La Unión Europea en la encrucijada

21.04.2026

En Europa, hace ya tiempo que renunciamos al imperialismo e introdujimos una cultura de paz fundamentada en la democracia, los derechos humanos y la legalidad internacional. Una legalidad que finalmente, con dificultades, se impuso en las guerras balcánicas de la antigua Yugoslavia. Quizá este "invento" supranacional haya sido la aportación más importante de Europa a la historia mundial para moderar su propio modelo de éxito.

No obstante esos antecedentes, que describía Dieter Langewiesche en su libro Una dura maestra: las guerras de Europa en el mundo moderno (Valencia: PUV, 2026), es evidente que, como señala Sami Naïr, Europa se encuentra encadenada y tensionada por unas políticas en las que se percibe la inconsistencia del eje París-Berlín, el fracaso de integrar a Rusia en un esquema de seguridad europea (en buena medida por la presión de Estados Unidos), así como el impulso belicista de los países fronterizos y cercanos a una Rusia resentida.

El plan Rearm Europe para 2030 supone un giro total en la política de la UE. Los líderes de la Alemania o de la Francia actuales hablan claramente de rearme y algunos militares, como Fabien Mandon, jefe del Estado Mayor francés, reclaman sacrificios como el de perder a nuestros hijos en el conflicto con Rusia. Decía recientemente Jürgen Habermas, poco antes de morir, que mientras Estados Unidos vive una decadencia y Rusia está presa de un sentimiento de revancha, el occidente europeo carece de orientación. Y es bien cierto.

Europa hoy se encuentra embarcada en un proyecto armamentista contrario al espíritu pacífico que se había construido a lo largo de décadas. En estos momentos, la UE recae sobre una Europa tecnocrática, sin legitimidad democrática y que desde los años 1980 abandonó su sentido social para derivar hacia el neoliberalismo. Sin legitimidad sociopolítica y desorientada, no obstante, estos son momentos difíciles en los que hay que hacer propuestas audaces, ejercer liderazgos potentes y presentar proyectos de futuro ilusionantes que superen la reacción nacionalista-defensiva, agresiva y posfascista que tienta a muchos ciudadanos y políticos. A pesar de la complejidad del panorama, desmarcarse de la guerra de Oriente Medio y reconducirla debería ser un reto para plantear una hoja de ruta más allá de los regateos a corto plazo. Del mismo modo, salvando las distancias, habría que reconducir la guerra de Ucrania.

¿Será cierto, como plantea Rafael Poch, que tanto en Washington como en Bruselas no hay estrategia, sino más bien un cuadro de decadencia tardorromana a cargo de políticos obsesionados con la imagen y la comunicación, rodeados de un complejo mediático y pseudoacadémico corrupto y servil, lo cual justifica la nostalgia por los predecesores de los años 1960, 70 y 80? ¿Dónde están el método y la planificación?

¿Habrá alguien capaz de no perder la perspectiva fundacional, consolidar los logros y las democracias, abrirse como se hizo en 2023 para hacer frente a la crisis de la deuda, atender (incluso) a algunos de los planteamientos de Mario Draghi, revitalizar la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE), resistir frente al belicismo y actuar con inteligencia entre los imperialismos del presente? No es nada fácil, ya lo sabemos, pero sí muy necesario y urgente. La creación del Mercado Común Europeo supuso una revolución lenta y silenciosa. Tras una guerra "total", con aniquilación y genocidio incluidos, se inauguraba un tiempo de paz: una "excepción maravillosa", en palabras de Frank-Walter Steinmeier.

La Segunda Guerra Mundial parecía convertirse en un absurdo que cobraría sentido con el "largo camino de Europa hacia la paz". Según James Sheehan, la peculiaridad a partir de esta guerra reside en una "vía europea especial de desmilitarización social hacia una paz prolongada, derivada de una guerra catastrófica". En definitiva, hasta ahora mismo, la mentalidad belicista se considera impropia de nuestra época.

Jesús Eduard Alonso, Centre Delàs.