Declaración interreligiosa conjunta con motivo de la 11ª Conferencia de Revisión del TNP
Como personas de fe, nos unimos en solidaridad al alzar nuestras voces para instar a quienes lideran el mundo a rescatar el Tratado de No Proliferación (TNP) y a honrar su compromiso más profundo: crear un mundo libre de armas nucleares.
El 5 de marzo de 1970, el TNP entró en vigor, surgiendo tras los horrores de las décadas anteriores. El Tratado se basa en una promesa extraordinaria: los Estados no poseedores de armas nucleares se comprometieron a no adquirirlas, mientras que los Estados poseedores asumieron, en virtud del artículo VI, la obligación de entablar negociaciones de buena fe hacia el desarme completo.
Cincuenta y seis años después, el compromiso más fundamental del tratado sigue sin cumplirse. Vemos cómo el TNP se desmorona y cómo se gesta una crisis de proliferación. La obligación de negociar el desarme ha sido aplazada, diluida y, en muchos casos, abiertamente desestimada. Todos los Estados con armas nucleares están modernizando sus arsenales con nuevos sistemas de lanzamiento y doctrinas que reducen el umbral para su uso. La autoridad moral del Tratado depende de la credibilidad del compromiso de desarme. Esa credibilidad está ahora en crisis.
La urgencia y el riesgo que enfrentamos hoy
Con el Reloj del Juicio Final situado a 85 segundos de la medianoche, estamos
ahora más cerca que nunca de la catástrofe. Muchas personas que hoy ostentan el
poder no comprenden plenamente lo cerca que ya hemos estado de una guerra
nuclear. Hemos sobrevivido no porque nuestros sistemas sean infalibles, sino
porque hemos tenido suerte. Y la suerte, como dijo el secretario general de la
ONU, no es una estrategia.
En la base de todo esto hay una crisis espiritual arraigada en la normalización de la violencia y la guerra como instrumentos para resolver conflictos entre pueblos y naciones. Cuando la fuerza armada se trata como primera opción, cuando el gasto militar eclipsa la inversión en desarrollo humano, cuando poblaciones enteras son educadas para aceptar la amenaza de aniquilación como condición de su seguridad, nuestra imaginación moral ha fracasado. La aceptación de la violencia apocalíptica como árbitro final de las disputas entre naciones no es simplemente una postura estratégica. Es una enfermedad espiritual—una que todas las tradiciones de fe que representamos han denunciado, lamentado y frente a la cual han llamado a sus seguidores a resistir.
Nuestra fe nos llama a actuar
Es nuestra convicción, compartida a través de nuestras diversas tradiciones de
fe, que la vida es un don precioso. Y junto a ese gran don viene la
responsabilidad de cuidarnos mutuamente y de cuidar esta buena Tierra que nos
ha sido confiada. Las armas nucleares representan un fracaso en ambos aspectos:
una traición a nuestro deber de protegernos y de salvaguardar el planeta que
sustenta toda la vida.
Afirmamos que la seguridad genuina se construye sobre la justicia, el cuidado mutuo y el reconocimiento de que la seguridad de ninguna nación puede basarse en la aniquilación de otra. Rezamos para que el futuro de su descendencia y de la nuestra esté protegido y para que el temor a la aniquilación se convierta en una sombra del pasado.
Y así mantenemos la esperanza en medio de esta crisis—una esperanza entendida como la firme convicción de que las decisiones de esta generación pueden determinar si las consecuencias de la escalada nuclear se trasladan a las generaciones futuras o se detienen en nuestro tiempo.
Nuestro llamamiento a quienes lideran del mundo
Hacemos un llamado a estas personas para que reafirmen el espíritu del TNP como
un compromiso urgente y vinculante. Reconocemos la profundidad de las
divisiones entre los Estados miembros del Tratado. Pero nos negamos a aceptar
la parálisis. Instamos a los Estados a entablar un diálogo real, superando
posiciones enquistadas, para encontrar el terreno común de nuestra
supervivencia compartida. Los desafíos son numerosos y complejos. Sin embargo,
mantenemos la esperanza de que las personas que lideran los gobiernos tengan el
valor de prevenir otra catástrofe nuclear.
Con motivo de la 11ª Conferencia de Revisión del TNP, instamos a honrar, por encima de todo, dos compromisos. Primero, volver a comprometerse con el artículo VI—no en la retórica, sino en la acción: con reducciones verificables, con una moratoria en el desarrollo de nuevas ojivas y con el retorno a negociaciones que incluyan a todos los Estados poseedores de armas nucleares. El gran pacto del TNP no puede sobrevivir si una de sus mitades se pospone indefinidamente. Segundo, situar la seguridad humana en el centro de la política nuclear. Las decisiones sobre armas nucleares deben basarse no solo en la seguridad de los Estados, sino en la seguridad compartida de todas las personas.
La fe, la conciencia y el compromiso con una paz verdaderamente inclusiva nos impulsan a llevar en nuestra acción las voces de las personas hibakusha, de las comunidades afectadas por la radiación y de todas las comunidades del mundo que han sufrido y testimoniado el daño que infligen las armas nucleares. Llevamos las esperanzas de las próximas generaciones, que merecen heredar un mundo donde la amenaza de extinción no penda sobre cada cuna.
Rezamos para que sean un faro para las próximas generaciones, mostrando el camino hacia un futuro mejor. Tienen el poder de comenzar a crear un mundo libre de armas nucleares. Les pedimos que lo utilicen.


