
Ceuta: defender los derechos sin enfrentar a quienes sufren
Una mirada desde Justicia y Paz de la Diócesis de Cádiz y Ceuta. Lo que está sucediendo estos días en Ceuta nos obliga a considerar los hechos con serenidad, pero también con profunda preocupación. Y, sobre todo, a no caer en una simplificación injusta: enfrentar los derechos de la población ceutí con los derechos de las personas migrantes.
Desde Justicia y Paz queremos afirmar con claridad que los ceutíes tienen derecho a vivir con seguridad, dignidad y tranquilidad. No podemos ignorar la enorme presión que esta situación supone para sus servicios públicos, sus familias, sus barrios y la convivencia cotidiana. Ceuta no puede sentirse abandonada ni cargar en solitario con una realidad que supera ampliamente sus capacidades.
Pero afirmar esto no puede llevarnos a olvidar que también las personas migrantes tienen derechos. La existencia de procedimientos legales de devolución o retorno no elimina la dignidad ni los derechos fundamentales de quienes llegan. Y hay una obligación que debe situarse por encima de cualquier discusión política: la protección de los más vulnerables y especialmente menores, expuestos a redes de explotación, violencia o trata.
Pero hay otra realidad que no podemos dejar fuera del debate: las causas de la migración. Hablamos continuamente de fronteras, entradas, devoluciones, controles y cifras, pero mucho menos de una pregunta fundamental: ¿Por qué una persona está dispuesta a abandonar su tierra, separarse de su familia, atravesar enormes dificultades, sufrir violencia y poner en riesgo su propia vida para intentar llegar hasta Europa?
Nadie abandona su casa, su cultura, sus raíces y a las personas que quiere si no hay unas fuertes causas que le empujen a hacerlo: guerras, persecuciones, pobreza, hambre, falta de oportunidades, desigualdad, inestabilidad política y ausencia de un futuro digno.
Por eso no existe una barrera capaz de frenar la inmigración. Los Estados tienen derecho a ordenar sus fronteras y hacer cumplir sus leyes, pero ninguna frontera podrá disuadir a las personas que huyen de situaciones de desesperación y sufrimiento.
En este sentido, las palabras del papa León XIV resultan especialmente iluminadoras. Durante su encuentro con las realidades de acogida de migrantes en el puerto de Arguineguín, en su reciente visita a España, afirmó: «Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia». Y añadió: «La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».
Esta afirmación es el núcleo de lo que queremos expresar: no basta con preguntarnos cómo impedir que las personas lleguen; tenemos que preguntarnos qué mundo estamos construyendo para que tantas personas sientan que tienen que marcharse.
Ceuta, tierra de convivencia
Ceuta tiene una cualidad que es vital proteger: es un ejemplo singular de convivencia entre culturas y religiones. Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes han compartido una misma ciudad y una misma vida. Esa convivencia forma parte de su identidad y de su riqueza y, es un patrimonio que todos tienen la responsabilidad de cuidar.
Ceuta no debería tener que elegir entre su seguridad y su convivencia. Tampoco debe permitirse que la población ceutí y las personas migrantes sean presentadas como dos colectivos enfrentados. No se puede resolver el sufrimiento de unos provocando el sufrimiento de otros.
Por ello, son necesarias respuestas políticas a la altura de una situación de emergencia que afecta directamente a la vida de la ciudad, a sus servicios públicos y, especialmente, a la protección de cientos de menores. Ceuta necesita urgentemente recursos suficientes para su seguridad y normalidad, pero también para una atención adecuada, alojamiento digno y protección de los menores. No podemos aceptar que la presencia de personas en la calle termine convirtiéndose en algo normal.
Cuando la desesperación se convierte en instrumento
Es legítimo que existan acuerdos entre países para controlar las fronteras y ordenar los flujos migratorios. Pero debemos preguntarnos si, en determinadas circunstancias, la desesperación de las personas puede convertirse en un instrumento de presión política entre Estados. ¿Puede el hambre, la sed, la desesperación o el deseo de encontrar una vida digna convertirse en una herramienta de presión política?
El sufrimiento humano nunca debería utilizarse como arma de presión, instrumento de chantaje o mecanismo para provocar miedo. Detrás de cada cifra hay una persona. Detrás de cada menor hay una historia. Y detrás del sufrimiento de la población ceutí también hay personas concretas que merecen ser escuchadas y protegidas.
Una mirada desde el Evangelio y la Iglesia
Como cristianos, no podemos mirar esta realidad únicamente desde la legislación, la seguridad o la política. Hay también una mirada evangélica que nos interpela. En el Evangelio de Mateo encontramos unas palabras que siguen teniendo una fuerza extraordinaria:
«Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis» (Mt 25,35-36).
Y Jesús añade algo todavía más radical: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Estas palabras son una llamada a no dejar de ver lo que hay detrás de cada persona que sufre, especialmente cuando hablamos de menores: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Mt 18,5).
No enfrentar a quienes sufren
Por eso, desde Justicia y Paz queremos sumarnos a las voces de hombres y mujeres de buena voluntad que piden:
- Defender el derecho de los ceutíes a vivir en una ciudad segura, ordenada y acogedora.
- Defender los derechos de las personas migrantes y, con especial firmeza, la protección de los menores.
- Pedir a las instituciones que asuman su responsabilidad y actúen con prontitud y determinación, dando cumplimiento a la legislación vigente y garantizando la protección de los derechos humanos.
- Dotar urgentemente a Ceuta de los recursos necesarios para que no sea abandonada ante una situación que no puede resolver sola.
- Que España y Europa tengan el valor de mirar más allá de la frontera y preguntarse por las causas que obligan a tantas personas a abandonarlo todo.
- Que la política migratoria no se limite a impedir que las personas lleguen, sino que trabaje también sobre las causas que hacen que tengan que jugarse la vida, dejando atrás sus países, familias y raíces.
Porque, al final, la frontera que más necesitamos proteger no es la que separa territorios, sino la que no debemos permitir que se levante entre unos seres humanos y otros.
Justicia y Paz Diócesis Cádiz y Ceuta
