuantas personas y dejan en miseria y pobreza a tanta gente. Las religiones deben unirse en un Pacto de Compasión [4] como respuesta fuerte y digna a tanta miseria.

 

     El teólogo católico Xavier Pikaza afirma que cada creyente puede ser un sanador de relaciones familiares y amistosas maleadas. Que cada comunidad o parroquia puede buscar la comunión verdadera y contribuir a que se encuentre paz en la propia iglesia a través de un diálogo fraterno e inclusivo. Que vivir la fe de modo sincero indudablemente contribuirá a una paz económica y una paz ecológica, a una renovada alegría en el trabajo y en el compartir los bienes. Que la religión conecta a la gente, le da nueva confianza y una nueva  auto-comprensión sin la necesidad de “prepararse para la guerra si quieres la paz”, idea tan nefasta y anticristiana [5].

 

     Para lograr todo ello hay que partir de la idea de que la religión no es algo privado sino una manera de vivir la vida que tiene que ver con todo lo que una persona hace o no hace en la vida social, económica y política. Según Karen Armstrong, famosa experta en historia de las religiones, “la religión mantiene viva la dimensión de lo sagrado, una dimensión que el ser humano no puede controlar y necesita ser respetada”.

 

     Henri Nouwen en su libro “El Camino hacia la Paz” hace una reflexión sobre el Salmo 130 y dice que “deseamos la paz desde lo más profundo, desde nuestro centro y  confesamos que (por otro lado) también nosotros somos parte de la destrucción, que nos hemos puesto furiosos, nos hemos vuelto insensibles y no hemos oído la agonía de miles de personas golpeadas por las semillas de la destrucción”.

 

     Reconociendo esto en profundidad podemos sentir una llamada a encontrar, en palabras de Karen Armstrong,  “un método para hacer lo que la religión – en su mejor forma- ha hecho a lo largo de los siglos: construir un sentido de solidaridad mundial, cultivar un sentido de respeto y ecuanimidad hacia todos y todas”.

 

     Para ello necesitamos darnos cuenta de los fallos de una cultura dominante, que excluye a tanta gente y provoca tantos conflictos bélicos, además de amenazar la vida en todo el planeta por no hacer nada, o de modo muy insuficiente, contra los efectos del cambio climático y de la creciente insostenibilidad.

 

     Sin duda las religiones no pueden fomentar ni defender el odio y la violencia. Y tampoco estar a lado o ser cómplices de poderes políticos y económicos que mantienen a 80% de la población mundial en la pobreza,  marginación y exclusión social.  Su primera tarea es trabajar por la paz y la justicia con toda la energía y todos los medios alcanzables. Esta es una gran y noble tarea que diariamente se intenta llevar a cabo en muchas organizaciones de la Iglesia católica, en las otras Iglesias cristianas y en otras religiones.

 

     Además hay que fomentar, de modo más sistemático y más profundo, que las religiones se conozcan, establezcan una confianza mutua entre ellas y se respeten aún mucho más en todos los niveles. Será una estupenda ayuda en el camino hacia una convivencia pacífica mundial. Hans Küng observa en este contexto de modo muy acertado: “creo que no hay paz entre las naciones sin paz entre las religiones”.

 

     Las religiones y - entre de ellas - las personas cristianas, desde el Evangelio y desde tantos documentos hermosos del Magisterio de la Iglesia [6],  podemos contribuir a ser una vanguardia de esperanza nueva y de no-violencia en un mundo lleno de escepticismo, desesperanza y violencia absurda.

 

     En resumidas cuentas se entiende que existe una relación entre violencia y religión, pero es en el fondo una relación con posiciones opuestas.

 

Ton Broekman
Justicia y Paz de Palencia



[1] Cf. por ejemplo el biólogo Richard Dawkins

[2] Cf. los escritos y declaraciones a lo largo del Pontificado del papa Francisco sobre el tema de las armas nucleares, denunciando además que su mera posesión es  totalmente condenable e inmoral.

[3] Cf. Fakenews en cuanto a la fe cristiana, sobre la Iglesia católica, y en general sobre las religiones.

[4] Idea de  Karen Armstrong

[5] Cf. Xavier Pikaza, “Violencia y Religión en la Historia del Occidente, p.328-343

[6] Cf. P.ej. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

 

Tema: Violencia y religión

No se encontraron comentarios.

Nuevo comentario